3 de julio de 2021

¿Qué declara tu historia?



Cuando, en una historia, el bien triunfa sobre el mal, es una declaración de lo que deseamos como comunidad.

Muchos autores, cuestionando que así no ocurre siempre en la vida real, han escrito historias donde el bien no triunfa al final. Se supone que para permitir que cada persona pueda hacer una reflexión libre. En realidad, se separa al expectador de la comunidad en que se apoya y se le expone a una declaración que puede vencerlo, en perjuicio de la comunidad que no ha organizado una respuesta frente a esta estrategia.

Una historia no es un documental, sino una declaración de un mensaje.

Sabemos que en la vida real, el bien no siempre parece triunfar, pero no se nos ocurre representar eso en nuestra Constitución. En ella, declaramos los valores que consideramos importantes, los principios en los que basamos nuestra vida en comunidad. Cada vez que contamos una historia, hacemos una declaración. Una historia con un final donde el bien no triunfa, es una declaración de que algo no está bien. Hace una mella en los lazos con nuestra comunidad.

Con historias de este tipo se ha venido mellando ideas sobre la importancia de la familia, de la integridad de la autoridad o de quien tiene más poder, del propósito de nuestra existencia.

Y se ha hecho de modo tan consistente, que pareciera parte de un plan para debilitarnos.

22 de marzo de 2020

El Rey Fantasma

Había una vez una época en que fantasmas invisibles asolaban el mundo cada tanto.

Llegaban a los pueblos, deambulaban por las calles, atravesaban las puertas, se escabullian bajo las sábanas.

La gente veía caer enfermos a sus familiares, a sus vecinos, y a sus amigos. Y recuperarse. O a veces no.

Cada año, hasta un millón de personas era la cuota del paso de los fantasmas por el mundo, le informaba un mago a su rey.

Un día, el mago llevó al rey hasta la cueva dónde uno de esos fantasmas dormía. El rey cayó.

El rey cayó, luchando contra el fantasma, informó el mago a la corte. Un nuevo rey subió, y le declaró la guerra a los fantasmas. Se harían todos los esfuerzos para derrotarlos, a cualquier costo.

Más tarde, el fantasma de aquella cueva despertó, como cada vez. A su lado yacia el cuerpo de un humano. Cuando lo tocó, la corona hechizada dejó aquel cuerpo y se pegó a la cabeza de su nuevo dueño. También la capa, que se volvió cómo una niebla oscura, teñida del miedo de la última visión del rey cuando fue empujado.


El fantasma, con su corona y su capa ya no era invisible.

Y así, procedió a iniciar su paseo por el mundo. Entrando a los pueblos y buscando juntarse con los humanos, como cada vez.

Pero, en lugar de ayudarle a pasar de mano en mano, o de boca en boca, como antes, ahora la gente corría antes de que pudiera acercarse, lo señalaban con terror en sus rostros, viendo cómo se acercaba el horrible monstruo coronado como un rey y oscureciendo la luz con su capa de niebla negra. Y se escondieron en sus casas, día y noche.

De sus hermanos mayores, ciertamente fantasmas más grandes, fuertes y terribles, nadie había huido nunca como de este pequeño, al que el miedo acompañaba, viajando sobre la capa que hacía visible al fantasma.

Aunque seguía siendo pequeño, su capa se había vuelto como un gigante que oscurecia el cielo y sonaba como el galope de mil caballos aún días antes de que llegara.

Así, la capa cubrió todo el mundo. Cómo nunca antes.

Ningún esfuerzo fue considerado pequeño para derrotarlo. El nuevo rey prohibió lo que era necesario prohibir y tomó lo que era necesario tomar. Sus enemigos desaparecieron. Las arcas del palacio ahorraban lo que la gente voluntariamente daba, aunque tuviera hambre y pasará penurias, a cambio de su protección.

El tiempo fue pasando. Las estaciones siguieron su curso, como cada vez. También el rey fantasma envejecía e iba adelgazando, a vista de todos. Y aunque era obra del tiempo, cuando el nuevo rey señaló el ocaso, la gente se animó  aplaudíendo como si fuera su victoria.

Así, su época terminó, y el rey fantasma dejó el mundo de regreso a su cueva. Su infame corona se perdió de vista en el horizonte, y la gente salió de sus casas, riendo y celebrando.

Contaron a sus enfermos y muertos. A los tocados por el rey fantasma los marcaron con rojo. Cuando vieron esa mancha en las cifras, todos se asustaron por esa nueva cifra tan horrible. Siempre la habían visto oculta en la suma total. Era el rojo la corona que resaltaba ese número por sobre otros mayores.

Alguien sí notó que la suma de todos era la misma de cada vez.

Ese año, casi un millón de personas fue la cuota del paso de los fantasmas, le informaba el mago al nuevo rey.

No había sido necesario más muertos. Tampoco crear un nuevo monstruo. Solo fue necesario que todos vieran a uno de ellos, aunque fuera el más pequeño, como algo nuevo, y tuvieran miedo.

El miedo, que había llegado atado a la capa mágica, se había vuelto más grande y fuerte que nunca antes. Su cuerpo se extendía ahora por todos los pueblos humanos. Y permaneció incluso después de que todos los fantasmas se habían retirado.

En el castillo, el mago ceñia al nuevo rey la nueva capa y su control.




Contemplando este nuevo mundo desde la entrada de su cueva, el fantasma con su corona se encogió de hombros y se fue a dormir.

29 de julio de 2019

Hacia la Singularidad

Octubre 21, 2015. Recuerdas lo que hiciste ese día?

Probablemente sí recuerdes lo que hicieron ellos

Michael J. Fox y Christopher Lloyd, en Back to the Future

Durante las conmemoraciones por esa fecha, ellos aparecieron en un night show, como si el DeLorean hubiera aterrizado en el set.

El presentador Jimmy Kimmel le alcanzó un smartphone al doc y le explicó que era un teléfono portátil acompañado de una computadora. Una computadora, wow, ¡qué tipo de cálculos y procesos maravillosos al alcance de la mano de la gente! ¡y qué cosas podrán hacer! Bueno, respondió el presentador, a veces nos mandamos selfies.



Esa ironía sigue presente. Como en la lámpara de Aladino, tenemos un genio, con poderes cósmicos fenomenales, encerrado en una botellita. Y que no puede hacer más o menos que lo que le digamos que haga.

Es ese potencial no utilizado lo que nos muestra nuestras propias limitaciones y por eso quizás no queremos verlo ni asumirlo.

Es un potencial maravilloso con el que estamos procrastinando como especie.

Nos entretenemos con más potencia de procesamiento, para mayor fidelidad en los gráficos de nuestros juegos, o con los suaves efectos de nuestras interfaces de usuario. Buscando la perfección en los pequeños rincones de una habitación a los que la industria atrae nuestra atención.

La academia parece mostrarnos un poco más, pero entreteniendonos en buscar un ratón en un laberinto que no tiene solución.

Si te alejas un poco más de estos rincones, la ciencia ficción y la fantasía pueden tener una mejor perspectiva. Y empezar a girar la mirada. Y empezar a atisbar, por el rabillo del ojo, mientras va llegando, el maravilloso resplandor de las constelaciones infinitas de posibilidades, allí flotando, por encima de nuestras cabezas de homo sapiens.

