Ella tomó el par de lentes que estaba sobre la mesita y se los colocó como de costumbre.
Cerró los ojos, respiró con calma, relajándose, mientras esperaba la familiar sensación.
En unos segundos apareció. Su cuerpo recibió la sugerencia de juntar los dedos, hasta que el índice y el anular de cada mano tocara el pulgar. Los dedos se tocaron. A partir de allí era más sencillo dejarse llevar.
Sus ojos se abrieron. Su cabeza giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sintió ganas de sonreír y sonrió.
El señor Douglas siempre tenía ganas de sonreír durante las sesiones. Por eso también le gustaba ir a visitarlo.
Cuando llegaba al asilo, lo encontraba en su silla de ruedas, con la mirada dirigida hacia el jardín. Ella lo saludaba. Tocaba su mano, miraba sus ojos y se imaginaba el hola que debía formarse en algún lugar de su mente, detrás de aquel rostro impasible.
No era necesario que tratara de iniciar una conversación, pero igual le había comentado lo bonito que estaba el clima esa mañana, o cómo había estado el camino desde su casa, mientras había sacado de su maletín los útiles habituales.
Con cuidado, le había colocado el chaleco de sensores. Luego le había adherido sobre la frente la banda sensora. Con otros clientes usaba habitualmente el gorro o los lentes, pero él necesitaba que su cabellera estuviera descubierta. Le había costado un poco conseguir el dispositivo, pero las ganas de sonreír del señor Douglas hacían que valiera todo el esfuerzo.
Los sensores captaban la actividad mental y la enviaban hacia ella. La banda a sus lentes y el chaleco a su chaleco. Y luego de regreso. Las mentes sincronizaban. Las sensaciones de ella eran compartidas con él. Así, el señor Douglas podía volver a sentir lo que era tocarse los dedos, mirar hacia los lados, y sonreír.
En su especialidad, ella había sido entrenada para dejar que su sistema muscular respondiera a los estímulos de la otra mente conectada. Allí aprendían a captar las sensaciones sugeridas y a llevarlas a cabo sin interferir, como si fueran espectadores de sus propios movimientos.
Los robots controlados mentalmente eran la alternativa. Con ellos, el mejor cirujano podía operar como si estuviera presente, aún cuando estuviera al otro lado del mundo.
La conexión mental entre personas apareció como una alternativa práctica. Comprar sensores es más asequible que comprar un robot.
Y estaba el valor de la experiencia. Cuando controlas mentalmente a un robot, para tu mente es como aprender a manejar bicicleta. Controlas la bicicleta, con práctica la dominas y llegas a sentir a través de la bicicleta. Pero cuando te conectas mentalmente a una persona, no la controlas, sino que colaboras y hay mayor riqueza de sensaciones y emociones.
El señor Douglas había sido un estilista muy famoso. Siempre rodeado de estrellas de cine, muy querido. A veces venían a visitarlo, y conversaban sobre los viejos tiempos, con ayuda de ella. A veces incluso les hacía un corte.
Pero esta vez era su turno.
Ella contemplaba sus acciones impulsadas por el señor Douglas.
Se acercó a donde estaba sentado y acarició con cariño su cabellera, su rostro.
Tomó una toalla y se enjugó una lágrima antes de acomodarla sobre los hombros.
Tomó una tijera y un peine y empezó.
6 de diciembre de 2015
19 de septiembre de 2015
Diálogo sobre llegar tarde
Lisa: Llegar tarde es lo peor que puedes hacer. Los alemanes, por ejemplo, jamás llegan tarde. Ni los japoneses.
Pablo: Creo que no llegar es lo peor que puede suceder. Y los alemanes, por ejemplo, viven en Alemania. Los japoneses viven en Japón.
Lisa: ¿Qué quieres decir? -pestañeando con sus largas pestañas.
Pablo: Lo que digo -sonríe-. Las cosas suceden por alguna razón. Hay un por qué. ¿Por qué crees que alguien llega tarde?
Lisa: Porque no toman en serio la cita. La hora es la hora. Si todos respetaran la hora que se acuerda, todo sería mejor.
Pablo: Entonces, ¿dices que llegan tarde a propósito?
Lisa: No... lo que digo es que no toman las suficientes precauciones para llegar temprano.
Pablo: Entonces, ¿dices que pueden llegar temprano?
Lisa: ¡Claro! ¿Si no, por qué acuerdan que estarán a esa hora?
Pablo: Entonces, ¿dices que tenían otra opción, que podían haber elegido otra hora?
Lisa: Bueno... -se queda pensando.
Pablo: Hay un por qué para las cosas que suceden. A veces tendemos a sentenciar que hay un motivo atrás, pero si lo analizas un poco, la explicación suele ser más simple.
Lisa: ¿Y cuál es la explicación?
Pablo: A veces, una persona puede aceptar una hora de reunión porque no le queda otra opción. Porque hay una regla escrita en piedra. Porque la otra persona no aceptará otra hora. No dice que no porque sí quiere estar ahí.
Lisa: Entonces, ¿dices que miente para que la reunión se programe?
Pablo: Para que se pueda seguir adelante.
Lisa: Mentir es peor que llegar tarde.
Pablo: Podemos pre juzgar y sentenciar, y quejarnos, y sufrir. O podemos tratar de ver si parte de la situación cae en nuestro ámbito y podemos hacer algo constructivo al respecto.
