30 de abril de 2015

La musa

Una luz cegadora me recibe. Cuando volteo, veo detrás de mi el laberinto que creía interminable.

— Gracias — le digo a la musa —, soy libre.

Ella suelta una risita; le causa gracia.

— Sí, eres libre... de tu habitación; de ahí acabas de salir.

La miro, asombrado.

Se acerca a mi oído y me pregunta:

— ¿Quieres ser libre del mundo?

Aparece más gente a mi alrededor. Se acercan a darme la bienvenida.

— Hola. Si has llegado hasta aquí, eres uno de los nuestros — me dice el hombre que está adelante.

— Gracias. Me siento muy afortunado — les saludo también —. Acabo de llegar, ¿cómo salieron ustedes?

Sonríen entre ellos. El de la derecha da un paso al frente y dice:

—Yo idee un método para ir descartando opciones sistemáticamente hasta que finalmente alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Luego, se aproximó una mujer y dijo:

—Yo escribí muchos libros, que fui poniendo debajo de mi, cada vez más libros, y más alto, hasta que alcance la salida.

Todos aplaudieron.

Y así, fueron contando sus méritos, su ingenio y valía.

— Todos hemos llegado aquí usando nuestra creatividad — dijo, finalmente, el primer hombre —. Por eso llamamos a este lugar el mundo de los creadores.

— Ahora, cuéntanos ¿cómo llegaste a la salida? — me pregunta, con un brillo en los ojos.

Simplemente les digo la verdad sobre mi viaje.

— Yo sentía una especie de llamado. Más sutil que una voz. Cuando iba por ciertos caminos me alentaba. Dejé que me guiara, que su mensaje pasara a través de mi. Sentía que llenaba mi espíritu. Con su guía, caminamos a través de pasillos oscuros... pasamos sobre abismos... caminamos entre las fieras, y entonces... llegamos aquí... Me siento afortunado, y agradecido.

— ¡Oh! — exclamó uno de ellos —. Entonces... llegaste por suerte.

De pronto, las miradas cambiaron y se fueron despidiendo de mi. Algunos me dieron una palmadita, como de pésame. Todos se fueron, moviendo la cabeza y diciéndose qué lástima, no es un creador como nosotros.

La musa estaba detrás de mi y había escuchado todo.

— ¿Lo ves? Y sin embargo yo los traje aquí del mismo modo que a ti — dijo, mientras veíamos las siluetas que se desvanecían a lo lejos —.

Dio un salto y se rió. Estiró su mano hacia mi.

— ¿Qué, no lo notaste? ¡Saliste del segundo laberinto! ¿Continuamos el viaje?

28 de febrero de 2015

Hogar dulce hogar


El descubrimiento, en realidad, se había hecho hacía largo tiempo. Fue una de las verdades incómodas que se trataron de acallar de todos los modos posibles.

-- Cállate, qué tontería, cómo se te ocurre -dice el profesor al nuevo pupilo cuando insinúa la posibilidad.

-- No tiene sentido que sea así -dice el académico que se entera de una de las ideas de uno de sus colegas.

-- Es sólo una teoría que no conduce a nada práctico -sentencia el científico cuando, de algún modo, sale a la luz la opción que debe ser negada.

En ese entonces, lo práctico era la carrera espacial y todas las grandes posibilidades de desarrollo tecnológico que le ofrecía a la humanidad.

Así que se convenció a la humanidad de mirar las estrellas que la ciencia proyectaba en su gran cúpula de cristal. De soñar que algún día caminaría entre ellas. Y, consistentemente, se le ocultó el hecho de que es imposible salir de la cúpula.

Cuando la salud de los astronautas se deterioraba, era atribuido a algún tipo de radiación del espacio exterior. Se convino que era la atmósfera la que nos protegía a todos los demás.

Con el tiempo notaron que era una cuestión nutricional. No era suficiente dar vitaminas y minerales al cuerpo. El metabolismo requiere de enzimas que no somos capaces de producir ni sintetizar. Sólo se consiguen de otro organismo vivo, como las plantas.

