30 de noviembre de 2016

La noche eterna

Ella se sentaba ahí, en ese banco.

Sobre sus piernas largas se deslizaba un brillo sobre las pantis.

El color de la vela temblaba, como vibrando, en la estancia.

Afuera, tras el cristal, el murmullo del mar invisible, rompiendo sus olas en la orilla oculta por la noche.

Y el reflejo de su rostro, con una mirada que parecía alcanzar ese reino. Y luego venía a mi.

Volteaba, y no era la misma mujer que veia todos los días. Era alguien más, esperando que yo también me animara a salir de mi escondite. Aguardando, con paciencia, a que cayera el último disfraz.

Su respiración alzaba su pecho. El encaje sobre sus senos.

Un suspiro, contenido entre sus labios.

Mi última capa quedaba atrás. Yo no era yo, sino alguien más, libre, yendo hacia ella.

Recordar esto es como ser noche y recordar que hubo medio día.

Si no lo supiera, si no lo hubiera visto, no creería que puede haber algo tan brillante.

Ni que la existencia fuera capaz de tanto color.

Envueltos en perfumes ancestrales.

Un santuario de fuego nos envuelve.

Olas rompen sobre la arena de nuestra piel.

Y nos funden con el mar, hasta que somos olas también, yendo hacia las playas de fuego de esa otra realidad, para estrellarnos con furia, y morir en la orilla.

Luego, el silencio.

Solo la luz de la aurora sobre el cielo polar.

Y poco a poco, un camino con el canto de mil manantiales.

Mis ojos están abiertos, y a mi lado, la figura de ella parece bañada por una luz de Luna.

Su mirada es la estrella que me trajo a este momento.

Su beso, el ancla para esta eternidad.


13 de septiembre de 2016

Gaia2

Hay un famoso experimento que evidencia de modo objetivo la existencia de un observador consciente.

Un electrón es disparado a través de un agujero hacia un diafragma donde se puede desviar a la derecha o a la izquierda.

Es sorprendente notar que lo que ocurre depende de si alguien está observando.
La cuántica tiene sus explicaciones. Lo importante es que el observador se vuelve visible.

En un congreso de física, se mostraron los resultados de un interesante experimento donde se exponía un hecho cuántico a la observación de animales.

Cuando el hecho era observado por un humano, su observación afectaba el resultado. Pero también cuando lo observaba un animal. Stephen Hawking declaró que los físicos conocían ahora una verdad que mucha gente del resto del mundo se empeñaba en negar; que los animales y otros seres vivos tenían una conciencia.

Alan Touring, para determinar cuando una computadora podría ser considerada inteligente, como un humano, ideó una prueba en la que alguien situado detrás de una pared respondía a las preguntas de una persona. Si la persona se convencía que quien estaba detrás de la pared era otra persona, entonces no importaba si estuviera hecha de metal y circuitos, para fines prácticos era una persona. La pared era para evitar el prejuicio.

La prueba de la observación de hechos cuánticos es como esa pared. Si el hecho es afectado por quien lo observa, no importa si quien observa es un humano o un animal... ¿y si fuera alguien hecho de metal y circuitos?

Es fácil poner una cámara frente al experimento y ver si su presencia afecta el resultado. De hecho, para observar un hecho cuántico suele ser necesario un tipo de cámara. Y no afectan el resultado, como se comprobó desde la primera vez.

Viene la pregunta en qué hay de diferente entre una cámara observando algo y un animal haciendo lo mismo.

Cuando se compara la cámara con un animal, hay menos prejuicios que cuando la comparan con un humano, y los científicos empiezan a imaginar más posibles explicaciones, hipótesis y experimentos.

(Convencerse que quien está detrás de la pared tiene prejuicios quizás sea una forma práctica de detectar humanos).

Uno de los experimentos es un sistema que registra el hecho cuántico y recibe una especie de recompensa cuando ocurre una de las opciones pero no la otra. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema no tendría conciencia.