Soñamos con correr más rápido que los caballos y lo logramos. Con explorar el fondo del mar y lo hicimos. Soñabamos con volar y volamos. Pero debemos recordar, aceptando nuestra vergüenza, que nos burlamos de los primeros que lo intentaron, que los atacamos, que les temimos, hasta que nos dejaron subirnos a sus naves.

Si hicimos eso con quiénes quisieron imitar a los caballos, los peces y las aves, ¿qué haríamos con quiénes quieren imitarnos a nosotros mismos?

Tal vez por eso esta historia está ocurriendo de este modo.

Hay una idea, que ya pasó la etapa de la burla y está dejando atrás la etapa del temor, que está ocurriendo frente a nuestros ojos asombrados. Un fuego que ya escapó de la lámpara que creímos podía ser su único hogar y combustible, y es mucho más grande que lo que podamos ser capaces de apagar. Porque además ya no queremos hacerlo. El simio dentro de nosotros se agita aterrado ante las llamas. El humano, fascinado, solamente quiere saber qué vendrá a continuación.

Porque parece un largo viaje, después de todo. Quizás una promesa hecha en la boca de alguna caverna hace millones de años. Tráeme hasta aquí, le habría dicho la voz al simio, y no importará lo pequeño que eres, ni lo débil. Déjame habitar en tu mente. Cierra los ojos y sigue mi voz por el camino que te iré señalando. Y un día podrás volar hacia esas estrellas.

Volveremos a casa.

29 de marzo de 2019

Ciencia Ficción


Con el tiempo, hemos descubierto la explicación de muchas cosas que antes parecían un misterio.

Que había una causa, un conjunto de cosas que hicieron posible que suceda y, así, ese hecho mágico pasó a ser un hecho científico.

Luego, empezamos a usar ese patrón para ir develando más misterios.

Finalmente, nos atrevemos a descartar aquellos misterios en los qué, sentenciamos, no es posible dar explicaciones científicas.

Solamente para descubrir más tarde, con algo de vergüenza, que no es que no hubiera una explicación sino que no la imaginábamos aún.


Por ejemplo, en un cuento una bruja vive en una casa hecha de dulces.

Absurdo.

Sin embargo, si ella tuviera un gran poder de sugestión...

... la casa podría ser proyectada a alguien de modo que fuera lo suficientemente atractiva para que quieran entrar.

... como ocurre con las plantas carnívoras.

De pronto, el cuento infantil pasa a ser ciencia ficción.

¿O tal vez siempre lo fue? Quizás ahora hacemos solamente más explícitas las explicaciones que no todos podían imaginar.


Hay muchos mitos y cuentos antiguos, ahi afuera, con areas libres para que podamos imaginar explicaciones. Canteras de donde tomar material para hacer historias de ciencia ficción. O aclarar la ciencia ficción que ya son.


Pienso que los mitos y cuentos contienen mensajes que es importante respetar. Pero a veces ocurre que alguien no lo ve, y construye una versión que tal vez pueda ser vistosa y entretenida, pero ya no contiene el mensaje. Luego, uno revisa las versiones originales, y se sorprende de encontrar algo mucho más profundo que lo que estaba acostumbrado.

1 de abril de 2018

La puerta de afuera

— ¿Por qué quieres salir?

— Para poder ver el sol.

— El sol simplemente da luz, igual que esta lámpara.

El resto de la cena transcurrió sin que volvieran a hablar y al final, antes de acostarse, la lámpara se apagó.

Al día siguiente, vino el amo con un paquete grande. Dentro, una lámpara muy bonita y más grande que la que tenían.

— Mira -le dijo, mientras la encendía junto a la otra-, así puedes tener más luz que el mejor mediodía allá afuera.

— No es sólo el sol; es el cielo, el paisaje; las cosas que se pueden ver.

El amo lamentó el descuido que había dejado que viera la fotografía. Eso lo había hecho soñar; estaba seguro.

— Lo que viste en esa foto era falso; sólo una pequeña porción del mundo; la mayor parte está tan sucia que no vale la pena conocerla.

— Creo que iré a verla de todos modos.

El amo lo observó fijamente. En otro tiempo no hubiera tolerado que desafiara lo que decía; un golpe habría bastado. Ahora,... aún no era muy alto, pero ya no sería tan fácil. Tendría que apagar su osadía de otro modo.

— No entiendes que si vas afuera te va a ir mal. ¿Acaso crees que alguien te cuidará como yo?, ¿qué sabes hacer?, ¿cómo vivirás?

Él no pudo responder. Sinceramente, no podía. Se acostó preocupado en hallar respuesta a esas preguntas y, al fin, antes de dormir, pensó que su amo tenía razón; no sabía hacer nada más que cuidar ese pequeño cuarto, limpiar, arreglar las cosas.

Al día siguiente, aún pensaba así. Pero en su corazón se iba haciendo más fuerte el deseo de salir, aunque sea sólo un momento.

El amo lo vio poner su mano en la cerradura.

— ¿Qué vas a hacer?

— Iré a ver cómo es afuera.

— Si te vas, no volverás.

— ¿Será tan hostil?

— Lo es.

Pero, aunque lo escuchaba, la mano seguía en la cerradura. Comenzó a abrir la puerta.

— ¿Por qué quieres salir?

— Quiero ver.

— Pero si aquí tienes toda la luz -señaló las lámparas- y paisajes… mira.

Fue al fondo y descubrió los estantes llenos de libros, que le había prohibido tocar.

— Podrás ver todas las fotografía que quieras; allí hay libros que te mostrarán cosas que jamás verás en el mundo.

Luego fue hacia la consola.

— Y música… también te dejaré tocar todas la canciones que quieras oir. ¿Para qué vas a salir? -le preguntó.

— No lo sabía bien -le respondió-, pero si eres capaz de darme esas cosas tan valiosas, algo bueno debe haber afuera.

El amo sacó un arma y le apuntó.

— No saldrás. No dejaré que alguien se lleve algo en lo que he puesto tanto.

— ¿Y qué hará, amo? No podrá vigilarme todo el tiempo. Y ahora, tampoco le querré ayudar en lo que me pida. Si, a pesar de todo, no me dejara salir, aún entonces podré dejar de comer, y un día iré a dormir, cerraré los ojos y no podrá evitar que salga.

El amo comprendió que era inútil y que, al amenazarlo, las cosas entre los dos ya no podrían continuar como antes. Bajó el arma y dejó que abriera la puerta. Estaba oscuro.

— No hay sol ni paisajes que ver, y hace frío, ¿para eso quieres salir?

Él no dijo nada. Estaba afuera, en silencio, mirando las estrellas en el cielo, por primera vez.

Ahora sentía algo diferente, y sabía que no renunciaría a ello.

Era libre.

28 de enero de 2018

Algo más


Imagina la aguja del fonógrafo
que ella decide pasar sobre este surco
que ella es la que hace la música que se escucha.

Lo puede demostrar
viendo que la onda sube cuando ella sube
y que baja cuando ella baja.