Los cultivos hidropónicos fueron la solución fácil que no funcionó. Lo ecosistemas artificiales fueron la solución difícil que tampoco funcionó.

Del mismo modo que los humanos requerimos enzimas que las plantas producen, las plantas requerían enzimas producidas por otros organismos. Como los hongos.

Y, a su vez, los hongos requerían de enzimas producidas por bacterias.

A esas alturas, los científicos, empezaron a adivinar, que quizás las bacterias requerían para su metabolismo de algo que los virus producían. Y así fue confirmado.

Entonces, el más sofisticado ecosistema artificial se desarrolló, en secreto, en una estación espacial. Humanos que tenían plantas, que tenían hongos, que tenían bacterias, que tenían virus. Debía funcionar. Pero tampoco fue el caso.

Abajo, a insistencia de un grupo de científicos herederos de las inquietudes de aquellos primeros que insinuaron la posibilidad prohibida, se realizó al mismo tiempo la copia de control, un ecosistema idéntico al que estaba en órbita, igual de aislado. Esta sí prospero.

La única diferencia entre ambas era la conexión a la Tierra.

Los virus necesitaban de algo que solamente la Tierra les provee.

Así fue que se descubrió, formalmente, lo que las antiguas culturas venían enseñando desde hacía tanto tiempo. La Tierra es nuestra madre. No en sentido figurado, ni poético. Es literal. Estamos atados a ella.

No podemos viajar por el espacio. Al menos no como en las travesías de la ciencia ficción, donde navegábamos en él como marineros de un oscuro mar infinito lleno de estrellas que explorar. Ahora sabemos que es como el deseo de un glóbulo rojo de atravesar la habitación para llegar a circular en la sangre de otro cuerpo.

Incluso si pudiéramos llegar a otro planeta, la existencia no sería sostenible si no está con nosotros el planeta completo del que somos parte.

Aceptar eso puede ser doloroso. Después de tantas expectativas.

Pero si es la verdad, es mejor tratar de aprender de ella.

Abrazar este planeta, esta Tierra, nuestro hogar.


22 de febrero de 2015

Brisa

Caminando por la calle
llega el viento.

Susurra en mi oído
mi amada
brisa.

Me canta de amor,
agita mi cabello,
me envuelve en caricias,
me ama.

Ella viene, llega y se va,
para seguir amando,
a alguien más
que en la calle,
caminando,
abra su corazón,
y escuche al viento,
que es el carro
en el que
la brisa viene.

15 de febrero de 2015

Bendita tú eres

Siempre se trata simplemente de respetar a tu voz interior, escuchar lo que te dice, y tratar de honrar ese regalo del mejor modo que puedas.

Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.

Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.

El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.

Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.

Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.

Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.

'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.

'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.

Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.

Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.

Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.

Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.

Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.

Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.

Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.

Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.

Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.

Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.

Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.

Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.

3 de octubre de 2014

Osmosis

- ¿Y bien, cuánto es dos más tres?

La voz de la señorita Norma era firme, aunque aún tenía su toque de dulzura. Ron sentía que podría ver flotar frente a sus ojos la tabla de sumar que le había mostrado su madre la noche anterior. Pero decidió cerrar los ojos.

- ¿Dos más tres? -repitió la señorita Norma.

En la oscuridad, oyó el eco de la pregunta. No sabía la respuesta. La señorita Norma se molestaría. Su madre se molestaría. De pronto, una mancha difusa se fue haciendo más clara, en algún lugar de su mente. Y otra más, a su lado. "Que simple", pensó alguien en su interior, "no hay nada de mágico en contar lo que se ve". A pesar de esa voz -quizás la voz de su madre la noche anterior-, aparecieron tres bolas más, flotando en esa oscuridad con un pálido brillo. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco", contó.

- Cinco

- Muy bien

Y, al abrir los ojos, la señorita Norma le sonreía. Era un niño bueno. Su madre estaría contenta.