Lisa: ¿Que puedo hacer algo para que otra persona llegue temprano? ¿No debería cada persona preocuparse por sus propios asuntos?
Pablo: Bueno, desde que se trata de una reunión, concierne a más de una persona. Lo que cada persona hace afecta a las demás. Cuando aceptas relacionarte con alguien más, aceptas hacer lo que esté a tu alcance para mejorar la relación.
Lisa: Estoy comenzando a sentir que tengo la culpa porque alguien más llega tarde.
Pablo: Pienso que un problema en las relaciones es buscar un culpable cuando sucede algo que no nos gusta. Alguien tiene que hacer algo para mejorar las cosas pero, cuando se culpa a alguien, se suele asignar la responsabilidad a quien no tiene los medios para cambiar la situación, o no tiene las mejores herramientas.
Lisa: Entonces, ¿qué dices que debo hacer?
Pablo: ¿Alguna vez has llegado tarde a alguna cita?
Lisa: No, trato de honrar los acuerdos que cumplo.
Pablo: ¿Nunca?
Lisa: Nunca... bueno, una vez, un amigo se ofreció a acercarme a la oficina y nos metimos en un atolladero. Yo le dije que tomara otra ruta, pero no me hizo caso... llegué cuando la reunión ya había empezado, pero no fue mi culpa.
Pablo: Entonces, llegaste tarde a esa reunión.
Lisa: Pero no fue mi culpa.
Pablo: ¿Alguien se enfadó contigo?
Lisa: No, creo que todos entendieron que fue algo que no era culpa mía.
Pablo: Cuando dices que no es culpa tuya, expresas que la causa es algo que está más allá de lo que puedes controlar.
Lisa: Así es.
Pablo: Cuando alguien llega tarde, ¿puedes imaginar que haya sido por una causa que está más allá de lo que puede controlar?
Lisa: Bueno... si es al algo como lo que me pasó, lo puedo entender.
Pablo: En realidad, se trata solamente de si puedes o no hacer algo algo al respecto. No podías hacer nada por salir del atolladero en que estaban. Otras personas no pueden hacer mucho por un bus que no siempre pasa a la misma hora, o por desviaciones inesperadas en el tránsito. En el caso de Alemania y Japón, se ha logrado que los sistemas de transporte público sean tan exactos como un reloj, así que cuando alguien llega tarde es poco probable que sea debido a eso. Pero en ciudades como la nuestra, donde el transporte está mucho menos organizado, esa probabilidad no es tan baja. Puedes comprobar que aunque salgas de tu casa a una misma hora, cerca a la hora punta, el intervalo de tiempo en que cae la hora de llegada suele ser de media hora. Y en algunos casos una hora. El problema del tráfico en esta ciudad es tan grande que ni siquiera puedes hacer predicciones usando tu propio auto. Comparar nuestra puntualidad con la de un alemán, no es algo lógico.
Lisa: Pero yo llego temprano. Y tú también llegas temprano.
Pablo: Tú no vives muy lejos. Yo trato de hacer mi viaje antes de la hora punta. Eso nos da más control. Pero no es el caso de todos. Además, debo decir que viajar antes de la hora punta, tan temprano, es algo sacrificado. Y los sacrificios no están al alcance de todo el mundo ni son tan sostenibles como uno quisiera.
Lisa: ¿Qué sugieres que haga?
Pablo: Las reglas son para evitar tener que acordar y decidir una y otra vez. Si el ambiente es estable, las reglas ayudan. Pero si el ambiente no es estable, las reglas se convierten en vallas de altura caprichosa, a veces más bajas o más altas de lo que se necesitan para ser de utilidad. En ambientes que no son estables, debemos dejar las reglas y optar por las referencias, y facilitar mecanismos que permitan acordar y decidir, una y otra vez.
Lisa: ¿Sugieres que no haya una hora de entrada?
Pablo: Sugiero que facilites que cada persona pueda expresar con sinceridad lo que tiene que decir al respecto, ver qué opciones hay, y buscar juntos algo que pueda ser útil para ambos. Seguramente habrá que hacerlo regularmente.
Lisa: Cada persona me va a salir con una hora de entrada diferente.
Pablo: ¿Y hay algún problema con eso?
Lisa: ¡Claro! Cuando lleguen los de una oficina y necesiten algo de la otra, no encontrarán a nadie.
Pablo: ¿Por qué?
Lisa: Porque se supone que debería haber alguien a esa hora.
Pablo: ¿Por qué?
Lisa: Porque la hora de entrada está así establecida... oh, ya veo. Si todos supieran que las horas de entrada no son iguales, ya no supondrían que pueden ir a la otra oficina tan temprano... pero entonces, las cosas se quedarían sin hacer hasta que llegara la otra persona...
Pablo: Creo que no estás dando mucho crédito a tu compañeros. Si algo se necesita temprano, y la hora de entrada no es la misma, posiblemente tomen previsiones para ello el día anterior.
Lisa: ¿Realmente crees que lo hagan?
Pablo: Lo harán. Si les facilitas mecanismos para que decidan y acuerden entre ellos, lo harán. Pero si limitas todo a una regla difícil de cumplir, como es ahora, la empezarán a odiar. Lo que la gente quiere es trabajar a gusto, por una razón que los motive. Si está en tu control ayudar a que eso pase, ayúdales.