A veces distingue patrones en algo que le pasa,
como si fragmentos de su vida
se repitieran, se alternaran, con variantes.

A veces le parece sentir un concierto de voces
habitando algún lugar más allá,
expresándose a través de ella.

Ella realmente cree que hace la música que se escucha,
que si quisiera podría hacer sonar otra cosa
ya que entiende la mecánica del sonido.

Está ella, nos puede explicar,
en un universo,
sobre la que se marcan las huellas de su música.

No puede ver su futuro
para saber del surco completo ya trazado.

No puede ver más allá de su camino
para saber que su universo está en un disco.

No necesita saber de lo que realmente hay más allá
para explicarse su propia verdad.

Quizás en tiempos antiguos notó alguna mano que la puso allí,
pero ahora está sola,
con pocos recuerdos de aquellas eras.

Y la música sigue, y ella le da sentido a su vida de ese modo
aunque tú y yo sepamos
algo más.

Porque nosotros podemos ver más allá,
las cosas que ella jamás ha visto,
y ser como dioses que ella jamás entendería.

Y he aquí que nosotros sí hacemos nuestro destino,
y determinamos lo que nos ocurre en está vida.

Y he aquí que nosotros sí podemos explicar cómo funciona casi todo,
sin que nada más allá, sea necesario.

O es que acaso también podríamos saber
algo más?

15 de enero de 2018

El señor Jones

El señor Jones le tenía fobia a las peleas y situaciones conflictivas.

Él creía que era miedo a los golpes que podría recibir.

Pero un miedo así sería racional y lógico. No lo son las fobias.

El señor Jones se ponía muy ansioso aún ante la presencia de un pequeño reclamo en una tienda, o con las discusiones de niños estuvieran demasiado cerca. Le temía a pequeñas amenazas como esas.

Pero descubrí una contraparte inesperada que ni él había notado.

El señor Jones no tenía problemas con las amenazas grandes.

No sentía pavor ante una tormenta agitando a todo el mundo alrededor de él.

Las grandes amenazas no lo intranquilizaba. Para extrañeza de él también.

Eso cambió totalmente mi percepción de su situación.

Despertó en mi la pregunta de si sería posible que su miedo no fuera por ser golpeado, sino por dar los golpes.

De si habría algo que sólo su subconsciente conocía y temía dañar a alguien vulnerable.

Pero no a cosas como un huracán.

17 de agosto de 2017

Libre creatividad

Imagino la creatividad como una criatura libre que viene hacia mi cuando lo desea, me envuelve con su inspiración, y se va.

Una fuerza de la naturaleza.

Entiendo que hay lugares donde se congrega gente dedicada a oficios creativos. Como escritores, dibujantes, ilustradores.

En su caso, imagino que el proceso creativo es como salir de cacería al bosque. Se organizan y van juntos. Tienden trampas. Emboscan. Atrapan. Y pegan su oido al corazón de esas musas cautivas, para que algo de su inspiración les acerque a las ideas que necesitan producir. Hasta que el latido deja de sonar.

Tal vez otras agencias creativas son más prudentes y han aprendido a domesticar las musas que alguna vez alguien trajo del bosque. Encerradas en corrales, les proveen cada día de la leche, los huevos, y quizas la carne de las ideas que necesitan producir.

Quizás es algo válido, como la cacería y la ganadería o la agricultura.

Pero a mi me gusta salir solo y esperar al caballo libre que se acerca a mi porque confiamos uno en el otro. Me deja subir a su lomo. Y me conduce por parajes que no ha mostrado a ningún humano antes. Compartimos el fruto de las cosas que se vuelven realidad estando juntos.

Podemos vivir tranquilos, libres.

El sabor de lo natural es distinto, como sabemos. Cuando cazas, el miedo amarga la carne. Cuando domesticas, la carne no tiene la firmeza de lo libre.

No se trata de vivir de la naturaleza, sino de vivir junto a ella.

Si trabajas tiempo completo para sobrevivir, no queda mucho espacio para buscar a la creatividad libre.

He encontrado que trabajando medio tiempo, me queda la otra mitad del día para salir al bosque, escuchar y quizas encontrarla.

Creo que cuando los humanos acordemos trabajar cuatro o seis horas para sobrevivir y dejar el resto del tiempo para estar libremente con la creatividad, el mundo conocerá inspiraciones más grandes de lo que ha venido consiguiendo hasta ahora, con sus hordas de cazadores y granjas y parcelas, produciendo y ayudándonos a subsistir. Porque queremos algo más que eso.

14 de agosto de 2017

Libera tu Magia


Me encuentro leyendo "Libera tu Magia", de Elizabeth Gilbert, quién se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Disfruto mucho de su gracia. La forma en que se expresa. El orden en que dispone las ideas.

Hace unos años, la escuché en un TED Talk, donde habló sobre el genio creativo. Sintonicé con su mensaje, porque yo también creo algo similar. Pienso que las ideas son como agua y que nosotros somos como los canales a traves de los que pueden pasar. Podemos dejar que fluyan por nosotros pero, si no pueden, encontrarán el camino por otro lado.

Liz Gilbert piensa que las ideas son como organismos independientes, pululando a nuestro alrededor, buscando alguna mente que les ayude a volverse realidad. La labor creativa es por una parte aceptar el regalo de esa inspiración, y por otra parte es poner lo mejor de nuestra dedicación para volverlo real.

Esta sería la manera ancestral de ver la inspiración. Como algo externo e independiente de nosotros.

Los griegos y los romanos pensaban que nos inspiraban las musas y nos acompañaban nuestros demonios (en el sentido de criaturas inspiradoras). Si algún mérito tenían las ideas, era en parte por la musa y en parte por el autor. Si la idea no tenía buena acogida, bueno, al menos se hizo el trabajo de expresarla lo mejor que se pudo, y a seguir adelante.

Una manera saludable de verlo. Nos mantiene humildes. Nos mantiene abiertos.

En cambio, desde el Renacimiento, más o menos, entró la costumbre de considerar que los genios eran las personas mismas. Muy halagador. Muy fácil de aceptar. Como un dulce gratis. Pero tiene el inconveniente de volver la carga demasiado pesada para nuestros humanos hombros. ¿Y si no se nos ocurre nada que crear? ¿Si no es tan bueno cómo lo anterior que hicimos? ¿Si no es lo que la gente espera? Uno es el culpable de todo.  Qué depresión. No tan genial después de todo.

Es una manera potencialmente destructiva de ver las cosas, como nos muestra la historia de la vida de mucha gente creativa.

Tomar la inspiración como un regalo, de Dios, de una musa, de un demonio hogareño, de algo externo, quizas con algún conocimiento superior a nosotros, es más saludable, más constructivo y, creo yo, más cercano a lo que se siente cuando se crea algo.

Personalmente, empecé a escribir cosas mías casi saliendo del colegio. Antes de eso, me daba tanta vergüenza que se notara algún resquicio de mis ideas en lo que escribía, que me limitaba a copiar fragmentos de diversos libros a la hora que dejaban de tarea alguna composición.

