Bendita tú eres

Siempre se trata simplemente de respetar a tu voz interior, escuchar lo que te dice, y tratar de honrar ese regalo del mejor modo que puedas.

Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.

Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.

El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.

Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.

Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.

Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.

'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.

'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.

Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.

Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.

Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.

Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.

Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.

Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.

Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.

Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.

Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.

Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.

Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.

Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.

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