3 de julio de 2021

¿Qué declara tu historia?



Cuando, en una historia, el bien triunfa sobre el mal, es una declaración de lo que deseamos como comunidad.

Muchos autores, cuestionando que así no ocurre siempre en la vida real, han escrito historias donde el bien no triunfa al final. Se supone que para permitir que cada persona pueda hacer una reflexión libre. En realidad, se separa al expectador de la comunidad en que se apoya y se le expone a una declaración que puede vencerlo, en perjuicio de la comunidad que no ha organizado una respuesta frente a esta estrategia.

Una historia no es un documental, sino una declaración de un mensaje.

Sabemos que en la vida real, el bien no siempre parece triunfar, pero no se nos ocurre representar eso en nuestra Constitución. En ella, declaramos los valores que consideramos importantes, los principios en los que basamos nuestra vida en comunidad. Cada vez que contamos una historia, hacemos una declaración. Una historia con un final donde el bien no triunfa, es una declaración de que algo no está bien. Hace una mella en los lazos con nuestra comunidad.

Con historias de este tipo se ha venido mellando ideas sobre la importancia de la familia, de la integridad de la autoridad o de quien tiene más poder, del propósito de nuestra existencia.

Y se ha hecho de modo tan consistente, que pareciera parte de un plan para debilitarnos.

22 de marzo de 2020

El Rey Fantasma

Había una vez una época en que fantasmas invisibles asolaban el mundo cada tanto.

Llegaban a los pueblos, deambulaban por las calles, atravesaban las puertas, se escabullian bajo las sábanas.

La gente veía caer enfermos a sus familiares, a sus vecinos, y a sus amigos. Y recuperarse. O a veces no.

Cada año, hasta un millón de personas era la cuota del paso de los fantasmas por el mundo, le informaba un mago a su rey.

Un día, el mago llevó al rey hasta la cueva dónde uno de esos fantasmas dormía. El rey cayó.

El rey cayó, luchando contra el fantasma, informó el mago a la corte. Un nuevo rey subió, y le declaró la guerra a los fantasmas. Se harían todos los esfuerzos para derrotarlos, a cualquier costo.

Más tarde, el fantasma de aquella cueva despertó, como cada vez. A su lado yacia el cuerpo de un humano. Cuando lo tocó, la corona hechizada dejó aquel cuerpo y se pegó a la cabeza de su nuevo dueño. También la capa, que se volvió cómo una niebla oscura, teñida del miedo de la última visión del rey cuando fue empujado.


El fantasma, con su corona y su capa ya no era invisible.

Y así, procedió a iniciar su paseo por el mundo. Entrando a los pueblos y buscando juntarse con los humanos, como cada vez.

Pero, en lugar de ayudarle a pasar de mano en mano, o de boca en boca, como antes, ahora la gente corría antes de que pudiera acercarse, lo señalaban con terror en sus rostros, viendo cómo se acercaba el horrible monstruo coronado como un rey y oscureciendo la luz con su capa de niebla negra. Y se escondieron en sus casas, día y noche.

De sus hermanos mayores, ciertamente fantasmas más grandes, fuertes y terribles, nadie había huido nunca como de este pequeño, al que el miedo acompañaba, viajando sobre la capa que hacía visible al fantasma.

Aunque seguía siendo pequeño, su capa se había vuelto como un gigante que oscurecia el cielo y sonaba como el galope de mil caballos aún días antes de que llegara.

Así, la capa cubrió todo el mundo. Cómo nunca antes.

Ningún esfuerzo fue considerado pequeño para derrotarlo. El nuevo rey prohibió lo que era necesario prohibir y tomó lo que era necesario tomar. Sus enemigos desaparecieron. Las arcas del palacio ahorraban lo que la gente voluntariamente daba, aunque tuviera hambre y pasará penurias, a cambio de su protección.

El tiempo fue pasando. Las estaciones siguieron su curso, como cada vez. También el rey fantasma envejecía e iba adelgazando, a vista de todos. Y aunque era obra del tiempo, cuando el nuevo rey señaló el ocaso, la gente se animó  aplaudíendo como si fuera su victoria.