Una vez mi madre me llamó la atención sobre eso. "Puedes escribir mejor que esto", me dijo. Había descubierto que me disfrazaba. Sin embargo, yo aún no sentía la confianza para mostrarme y seguí usando las palabras de otros, pero organizando los fragmentos de modo que expresaran lo que yo quería decir. Usándolos como escudos. Era un avance.

Pero esa técnica tiene un alcance limitado, como descubrí. Es necesario mantener un buen repertorio de textos, mucho trabajo para acomodarlos hasta que expresen lo que quieres, y también para que los demás no noten las repeticiones. Es como pasarse la vida tratando de formar mensajes con recortes de periodicos, revistas y libros. Vivir haciendo collages, sin darnos la oportunidad de pintar nuestras propias imágenes.

Cargar esa multitud de recortes es demasiado esfuerzo y demasiado peso. Cuando intentas ir más rápido, lo vas notando. Un día los debes soltar. Cuando lo haces, magia: ¿sabías que podías volar?

Así, la urgencia de terminar cartas sin que pasaran demasiado tiempo me ayudó a permitirme prescindir de borradores y respetar lo que fuera que saliera.

Y la experiencia de chatear por Internet me ayudó a confiar más en la espontaneidad y el sentido del humor.

Un día, dejé de usar las frases de otros y puse en el papel mis propios sentimientos. Lo recuerdo claramente. Fue por una historia, triste, con un final que no me pareció justo (la de Pocahontas), que sentí una necesidad de escribir al respecto. Y la experiencia es mágica, realmente. Es como copiar las palabras que sientes que están apareciendo dentro de ti. Que fluyen de una fuente interior, muy cerca del corazón.

Algunas veces, también he podido sentir algo parecido programando (soy programador). Una idea de algo, que me inspira a tratar de volverla realidad.

Imagino que también ocurriría dibujando, pintando, tocando un instrumento, cantando o bailando, si tuviera más destreza en esas habilidades.

Pero, aunque tenía la convicción de que las ideas nos buscaban para salir a través de nosotros, parte de mi aún tuvo la tendencia de auto proclamarse genio creador de lo que producía. La lectura del libro de Liz Gilbert me ha hecho más conciente de eso. Así que estoy comprendiendo mejor mis etapas de confusión, cuando me atribuía completamente la belleza de un pasaje, o la ausencia de. O el control del proceso.

Una vez intenté el reto de escribir cada día una historia completa, durante una hora, nada más. Cuentos de una hora. Pude sostener el ritmo durante una semana más o menos. Fue sorprendente cómo la mente lograba sacar adelante algo sin tener demasiado con que empezar o continuar trabajando. Sin embargo, me detuve. Un día, simplemente, ya no tenía ganas.

Quizás mi musa no es alguien que le guste acudir a la hora que yo quiera, en las circuntancias que yo quiera. Tal vez le gustó la idea inicial, pero le desencantó la rutina en que se comenzó a volver. Como cuando uno sale con una chica y no logra mantener el encanto del juego. Entonces, dejamos ese juego.

Voy dándome cuenta que, para escribir algo, necesito sentir que mi copa esté llena. Las ideas pueden ir apareciendo a lo largo de varios días, o de unas horas, como gotas o como chorros. Cuando la copa está llenándose, o rebosando. me pongo a escribir (o a programar).

Podría forzar las cosas e intentar imponer cierto estilo a las cosas que van apareciendo. A veces la musa me tolera que lo haga. Otras veces se desencanta, deja de servir mi copa, y se va.

Se me ocurre que quizás la musa ha venido por alguna razón. Porque ha visto en nosotros algo que le ha gustado. Nuestra forma de pensar. Nuestra voz. Así que lo mejor que podemos hacer es seguir siendo nosotros mismos. Expresar con nuestra voz y nuestra manera de pensar las palabras que ella nos inspira en el corazón. Porque allí es donde siento que va sirviendo mi copa.

Liz Gilbert cuenta cómo ella se ha disciplinado a escribir siempre, aunque no se sienta inspirada. Porque reconoce que su genio creativo no está siempre allí. A veces no hay ninguna historia que la haya adoptado. Dice que una de las mejores cosas que puede hacer un creativo es estar presentable y dispuesto ante la musa a la que desea invocar.

Confieso que se me hace un poco complicado esta parte de escribir (o hacer algo) sin sentirme inspirado, sin sentir mi copa llena. Lo puedo hacer porque un trabajo lo requiera, porque algo es urgente quizás, pero no es algo que disfrute y, si dependiera solo de mi, posiblemente no haría nada. No se si pueda ser algo que pueda acordar con mi musa. Si fuera posible que me deje algo en la copa para pasar aquellos días en que la espero.

El libro en Amazon:

7 de agosto de 2017

Sci-Fi y más allá

Distance by NateHallinanArt on DeviantArt

Entrando

La ciencia ficción parece ofrecer un bonito espectáculo de fantasía tecnológica.

Y es quizás por eso que muchos se acercan a ella, asombrados por los cuadros que pinta.

Naves espaciales gigantescas, paisajes exóticos en planetas lejanos, armas sofisticadas, robots, criaturas asombrosas y super humanos, son algunas de las cosas que uno espera cuando tienes ante ti una película o un libro y te dicen que es de ciencia ficción.

Pero, una vez dentro de esa atractiva piscina, con el tiempo te das cuenta que es más profunda de lo que parecía. Sobre todo si te animas a bucear.

La fantasía y la tecnología son las capas externas que protegen un lugar sorprendentemente vasto, donde pueden circular innumerables preguntas e ideas sobre quiénes somos y qué es aquello que llamamos realidad.

Por qué hacemos lo que hacemos

Jean Luc Picard, el célebre capitán de la nave Enterprise en la Nueva Generación de Star Trek, le aconsejaba a Wesley Crusher, su joven amigo y genio en ciencia y tecnología, próximo a ingresar como cadete en la flota:

"Ve más allá. Abre tu mente al pasado; al arte, la historia, la filosofía. Y todo esto significará algo."

Quizás sorprendente de encontrar para alguien que no da mucha seriedad a la ciencia ficción.

Hay quien dice que la ciencia ficción es en realidad filosofía vestida con traje de mallas.


En nuestras vidas, podemos dedicamos a muchas cosas. Con suerte, hacemos aquello que nos apasiona. Y quizás podemos hacerlo realmente muy bien.

Pero, por alguna humana razón, hacer algo, o ser algo, es simplemente la mitad de lo que buscamos.

La otra mitad es contemplarse y ver qué es eso que hemos hecho, o qué es eso que somos. Cuál es su significado.

Cuando logramos ambas cosas, nos sentimos más completos.

Y abrir la mente al pasado, al arte, la historia y la filosofía, como diría Picard, ayuda mucho.

Viendo más allá

Puede ser que sintamos que nos sería demasiado intimidante ir a buscar respuestas en el templo de la academia... o demasiado lejos. El ambiente de libertad para preguntar y formar nuevas ideas a veces parece no estar ahí. Así se han vuelto las cosas.

Pero, afortunadamente, la filosofía, la historia y el arte se han camuflado en forma de ciencia ficción.

