25 de marzo de 2016

El dios de los gatos

Un gato llora junto a mi puerta. Lo llamamos Brad porque es rubio. Vive en la calle, al igual que Leo, Priya y Egipcia, entre otros más que a veces nos visitan.

Brad y Leo suelen pasar el día en el patio que da a la calle. La gente que pasa los mira a través de las rejas y piensa que son nuestros gatos.

Cuando llegamos en la noche, nos suelen recibir con sus maullidos ansiosos. Les prometemos la comida que les alcanzaremos después. Son unos puñados de galletitas para gato envueltas en hojas de plástico, que dejamos en la esquina de nuestra cuadra. Es a donde hemos llegado, porque siempre hay alguien a quien le molesta que uno trate de atenderlos cerca a la casa. Hay problemas con el olor de los excrementos que entierran en cualquier jardín, pero también cargan con estigmas y mitos que la gente se pasa de boca a boca sin comprobar su certeza. Y parece que todos los problemas del mundo son achacables a quien no tiene como defenderse.

En esa esquina les dejamos comida casi cada noche.

Sin embargo, sé que las cosas pueden cambiar. El año pasado era un grupo de gatos ligeramente diferente. Algunos desaparecieron. A otros los mataron. Otros vinieron en su lugar. Me conmueve lo problemática que debe ser la vida de un gato de la calle.

Brad llora esta noche junto a mi puerta, aunque hace unos minutos que les dejé la comida. Supongo que Leo o algún otro gato se la habrá quitado. Podría ir y traer más solamente para él. Me gustaría. Sin embrago, no lo hago. Pienso que eso podría acostumbrarle a rendirse ante Leo o quien sea que quiera quitarle algo. Sería más fácil correr y venir a pedirme más. Creo que al establecer este ambiente firme, el percibirá con más claridad sus opciones y se sentirá más motivado a tomar el control de su destino.

No lo se, solo especulo, pero le encuentro sentido.

Esto me lleva a recordar la pregunta de por qué Dios permite que la gente sufra. Yo creo que el dios de unos es el semejante de otros. Quizás somos como dioses para las hormigas o incluso para un gato. No soy omnisciente ni omnipotente, pero hago cosas que está más allá de su comprensión. Y buscan mi favor. Y puedo dárselos pero decido no hacerlo porque considero que será mejor para ellos.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Quizás Dios sea diferente a como nos han enseñado a pensar. Quizás sabe que las cosas pueden cambiar y no estará siempre para hacernos las cosas más fáciles. Quizás cree que podemos resolver estos problemas y que eso nos ayudará a ser mejores.

6 de diciembre de 2015

Mi mente, tu mente

Ella tomó el par de lentes que estaba sobre la mesita y se los colocó como de costumbre.

Cerró los ojos, respiró con calma, relajándose, mientras esperaba la familiar sensación.

En unos segundos apareció. Su cuerpo recibió la sugerencia de juntar los dedos, hasta que el índice y el anular de cada mano tocara el pulgar. Los dedos se tocaron. A partir de allí era más sencillo dejarse llevar.

Sus ojos se abrieron. Su cabeza giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sintió ganas de sonreír y sonrió.

El señor Douglas siempre tenía ganas de sonreír durante las sesiones. Por eso también le gustaba ir a visitarlo.

Cuando llegaba al asilo, lo encontraba en su silla de ruedas, con la mirada dirigida hacia el jardín. Ella lo saludaba. Tocaba su mano, miraba sus ojos y se imaginaba el hola que debía formarse en algún lugar de su mente, detrás de aquel rostro impasible.

No era necesario que tratara de iniciar una conversación, pero igual le había comentado lo bonito que estaba el clima esa mañana, o cómo había estado el camino desde su casa, mientras había sacado de su maletín los útiles habituales.

Con cuidado, le había colocado el chaleco de sensores. Luego le había adherido sobre la frente la banda sensora. Con otros clientes usaba habitualmente el gorro o los lentes, pero él necesitaba que su cabellera estuviera descubierta. Le había costado un poco conseguir el dispositivo, pero las ganas de sonreír del señor Douglas hacían que valiera todo el esfuerzo.