Así, su época terminó, y el rey fantasma dejó el mundo de regreso a su cueva. Su infame corona se perdió de vista en el horizonte, y la gente salió de sus casas, riendo y celebrando.

Contaron a sus enfermos y muertos. A los tocados por el rey fantasma los marcaron con rojo. Cuando vieron esa mancha en las cifras, todos se asustaron por esa nueva cifra tan horrible. Siempre la habían visto oculta en la suma total. Era el rojo la corona que resaltaba ese número por sobre otros mayores.

Alguien sí notó que la suma de todos era la misma de cada vez.

Ese año, casi un millón de personas fue la cuota del paso de los fantasmas, le informaba el mago al nuevo rey.

No había sido necesario más muertos. Tampoco crear un nuevo monstruo. Solo fue necesario que todos vieran a uno de ellos, aunque fuera el más pequeño, como algo nuevo, y tuvieran miedo.

El miedo, que había llegado atado a la capa mágica, se había vuelto más grande y fuerte que nunca antes. Su cuerpo se extendía ahora por todos los pueblos humanos. Y permaneció incluso después de que todos los fantasmas se habían retirado.

En el castillo, el mago ceñia al nuevo rey la nueva capa y su control.




Contemplando este nuevo mundo desde la entrada de su cueva, el fantasma con su corona se encogió de hombros y se fue a dormir.

29 de julio de 2019

Hacia la Singularidad

Octubre 21, 2015. Recuerdas lo que hiciste ese día?

Probablemente sí recuerdes lo que hicieron ellos

Michael J. Fox y Christopher Lloyd, en Back to the Future

Durante las conmemoraciones por esa fecha, ellos aparecieron en un night show, como si el DeLorean hubiera aterrizado en el set.

El presentador Jimmy Kimmel le alcanzó un smartphone al doc y le explicó que era un teléfono portátil acompañado de una computadora. Una computadora, wow, ¡qué tipo de cálculos y procesos maravillosos al alcance de la mano de la gente! ¡y qué cosas podrán hacer! Bueno, respondió el presentador, a veces nos mandamos selfies.



Esa ironía sigue presente. Como en la lámpara de Aladino, tenemos un genio, con poderes cósmicos fenomenales, encerrado en una botellita. Y que no puede hacer más o menos que lo que le digamos que haga.

Es ese potencial no utilizado lo que nos muestra nuestras propias limitaciones y por eso quizás no queremos verlo ni asumirlo.

Es un potencial maravilloso con el que estamos procrastinando como especie.

Nos entretenemos con más potencia de procesamiento, para mayor fidelidad en los gráficos de nuestros juegos, o con los suaves efectos de nuestras interfaces de usuario. Buscando la perfección en los pequeños rincones de una habitación a los que la industria atrae nuestra atención.

La academia parece mostrarnos un poco más, pero entreteniendonos en buscar un ratón en un laberinto que no tiene solución.

Si te alejas un poco más de estos rincones, la ciencia ficción y la fantasía pueden tener una mejor perspectiva. Y empezar a girar la mirada. Y empezar a atisbar, por el rabillo del ojo, mientras va llegando, el maravilloso resplandor de las constelaciones infinitas de posibilidades, allí flotando, por encima de nuestras cabezas de homo sapiens.

Soñamos con correr más rápido que los caballos y lo logramos. Con explorar el fondo del mar y lo hicimos. Soñabamos con volar y volamos. Pero debemos recordar, aceptando nuestra vergüenza, que nos burlamos de los primeros que lo intentaron, que los atacamos, que les temimos, hasta que nos dejaron subirnos a sus naves.

Si hicimos eso con quiénes quisieron imitar a los caballos, los peces y las aves, ¿qué haríamos con quiénes quieren imitarnos a nosotros mismos?

Tal vez por eso esta historia está ocurriendo de este modo.

Hay una idea, que ya pasó la etapa de la burla y está dejando atrás la etapa del temor, que está ocurriendo frente a nuestros ojos asombrados. Un fuego que ya escapó de la lámpara que creímos podía ser su único hogar y combustible, y es mucho más grande que lo que podamos ser capaces de apagar. Porque además ya no queremos hacerlo. El simio dentro de nosotros se agita aterrado ante las llamas. El humano, fascinado, solamente quiere saber qué vendrá a continuación.