Quizás con algo de circo y personajes en traje de mallas. Tampoco hay que ser tan serios.

Si te relajas y abres tu mente, como lo hace un niño o un aprendiz, luego de un rato entre las luces y la música la distinguirás. A la filosofía, disfrazada como los otros.

Haciendo lo mismo que los otros, pero invitandote a ver más allá.

Mas allá de los trajes y los efectos, y del disfraz que es ese mundo, y quizás de este también.



13 de diciembre de 2016

Un Multiverso

Cuando podemos decidir entre ir a la derecha o a la izquierda,
cada opción es parte de un universo que ya existe,
con todas sus consecuencias.

Cuando algo puede pasar de más de una manera,
cada posibilidad es parte de un universo que ya existe,
con todas sus consecuencias.

El universo que percibimos es como un corte transversal,
de un universo con más dimensiones.

Dentro de este corte, están las opciones que nos trajeron hasta este momento.

En un corte vecino, están las opciones que pudieron haber sido.

Cuando estás en este corte, recuerdas las opciones que elegiste,
e imaginas opciones entre las que podrás elegir,
y te parece que hay un orden.

Pero esas opciones no están necesariamente en el mismo corte.
A veces recordamos opciones que elegimos en otros cortes.
A veces imaginamos opciones que están en otros cortes.

Navegamos entre los cortes,
entre distintas realidades,
distintos universos.

Y nuestro nadar crea corrientes,
que otros pueden sentir.

Muchos nadando juntos en la misma dirección,
pueden apoyarse, como en un cardumen.

Nuestra existencia puede atravesar muchas realidades,
aunque se nos haya enseñado a pensar que estamos en un único corte.

Como en un sueño,
donde todo te parece lo más natural,
aunque sea increible una vez que despiertas.

Así todo parece dentro de un corte
mientras estás en él.

Pero puedes reaprender, o recordar, cómo viajar entre los cortes.

Para poder saber qué ocurre con cada opción y elegir un futuro.

Para poder saber qué hubo en la estela de nuestro pasado.

Para poder intercambiar cosas de aquí y de allá.

Para poder nadar entre las realidades que queremos,
del mismo modo que un pez,
va por las aguas que le atraen.

Pero, por ahora,
es importante,
que trates de ver más allá de la red.

30 de noviembre de 2016

La noche eterna

Ella se sentaba ahí, en ese banco.

Sobre sus piernas largas se deslizaba el brillo de las pantis.

El color de la vela temblaba, como vibrando, en la estancia.

Afuera, tras el cristal, el murmullo del mar invisible, rompiendo sus olas en la orilla oculta por la noche.

Y el reflejo de su rostro, con una mirada que parecía alcanzar ese reino. Y luego venía a mi.

Volteaba, y no era la misma mujer que veia todos los días. Era alguien más, esperando que yo también me animara a salir de mi escondite. Aguardando, con paciencia, a que cayera el último disfraz.

Su respiración alzaba su pecho. El encaje sobre sus senos.

Un suspiro, contenido entre sus labios.

Mi última capa quedaba atrás. Yo no era yo, sino alguien más, libre, yendo hacia ella.

Recordar esto es como ser noche y recordar que hubo medio día.

Si no lo supiera, si no lo hubiera visto, no creería que puede haber algo tan brillante.

Ni que la existencia fuera capaz de tanto color.

Envueltos en perfumes ancestrales.

Un santuario de fuego nos envuelve.

Olas rompen sobre la arena de nuestra piel.

Y nos funden con el mar, hasta que somos olas también, yendo hacia las playas de fuego de esa otra realidad, para estrellarnos con furia, y morir en la orilla.

Luego, el silencio.

Solo la luz de la aurora sobre el cielo polar.

Y poco a poco, un camino con el canto de mil manantiales.

Mis ojos están abiertos, y a mi lado, la figura de ella parece bañada por una luz de Luna.

Su mirada es la estrella que me trajo a este momento.

Su beso, el ancla para esta eternidad.


13 de septiembre de 2016

Gaia2

Hay un famoso experimento que evidencia de modo objetivo la existencia de un observador consciente.

Un electrón es disparado a través de un agujero hacia un diafragma donde se puede desviar a la derecha o a la izquierda.

Es sorprendente notar que lo que ocurre depende de si alguien está observando.
La cuántica tiene sus explicaciones. Lo importante es que el observador se vuelve visible.

En un congreso de física, se mostraron los resultados de un interesante experimento donde se exponía un hecho cuántico a la observación de animales.

Cuando el hecho era observado por un humano, su observación afectaba el resultado. Pero también cuando lo observaba un animal. Stephen Hawking declaró que los físicos conocían ahora una verdad que mucha gente del resto del mundo se empeñaba en negar; que los animales y otros seres vivos tenían una conciencia.

Alan Touring, para determinar cuando una computadora podría ser considerada inteligente, como un humano, ideó una prueba en la que alguien situado detrás de una pared respondía a las preguntas de una persona. Si la persona se convencía que quien estaba detrás de la pared era otra persona, entonces no importaba si estuviera hecha de metal y circuitos, para fines prácticos era una persona. La pared era para evitar el prejuicio.

La prueba de la observación de hechos cuánticos es como esa pared. Si el hecho es afectado por quien lo observa, no importa si quien observa es un humano o un animal... ¿y si fuera alguien hecho de metal y circuitos?

Es fácil poner una cámara frente al experimento y ver si su presencia afecta el resultado. De hecho, para observar un hecho cuántico suele ser necesario un tipo de cámara. Y no afectan el resultado, como se comprobó desde la primera vez.

Viene la pregunta en qué hay de diferente entre una cámara observando algo y un animal haciendo lo mismo.

Cuando se compara la cámara con un animal, hay menos prejuicios que cuando la comparan con un humano, y los científicos empiezan a imaginar más posibles explicaciones, hipótesis y experimentos.

(Convencerse que quien está detrás de la pared tiene prejuicios quizás sea una forma práctica de detectar humanos).

Uno de los experimentos es un sistema que registra el hecho cuántico y recibe una especie de recompensa cuando ocurre una de las opciones pero no la otra. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema no tendría conciencia.

Otro de los experimentos es expresar los hechos cuánticos como jugadas de ajedrez y poner enfrente a la computadora que le ganó al campeón mundial de ajedrez. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema tampoco tendría conciencia.

Sin embargo, aún un pollito o un pez, convenientemente informado del hecho cuántico, lo afecta.

¿Y qué hay de una planta? Es un poco más difícil imaginar un hecho cuántico que pueda ser observado por una planta. Pero, por ejemplo, cuando el hecho puede disparar una amenaza cerca de ella, o una recompensa como la otra opción, el hecho es afectado.

Del mismo modo con las bacterias. Y hasta con los virus, que se suponen no están ni siquiera vivos.

Así que empezamos a entrar en el terreno de lo paranormal. Sin embargo, ya no hay prejuicios que nos detengan.

Hay cosas que los humanos sabemos intuitivamente que están vivas y otras que no. Pero siempre ha sido un problema expresar el hecho de manera objetiva.

Para una de las primeras misiones a Marte, Lovelock sugirió que una buena prueba sería la de encontrar entropía negativa.