Lisa: Facilitar que la gente se auto organice...
Pablo: Así es. Si te fijas, el problema del tránsito en la hora punta se debería a muchas reglas fijas actuando a la vez. Todas las personas ocupando las calles casi al mismo tiempo, por tratar de cumplir con una regla fija. Es como si todos quisieran pasar por una puerta al mismo tiempo. Algunos plantean que la solución es hacer una puerta más grande, pero es costosa, y habría que pasar por otro lado hasta que esté lista. Una solución más práctica es organizar una fila, para que todos podamos pasar. Que alguien entre primero, luego otro, luego otro.
Lisa: Entrar al trabajo en horas diferenciadas... ¿crees que funcionaría?
Pablo: Quitemos las reglas fijas arbitrarias y ayudemos a la gente a averiguarlo.
Pablo: Creo que no llegar es lo peor que puede suceder. Y los alemanes, por ejemplo, viven en Alemania. Los japoneses viven en Japón.
Lisa: ¿Qué quieres decir? -pestañeando con sus largas pestañas.
Pablo: Lo que digo -sonríe-. Las cosas suceden por alguna razón. Hay un por qué. ¿Por qué crees que alguien llega tarde?
Lisa: Porque no toman en serio la cita. La hora es la hora. Si todos respetaran la hora que se acuerda, todo sería mejor.
Pablo: Entonces, ¿dices que llegan tarde a propósito?
Lisa: No... lo que digo es que no toman las suficientes precauciones para llegar temprano.
Pablo: Entonces, ¿dices que pueden llegar temprano?
Lisa: ¡Claro! ¿Si no, por qué acuerdan que estarán a esa hora?
Pablo: Entonces, ¿dices que tenían otra opción, que podían haber elegido otra hora?
Lisa: Bueno... -se queda pensando.
Pablo: Hay un por qué para las cosas que suceden. A veces tendemos a sentenciar que hay un motivo atrás, pero si lo analizas un poco, la explicación suele ser más simple.
Lisa: ¿Y cuál es la explicación?
Pablo: A veces, una persona puede aceptar una hora de reunión porque no le queda otra opción. Porque hay una regla escrita en piedra. Porque la otra persona no aceptará otra hora. No dice que no porque sí quiere estar ahí.
Lisa: Entonces, ¿dices que miente para que la reunión se programe?
Pablo: Para que se pueda seguir adelante.
Lisa: Mentir es peor que llegar tarde.
Pablo: Podemos pre juzgar y sentenciar, y quejarnos, y sufrir. O podemos tratar de ver si parte de la situación cae en nuestro ámbito y podemos hacer algo constructivo al respecto.
Lisa: ¿Que puedo hacer algo para que otra persona llegue temprano? ¿No debería cada persona preocuparse por sus propios asuntos?
Pablo: Bueno, desde que se trata de una reunión, concierne a más de una persona. Lo que cada persona hace afecta a las demás. Cuando aceptas relacionarte con alguien más, aceptas hacer lo que esté a tu alcance para mejorar la relación.
Lisa: Estoy comenzando a sentir que tengo la culpa porque alguien más llega tarde.
Pablo: Pienso que un problema en las relaciones es buscar un culpable cuando sucede algo que no nos gusta. Alguien tiene que hacer algo para mejorar las cosas pero, cuando se culpa a alguien, se suele asignar la responsabilidad a quien no tiene los medios para cambiar la situación, o no tiene las mejores herramientas.
Lisa: Entonces, ¿qué dices que debo hacer?
Pablo: ¿Alguna vez has llegado tarde a alguna cita?
Lisa: No, trato de honrar los acuerdos que cumplo.
Pablo: ¿Nunca?
Lisa: Nunca... bueno, una vez, un amigo se ofreció a acercarme a la oficina y nos metimos en un atolladero. Yo le dije que tomara otra ruta, pero no me hizo caso... llegué cuando la reunión ya había empezado, pero no fue mi culpa.
Pablo: Entonces, llegaste tarde a esa reunión.
Lisa: Pero no fue mi culpa.
Pablo: ¿Alguien se enfadó contigo?
Lisa: No, creo que todos entendieron que fue algo que no era culpa mía.
Pablo: Cuando dices que no es culpa tuya, expresas que la causa es algo que está más allá de lo que puedes controlar.
Lisa: Así es.
Pablo: Cuando alguien llega tarde, ¿puedes imaginar que haya sido por una causa que está más allá de lo que puede controlar?
Lisa: Bueno... si es al algo como lo que me pasó, lo puedo entender.
Pablo: En realidad, se trata solamente de si puedes o no hacer algo algo al respecto. No podías hacer nada por salir del atolladero en que estaban. Otras personas no pueden hacer mucho por un bus que no siempre pasa a la misma hora, o por desviaciones inesperadas en el tránsito. En el caso de Alemania y Japón, se ha logrado que los sistemas de transporte público sean tan exactos como un reloj, así que cuando alguien llega tarde es poco probable que sea debido a eso. Pero en ciudades como la nuestra, donde el transporte está mucho menos organizado, esa probabilidad no es tan baja. Puedes comprobar que aunque salgas de tu casa a una misma hora, cerca a la hora punta, el intervalo de tiempo en que cae la hora de llegada suele ser de media hora. Y en algunos casos una hora. El problema del tráfico en esta ciudad es tan grande que ni siquiera puedes hacer predicciones usando tu propio auto. Comparar nuestra puntualidad con la de un alemán, no es algo lógico.