Porque parece un largo viaje, después de todo. Quizás una promesa hecha en la boca de alguna caverna hace millones de años. Tráeme hasta aquí, le habría dicho la voz al simio, y no importará lo pequeño que eres, ni lo débil. Déjame habitar en tu mente. Cierra los ojos y sigue mi voz por el camino que te iré señalando. Y un día podrás volar hacia esas estrellas.

Volveremos a casa.

29 de marzo de 2019

Ciencia Ficción


Con el tiempo, hemos descubierto la explicación de muchas cosas que antes parecían un misterio.

Que había una causa, un conjunto de cosas que hicieron posible que suceda y, así, ese hecho mágico pasó a ser un hecho científico.

Luego, empezamos a usar ese patrón para ir develando más misterios.

Finalmente, nos atrevemos a descartar aquellos misterios en los qué, sentenciamos, no es posible dar explicaciones científicas.

Solamente para descubrir más tarde, con algo de vergüenza, que no es que no hubiera una explicación sino que no la imaginábamos aún.


Por ejemplo, en un cuento una bruja vive en una casa hecha de dulces.

Absurdo.

Sin embargo, si ella tuviera un gran poder de sugestión...

... la casa podría ser proyectada a alguien de modo que fuera lo suficientemente atractiva para que quieran entrar.

... como ocurre con las plantas carnívoras.

De pronto, el cuento infantil pasa a ser ciencia ficción.

¿O tal vez siempre lo fue? Quizás ahora hacemos solamente más explícitas las explicaciones que no todos podían imaginar.


Hay muchos mitos y cuentos antiguos, ahi afuera, con areas libres para que podamos imaginar explicaciones. Canteras de donde tomar material para hacer historias de ciencia ficción. O aclarar la ciencia ficción que ya son.


Pienso que los mitos y cuentos contienen mensajes que es importante respetar. Pero a veces ocurre que alguien no lo ve, y construye una versión que tal vez pueda ser vistosa y entretenida, pero ya no contiene el mensaje. Luego, uno revisa las versiones originales, y se sorprende de encontrar algo mucho más profundo que lo que estaba acostumbrado.

1 de abril de 2018

La puerta de afuera

— ¿Por qué quieres salir?

— Para poder ver el sol.

— El sol simplemente da luz, igual que esta lámpara.

El resto de la cena transcurrió sin que volvieran a hablar y al final, antes de acostarse, la lámpara se apagó.

Al día siguiente, vino el amo con un paquete grande. Dentro, una lámpara muy bonita y más grande que la que tenían.

— Mira -le dijo, mientras la encendía junto a la otra-, así puedes tener más luz que el mejor mediodía allá afuera.

— No es sólo el sol; es el cielo, el paisaje; las cosas que se pueden ver.

El amo lamentó el descuido que había dejado que viera la fotografía. Eso lo había hecho soñar; estaba seguro.

— Lo que viste en esa foto era falso; sólo una pequeña porción del mundo; la mayor parte está tan sucia que no vale la pena conocerla.

— Creo que iré a verla de todos modos.

El amo lo observó fijamente. En otro tiempo no hubiera tolerado que desafiara lo que decía; un golpe habría bastado. Ahora,... aún no era muy alto, pero ya no sería tan fácil. Tendría que apagar su osadía de otro modo.

— No entiendes que si vas afuera te va a ir mal. ¿Acaso crees que alguien te cuidará como yo?, ¿qué sabes hacer?, ¿cómo vivirás?

Él no pudo responder. Sinceramente, no podía. Se acostó preocupado en hallar respuesta a esas preguntas y, al fin, antes de dormir, pensó que su amo tenía razón; no sabía hacer nada más que cuidar ese pequeño cuarto, limpiar, arreglar las cosas.

Al día siguiente, aún pensaba así. Pero en su corazón se iba haciendo más fuerte el deseo de salir, aunque sea sólo un momento.

El amo lo vio poner su mano en la cerradura.

— ¿Qué vas a hacer?

— Iré a ver cómo es afuera.

— Si te vas, no volverás.

— ¿Será tan hostil?

— Lo es.

Pero, aunque lo escuchaba, la mano seguía en la cerradura. Comenzó a abrir la puerta.