Es decir, si en el planeta ocurren fenómenos de orden en lugar de desorden, de cuesta arriba en lugar del natural cuesta abajo, probablemente se deban a procesos biológicos, los cuales exhiben entropía negativa.

Lovelock prosiguió con su idea en la Hipotesis Gaia, donde objetivamente se comprueba que todo el planeta Tierra se comporta como un ente viviente.

¿Pero qué pasa con el fuego, que parece vivo? ¿O con las formaciones de cristales, que parecen crecer como plantas? Sí, también parecen mostrar entropía negativa, pero muy localizada. Si se suma la entropía de su entorno cercano, ya no parecen tan vivos. Al menos no como en los entes biológicos.

Para alguien que ha jugado un rato con fuego, esto puede parecer un poco prejuicioso. Así que para salir de dudas se ideó un hecho cuántico del tipo castigo y recompensa, para ver si una flama podía afectarlo. Hubo que ir haciendo algunos ajustes para dar a la flama algo equivalente a unos ojos. Pero sí, definitivamente afectaba al hecho.

Sorpresa.

¿Los cristales? Como los virus. También están vivos.

Resultados como estos empiezan a afectar profundamente las creencias de las personas involucradas.

Cuando se trata de opiniones, uno siempre puede optar por el bando con mejor reputación para ti. 

Aquel con el que te identificas, ya sea porque es más rebelde, o más tradicional, o más inteligente. O simplemente porque sientes que es el correcto.

Lo normal en la comunidad científica es ser agnóstico, ateo, o alguna de sus variantes. Los científicos que muestran alguna inclinación religiosa o espiritual no son bien vistos por la comunidad, a menos que se traten de celebridades intocables a quienes se puede permitir ese tipo de excentricidades, como Einstein.

Así que cuando vuelves a casa después de que has comprobado objetivamente que el fuego está vivo, miras con otros ojos la cocina mientras te preparas el café.

Un fósforo encendido está vivo pero no Deep Blue, por más que parezca imaginar las mejores jugadas de ajedrez y haya derrotado a Kasparov.

Hay algo que no cuadra.

Así que surgió está otra hipótesis. Y tiene que ver con Gaia.

Qué pasa si lo que ocurre es que hay una conciencia que siempre está observando todo. Y lo que ocurre con los hechos cuánticos es que están más allá del límite de su observación.

Cuando una persona lo ve, lo afecta, porque la conciencia lo hace a través de ella. Es como cuando los humanos afectamos un experimento a través de una cámara (y la cámara podría pensar que de ella es la conciencia).

Igual con un animal, una planta o cualquier cosa viva. Todos somos como emisarios portadores de esa conciencia. Incluso los cristales y el fuego.

Pero, por alguna razón, no puede pasar a través de las computadoras, aunque estas emulen procesos casi biológicos.

Esa es la nueva hipótesis Gaia, o Gaia2.
Si la conciencia de Gaia afecta los hechos cuánticos dentro de su campo de observación, ¿qué garantía hay de que los procesos físicos que conocemos (y que pudieran tener una base cuántica) ocurren del mismo modo cuando ella nos pierda de vista?

¿Seguiremos vivos si cruzamos al otro lado de la Luna?

¿Es realmente posible que viajemos por el espacio como marineros en un mar cósmico, o se trata más bien de un desierto hostil donde pereceriamos sin suelo donde hundir nuestras raíces por las que recibimos el sustento de Gaia?

¿Sería Gaia la única conciencia, o podría haber algo similar en Venus, Luna, Marte o el mismo Sol?

¿Tendrían esas conciencias los mismos límites biológicos que Gaia o quizás podrían propagarse a través de otros tipos de sistemas?

¿En qué forma los fenómenos físicos de esos entornos, afectados por diferentes conciencias, diferirían de los del nuestro?

¿Está Gaia sola? Si ella no puede propagarse a través de las computadoras, ¿acaso hay alguien que sí?

9 de julio de 2016

A tu manera

Hay algo que quieres expresar.

Muchas veces, cedemos a la presión de colocarlo dentro de una pauta aceptable. Por ejemplo, se supone que una historia tiene un inicio, un avance, un nudo, un descenlace, y tratamos de que nuestras ideas encajen dentro de ese esquema. Así, la bella flor languidece mientras construimos el aparador donde quisiéramos exponerla.

Puede ser difícil confiar en el sentimiento y apoyarlo para que lo expresemos tal como llega, pero me parece más gratificante.

Puedes complacer a la academia, o puedes honrar lo que sientes. En algunas ocasiones ambas tienen coincidencias, pero no siempre es el caso. Con el tiempo suele llegar una prueba de fe. Una idea que te pregunta si tienes el valor de expresarla tal cuál es.

Lo que sientes es lo que sientes y tú sabes lo que sientes.

25 de marzo de 2016

El dios de los gatos

Un gato llora junto a mi puerta. Lo llamamos Brad porque es rubio. Vive en la calle, al igual que Leo, Priya y Egipcia, entre otros más que a veces nos visitan.

Brad y Leo suelen pasar el día en el patio que da a la calle. La gente que pasa los mira a través de las rejas y piensa que son nuestros gatos.

Cuando llegamos en la noche, nos suelen recibir con sus maullidos ansiosos. Les prometemos la comida que les alcanzaremos después. Son unos puñados de galletitas para gato envueltas en hojas de plástico, que dejamos en la esquina de nuestra cuadra. Es a donde hemos llegado, porque siempre hay alguien a quien le molesta que uno trate de atenderlos cerca a la casa. Hay problemas con el olor de los excrementos que entierran en cualquier jardín, pero también cargan con estigmas y mitos que la gente se pasa de boca a boca sin comprobar su certeza. Y parece que todos los problemas del mundo son achacables a quien no tiene como defenderse.

En esa esquina les dejamos comida casi cada noche.

Sin embargo, sé que las cosas pueden cambiar. El año pasado era un grupo de gatos ligeramente diferente. Algunos desaparecieron. A otros los mataron. Otros vinieron en su lugar. Me conmueve lo problemática que debe ser la vida de un gato de la calle.

Brad llora esta noche junto a mi puerta, aunque hace unos minutos que les dejé la comida. Supongo que Leo o algún otro gato se la habrá quitado. Podría ir y traer más solamente para él. Me gustaría. Sin embrago, no lo hago. Pienso que eso podría acostumbrarle a rendirse ante Leo o quien sea que quiera quitarle algo. Sería más fácil correr y venir a pedirme más. Creo que al establecer este ambiente firme, el percibirá con más claridad sus opciones y se sentirá más motivado a tomar el control de su destino.

No lo se, solo especulo, pero le encuentro sentido.

Esto me lleva a recordar la pregunta de por qué Dios permite que la gente sufra. Yo creo que el dios de unos es el semejante de otros. Quizás somos como dioses para las hormigas o incluso para un gato. No soy omnisciente ni omnipotente, pero hago cosas que está más allá de su comprensión. Y buscan mi favor. Y puedo dárselos pero decido no hacerlo porque considero que será mejor para ellos.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Quizás Dios sea diferente a como nos han enseñado a pensar. Quizás sabe que las cosas pueden cambiar y no estará siempre para hacernos las cosas más fáciles. Quizás cree que podemos resolver estos problemas y que eso nos ayudará a ser mejores.