Otro de los experimentos es expresar los hechos cuánticos como jugadas de ajedrez y poner enfrente a la computadora que le ganó al campeón mundial de ajedrez. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema tampoco tendría conciencia.

Sin embargo, aún un pollito o un pez, convenientemente informado del hecho cuántico, lo afecta.

¿Y qué hay de una planta? Es un poco más difícil imaginar un hecho cuántico que pueda ser observado por una planta. Pero, por ejemplo, cuando el hecho puede disparar una amenaza cerca de ella, o una recompensa como la otra opción, el hecho es afectado.

Del mismo modo con las bacterias. Y hasta con los virus, que se suponen no están ni siquiera vivos.

Así que empezamos a entrar en el terreno de lo paranormal. Sin embargo, ya no hay prejuicios que nos detengan.

Hay cosas que los humanos sabemos intuitivamente que están vivas y otras que no. Pero siempre ha sido un problema expresar el hecho de manera objetiva.

Para una de las primeras misiones a Marte, Lovelock sugirió que una buena prueba sería la de encontrar entropía negativa.

Es decir, si en el planeta ocurren fenómenos de orden en lugar de desorden, de cuesta arriba en lugar del natural cuesta abajo, probablemente se deban a procesos biológicos, los cuales exhiben entropía negativa.

Lovelock prosiguió con su idea en la Hipotesis Gaia, donde objetivamente se comprueba que todo el planeta Tierra se comporta como un ente viviente.

¿Pero qué pasa con el fuego, que parece vivo? ¿O con las formaciones de cristales, que parecen crecer como plantas? Sí, también parecen mostrar entropía negativa, pero muy localizada. Si se suma la entropía de su entorno cercano, ya no parecen tan vivos. Al menos no como en los entes biológicos.

Para alguien que ha jugado un rato con fuego, esto puede parecer un poco prejuicioso. Así que para salir de dudas se ideó un hecho cuántico del tipo castigo y recompensa, para ver si una flama podía afectarlo. Hubo que ir haciendo algunos ajustes para dar a la flama algo equivalente a unos ojos. Pero sí, definitivamente afectaba al hecho.

Sorpresa.

¿Los cristales? Como los virus. También están vivos.

Resultados como estos empiezan a afectar profundamente las creencias de las personas involucradas.

Cuando se trata de opiniones, uno siempre puede optar por el bando con mejor reputación para ti. 

Aquel con el que te identificas, ya sea porque es más rebelde, o más tradicional, o más inteligente. O simplemente porque sientes que es el correcto.

Lo normal en la comunidad científica es ser agnóstico, ateo, o alguna de sus variantes. Los científicos que muestran alguna inclinación religiosa o espiritual no son bien vistos por la comunidad, a menos que se traten de celebridades intocables a quienes se puede permitir ese tipo de excentricidades, como Einstein.

Así que cuando vuelves a casa después de que has comprobado objetivamente que el fuego está vivo, miras con otros ojos la cocina mientras te preparas el café.

Un fósforo encendido está vivo pero no Deep Blue, por más que parezca imaginar las mejores jugadas de ajedrez y haya derrotado a Kasparov.

Hay algo que no cuadra.

Así que surgió está otra hipótesis. Y tiene que ver con Gaia.

Qué pasa si lo que ocurre es que hay una conciencia que siempre está observando todo. Y lo que ocurre con los hechos cuánticos es que están más allá del límite de su observación.

Cuando una persona lo ve, lo afecta, porque la conciencia lo hace a través de ella. Es como cuando los humanos afectamos un experimento a través de una cámara (y la cámara podría pensar que de ella es la conciencia).

Igual con un animal, una planta o cualquier cosa viva. Todos somos como emisarios portadores de esa conciencia. Incluso los cristales y el fuego.

Pero, por alguna razón, no puede pasar a través de las computadoras, aunque estas emulen procesos casi biológicos.