Lisa: Pero yo llego temprano. Y tú también llegas temprano.
Pablo: Tú no vives muy lejos. Yo trato de hacer mi viaje antes de la hora punta. Eso nos da más control. Pero no es el caso de todos. Además, debo decir que viajar antes de la hora punta, tan temprano, es algo sacrificado. Y los sacrificios no están al alcance de todo el mundo ni son tan sostenibles como uno quisiera.
Lisa: ¿Qué sugieres que haga?
Pablo: Las reglas son para evitar tener que acordar y decidir una y otra vez. Si el ambiente es estable, las reglas ayudan. Pero si el ambiente no es estable, las reglas se convierten en vallas de altura caprichosa, a veces más bajas o más altas de lo que se necesitan para ser de utilidad. En ambientes que no son estables, debemos dejar las reglas y optar por las referencias, y facilitar mecanismos que permitan acordar y decidir, una y otra vez.
Lisa: ¿Sugieres que no haya una hora de entrada?
Pablo: Sugiero que facilites que cada persona pueda expresar con sinceridad lo que tiene que decir al respecto, ver qué opciones hay, y buscar juntos algo que pueda ser útil para ambos. Seguramente habrá que hacerlo regularmente.
Lisa: Cada persona me va a salir con una hora de entrada diferente.
Pablo: ¿Y hay algún problema con eso?
Lisa: ¡Claro! Cuando lleguen los de una oficina y necesiten algo de la otra, no encontrarán a nadie.
Pablo: ¿Por qué?
Lisa: Porque se supone que debería haber alguien a esa hora.
Pablo: ¿Por qué?
Lisa: Porque la hora de entrada está así establecida... oh, ya veo. Si todos supieran que las horas de entrada no son iguales, ya no supondrían que pueden ir a la otra oficina tan temprano... pero entonces, las cosas se quedarían sin hacer hasta que llegara la otra persona...
Pablo: Creo que no estás dando mucho crédito a tu compañeros. Si algo se necesita temprano, y la hora de entrada no es la misma, posiblemente tomen previsiones para ello el día anterior.
Lisa: ¿Realmente crees que lo hagan?
Pablo: Lo harán. Si les facilitas mecanismos para que decidan y acuerden entre ellos, lo harán. Pero si limitas todo a una regla difícil de cumplir, como es ahora, la empezarán a odiar. Lo que la gente quiere es trabajar a gusto, por una razón que los motive. Si está en tu control ayudar a que eso pase, ayúdales.
Lisa: Facilitar que la gente se auto organice...
Pablo: Así es. Si te fijas, el problema del tránsito en la hora punta se debería a muchas reglas fijas actuando a la vez. Todas las personas ocupando las calles casi al mismo tiempo, por tratar de cumplir con una regla fija. Es como si todos quisieran pasar por una puerta al mismo tiempo. Algunos plantean que la solución es hacer una puerta más grande, pero es costosa, y habría que pasar por otro lado hasta que esté lista. Una solución más práctica es organizar una fila, para que todos podamos pasar. Que alguien entre primero, luego otro, luego otro.
Lisa: Entrar al trabajo en horas diferenciadas... ¿crees que funcionaría?
Pablo: Quitemos las reglas fijas arbitrarias y ayudemos a la gente a averiguarlo.
30 de abril de 2015
La musa
Una luz cegadora me recibe. Cuando volteo, veo detrás de mi el laberinto que creía interminable.
— Gracias — le digo a la musa —, soy libre.
Ella suelta una risita; le causa gracia.
— Sí, eres libre... de tu habitación; de ahí acabas de salir.
La miro, asombrado.
Se acerca a mi oído y me pregunta:
— ¿Quieres ser libre del mundo?
Aparece más gente a mi alrededor. Se acercan a darme la bienvenida.
— Hola. Si has llegado hasta aquí, eres uno de los nuestros — me dice el hombre que está adelante.
— Gracias. Me siento muy afortunado — les saludo también —. Acabo de llegar, ¿cómo salieron ustedes?
Sonríen entre ellos. El de la derecha da un paso al frente y dice:
—Yo idee un método para ir descartando opciones sistemáticamente hasta que finalmente alcance la salida.
Todos aplaudieron.
Luego, se aproximó una mujer y dijo:
—Yo escribí muchos libros, que fui poniendo debajo de mi, cada vez más libros, y más alto, hasta que alcance la salida.
Todos aplaudieron.
Y así, fueron contando sus méritos, su ingenio y valía.
— Todos hemos llegado aquí usando nuestra creatividad — dijo, finalmente, el primer hombre —. Por eso llamamos a este lugar el mundo de los creadores.
— Ahora, cuéntanos ¿cómo llegaste a la salida? — me pregunta, con un brillo en los ojos.
Simplemente les digo la verdad sobre mi viaje.
