El dragón y la niña

En lo alto de la pirámide, una silueta alzaba los brazos al cielo. El sonido de un tambor parecía llegar de todas partes. El sacerdote levantaba la daga y hacía el sacrificio. Toda la multitud alrededor se postraba hasta pegar su frente al suelo.

Mientras el ritual proseguía, la sangre derramada iba avanzando por un canal especial que penetraba entre la roca y descendía por el centro de la construcción.

Dentro, en lo profundo, reinaba la oscuridad. Pero, en esta fecha especial, la luz de sol entraba por una rendija, aún hasta ahí abajo, y un hilo de luz se proyectaba en el fondo de la celda.

Todo era silencio, hasta que el aroma de la sangre fresca perfumó el aire. Entonces, un sordo rugido se manifestó. Luego, el sonido del metal de las cadenas al arrastrarse por el piso de piedra. Caminando con dificultad, una sombra llegó al final del canal, donde la sangre caía en un vertedero. Lentamente, fue bebiendo.

Fuera de la celda, por una mirilla en una de las paredes de piedra, un sacerdote vigilaba todo.

Más tarde, la sombra había vuelto a su esquina y dormía, cuando llegó el principal de los sacerdotes. Ya habían pasado los tres días estipulados luego del sacrificio. Había cosas urgentes que preguntar.

Iniciaron el procedimiento para consultar a la sombra. A su señal, los otros sacerdotes introdujeron unas largas varas, armadas con puntas doradas, para picar en su escamosa piel. La sombra despertó y fue claro el sonido de su cuerpo al arrastrarse hasta el centro de la celda. La sangre había sido buena y le había dado más energía.

Las oraciones del sacerdote resonaron en las paredes de la celda, y la criatura se agitó con furia. Las llamas de las antorchas iluminaron su terrible figura, tan alta que rozaba el techo.

El sacerdote pronunció su pregunta y esperó. El silencio indicaba que debía honrar a la sombra con más cánticos y así lo hizo. La criatura volvió a agitarse, presa de un dolor que nadie sospechaba que sufriera. Cuando se detuvo, sus ojos llenos de odio se quedaron fijos en la ventana desde donde el sacerdote le interrogaba.

Como aún hubo silencio, se realizó una tercera ronda de cánticos. Se mezclaron con el ruido de las cadenas que la criatura agitaba con un vigor que fue menguando. Su odio se había ido. Solo quedaba miedo. Con sumisión, se acomodó frente a la ventana del sacerdote y habló en la lengua de los hombres.

Los sacerdotes anotaban sus enigmáticas palabras, que luego estudiarían, para llevar ante el rey las respuestas que buscaba.

El ritual del oráculo terminó. Ya no hubo más cantos. El sacerdote mayor se retiró, seguido de los que portaban las largas lanzas. Al final, salieron los que portaban las antorchas, y la sombra volvió a quedarse sola. Con pesadez, volvió arrastrándose a su rincón.

Una pequeña niña había estado observando todo desde un rincón que nadie alcanzaba a ver.

Había esperado un rato para asegurarse que todos estuvieran lejos.

Trepó hasta la ventana que había usado el sacerdote mayor. Para ella, la abertura era lo suficientemente amplia y pudo entrar a la celda.

Parada al pie de la ventana, sacó una de las piedras que llevaba en una bolsa, y la lanzó a la esquina donde estaba la criatura.

Él despertó, confundido. Al voltear descubrió la silueta al pie de la ventana desde donde el sacerdote le arrojaba esos sonidos de tortura. Se levantó, con la ira que llenaba su corazón, y fue hacia ella dispuesto a embestirla.

Pero las cadenas no dejaron que llegara. A pocos pasos de alcanzarla, sintió el tirón del metal y cayó abatido.

La pequeña silueta de la ventana, se acercó hacia él, extendió su mano y sintió el tibio roce de su piel en su nariz.

Se quedó quieto, sorprendido que un humano se atreviera a hacer algo así. No sentía su miedo. ¿Acaso sabía quién era?. Entonces, tuvo una visión. Eran los pensamientos de la niña.

"Te saludo, noble dragón."

Entonces, sí lo sabía.

"Vengo escondida en las sombras, porque alguien como tú me enseño a ver en ellas."

¿Sería posible que no fuera el último que quedaba? Después de tanto tiempo cautivo, había perdido la esperanza.

"Y me contó de la prisión donde los hombres someten a los dioses."

De algún modo habían aprendido a hacerlo. Manteniéndolos vivos solo lo suficiente para utilizarlos en sus oráculos. Hubo una época, donde había sido llevado a la guerra, para que peleara en las batallas contra otros humanos, y les habían ayudado. Luego, ambiciosos de su poder y sabiduría, los habían cazado y esclavizado.

"Sé que cuando eres fuerte puedes ver en el tiempo y puedes ir a donde quieras."

¿Realmente era una niña humana la que le decía todo eso? ¿Estaba acaso soñando?

"Y que la sangre puede encender tu poder."

El dragón se quedó contemplando a la niña.

"Yo también soy esclava. Pero mi sangre te puede hacer libre..."

Si la tomo, morirás, le dijo a su mente.

"Mi mente en tu mente, vivirá contigo. Y también seré libre."

Era increíble, aún para un dragón que había visto siglos de cosas increíbles. Magia antigua que llegaba para salvarlo, si él aceptaba el pacto.

Aceptó su sacrificio. Y ella aceptó el de él.

La niña deslizó su mano hacia la boca del dragón y rozó sus largos colmillos. Su piel se rasgo con facilidad. La lengua del dragón, áspera y tibia, fue llevando el calor de su sangre hacia su interior.

Ella se arrodilló, abrazándose a su larga cabeza. Él ronroneaba con un sonido grave y profundo. Ella acariciaba su plumaje, cada vez más suave y reluciente. Ambos iban cambiando.

Hacia el alba, la luz del sol cruzó la rendija, y un hilo de luz iluminó el pálido cuerpo de la niña, que yacía en brazos del dragón.

Pero ella no se había ido. Ahora miraba el mundo a través de sus ojos. Compartía sus pensamientos.

El dragón se levantó. Sus alas rotas se habían restaurado. Sus heridas habían sanado. Volvía a tener su poder. Sus garras rasgaron las cadenas. Sus manos empujaron la piedra. Los muros cedieron.

Por los largos pasillos secretos de la pirámide, se oía avanzar un trueno. Los sacerdotes acudieron, alarmados.

La pared cara al sol naciente se abrió en dos y apareció la figura de su dios. Todas las frentes se postraron en el suelo.

El sacerdote mayor estaba frente a él. Había algo que quería decirle. Fue y lo puso de pie. Temblaba. La afilada punta de su garra se fue acercando hasta tocar su frente. El hombre se desmayó. Pero, mientras caía, una visión inundó su mente. Con un mensaje que habría de compartir al despertar.

Con un leve impulso, el dragón se elevó y llegó volando hasta la cima de la pirámide. Colocó el cuerpo de la niña sobre el altar del sacrificio. Sopló y su aliento de fuego envolvió el cuerpo. Luego, saltó hacia el cielo.

La niña, en sus ojos, volaba también con él. Sus recuerdos lo conducían al encuentro de los otros dioses.

Eran libres, al fin.

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