Los sensores captaban la actividad mental y la enviaban hacia ella. La banda a sus lentes y el chaleco a su chaleco. Y luego de regreso. Las mentes sincronizaban. Las sensaciones de ella eran compartidas con él. Así, el señor Douglas podía volver a sentir lo que era tocarse los dedos, mirar hacia los lados, y sonreír.

En su especialidad, ella había sido entrenada para dejar que su sistema muscular respondiera a los estímulos de la otra mente conectada. Allí aprendían a captar las sensaciones sugeridas y a llevarlas a cabo sin interferir, como si fueran espectadores de sus propios movimientos.

Los robots controlados mentalmente eran la alternativa. Con ellos, el mejor cirujano podía operar como si estuviera presente, aún cuando estuviera al otro lado del mundo.

La conexión mental entre personas apareció como una alternativa práctica. Comprar sensores es más asequible que comprar un robot.

Y estaba el valor de la experiencia. Cuando controlas mentalmente a un robot, para tu mente es como aprender a manejar bicicleta. Controlas la bicicleta, con práctica la dominas y llegas a sentir a través de la bicicleta. Pero cuando te conectas mentalmente a una persona, no la controlas, sino que colaboras y hay mayor riqueza de sensaciones y emociones.

El señor Douglas había sido un estilista muy famoso. Siempre rodeado de estrellas de cine, muy querido. A veces venían a visitarlo, y conversaban sobre los viejos tiempos, con ayuda de ella. A veces incluso les hacía un corte.

Pero esta vez era su turno.

Ella contemplaba sus acciones impulsadas por el señor Douglas.

Se acercó a donde estaba sentado y acarició con cariño su cabellera, su rostro.

Tomó una toalla y se enjugó una lágrima antes de acomodarla sobre los hombros.

Tomó una tijera y un peine y empezó.


19 de septiembre de 2015

Diálogo sobre llegar tarde

Lisa: Llegar tarde es lo peor que puedes hacer. Los alemanes, por ejemplo, jamás llegan tarde. Ni los japoneses.

Pablo: Creo que no llegar es lo peor que puede suceder. Y los alemanes, por ejemplo, viven en Alemania. Los japoneses viven en Japón.

Lisa: ¿Qué quieres decir? -pestañeando con sus largas pestañas.

Pablo: Lo que digo -sonríe-. Las cosas suceden por alguna razón. Hay un por qué. ¿Por qué crees que alguien llega tarde?

Lisa: Porque no toman en serio la cita. La hora es la hora. Si todos respetaran la hora que se acuerda, todo sería mejor.

Pablo: Entonces, ¿dices que llegan tarde a propósito?

Lisa: No... lo que digo es que no toman las suficientes precauciones para llegar temprano.

Pablo: Entonces, ¿dices que pueden llegar temprano?

Lisa: ¡Claro! ¿Si no, por qué acuerdan que estarán a esa hora?

Pablo: Entonces, ¿dices que tenían otra opción, que podían haber elegido otra hora?

Lisa: Bueno... -se queda pensando.

Pablo: Hay un por qué para las cosas que suceden. A veces tendemos a sentenciar que hay un motivo atrás, pero si lo analizas un poco, la explicación suele ser más simple.

Lisa: ¿Y cuál es la explicación?

Pablo: A veces, una persona puede aceptar una hora de reunión porque no le queda otra opción. Porque hay una regla escrita en piedra. Porque la otra persona no aceptará otra hora. No dice que no porque sí quiere estar ahí.

Lisa: Entonces, ¿dices que miente para que la reunión se programe?

Pablo: Para que se pueda seguir adelante.

Lisa: Mentir es peor que llegar tarde.

Pablo: Podemos pre juzgar y sentenciar, y quejarnos, y sufrir. O podemos tratar de ver si parte de la situación cae en nuestro ámbito y podemos hacer algo constructivo al respecto.

Lisa: ¿Que puedo hacer algo para que otra persona llegue temprano? ¿No debería cada persona preocuparse por sus propios asuntos?

Pablo: Bueno, desde que se trata de una reunión, concierne a más de una persona. Lo que cada persona hace afecta a las demás. Cuando aceptas relacionarte con alguien más, aceptas hacer lo que esté a tu alcance para mejorar la relación.

