28 de febrero de 2015

Hogar dulce hogar


El descubrimiento, en realidad, se había hecho hacía largo tiempo. Fue una de las verdades incómodas que se trataron de acallar de todos los modos posibles.

-- Cállate, qué tontería, cómo se te ocurre -dice el profesor al nuevo pupilo cuando insinúa la posibilidad.

-- No tiene sentido que sea así -dice el académico que se entera de una de las ideas de uno de sus colegas.

-- Es sólo una teoría que no conduce a nada práctico -sentencia el científico cuando, de algún modo, sale a la luz la opción que debe ser negada.

En ese entonces, lo práctico era la carrera espacial y todas las grandes posibilidades de desarrollo tecnológico que le ofrecía a la humanidad.

Así que se convenció a la humanidad de mirar las estrellas que la ciencia proyectaba en su gran cúpula de cristal. De soñar que algún día caminaría entre ellas. Y, consistentemente, se le ocultó el hecho de que es imposible salir de la cúpula.

Cuando la salud de los astronautas se deterioraba, era atribuido a algún tipo de radiación del espacio exterior. Se convino que era la atmósfera la que nos protegía a todos los demás.

Con el tiempo notaron que era una cuestión nutricional. No era suficiente dar vitaminas y minerales al cuerpo. El metabolismo requiere de enzimas que no somos capaces de producir ni sintetizar. Sólo se consiguen de otro organismo vivo, como las plantas.

Los cultivos hidropónicos fueron la solución fácil que no funcionó. Lo ecosistemas artificiales fueron la solución difícil que tampoco funcionó.

Del mismo modo que los humanos requerimos enzimas que las plantas producen, las plantas requerían enzimas producidas por otros organismos. Como los hongos.

Y, a su vez, los hongos requerían de enzimas producidas por bacterias.

A esas alturas, los científicos, empezaron a adivinar, que quizás las bacterias requerían para su metabolismo de algo que los virus producían. Y así fue confirmado.

Entonces, el más sofisticado ecosistema artificial se desarrolló, en secreto, en una estación espacial. Humanos que tenían plantas, que tenían hongos, que tenían bacterias, que tenían virus. Debía funcionar. Pero tampoco fue el caso.

Abajo, a insistencia de un grupo de científicos herederos de las inquietudes de aquellos primeros que insinuaron la posibilidad prohibida, se realizó al mismo tiempo la copia de control, un ecosistema idéntico al que estaba en órbita, igual de aislado. Esta sí prospero.

La única diferencia entre ambas era la conexión a la Tierra.

Los virus necesitaban de algo que solamente la Tierra les provee.

Así fue que se descubrió, formalmente, lo que las antiguas culturas venían enseñando desde hacía tanto tiempo. La Tierra es nuestra madre. No en sentido figurado, ni poético. Es literal. Estamos atados a ella.

No podemos viajar por el espacio. Al menos no como en las travesías de la ciencia ficción, donde navegábamos en él como marineros de un oscuro mar infinito lleno de estrellas que explorar. Ahora sabemos que es como el deseo de un glóbulo rojo de atravesar la habitación para llegar a circular en la sangre de otro cuerpo.

Incluso si pudiéramos llegar a otro planeta, la existencia no sería sostenible si no está con nosotros el planeta completo del que somos parte.

Aceptar eso puede ser doloroso. Después de tantas expectativas.

Pero si es la verdad, es mejor tratar de aprender de ella.

Abrazar este planeta, esta Tierra, nuestro hogar.


22 de febrero de 2015

Brisa

Caminando por la calle
llega el viento.

Susurra en mi oído
mi amada
brisa.

Me canta de amor,
agita mi cabello,
me envuelve en caricias,
me ama.

Ella viene, llega y se va,
para seguir amando,
a alguien más
que en la calle,
caminando,
abra su corazón,
y escuche al viento,
que es el carro
en el que
la brisa viene.

15 de febrero de 2015

Bendita tú eres

Siempre se trata simplemente de respetar a tu voz interior, escuchar lo que te dice, y tratar de honrar ese regalo del mejor modo que puedas.

Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.

Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.

El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.

Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.

Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.

Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.

'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.

'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.

Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.

Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.

Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.

Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.

Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.

Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.

Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.

Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.

Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.

Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.

Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.

Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.

¿Qué declara tu historia?