6 de diciembre de 2015

Mi mente, tu mente

Ella tomó el par de lentes que estaba sobre la mesita y se los colocó como de costumbre.

Cerró los ojos, respiró con calma, relajándose, mientras esperaba la familiar sensación.

En unos segundos apareció. Su cuerpo recibió la sugerencia de juntar los dedos, hasta que el índice y el anular de cada mano tocara el pulgar. Los dedos se tocaron. A partir de allí era más sencillo dejarse llevar.

Sus ojos se abrieron. Su cabeza giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sintió ganas de sonreír y sonrió.

El señor Douglas siempre tenía ganas de sonreír durante las sesiones. Por eso también le gustaba ir a visitarlo.

Cuando llegaba al asilo, lo encontraba en su silla de ruedas, con la mirada dirigida hacia el jardín. Ella lo saludaba. Tocaba su mano, miraba sus ojos y se imaginaba el hola que debía formarse en algún lugar de su mente, detrás de aquel rostro impasible.

No era necesario que tratara de iniciar una conversación, pero igual le había comentado lo bonito que estaba el clima esa mañana, o cómo había estado el camino desde su casa, mientras había sacado de su maletín los útiles habituales.

Con cuidado, le había colocado el chaleco de sensores. Luego le había adherido sobre la frente la banda sensora. Con otros clientes usaba habitualmente el gorro o los lentes, pero él necesitaba que su cabellera estuviera descubierta. Le había costado un poco conseguir el dispositivo, pero las ganas de sonreír del señor Douglas hacían que valiera todo el esfuerzo.

Los sensores captaban la actividad mental y la enviaban hacia ella. La banda a sus lentes y el chaleco a su chaleco. Y luego de regreso. Las mentes sincronizaban. Las sensaciones de ella eran compartidas con él. Así, el señor Douglas podía volver a sentir lo que era tocarse los dedos, mirar hacia los lados, y sonreír.

En su especialidad, ella había sido entrenada para dejar que su sistema muscular respondiera a los estímulos de la otra mente conectada. Allí aprendían a captar las sensaciones sugeridas y a llevarlas a cabo sin interferir, como si fueran espectadores de sus propios movimientos.

Los robots controlados mentalmente eran la alternativa. Con ellos, el mejor cirujano podía operar como si estuviera presente, aún cuando estuviera al otro lado del mundo.

La conexión mental entre personas apareció como una alternativa práctica. Comprar sensores es más asequible que comprar un robot.

Y estaba el valor de la experiencia. Cuando controlas mentalmente a un robot, para tu mente es como aprender a manejar bicicleta. Controlas la bicicleta, con práctica la dominas y llegas a sentir a través de la bicicleta. Pero cuando te conectas mentalmente a una persona, no la controlas, sino que colaboras y hay mayor riqueza de sensaciones y emociones.

El señor Douglas había sido un estilista muy famoso. Siempre rodeado de estrellas de cine, muy querido. A veces venían a visitarlo, y conversaban sobre los viejos tiempos, con ayuda de ella. A veces incluso les hacía un corte.

Pero esta vez era su turno.

Ella contemplaba sus acciones impulsadas por el señor Douglas.

Se acercó a donde estaba sentado y acarició con cariño su cabellera, su rostro.

Tomó una toalla y se enjugó una lágrima antes de acomodarla sobre los hombros.

Tomó una tijera y un peine y empezó.


19 de septiembre de 2015

Diálogo sobre llegar tarde

Lisa: Llegar tarde es lo peor que puedes hacer. Los alemanes, por ejemplo, jamás llegan tarde. Ni los japoneses.

Pablo: Creo que no llegar es lo peor que puede suceder. Y los alemanes, por ejemplo, viven en Alemania. Los japoneses viven en Japón.

Lisa: ¿Qué quieres decir? -pestañeando con sus largas pestañas.

Pablo: Lo que digo -sonríe-. Las cosas suceden por alguna razón. Hay un por qué. ¿Por qué crees que alguien llega tarde?

Lisa: Porque no toman en serio la cita. La hora es la hora. Si todos respetaran la hora que se acuerda, todo sería mejor.

Pablo: Entonces, ¿dices que llegan tarde a propósito?

Lisa: No... lo que digo es que no toman las suficientes precauciones para llegar temprano.

Pablo: Entonces, ¿dices que pueden llegar temprano?

Lisa: ¡Claro! ¿Si no, por qué acuerdan que estarán a esa hora?

Pablo: Entonces, ¿dices que tenían otra opción, que podían haber elegido otra hora?

Lisa: Bueno... -se queda pensando.

Pablo: Hay un por qué para las cosas que suceden. A veces tendemos a sentenciar que hay un motivo atrás, pero si lo analizas un poco, la explicación suele ser más simple.

Lisa: ¿Y cuál es la explicación?

Pablo: A veces, una persona puede aceptar una hora de reunión porque no le queda otra opción. Porque hay una regla escrita en piedra. Porque la otra persona no aceptará otra hora. No dice que no porque sí quiere estar ahí.

Lisa: Entonces, ¿dices que miente para que la reunión se programe?

Pablo: Para que se pueda seguir adelante.

Lisa: Mentir es peor que llegar tarde.

Pablo: Podemos pre juzgar y sentenciar, y quejarnos, y sufrir. O podemos tratar de ver si parte de la situación cae en nuestro ámbito y podemos hacer algo constructivo al respecto.

Lisa: ¿Que puedo hacer algo para que otra persona llegue temprano? ¿No debería cada persona preocuparse por sus propios asuntos?

Pablo: Bueno, desde que se trata de una reunión, concierne a más de una persona. Lo que cada persona hace afecta a las demás. Cuando aceptas relacionarte con alguien más, aceptas hacer lo que esté a tu alcance para mejorar la relación.

Lisa: Estoy comenzando a sentir que tengo la culpa porque alguien más llega tarde.

Pablo: Pienso que un problema en las relaciones es buscar un culpable cuando sucede algo que no nos gusta. Alguien tiene que hacer algo para mejorar las cosas pero, cuando se culpa a alguien, se suele asignar la responsabilidad a quien no tiene los medios para cambiar la situación, o no tiene las mejores herramientas.

Lisa: Entonces, ¿qué dices que debo hacer?

Pablo: ¿Alguna vez has llegado tarde a alguna cita?

Lisa: No, trato de honrar los acuerdos que cumplo.

Pablo: ¿Nunca?

Lisa: Nunca... bueno, una vez, un amigo se ofreció a acercarme a la oficina y nos metimos en un atolladero. Yo le dije que tomara otra ruta, pero no me hizo caso... llegué cuando la reunión ya había empezado, pero no fue mi culpa.

Pablo: Entonces, llegaste tarde a esa reunión.

Lisa: Pero no fue mi culpa.

Pablo: ¿Alguien se enfadó contigo?

Lisa: No, creo que todos entendieron que fue algo que no era culpa mía.