Continuaron un rato con otros pares de números. Ron encontró confianza en cerrar los ojos para leer la respuesta que se dibujaba en su mente.

- No está bien copiar

La voz de su madre tenía su toque de dulzura, pero era firme. Y se volvía de ese modo cada vez que se sentaba con él a repasar las tareas de la escuela.

- Aunque puedas hacerlo y los demás lo hagan, es trampa.

Ron dejó de mirar la tabla de sumar y cerró los ojos para ver las bolitas de colores en su cabeza.

- Te demoras mucho. ¿Por qué cierras los ojos? No cierres los ojos. Vamos... ¿cuánto es dos más tres?

- Cua... cinco

- ¿Y tres más dos? ¡No cierres los ojos!

Se equivocó, acertó, se equivocó. A veces atinaba a la respuesta y a veces no. Después de unos minutos las lágrimas mojaban sus mejillas.

- No llores. ¿Cuatro más tres?

Al día siguiente, cuando la profesora Norma le preguntó, respondió cada suma con rapidez. No cerraba los ojos. Tampoco veía la tabla flotar frente a él. Simplemente escuchaba el eco de la voz de su madre.

Ron no era especialmente hábil en sus estudios. Su madre debía insistir mucho con él, arrancándole lágrimas para que lograra entender las cosas. Con ese sistema logró pasar de grado en un buen puesto. Aún así, ella insistía en que se podría hacer mejor y cada tarde lo acompañaba para que hiciera sus tareas con perfección.

Cuando el embarazo de su madre hizo que fuera difícil que lo ayudara, sus calificaciones bajaron notablemente. La nueva profesora Irma, al tanto del brillante historial de Ron, la cosa se explicaba por los celos hacia la llegada de su nuevo hermano, así que no lo recriminaba demasiado.

Ron, en realidad, no estaba muy consciente de que tendría un nuevo hermano. Ocurría simplemente que hasta hacía poco, le era fácil leer su cuaderno y hacer sus tareas, pero ahora ya no. Cuando abría un libro, no tardaba en volverse todo un laberinto de letras y prefería ver las figuras y perderse en las aventuras que las ilustraciones sugerían.

Un día llegó un maestro suplente, el profesor Donato. Todos temblaban con su voz de trueno. Iban a repasar el libro de lecturas. Todos en el capítulo tres. Uno a uno los fue llamando para que se sentarán frente a su pupitre y le leyeran un poco. Los que lo hacían bien, iban de regreso a su asiento. A los que se perdían en balbuceos o repetían mucho la misma palabra, los separaba a un lado.

Cuando llegó su turno, Ron estaba tan asustado como el resto de la clase. Quizás más, porque no tenía idea de lo que se trataba el capítulo tres ni de las palabras que iba a leer. Ni siquiera había un dibujo. Abrió el libro. El profesor no dijo nada, esperando. De pronto, Ron se dio cuenta de que tenía el libro de cabeza. Lo giró. Tenía ahora sentido. Las palabras tenían una voz como de trueno. El las iba diciendo. Aceleraban, pausaban, enfatizaban. Las entendía. Suficiente, dijo el profesor, y lo envió a su asiento. Ron suspiró aliviado, sin darse cuenta de que todos lo miraban sorprendidos, incluso el profesor Donato.

El resto del año, Ron sorprendió a todos con conocimientos inusitados de matemáticas, geografía, historia e incluso dibujo. Por recomendación del profesor Donato fue inscrito en grupos de estudio especiales donde pudiera desarrollar su potencial.

Sin embargo, ocurrió que el profesor Misawa no quería admitirlo. Le había dejado a solas en el aula, con una prueba de matemáticas, y no había respondido una sola pregunta, ni siquiera la más básica.

- Me temo que eso puede indicar una cosa, señora -empezó a decir con cautela a la madre de Ron al comentarle el resultado en privado-. Quizás su hijo copia.