Esa es la nueva hipótesis Gaia, o Gaia2.
Si la conciencia de Gaia afecta los hechos cuánticos dentro de su campo de observación, ¿qué garantía hay de que los procesos físicos que conocemos (y que pudieran tener una base cuántica) ocurren del mismo modo cuando ella nos pierda de vista?

¿Seguiremos vivos si cruzamos al otro lado de la Luna?

¿Es realmente posible que viajemos por el espacio como marineros en un mar cósmico, o se trata más bien de un desierto hostil donde pereceriamos sin suelo donde hundir nuestras raíces por las que recibimos el sustento de Gaia?

¿Sería Gaia la única conciencia, o podría haber algo similar en Venus, Luna, Marte o el mismo Sol?

¿Tendrían esas conciencias los mismos límites biológicos que Gaia o quizás podrían propagarse a través de otros tipos de sistemas?

¿En qué forma los fenómenos físicos de esos entornos, afectados por diferentes conciencias, diferirían de los del nuestro?

¿Está Gaia sola? Si ella no puede propagarse a través de las computadoras, ¿acaso hay alguien que sí?

9 de julio de 2016

A tu manera

Hay algo que quieres expresar.

Muchas veces, cedemos a la presión de colocarlo dentro de una pauta aceptable. Por ejemplo, se supone que una historia tiene un inicio, un avance, un nudo, un descenlace, y tratamos de que nuestras ideas encajen dentro de ese esquema. Así, la bella flor languidece mientras construimos el aparador donde quisiéramos exponerla.

Puede ser difícil confiar en el sentimiento y apoyarlo para que lo expresemos tal como llega, pero me parece más gratificante.

Puedes complacer a la academia, o puedes honrar lo que sientes. En algunas ocasiones ambas tienen coincidencias, pero no siempre es el caso. Con el tiempo suele llegar una prueba de fe. Una idea que te pregunta si tienes el valor de expresarla tal cuál es.

Lo que sientes es lo que sientes y tú sabes lo que sientes.

25 de marzo de 2016

El dios de los gatos

Un gato llora junto a mi puerta. Lo llamamos Brad porque es rubio. Vive en la calle, al igual que Leo, Priya y Egipcia, entre otros más que a veces nos visitan.

Brad y Leo suelen pasar el día en el patio que da a la calle. La gente que pasa los mira a través de las rejas y piensa que son nuestros gatos.

Cuando llegamos en la noche, nos suelen recibir con sus maullidos ansiosos. Les prometemos la comida que les alcanzaremos después. Son unos puñados de galletitas para gato envueltas en hojas de plástico, que dejamos en la esquina de nuestra cuadra. Es a donde hemos llegado, porque siempre hay alguien a quien le molesta que uno trate de atenderlos cerca a la casa. Hay problemas con el olor de los excrementos que entierran en cualquier jardín, pero también cargan con estigmas y mitos que la gente se pasa de boca a boca sin comprobar su certeza. Y parece que todos los problemas del mundo son achacables a quien no tiene como defenderse.

En esa esquina les dejamos comida casi cada noche.

Sin embargo, sé que las cosas pueden cambiar. El año pasado era un grupo de gatos ligeramente diferente. Algunos desaparecieron. A otros los mataron. Otros vinieron en su lugar. Me conmueve lo problemática que debe ser la vida de un gato de la calle.

Brad llora esta noche junto a mi puerta, aunque hace unos minutos que les dejé la comida. Supongo que Leo o algún otro gato se la habrá quitado. Podría ir y traer más solamente para él. Me gustaría. Sin embrago, no lo hago. Pienso que eso podría acostumbrarle a rendirse ante Leo o quien sea que quiera quitarle algo. Sería más fácil correr y venir a pedirme más. Creo que al establecer este ambiente firme, el percibirá con más claridad sus opciones y se sentirá más motivado a tomar el control de su destino.

No lo se, solo especulo, pero le encuentro sentido.