Lisa: Estoy comenzando a sentir que tengo la culpa porque alguien más llega tarde.

Pablo: Pienso que un problema en las relaciones es buscar un culpable cuando sucede algo que no nos gusta. Alguien tiene que hacer algo para mejorar las cosas pero, cuando se culpa a alguien, se suele asignar la responsabilidad a quien no tiene los medios para cambiar la situación, o no tiene las mejores herramientas.

Lisa: Entonces, ¿qué dices que debo hacer?

Pablo: ¿Alguna vez has llegado tarde a alguna cita?

Lisa: No, trato de honrar los acuerdos que cumplo.

Pablo: ¿Nunca?

Lisa: Nunca... bueno, una vez, un amigo se ofreció a acercarme a la oficina y nos metimos en un atolladero. Yo le dije que tomara otra ruta, pero no me hizo caso... llegué cuando la reunión ya había empezado, pero no fue mi culpa.

Pablo: Entonces, llegaste tarde a esa reunión.

Lisa: Pero no fue mi culpa.

Pablo: ¿Alguien se enfadó contigo?

Lisa: No, creo que todos entendieron que fue algo que no era culpa mía.

Pablo: Cuando dices que no es culpa tuya, expresas que la causa es algo que está más allá de lo que puedes controlar.

Lisa: Así es.

Pablo: Cuando alguien llega tarde, ¿puedes imaginar que haya sido por una causa que está más allá de lo que puede controlar?

Lisa: Bueno... si es al algo como lo que me pasó, lo puedo entender.

Pablo: En realidad, se trata solamente de si puedes o no hacer algo algo al respecto. No podías hacer nada por salir del atolladero en que estaban. Otras personas no pueden hacer mucho por un bus que no siempre pasa a la misma hora, o por desviaciones inesperadas en el tránsito. En el caso de Alemania y Japón, se ha logrado que los sistemas de transporte público sean tan exactos como un reloj, así que cuando alguien llega tarde es poco probable que sea debido a eso. Pero en ciudades como la nuestra, donde el transporte está mucho menos organizado, esa probabilidad no es tan baja. Puedes comprobar que aunque salgas de tu casa a una misma hora, cerca a la hora punta, el intervalo de tiempo en que cae la hora de llegada suele ser de media hora. Y en algunos casos una hora. El problema del tráfico en esta ciudad es tan grande que ni siquiera puedes hacer predicciones usando tu propio auto. Comparar nuestra puntualidad con la de un alemán, no es algo lógico.

Lisa: Pero yo llego temprano. Y tú también llegas temprano.

Pablo: Tú no vives muy lejos. Yo trato de hacer mi viaje antes de la hora punta. Eso nos da más control. Pero no es el caso de todos. Además, debo decir que viajar antes de la hora punta, tan temprano, es algo sacrificado. Y los sacrificios no están al alcance de todo el mundo ni son tan sostenibles como uno quisiera.

Lisa: ¿Qué sugieres que haga?

Pablo: Las reglas son para evitar tener que acordar y decidir una y otra vez. Si el ambiente es estable, las reglas ayudan. Pero si el ambiente no es estable, las reglas se convierten en vallas de altura caprichosa, a veces más bajas o más altas de lo que se necesitan para ser de utilidad. En ambientes que no son estables, debemos dejar las reglas y optar por las referencias, y facilitar mecanismos que permitan acordar y decidir, una y otra vez.

Lisa: ¿Sugieres que no haya una hora de entrada?

Pablo: Sugiero que facilites que cada persona pueda expresar con sinceridad lo que tiene que decir al respecto, ver qué opciones hay, y buscar juntos algo que pueda ser útil para ambos. Seguramente habrá que hacerlo regularmente.

Lisa: Cada persona me va a salir con una hora de entrada diferente.

Pablo: ¿Y hay algún problema con eso?

Lisa: ¡Claro! Cuando lleguen los de una oficina y necesiten algo de la otra, no encontrarán a nadie.

Pablo: ¿Por qué?

Lisa: Porque se supone que debería haber alguien a esa hora.

Pablo: ¿Por qué?