— Yo sentía una especie de llamado. Más sutil que una voz. Cuando iba por ciertos caminos me alentaba. Dejé que me guiara, que su mensaje pasara a través de mi. Sentía que llenaba mi espíritu. Con su guía, caminamos a través de pasillos oscuros... pasamos sobre abismos... caminamos entre las fieras, y entonces... llegamos aquí... Me siento afortunado, y agradecido.
— ¡Oh! — exclamó uno de ellos —. Entonces... llegaste por suerte.
De pronto, las miradas cambiaron y se fueron despidiendo de mi. Algunos me dieron una palmadita, como de pésame. Todos se fueron, moviendo la cabeza y diciéndose qué lástima, no es un creador como nosotros.
La musa estaba detrás de mi y había escuchado todo.
— ¿Lo ves? Y sin embargo yo los traje aquí del mismo modo que a ti — dijo, mientras veíamos las siluetas que se desvanecían a lo lejos —.
Dio un salto y se rió. Estiró su mano hacia mi.
— ¿Qué, no lo notaste? ¡Saliste del segundo laberinto! ¿Continuamos el viaje?
— Gracias — le digo a la musa —, soy libre.
Ella suelta una risita; le causa gracia.
— Sí, eres libre... de tu habitación; de ahí acabas de salir.
La miro, asombrado.
Se acerca a mi oído y me pregunta:
— ¿Quieres ser libre del mundo?
Aparece más gente a mi alrededor. Se acercan a darme la bienvenida.
— Hola. Si has llegado hasta aquí, eres uno de los nuestros — me dice el hombre que está adelante.
— Gracias. Me siento muy afortunado — les saludo también —. Acabo de llegar, ¿cómo salieron ustedes?
Sonríen entre ellos. El de la derecha da un paso al frente y dice:
—Yo idee un método para ir descartando opciones sistemáticamente hasta que finalmente alcance la salida.
Todos aplaudieron.
Luego, se aproximó una mujer y dijo:
—Yo escribí muchos libros, que fui poniendo debajo de mi, cada vez más libros, y más alto, hasta que alcance la salida.
Todos aplaudieron.
Y así, fueron contando sus méritos, su ingenio y valía.
— Todos hemos llegado aquí usando nuestra creatividad — dijo, finalmente, el primer hombre —. Por eso llamamos a este lugar el mundo de los creadores.
— Ahora, cuéntanos ¿cómo llegaste a la salida? — me pregunta, con un brillo en los ojos.
Simplemente les digo la verdad sobre mi viaje.
— Yo sentía una especie de llamado. Más sutil que una voz. Cuando iba por ciertos caminos me alentaba. Dejé que me guiara, que su mensaje pasara a través de mi. Sentía que llenaba mi espíritu. Con su guía, caminamos a través de pasillos oscuros... pasamos sobre abismos... caminamos entre las fieras, y entonces... llegamos aquí... Me siento afortunado, y agradecido.
— ¡Oh! — exclamó uno de ellos —. Entonces... llegaste por suerte.
De pronto, las miradas cambiaron y se fueron despidiendo de mi. Algunos me dieron una palmadita, como de pésame. Todos se fueron, moviendo la cabeza y diciéndose qué lástima, no es un creador como nosotros.
La musa estaba detrás de mi y había escuchado todo.— ¿Lo ves? Y sin embargo yo los traje aquí del mismo modo que a ti — dijo, mientras veíamos las siluetas que se desvanecían a lo lejos —.
Dio un salto y se rió. Estiró su mano hacia mi.
— ¿Qué, no lo notaste? ¡Saliste del segundo laberinto! ¿Continuamos el viaje?
28 de febrero de 2015
Hogar dulce hogar
-- Cállate, qué tontería, cómo se te ocurre -dice el profesor al nuevo pupilo cuando insinúa la posibilidad.
-- No tiene sentido que sea así -dice el académico que se entera de una de las ideas de uno de sus colegas.
-- Es sólo una teoría que no conduce a nada práctico -sentencia el científico cuando, de algún modo, sale a la luz la opción que debe ser negada.
En ese entonces, lo práctico era la carrera espacial y todas las grandes posibilidades de desarrollo tecnológico que le ofrecía a la humanidad.
Así que se convenció a la humanidad de mirar las estrellas que la ciencia proyectaba en su gran cúpula de cristal. De soñar que algún día caminaría entre ellas. Y, consistentemente, se le ocultó el hecho de que es imposible salir de la cúpula.
Cuando la salud de los astronautas se deterioraba, era atribuido a algún tipo de radiación del espacio exterior. Se convino que era la atmósfera la que nos protegía a todos los demás.
Con el tiempo notaron que era una cuestión nutricional. No era suficiente dar vitaminas y minerales al cuerpo. El metabolismo requiere de enzimas que no somos capaces de producir ni sintetizar. Sólo se consiguen de otro organismo vivo, como las plantas.
Los cultivos hidropónicos fueron la solución fácil que no funcionó. Lo ecosistemas artificiales fueron la solución difícil que tampoco funcionó.
Del mismo modo que los humanos requerimos enzimas que las plantas producen, las plantas requerían enzimas producidas por otros organismos. Como los hongos.
Y, a su vez, los hongos requerían de enzimas producidas por bacterias.
A esas alturas, los científicos, empezaron a adivinar, que quizás las bacterias requerían para su metabolismo de algo que los virus producían. Y así fue confirmado.