- No lo creo, no es posible que diga eso -replicó ella, con dulzura, pero con firmeza. Y un poco de indignación ante tal idea.

- Pues es lo que me dice este resultado -repuso él, encogiéndose de hombros.

- Tómele la prueba de nuevo, por favor, estoy segura que...

- Lo siento, ya no tengo tiempo, debo preparar una clase...

- Por favor, sólo pregúntele, hable con él. Lo que decida luego, yo lo respetaré.

Ron pasó al despacho. Su madre esperaría afuera.

El profesor Misawa no tenía mucho tiempo en realidad, así que le hizo una pregunta difícil para terminar de una vez el asunto. Ron apoyó sus manos en su pupitre. Más que pensar parecía que rezaba. Pobre muchacho, pensó el profesor. Y, entonces, oyó la respuesta. Extrañado, le pidió que pasara a la pizarra y la explicara. Ron lo hizo. La tiza dibujaba el diagrama, los trazos, y completó el procedimiento sin un error.

Sólo para estar seguro, le hizo otra pregunta. Y otra. Cada vez más avanzada. Hasta que al terminar la hora, habían llegado a matemáticas universitarias. El profesor Misawa lo admitió.

Aunque Ron daba muestras de ser un prodigio, tenía un comportamiento desconcertante. Era bueno en todo. Respondía correctamente en todas las asignaturas, dibujaba como el mejor de su clase, cantaba como el mejor, bailaba, declamaba. Aprendió a manejar bicicleta sin ninguna caída, casi de inmediato. Pero cuando el grupo se iba, no hacía ninguna de esas cosas. No dibujaba solo, ni cantaba solo, ni salía solo de paseo en la bicicleta.

Para que no lo molestaran, había aprendido a pasar el tiempo sumergido en la biblioteca. Para todos, estaba estudiando pero, en realidad, solo pasaba las páginas de los libros, sin encontrar ningún significado en aquellos trazos en el papel. Con excepción de las figuras que le gustaba mirar, los libros nunca le decían nada.

No era capaz de crear en su mente una respuesta. Todas las respuestas que daba provenían de la mente de alguien más. Tan clara y nítida como la pensaba el autor, presente a su lado. Si no lo hacía, quedaría relegado, como cuando no copiaba porque pensaba que molestaría a su madre. Pero su madre estaba muy contenta ahora. Solo había evitado contarle los detalles.

Luego que adquiría las respuestas de alguien, eran suyas un tiempo. Aún las más elaboradas construcciones mentales o habilidades físicas, las asimilaba con la misma facilidad. Pero solían ser más como castillos de arena, que pronto las olas se llevan o el viento gasta hasta que no queda nada.

No tenía mucha memoria de cómo había sido de niño. Sus padres decían que, al comienzo, había sido un niño distraído, como ausente. Pero un día cambio. Empezaron a notarlo. Quizás fue cuando se dio permiso de copiar.

Un terapeuta le diagnosticó fobia a quedarse solo, autofobia. Con esa carta que justificaba su discapacidad, tenían cuidado de que hubiera alguien más con él cuando tuviera que dar alguna prueba. Habitualmente, podía igualar el desempeño más alto de la clase. Incluyendo al profesor. En los casos en que la compañía cercana tampoco tuviera la respuesta, no había problema. Siempre habría una segunda oportunidad.

La ventaja de estar en una clase es que todos tienen algo que puedes copiar para hacer lo que necesites. Basta que alguien sepa la respuesta para que la sepas también. Si tienes suerte, levantas la mano primero y nadie sospechará que copias.





19 de agosto de 2014

Tú, que siempre estás

Hay un camino que sube desde la comarca hasta la colina. Allí, una vieja cerca sirve de apoyo a los viajeros, ya sea cuando llegan -que son pocos-, ya sea cuando voltean para despedirse -que son más.

A veces, los buitres se paran allí, y su silueta se contempla desde las casas allá abajo. La gente cree que no es de muy buena suerte. Aunque en realidad nada tienen que ver con la suerte que ellos mismos se han encargado de construir.

