Mi mente, tu mente

Ella tomó el par de lentes que estaba sobre la mesita y se los colocó como de costumbre.

Cerró los ojos, respiró con calma, relajándose, mientras esperaba la familiar sensación.

En unos segundos apareció. Su cuerpo recibió la sugerencia de juntar los dedos, hasta que el índice y el anular de cada mano tocara el pulgar. Los dedos se tocaron. A partir de allí era más sencillo dejarse llevar.

Sus ojos se abrieron. Su cabeza giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sintió ganas de sonreír y sonrió.

El señor Douglas siempre tenía ganas de sonreír durante las sesiones. Por eso también le gustaba ir a visitarlo.

Cuando llegaba al asilo, lo encontraba en su silla de ruedas, con la mirada dirigida hacia el jardín. Ella lo saludaba. Tocaba su mano, miraba sus ojos y se imaginaba el hola que debía formarse en algún lugar de su mente, detrás de aquel rostro impasible.

No era necesario que tratara de iniciar una conversación, pero igual le había comentado lo bonito que estaba el clima esa mañana, o cómo había estado el camino desde su casa, mientras había sacado de su maletín los útiles habituales.

Con cuidado, le había colocado el chaleco de sensores. Luego le había adherido sobre la frente la banda sensora. Con otros clientes usaba habitualmente el gorro o los lentes, pero él necesitaba que su cabellera estuviera descubierta. Le había costado un poco conseguir el dispositivo, pero las ganas de sonreír del señor Douglas hacían que valiera todo el esfuerzo.

Los sensores captaban la actividad mental y la enviaban hacia ella. La banda a sus lentes y el chaleco a su chaleco. Y luego de regreso. Las mentes sincronizaban. Las sensaciones de ella eran compartidas con él. Así, el señor Douglas podía volver a sentir lo que era tocarse los dedos, mirar hacia los lados, y sonreír.

En su especialidad, ella había sido entrenada para dejar que su sistema muscular respondiera a los estímulos de la otra mente conectada. Allí aprendían a captar las sensaciones sugeridas y a llevarlas a cabo sin interferir, como si fueran espectadores de sus propios movimientos.

Los robots controlados mentalmente eran la alternativa. Con ellos, el mejor cirujano podía operar como si estuviera presente, aún cuando estuviera al otro lado del mundo.

La conexión mental entre personas apareció como una alternativa práctica. Comprar sensores es más asequible que comprar un robot.

Y estaba el valor de la experiencia. Cuando controlas mentalmente a un robot, para tu mente es como aprender a manejar bicicleta. Controlas la bicicleta, con práctica la dominas y llegas a sentir a través de la bicicleta. Pero cuando te conectas mentalmente a una persona, no la controlas, sino que colaboras y hay mayor riqueza de sensaciones y emociones.

El señor Douglas había sido un estilista muy famoso. Siempre rodeado de estrellas de cine, muy querido. A veces venían a visitarlo, y conversaban sobre los viejos tiempos, con ayuda de ella. A veces incluso les hacía un corte.

Pero esta vez era su turno.

Ella contemplaba sus acciones impulsadas por el señor Douglas.

Se acercó a donde estaba sentado y acarició con cariño su cabellera, su rostro.

Tomó una toalla y se enjugó una lágrima antes de acomodarla sobre los hombros.

Tomó una tijera y un peine y empezó.


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