Entonces, el más sofisticado ecosistema artificial se desarrolló, en secreto, en una estación espacial. Humanos que tenían plantas, que tenían hongos, que tenían bacterias, que tenían virus. Debía funcionar. Pero tampoco fue el caso.
Abajo, a insistencia de un grupo de científicos herederos de las inquietudes de aquellos primeros que insinuaron la posibilidad prohibida, se realizó al mismo tiempo la copia de control, un ecosistema idéntico al que estaba en órbita, igual de aislado. Esta sí prospero.
La única diferencia entre ambas era la conexión a la Tierra.
Los virus necesitaban de algo que solamente la Tierra les provee.
Así fue que se descubrió, formalmente, lo que las antiguas culturas venían enseñando desde hacía tanto tiempo. La Tierra es nuestra madre. No en sentido figurado, ni poético. Es literal. Estamos atados a ella.
No podemos viajar por el espacio. Al menos no como en las travesías de la ciencia ficción, donde navegábamos en él como marineros de un oscuro mar infinito lleno de estrellas que explorar. Ahora sabemos que es como el deseo de un glóbulo rojo de atravesar la habitación para llegar a circular en la sangre de otro cuerpo.
Incluso si pudiéramos llegar a otro planeta, la existencia no sería sostenible si no está con nosotros el planeta completo del que somos parte.
Aceptar eso puede ser doloroso. Después de tantas expectativas.
Pero si es la verdad, es mejor tratar de aprender de ella.
Abrazar este planeta, esta Tierra, nuestro hogar.
Pero si es la verdad, es mejor tratar de aprender de ella.
Abrazar este planeta, esta Tierra, nuestro hogar.
22 de febrero de 2015
Brisa
Caminando por la calle
llega el viento.
Susurra en mi oído
mi amada
brisa.
Me canta de amor,
agita mi cabello,
me envuelve en caricias,
me ama.
Ella viene, llega y se va,
para seguir amando,
a alguien más
que en la calle,
caminando,
abra su corazón,
y escuche al viento,
que es el carro
en el que
la brisa viene.
llega el viento.
Susurra en mi oído
mi amada
brisa.
Me canta de amor,
agita mi cabello,
me envuelve en caricias,
me ama.
Ella viene, llega y se va,
para seguir amando,
a alguien más
que en la calle,
caminando,
abra su corazón,
y escuche al viento,
que es el carro
en el que
la brisa viene.
15 de febrero de 2015
Bendita tú eres
Siempre se trata simplemente de respetar a tu voz interior, escuchar lo que te dice, y tratar de honrar ese regalo del mejor modo que puedas.
Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.
Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.
El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.
Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.
Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.
Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.
'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.
'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.
Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.
Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.
Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.
Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.
Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.
Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.
Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.
Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.
Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.
Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.
Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.
Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.
Una simple margarita. La brisa agita sus pétalos, pálidos como el cielo de esta tarde. Es pequeña, como una moneda que a nadie le importa recoger.
Una pequeña niña. La brisa agita sus cabellos, ondea su vestido, mientras camina por la arena con pasos de bebé. Es curiosa, como quien recoge cosas que a nadie más le importan.
El mar azul, detrás de ella, susurra una canción. El cielo claro, sobre ella, envía el viento que juega con sus cabellos. La margarita, a sus pies, le sonríe.
Ella se agacha, y su rostro queda frente al de la flor.
Tiempo después, aún la recuerda claramente. Joven ya, sus dedos acarician el vaso de cristal. Su brazo extendido sobre el escritorio, como suele ponerse cuando piensa profundamente en algo.
Una medalla, sobre su pecho, sube y baja con cada respiración. Su mirada se pierde más allá de la ventana, y sigue, como si pudiera pasar a través de los edificios, hasta tocar el imposible horizonte.
'María', la llamaba su mamá, y ella volteaba para mirar otra vez a la flor. Seguía sonriendo. Como si supiera que nunca la iba a olvidar. Su recuerdo más lejano. A donde su mente la llevaba siempre que tenía que decidir algo importante.
'María', la trajo de vuelta una voz. Era su asistente. Ya estaban llegando los citados a la reunión. Le pidió que los invitara a entrar.
Saludaba a cada persona que entraba con una sonrisa. Cada una iba ocupando su lugar. Sus gestos, sus ademanes, sus voces, formaban un tejido sutil que ella distinguía con facilidad. Entendía la situación. Luego los escuchaba y veía como ese tejido oscilaba, o empezaba a agitarse como una bandera, pero sin nunca cambiar.
Cuando era su turno, acariciaba aquel tejido, y lo iba extendiendo, facilitando las cosas para todos. Suavizaba las arrugas, enderezaba los bordes, a veces lo sacudía un poco. Entonces, estaba completa su labor y la reunión terminaba.
Pero este día era diferente. Aunque una aparente tranquilidad iluminaba a los ministros, una sombra surcaba el tejido que se había formado. Lenta, pero indudablemente, la bandera que había ayudado a construir estos años se iba torciendo en un lazo.
Miraba en las paredes de la sala los retratos de los anteriores presidentes y se preguntaba a cuántos de ellos no les habría pasado lo mismo. Quizás a todos. Tal vez, incluso, habrían ayudado a tejer la trampa inconscientemente, como ahora mismo lo hacían casi todos los que estaban frente a ella.