El buitre salta y se deja suspender por el viento, que lo lleva en círculos, hasta aquel lugar donde le toca el pan de cada día, por así decirlo.

Hoy, parece que un pequeño carnero se ha perdido detrás de una de las otras colinas. Debe haber deambulado toda la noche, hasta caer rendido por el frío.

Es el primer buitre en llegar. Abajo, el pequeño entreabre los ojos y distingue contra el cielo pálido la sombra del que aguarda.

Joaquín ha salido temprano esta mañana. Casi no pudo dormir pensando en Josefo, el carnero que no estaba cuando llegó a casa ayer. Era muy tarde para volver. Se acostó sin decir nada a nadie. Y calculando que tendría que salir muy temprano para ver si quedaban huellas.

En el camino había huellas hacia todas las casas y todas las colinas. Ninguna en especial parecía la que buscaba. Había pasado la mañana explorando por los lugares que se imaginaba podría haber ido. No lo encontraba. Qué mala suerte, pensó.

Y volteó hacia la colina del camino, esperando encontrar la negra silueta que le confirmara al culpable de su mala fortuna. Pero no estaba.

Qué milagro, pensó. Siempre están cuando algo muere. Son malos.

Y jugando con la idea, imaginó que ellos no existían y nadie moría. Seguramente antes era así, y todos vivían para siempre.

Cuando alguien muere, el buitre siempre está. Es el culpable.

Joaquín golpeó el suelo con un palo. Toma buitre, iba pensando, mientras caminaba, frustrado, de regreso a su casa.

En el camino encontró una guayaba madura. Seguro habría rodado de alguna parte, o a alguien se le habría caído. Saboreándola, siguió caminando.

Entonces salió doña Herminia de su casa.

- ¡Así que eras tú! -le gritó.

Joaquín se quedo inmóvil, con el palo en una mano. Y la guayaba en la otra.

- ¿Qué dice, señora?

- Ya van dos días que no encuentro ninguna guayaba. Y siempre estás tú cerca. Y hoy, además, con un palo. ¿Así las sacas, verdad?

- No señora, ¿como cree?, yo estoy pasando camino a mi casa... y esta no es de aquí, la encontré...

- ¡Tú siempre estás! ¿Dime donde están mis guayabas? ¡Ya te las comiste todas! -y fue por un palo más grande que el que tenía Joaquín.

Joaquín se fue corriendo bien lejos y ya no escuchó más de lo que le iba gritando doña Herminia.

¿Acaso, porque estoy, voy a ser yo el culpable? Iba pensando, indignado, mientras llegaba a la cima de la colina.

Se apoyó en la vieja cerca, e imaginó al buitre que a veces veía parado allí.

E imaginó algo muy distinto a lo que siempre imaginaba. Vio al buitre parado a su lado, contemplando con infinita paciencia al valle que había debajo. Esperando matar a alguien.

No. Los buitres no matan. Lo sabían todos. Solo bajan cuando la cosa está muerta.

Entonces, esperando a que algo muera. Algo muere, bajas a comer, y te echan la culpa.

Tú siempre estás. ¿Y que tal si tampoco eres el culpable?

Pensando así, miró más adelante y vio al buitre, volando en círculos detrás de la otra colina. Lo de abajo aún no se había muerto... ¿sería su Josefo?

Joaquín bajó corriendo y se dirigió a toda prisa hacia allá. Cuando llegó, debajo del círculo que trazaba el buitre, estaba su carnero, aún vivo. Lo cargó con cuidado y lo llevó a su casa.

El sol se ponía cuando Joaquín salió por fin del corral donde Josefo ya estaba mejor. En la cerca del camino estaba otra vez la familiar figura. Y aún así, todo había salido bien. Bueno, con la señora Herminia hablaría mañana.