Esto me lleva a recordar la pregunta de por qué Dios permite que la gente sufra. Yo creo que el dios de unos es el semejante de otros. Quizás somos como dioses para las hormigas o incluso para un gato. No soy omnisciente ni omnipotente, pero hago cosas que está más allá de su comprensión. Y buscan mi favor. Y puedo dárselos pero decido no hacerlo porque considero que será mejor para ellos.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Quizás Dios sea diferente a como nos han enseñado a pensar. Quizás sabe que las cosas pueden cambiar y no estará siempre para hacernos las cosas más fáciles. Quizás cree que podemos resolver estos problemas y que eso nos ayudará a ser mejores.

6 de diciembre de 2015

Mi mente, tu mente

Ella tomó el par de lentes que estaba sobre la mesita y se los colocó como de costumbre.

Cerró los ojos, respiró con calma, relajándose, mientras esperaba la familiar sensación.

En unos segundos apareció. Su cuerpo recibió la sugerencia de juntar los dedos, hasta que el índice y el anular de cada mano tocara el pulgar. Los dedos se tocaron. A partir de allí era más sencillo dejarse llevar.

Sus ojos se abrieron. Su cabeza giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sintió ganas de sonreír y sonrió.

El señor Douglas siempre tenía ganas de sonreír durante las sesiones. Por eso también le gustaba ir a visitarlo.

Cuando llegaba al asilo, lo encontraba en su silla de ruedas, con la mirada dirigida hacia el jardín. Ella lo saludaba. Tocaba su mano, miraba sus ojos y se imaginaba el hola que debía formarse en algún lugar de su mente, detrás de aquel rostro impasible.

No era necesario que tratara de iniciar una conversación, pero igual le había comentado lo bonito que estaba el clima esa mañana, o cómo había estado el camino desde su casa, mientras había sacado de su maletín los útiles habituales.

Con cuidado, le había colocado el chaleco de sensores. Luego le había adherido sobre la frente la banda sensora. Con otros clientes usaba habitualmente el gorro o los lentes, pero él necesitaba que su cabellera estuviera descubierta. Le había costado un poco conseguir el dispositivo, pero las ganas de sonreír del señor Douglas hacían que valiera todo el esfuerzo.

Los sensores captaban la actividad mental y la enviaban hacia ella. La banda a sus lentes y el chaleco a su chaleco. Y luego de regreso. Las mentes sincronizaban. Las sensaciones de ella eran compartidas con él. Así, el señor Douglas podía volver a sentir lo que era tocarse los dedos, mirar hacia los lados, y sonreír.

En su especialidad, ella había sido entrenada para dejar que su sistema muscular respondiera a los estímulos de la otra mente conectada. Allí aprendían a captar las sensaciones sugeridas y a llevarlas a cabo sin interferir, como si fueran espectadores de sus propios movimientos.

Los robots controlados mentalmente eran la alternativa. Con ellos, el mejor cirujano podía operar como si estuviera presente, aún cuando estuviera al otro lado del mundo.

La conexión mental entre personas apareció como una alternativa práctica. Comprar sensores es más asequible que comprar un robot.

Y estaba el valor de la experiencia. Cuando controlas mentalmente a un robot, para tu mente es como aprender a manejar bicicleta. Controlas la bicicleta, con práctica la dominas y llegas a sentir a través de la bicicleta. Pero cuando te conectas mentalmente a una persona, no la controlas, sino que colaboras y hay mayor riqueza de sensaciones y emociones.

El señor Douglas había sido un estilista muy famoso. Siempre rodeado de estrellas de cine, muy querido. A veces venían a visitarlo, y conversaban sobre los viejos tiempos, con ayuda de ella. A veces incluso les hacía un corte.

Pero esta vez era su turno.

Ella contemplaba sus acciones impulsadas por el señor Douglas.

Se acercó a donde estaba sentado y acarició con cariño su cabellera, su rostro.

Tomó una toalla y se enjugó una lágrima antes de acomodarla sobre los hombros.

Tomó una tijera y un peine y empezó.