Algo había estado viendo esas semanas. Yendo y viniendo por los pasillos trozos de hilos que hoy veía reunidos.
Con calma, se acercaba a la obra y la contemplaba con cierta curiosidad. Podía notar sus texturas e imperfecciones. Y el hilo negro que se extendía hasta la muñeca de aquel que se escondía entre todos.
Había estado reflexionando mucho sobre lo que haría al respecto. Posiblemente sería la primera prueba de este tipo que le tocaría enfrentar y quería hacerlo del modo más constructivo posible. En la historia hubo quienes lograron tomar lazos como esos en sus manos y los destruyeron frente a todos, con la fuerza de sus propias manos, o con fuego.
Pero, aunque fuera posible, no era algo que ella quisiera hacer. Cuando algo se destruía, los que quedaban siempre volvían con algo más fuerte. Y era una escalera que no quería empezar a subir.
Así que cuando llegó su turno, hizo lo que había decidido. Fue como si de pie, en lo alto de su mesa, fuera haciendo evidente el lazo, como si lo descubriera, lenta pero indudablemente. Y luego se lo colocara en el cuello ella misma.
Cuando esa claridad se hizo en la sala, de pronto todos vieron lo que estaban haciendo. El lazo se deshizo. La multitud de cuerdas se deslizó hasta el piso. Un hilo negro quedo expuesto en la mesa, y todos pudieron seguirlo hasta la muñeca donde estaba atado.
Antes que nadie pudiera hacer nada, ella tiró de aquel hilo y lo liberó.
Luego, con una sonrisa, contempló el nuevo tejido que se iba formando frente a ella.
3 de octubre de 2014
Osmosis
- ¿Y bien, cuánto es dos más tres?
La voz de la señorita Norma era firme, aunque aún tenía su toque de dulzura. Ron sentía que podría ver flotar frente a sus ojos la tabla de sumar que le había mostrado su madre la noche anterior. Pero decidió cerrar los ojos.
- ¿Dos más tres? -repitió la señorita Norma.
En la oscuridad, oyó el eco de la pregunta. No sabía la respuesta. La señorita Norma se molestaría. Su madre se molestaría. De pronto, una mancha difusa se fue haciendo más clara, en algún lugar de su mente. Y otra más, a su lado. "Que simple", pensó alguien en su interior, "no hay nada de mágico en contar lo que se ve". A pesar de esa voz -quizás la voz de su madre la noche anterior-, aparecieron tres bolas más, flotando en esa oscuridad con un pálido brillo. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco", contó.
- Cinco
- Muy bien
Y, al abrir los ojos, la señorita Norma le sonreía. Era un niño bueno. Su madre estaría contenta.
Continuaron un rato con otros pares de números. Ron encontró confianza en cerrar los ojos para leer la respuesta que se dibujaba en su mente.
- No está bien copiar
La voz de su madre tenía su toque de dulzura, pero era firme. Y se volvía de ese modo cada vez que se sentaba con él a repasar las tareas de la escuela.
- Aunque puedas hacerlo y los demás lo hagan, es trampa.
Ron dejó de mirar la tabla de sumar y cerró los ojos para ver las bolitas de colores en su cabeza.
- Te demoras mucho. ¿Por qué cierras los ojos? No cierres los ojos. Vamos... ¿cuánto es dos más tres?
- Cua... cinco
- ¿Y tres más dos? ¡No cierres los ojos!
Se equivocó, acertó, se equivocó. A veces atinaba a la respuesta y a veces no. Después de unos minutos las lágrimas mojaban sus mejillas.
- No llores. ¿Cuatro más tres?
Al día siguiente, cuando la profesora Norma le preguntó, respondió cada suma con rapidez. No cerraba los ojos. Tampoco veía la tabla flotar frente a él. Simplemente escuchaba el eco de la voz de su madre.
Ron no era especialmente hábil en sus estudios. Su madre debía insistir mucho con él, arrancándole lágrimas para que lograra entender las cosas. Con ese sistema logró pasar de grado en un buen puesto. Aún así, ella insistía en que se podría hacer mejor y cada tarde lo acompañaba para que hiciera sus tareas con perfección.
Cuando el embarazo de su madre hizo que fuera difícil que lo ayudara, sus calificaciones bajaron notablemente. La nueva profesora Irma, al tanto del brillante historial de Ron, la cosa se explicaba por los celos hacia la llegada de su nuevo hermano, así que no lo recriminaba demasiado.
Ron, en realidad, no estaba muy consciente de que tendría un nuevo hermano. Ocurría simplemente que hasta hacía poco, le era fácil leer su cuaderno y hacer sus tareas, pero ahora ya no. Cuando abría un libro, no tardaba en volverse todo un laberinto de letras y prefería ver las figuras y perderse en las aventuras que las ilustraciones sugerían.
Un día llegó un maestro suplente, el profesor Donato. Todos temblaban con su voz de trueno. Iban a repasar el libro de lecturas. Todos en el capítulo tres. Uno a uno los fue llamando para que se sentarán frente a su pupitre y le leyeran un poco. Los que lo hacían bien, iban de regreso a su asiento. A los que se perdían en balbuceos o repetían mucho la misma palabra, los separaba a un lado.