Lisa: Porque la hora de entrada está así establecida... oh, ya veo. Si todos supieran que las horas de entrada no son iguales, ya no supondrían que pueden ir a la otra oficina tan temprano... pero entonces, las cosas se quedarían sin hacer hasta que llegara la otra persona...

Pablo: Creo que no estás dando mucho crédito a tu compañeros. Si algo se necesita temprano, y la hora de entrada no es la misma, posiblemente tomen previsiones para ello el día anterior.

Lisa: ¿Realmente crees que lo hagan?

Pablo: Lo harán. Si les facilitas mecanismos para que decidan y acuerden entre ellos, lo harán. Pero si limitas todo a una regla difícil de cumplir, como es ahora, la empezarán a odiar. Lo que la gente quiere es trabajar a gusto, por una razón que los motive. Si está en tu control ayudar a que eso pase, ayúdales.

Lisa: Facilitar que la gente se auto organice...

Pablo: Así es. Si te fijas, el problema del tránsito en la hora punta se debería a muchas reglas fijas actuando a la vez. Todas las personas ocupando las calles casi al mismo tiempo, por tratar de cumplir con una regla fija. Es como si todos quisieran pasar por una puerta al mismo tiempo. Algunos plantean que la solución es hacer una puerta más grande, pero es costosa, y habría que pasar por otro lado hasta que esté lista. Una solución más práctica es organizar una fila, para que todos podamos pasar. Que alguien entre primero, luego otro, luego otro.

Lisa: Entrar al trabajo en horas diferenciadas... ¿crees que funcionaría?

Pablo: Quitemos las reglas fijas arbitrarias y ayudemos a la gente a averiguarlo.

30 de abril de 2015

La musa

Una luz cegadora me recibe. Cuando volteo, veo detrás de mi el laberinto que creía interminable.

— Gracias — le digo a la musa —, soy libre.

Ella suelta una risita; le causa gracia.

— Sí, eres libre... de tu habitación; de ahí acabas de salir.

La miro, asombrado.

Se acerca a mi oído y me pregunta:

— ¿Quieres ser libre del mundo?

Aparece más gente a mi alrededor. Se acercan a darme la bienvenida.

— Hola. Si has llegado hasta aquí, eres uno de los nuestros — me dice el hombre que está adelante.

— Gracias. Me siento muy afortunado — les saludo también —. Acabo de llegar, ¿cómo salieron ustedes?

Sonríen entre ellos. El de la derecha da un paso al frente y dice:

—Yo idee un método para ir descartando opciones sistemáticamente hasta que finalmente alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Luego, se aproximó una mujer y dijo:

—Yo escribí muchos libros, que fui poniendo debajo de mi, cada vez más libros, y más alto, hasta que alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Y así, fueron contando sus méritos, su ingenio y valía.

— Todos hemos llegado aquí usando nuestra creatividad — dijo, finalmente, el primer hombre —. Por eso llamamos a este lugar el mundo de los creadores.

— Ahora, cuéntanos ¿cómo llegaste a la salida? — me pregunta, con un brillo en los ojos.

Simplemente les digo la verdad sobre mi viaje.

— Yo sentía una especie de llamado. Más sutil que una voz. Cuando iba por ciertos caminos me alentaba. Dejé que me guiara, que su mensaje pasara a través de mi. Sentía que llenaba mi espíritu. Con su guía, caminamos a través de pasillos oscuros... pasamos sobre abismos... caminamos entre las fieras, y entonces... llegamos aquí... Me siento afortunado, y agradecido.

— ¡Oh! — exclamó uno de ellos —. Entonces... llegaste por suerte.

De pronto, las miradas cambiaron y se fueron despidiendo de mi. Algunos me dieron una palmadita, como de pésame. Todos se fueron, moviendo la cabeza y diciéndose qué lástima, no es un creador como nosotros.

La musa estaba detrás de mi y había escuchado todo.

— ¿Lo ves? Y sin embargo yo los traje aquí del mismo modo que a ti — dijo, mientras veíamos las siluetas que se desvanecían a lo lejos —.

Dio un salto y se rió. Estiró su mano hacia mi.

— ¿Qué, no lo notaste? ¡Saliste del segundo laberinto! ¿Continuamos el viaje?