Se quedó un rato más afuera, pensando en cuántas cosas parecidas a esa pasarían en el mundo. En cuántos serían culpables simplemente por estar siempre ahí.

Es de noche, el Sol se ha ido, y tu siempre estás. Le hablaba a la Luna. Eres la culpable de la noche. Y sonrió.

Más tarde, se fue a dormir. Apagó la vela, y se quedó pensando.

Alguien muere, la vida se va, y tú siempre estás. Le hablaba a la muerte, quizás amiga de esas sombras, quizás amiga del buitre, que ahora era su amigo.

8 de agosto de 2014

El dragón y la niña

En lo alto de la pirámide, una silueta alzaba los brazos al cielo. El sonido de un tambor parecía llegar de todas partes. El sacerdote levantaba la daga y hacía el sacrificio. Toda la multitud alrededor se postraba hasta pegar su frente al suelo.

Mientras el ritual proseguía, la sangre derramada iba avanzando por un canal especial que penetraba entre la roca y descendía por el centro de la construcción.

Dentro, en lo profundo, reinaba la oscuridad. Pero, en esta fecha especial, la luz de sol entraba por una rendija, aún hasta ahí abajo, y un hilo de luz se proyectaba en el fondo de la celda.

Todo era silencio, hasta que el aroma de la sangre fresca perfumó el aire. Entonces, un sordo rugido se manifestó. Luego, el sonido del metal de las cadenas al arrastrarse por el piso de piedra. Caminando con dificultad, una sombra llegó al final del canal, donde la sangre caía en un vertedero. Lentamente, fue bebiendo.

Fuera de la celda, por una mirilla en una de las paredes de piedra, un sacerdote vigilaba todo.

Más tarde, la sombra había vuelto a su esquina y dormía, cuando llegó el principal de los sacerdotes. Ya habían pasado los tres días estipulados luego del sacrificio. Había cosas urgentes que preguntar.

Iniciaron el procedimiento para consultar a la sombra. A su señal, los otros sacerdotes introdujeron unas largas varas, armadas con puntas doradas, para picar en su escamosa piel. La sombra despertó y fue claro el sonido de su cuerpo al arrastrarse hasta el centro de la celda. La sangre había sido buena y le había dado más energía.

Las oraciones del sacerdote resonaron en las paredes de la celda, y la criatura se agitó con furia. Las llamas de las antorchas iluminaron su terrible figura, tan alta que rozaba el techo.

El sacerdote pronunció su pregunta y esperó. El silencio indicaba que debía honrar a la sombra con más cánticos y así lo hizo. La criatura volvió a agitarse, presa de un dolor que nadie sospechaba que sufriera. Cuando se detuvo, sus ojos llenos de odio se quedaron fijos en la ventana desde donde el sacerdote le interrogaba.

Como aún hubo silencio, se realizó una tercera ronda de cánticos. Se mezclaron con el ruido de las cadenas que la criatura agitaba con un vigor que fue menguando. Su odio se había ido. Solo quedaba miedo. Con sumisión, se acomodó frente a la ventana del sacerdote y habló en la lengua de los hombres.

Los sacerdotes anotaban sus enigmáticas palabras, que luego estudiarían, para llevar ante el rey las respuestas que buscaba.

El ritual del oráculo terminó. Ya no hubo más cantos. El sacerdote mayor se retiró, seguido de los que portaban las largas lanzas. Al final, salieron los que portaban las antorchas, y la sombra volvió a quedarse sola. Con pesadez, volvió arrastrándose a su rincón.

Una pequeña niña había estado observando todo desde un rincón que nadie alcanzaba a ver.

Había esperado un rato para asegurarse que todos estuvieran lejos.

Trepó hasta la ventana que había usado el sacerdote mayor. Para ella, la abertura era lo suficientemente amplia y pudo entrar a la celda.

Parada al pie de la ventana, sacó una de las piedras que llevaba en una bolsa, y la lanzó a la esquina donde estaba la criatura.