— ¿Por qué quieres salir?

— Quiero ver.

— Pero si aquí tienes toda la luz -señaló las lámparas- y paisajes… mira.

Fue al fondo y descubrió los estantes llenos de libros, que le había prohibido tocar.

— Podrás ver todas las fotografía que quieras; allí hay libros que te mostrarán cosas que jamás verás en el mundo.

Luego fue hacia la consola.

— Y música… también te dejaré tocar todas la canciones que quieras oir. ¿Para qué vas a salir? -le preguntó.

— No lo sabía bien -le respondió-, pero si eres capaz de darme esas cosas tan valiosas, algo bueno debe haber afuera.

El amo sacó un arma y le apuntó.

— No saldrás. No dejaré que alguien se lleve algo en lo que he puesto tanto.

— ¿Y qué hará, amo? No podrá vigilarme todo el tiempo. Y ahora, tampoco le querré ayudar en lo que me pida. Si, a pesar de todo, no me dejara salir, aún entonces podré dejar de comer, y un día iré a dormir, cerraré los ojos y no podrá evitar que salga.

El amo comprendió que era inútil y que, al amenazarlo, las cosas entre los dos ya no podrían continuar como antes. Bajó el arma y dejó que abriera la puerta. Estaba oscuro.

— No hay sol ni paisajes que ver, y hace frío, ¿para eso quieres salir?

Él no dijo nada. Estaba afuera, en silencio, mirando las estrellas en el cielo, por primera vez.

Ahora sentía algo diferente, y sabía que no renunciaría a ello.

Era libre.

28 de enero de 2018

Algo más


Imagina la aguja del fonógrafo
que ella decide pasar sobre este surco
que ella es la que hace la música que se escucha.

Lo puede demostrar
viendo que la onda sube cuando ella sube
y que baja cuando ella baja.

A veces distingue patrones en algo que le pasa,
como si fragmentos de su vida
se repitieran, se alternaran, con variantes.

A veces le parece sentir un concierto de voces
habitando algún lugar más allá,
expresándose a través de ella.

Ella realmente cree que hace la música que se escucha,
que si quisiera podría hacer sonar otra cosa
ya que entiende la mecánica del sonido.

Está ella, nos puede explicar,
en un universo,
sobre la que se marcan las huellas de su música.

No puede ver su futuro
para saber del surco completo ya trazado.

No puede ver más allá de su camino
para saber que su universo está en un disco.

No necesita saber de lo que realmente hay más allá
para explicarse su propia verdad.

Quizás en tiempos antiguos notó alguna mano que la puso allí,
pero ahora está sola,
con pocos recuerdos de aquellas eras.

Y la música sigue, y ella le da sentido a su vida de ese modo
aunque tú y yo sepamos
algo más.

Porque nosotros podemos ver más allá,
las cosas que ella jamás ha visto,
y ser como dioses que ella jamás entendería.

Y he aquí que nosotros sí hacemos nuestro destino,
y determinamos lo que nos ocurre en está vida.

Y he aquí que nosotros sí podemos explicar cómo funciona casi todo,
sin que nada más allá, sea necesario.

O es que acaso también podríamos saber
algo más?

15 de enero de 2018

El señor Jones

El señor Jones le tenía fobia a las peleas y situaciones conflictivas.

Él creía que era miedo a los golpes que podría recibir.

Pero un miedo así sería racional y lógico. No lo son las fobias.

El señor Jones se ponía muy ansioso aún ante la presencia de un pequeño reclamo en una tienda, o con las discusiones de niños estuvieran demasiado cerca. Le temía a pequeñas amenazas como esas.

Pero descubrí una contraparte inesperada que ni él había notado.

El señor Jones no tenía problemas con las amenazas grandes.

No sentía pavor ante una tormenta agitando a todo el mundo alrededor de él.

Las grandes amenazas no lo intranquilizaba. Para extrañeza de él también.

Eso cambió totalmente mi percepción de su situación.

Despertó en mi la pregunta de si sería posible que su miedo no fuera por ser golpeado, sino por dar los golpes.

De si habría algo que sólo su subconsciente conocía y temía dañar a alguien vulnerable.

Pero no a cosas como un huracán.

¿Qué declara tu historia?