28 de febrero de 2015

Hogar dulce hogar


El descubrimiento, en realidad, se había hecho hacía largo tiempo. Fue una de las verdades incómodas que se trataron de acallar de todos los modos posibles.

-- Cállate, qué tontería, cómo se te ocurre -dice el profesor al nuevo pupilo cuando insinúa la posibilidad.

-- No tiene sentido que sea así -dice el académico que se entera de una de las ideas de uno de sus colegas.

-- Es sólo una teoría que no conduce a nada práctico -sentencia el científico cuando, de algún modo, sale a la luz la opción que debe ser negada.

En ese entonces, lo práctico era la carrera espacial y todas las grandes posibilidades de desarrollo tecnológico que le ofrecía a la humanidad.

Así que se convenció a la humanidad de mirar las estrellas que la ciencia proyectaba en su gran cúpula de cristal. De soñar que algún día caminaría entre ellas. Y, consistentemente, se le ocultó el hecho de que es imposible salir de la cúpula.

Cuando la salud de los astronautas se deterioraba, era atribuido a algún tipo de radiación del espacio exterior. Se convino que era la atmósfera la que nos protegía a todos los demás.

Con el tiempo notaron que era una cuestión nutricional. No era suficiente dar vitaminas y minerales al cuerpo. El metabolismo requiere de enzimas que no somos capaces de producir ni sintetizar. Sólo se consiguen de otro organismo vivo, como las plantas.

Los cultivos hidropónicos fueron la solución fácil que no funcionó. Lo ecosistemas artificiales fueron la solución difícil que tampoco funcionó.

Del mismo modo que los humanos requerimos enzimas que las plantas producen, las plantas requerían enzimas producidas por otros organismos. Como los hongos.

Y, a su vez, los hongos requerían de enzimas producidas por bacterias.

A esas alturas, los científicos, empezaron a adivinar, que quizás las bacterias requerían para su metabolismo de algo que los virus producían. Y así fue confirmado.

Entonces, el más sofisticado ecosistema artificial se desarrolló, en secreto, en una estación espacial. Humanos que tenían plantas, que tenían hongos, que tenían bacterias, que tenían virus. Debía funcionar. Pero tampoco fue el caso.

Abajo, a insistencia de un grupo de científicos herederos de las inquietudes de aquellos primeros que insinuaron la posibilidad prohibida, se realizó al mismo tiempo la copia de control, un ecosistema idéntico al que estaba en órbita, igual de aislado. Esta sí prospero.

La única diferencia entre ambas era la conexión a la Tierra.

Los virus necesitaban de algo que solamente la Tierra les provee.

Así fue que se descubrió, formalmente, lo que las antiguas culturas venían enseñando desde hacía tanto tiempo. La Tierra es nuestra madre. No en sentido figurado, ni poético. Es literal. Estamos atados a ella.

No podemos viajar por el espacio. Al menos no como en las travesías de la ciencia ficción, donde navegábamos en él como marineros de un oscuro mar infinito lleno de estrellas que explorar. Ahora sabemos que es como el deseo de un glóbulo rojo de atravesar la habitación para llegar a circular en la sangre de otro cuerpo.

Incluso si pudiéramos llegar a otro planeta, la existencia no sería sostenible si no está con nosotros el planeta completo del que somos parte.

Aceptar eso puede ser doloroso. Después de tantas expectativas.

Pero si es la verdad, es mejor tratar de aprender de ella.

Abrazar este planeta, esta Tierra, nuestro hogar.


22 de febrero de 2015

Brisa

Caminando por la calle
llega el viento.

Susurra en mi oído
mi amada
brisa.

Me canta de amor,
agita mi cabello,
me envuelve en caricias,
me ama.

Ella viene, llega y se va,
para seguir amando,
a alguien más
que en la calle,
caminando,
abra su corazón,
y escuche al viento,
que es el carro
en el que
la brisa viene.

15 de febrero de 2015

Bendita tú eres

Siempre se trata simplemente de respetar a tu voz interior, escuchar lo que te dice, y tratar de honrar ese regalo del mejor modo que puedas.

Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.

Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.

El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.

Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.

Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.

Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.

'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.

'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.

Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.

Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.

Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.

Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.

Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.

Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.

Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.

Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.

Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.

Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.

Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.

Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.

¿Qué declara tu historia?