Él despertó, confundido. Al voltear descubrió la silueta al pie de la ventana desde donde el sacerdote le arrojaba esos sonidos de tortura. Se levantó, con la ira que llenaba su corazón, y fue hacia ella dispuesto a embestirla.

Pero las cadenas no dejaron que llegara. A pocos pasos de alcanzarla, sintió el tirón del metal y cayó abatido.

La pequeña silueta de la ventana, se acercó hacia él, extendió su mano y sintió el tibio roce de su piel en su nariz.

Se quedó quieto, sorprendido que un humano se atreviera a hacer algo así. No sentía su miedo. ¿Acaso sabía quién era?. Entonces, tuvo una visión. Eran los pensamientos de la niña.

"Te saludo, noble dragón."

Entonces, sí lo sabía.

"Vengo escondida en las sombras, porque alguien como tú me enseño a ver en ellas."

¿Sería posible que no fuera el último que quedaba? Después de tanto tiempo cautivo, había perdido la esperanza.

"Y me contó de la prisión donde los hombres someten a los dioses."

De algún modo habían aprendido a hacerlo. Manteniéndolos vivos solo lo suficiente para utilizarlos en sus oráculos. Hubo una época, donde había sido llevado a la guerra, para que peleara en las batallas contra otros humanos, y les habían ayudado. Luego, ambiciosos de su poder y sabiduría, los habían cazado y esclavizado.

"Sé que cuando eres fuerte puedes ver en el tiempo y puedes ir a donde quieras."

¿Realmente era una niña humana la que le decía todo eso? ¿Estaba acaso soñando?

"Y que la sangre puede encender tu poder."

El dragón se quedó contemplando a la niña.

"Yo también soy esclava. Pero mi sangre te puede hacer libre..."

Si la tomo, morirás, le dijo a su mente.

"Mi mente en tu mente, vivirá contigo. Y también seré libre."

Era increíble, aún para un dragón que había visto siglos de cosas increíbles. Magia antigua que llegaba para salvarlo, si él aceptaba el pacto.

Aceptó su sacrificio. Y ella aceptó el de él.

La niña deslizó su mano hacia la boca del dragón y rozó sus largos colmillos. Su piel se rasgo con facilidad. La lengua del dragón, áspera y tibia, fue llevando el calor de su sangre hacia su interior.

Ella se arrodilló, abrazándose a su larga cabeza. Él ronroneaba con un sonido grave y profundo. Ella acariciaba su plumaje, cada vez más suave y reluciente. Ambos iban cambiando.

Hacia el alba, la luz del sol cruzó la rendija, y un hilo de luz iluminó el pálido cuerpo de la niña, que yacía en brazos del dragón.

Pero ella no se había ido. Ahora miraba el mundo a través de sus ojos. Compartía sus pensamientos.

El dragón se levantó. Sus alas rotas se habían restaurado. Sus heridas habían sanado. Volvía a tener su poder. Sus garras rasgaron las cadenas. Sus manos empujaron la piedra. Los muros cedieron.

Por los largos pasillos secretos de la pirámide, se oía avanzar un trueno. Los sacerdotes acudieron, alarmados.

La pared cara al sol naciente se abrió en dos y apareció la figura de su dios. Todas las frentes se postraron en el suelo.

El sacerdote mayor estaba frente a él. Había algo que quería decirle. Fue y lo puso de pie. Temblaba. La afilada punta de su garra se fue acercando hasta tocar su frente. El hombre se desmayó. Pero, mientras caía, una visión inundó su mente. Con un mensaje que habría de compartir al despertar.

Con un leve impulso, el dragón se elevó y llegó volando hasta la cima de la pirámide. Colocó el cuerpo de la niña sobre el altar del sacrificio. Sopló y su aliento de fuego envolvió el cuerpo. Luego, saltó hacia el cielo.

La niña, en sus ojos, volaba también con él. Sus recuerdos lo conducían al encuentro de los otros dioses.

Eran libres, al fin.

¿Qué declara tu historia?