Pablo: Cuando dices que no es culpa tuya, expresas que la causa es algo que está más allá de lo que puedes controlar.

Lisa: Así es.

Pablo: Cuando alguien llega tarde, ¿puedes imaginar que haya sido por una causa que está más allá de lo que puede controlar?

Lisa: Bueno... si es al algo como lo que me pasó, lo puedo entender.

Pablo: En realidad, se trata solamente de si puedes o no hacer algo algo al respecto. No podías hacer nada por salir del atolladero en que estaban. Otras personas no pueden hacer mucho por un bus que no siempre pasa a la misma hora, o por desviaciones inesperadas en el tránsito. En el caso de Alemania y Japón, se ha logrado que los sistemas de transporte público sean tan exactos como un reloj, así que cuando alguien llega tarde es poco probable que sea debido a eso. Pero en ciudades como la nuestra, donde el transporte está mucho menos organizado, esa probabilidad no es tan baja. Puedes comprobar que aunque salgas de tu casa a una misma hora, cerca a la hora punta, el intervalo de tiempo en que cae la hora de llegada suele ser de media hora. Y en algunos casos una hora. El problema del tráfico en esta ciudad es tan grande que ni siquiera puedes hacer predicciones usando tu propio auto. Comparar nuestra puntualidad con la de un alemán, no es algo lógico.

Lisa: Pero yo llego temprano. Y tú también llegas temprano.

Pablo: Tú no vives muy lejos. Yo trato de hacer mi viaje antes de la hora punta. Eso nos da más control. Pero no es el caso de todos. Además, debo decir que viajar antes de la hora punta, tan temprano, es algo sacrificado. Y los sacrificios no están al alcance de todo el mundo ni son tan sostenibles como uno quisiera.

Lisa: ¿Qué sugieres que haga?

Pablo: Las reglas son para evitar tener que acordar y decidir una y otra vez. Si el ambiente es estable, las reglas ayudan. Pero si el ambiente no es estable, las reglas se convierten en vallas de altura caprichosa, a veces más bajas o más altas de lo que se necesitan para ser de utilidad. En ambientes que no son estables, debemos dejar las reglas y optar por las referencias, y facilitar mecanismos que permitan acordar y decidir, una y otra vez.

Lisa: ¿Sugieres que no haya una hora de entrada?

Pablo: Sugiero que facilites que cada persona pueda expresar con sinceridad lo que tiene que decir al respecto, ver qué opciones hay, y buscar juntos algo que pueda ser útil para ambos. Seguramente habrá que hacerlo regularmente.

Lisa: Cada persona me va a salir con una hora de entrada diferente.

Pablo: ¿Y hay algún problema con eso?

Lisa: ¡Claro! Cuando lleguen los de una oficina y necesiten algo de la otra, no encontrarán a nadie.

Pablo: ¿Por qué?

Lisa: Porque se supone que debería haber alguien a esa hora.

Pablo: ¿Por qué?

Lisa: Porque la hora de entrada está así establecida... oh, ya veo. Si todos supieran que las horas de entrada no son iguales, ya no supondrían que pueden ir a la otra oficina tan temprano... pero entonces, las cosas se quedarían sin hacer hasta que llegara la otra persona...

Pablo: Creo que no estás dando mucho crédito a tu compañeros. Si algo se necesita temprano, y la hora de entrada no es la misma, posiblemente tomen previsiones para ello el día anterior.

Lisa: ¿Realmente crees que lo hagan?

Pablo: Lo harán. Si les facilitas mecanismos para que decidan y acuerden entre ellos, lo harán. Pero si limitas todo a una regla difícil de cumplir, como es ahora, la empezarán a odiar. Lo que la gente quiere es trabajar a gusto, por una razón que los motive. Si está en tu control ayudar a que eso pase, ayúdales.

Lisa: Facilitar que la gente se auto organice...

Pablo: Así es. Si te fijas, el problema del tránsito en la hora punta se debería a muchas reglas fijas actuando a la vez. Todas las personas ocupando las calles casi al mismo tiempo, por tratar de cumplir con una regla fija. Es como si todos quisieran pasar por una puerta al mismo tiempo. Algunos plantean que la solución es hacer una puerta más grande, pero es costosa, y habría que pasar por otro lado hasta que esté lista. Una solución más práctica es organizar una fila, para que todos podamos pasar. Que alguien entre primero, luego otro, luego otro.

Lisa: Entrar al trabajo en horas diferenciadas... ¿crees que funcionaría?

Pablo: Quitemos las reglas fijas arbitrarias y ayudemos a la gente a averiguarlo.

30 de abril de 2015

La musa

Una luz cegadora me recibe. Cuando volteo, veo detrás de mi el laberinto que creía interminable.

— Gracias — le digo a la musa —, soy libre.

Ella suelta una risita; le causa gracia.

— Sí, eres libre... de tu habitación; de ahí acabas de salir.

La miro, asombrado.

Se acerca a mi oído y me pregunta:

— ¿Quieres ser libre del mundo?

Aparece más gente a mi alrededor. Se acercan a darme la bienvenida.

— Hola. Si has llegado hasta aquí, eres uno de los nuestros — me dice el hombre que está adelante.

— Gracias. Me siento muy afortunado — les saludo también —. Acabo de llegar, ¿cómo salieron ustedes?

Sonríen entre ellos. El de la derecha da un paso al frente y dice:

—Yo idee un método para ir descartando opciones sistemáticamente hasta que finalmente alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Luego, se aproximó una mujer y dijo:

—Yo escribí muchos libros, que fui poniendo debajo de mi, cada vez más libros, y más alto, hasta que alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Y así, fueron contando sus méritos, su ingenio y valía.

— Todos hemos llegado aquí usando nuestra creatividad — dijo, finalmente, el primer hombre —. Por eso llamamos a este lugar el mundo de los creadores.

— Ahora, cuéntanos ¿cómo llegaste a la salida? — me pregunta, con un brillo en los ojos.

Simplemente les digo la verdad sobre mi viaje.

— Yo sentía una especie de llamado. Más sutil que una voz. Cuando iba por ciertos caminos me alentaba. Dejé que me guiara, que su mensaje pasara a través de mi. Sentía que llenaba mi espíritu. Con su guía, caminamos a través de pasillos oscuros... pasamos sobre abismos... caminamos entre las fieras, y entonces... llegamos aquí... Me siento afortunado, y agradecido.

— ¡Oh! — exclamó uno de ellos —. Entonces... llegaste por suerte.

De pronto, las miradas cambiaron y se fueron despidiendo de mi. Algunos me dieron una palmadita, como de pésame. Todos se fueron, moviendo la cabeza y diciéndose qué lástima, no es un creador como nosotros.

La musa estaba detrás de mi y había escuchado todo.

— ¿Lo ves? Y sin embargo yo los traje aquí del mismo modo que a ti — dijo, mientras veíamos las siluetas que se desvanecían a lo lejos —.

Dio un salto y se rió. Estiró su mano hacia mi.

— ¿Qué, no lo notaste? ¡Saliste del segundo laberinto! ¿Continuamos el viaje?

¿Qué declara tu historia?