Cuando llegó su turno, Ron estaba tan asustado como el resto de la clase. Quizás más, porque no tenía idea de lo que se trataba el capítulo tres ni de las palabras que iba a leer. Ni siquiera había un dibujo. Abrió el libro. El profesor no dijo nada, esperando. De pronto, Ron se dio cuenta de que tenía el libro de cabeza. Lo giró. Tenía ahora sentido. Las palabras tenían una voz como de trueno. El las iba diciendo. Aceleraban, pausaban, enfatizaban. Las entendía. Suficiente, dijo el profesor, y lo envió a su asiento. Ron suspiró aliviado, sin darse cuenta de que todos lo miraban sorprendidos, incluso el profesor Donato.
El resto del año, Ron sorprendió a todos con conocimientos inusitados de matemáticas, geografía, historia e incluso dibujo. Por recomendación del profesor Donato fue inscrito en grupos de estudio especiales donde pudiera desarrollar su potencial.
Sin embargo, ocurrió que el profesor Misawa no quería admitirlo. Le había dejado a solas en el aula, con una prueba de matemáticas, y no había respondido una sola pregunta, ni siquiera la más básica.
- Me temo que eso puede indicar una cosa, señora -empezó a decir con cautela a la madre de Ron al comentarle el resultado en privado-. Quizás su hijo copia.
- No lo creo, no es posible que diga eso -replicó ella, con dulzura, pero con firmeza. Y un poco de indignación ante tal idea.
- Pues es lo que me dice este resultado -repuso él, encogiéndose de hombros.
- Tómele la prueba de nuevo, por favor, estoy segura que...
- Lo siento, ya no tengo tiempo, debo preparar una clase...
- Por favor, sólo pregúntele, hable con él. Lo que decida luego, yo lo respetaré.
Ron pasó al despacho. Su madre esperaría afuera.
El profesor Misawa no tenía mucho tiempo en realidad, así que le hizo una pregunta difícil para terminar de una vez el asunto. Ron apoyó sus manos en su pupitre. Más que pensar parecía que rezaba. Pobre muchacho, pensó el profesor. Y, entonces, oyó la respuesta. Extrañado, le pidió que pasara a la pizarra y la explicara. Ron lo hizo. La tiza dibujaba el diagrama, los trazos, y completó el procedimiento sin un error.
Sólo para estar seguro, le hizo otra pregunta. Y otra. Cada vez más avanzada. Hasta que al terminar la hora, habían llegado a matemáticas universitarias. El profesor Misawa lo admitió.
Aunque Ron daba muestras de ser un prodigio, tenía un comportamiento desconcertante. Era bueno en todo. Respondía correctamente en todas las asignaturas, dibujaba como el mejor de su clase, cantaba como el mejor, bailaba, declamaba. Aprendió a manejar bicicleta sin ninguna caída, casi de inmediato. Pero cuando el grupo se iba, no hacía ninguna de esas cosas. No dibujaba solo, ni cantaba solo, ni salía solo de paseo en la bicicleta.
Para que no lo molestaran, había aprendido a pasar el tiempo sumergido en la biblioteca. Para todos, estaba estudiando pero, en realidad, solo pasaba las páginas de los libros, sin encontrar ningún significado en aquellos trazos en el papel. Con excepción de las figuras que le gustaba mirar, los libros nunca le decían nada.
No era capaz de crear en su mente una respuesta. Todas las respuestas que daba provenían de la mente de alguien más. Tan clara y nítida como la pensaba el autor, presente a su lado. Si no lo hacía, quedaría relegado, como cuando no copiaba porque pensaba que molestaría a su madre. Pero su madre estaba muy contenta ahora. Solo había evitado contarle los detalles.
Luego que adquiría las respuestas de alguien, eran suyas un tiempo. Aún las más elaboradas construcciones mentales o habilidades físicas, las asimilaba con la misma facilidad. Pero solían ser más como castillos de arena, que pronto las olas se llevan o el viento gasta hasta que no queda nada.
No tenía mucha memoria de cómo había sido de niño. Sus padres decían que, al comienzo, había sido un niño distraído, como ausente. Pero un día cambio. Empezaron a notarlo. Quizás fue cuando se dio permiso de copiar.
Un terapeuta le diagnosticó fobia a quedarse solo, autofobia. Con esa carta que justificaba su discapacidad, tenían cuidado de que hubiera alguien más con él cuando tuviera que dar alguna prueba. Habitualmente, podía igualar el desempeño más alto de la clase. Incluyendo al profesor. En los casos en que la compañía cercana tampoco tuviera la respuesta, no había problema. Siempre habría una segunda oportunidad.
La ventaja de estar en una clase es que todos tienen algo que puedes copiar para hacer lo que necesites. Basta que alguien sepa la respuesta para que la sepas también. Si tienes suerte, levantas la mano primero y nadie sospechará que copias.
La voz de la señorita Norma era firme, aunque aún tenía su toque de dulzura. Ron sentía que podría ver flotar frente a sus ojos la tabla de sumar que le había mostrado su madre la noche anterior. Pero decidió cerrar los ojos.
- ¿Dos más tres? -repitió la señorita Norma.
En la oscuridad, oyó el eco de la pregunta. No sabía la respuesta. La señorita Norma se molestaría. Su madre se molestaría. De pronto, una mancha difusa se fue haciendo más clara, en algún lugar de su mente. Y otra más, a su lado. "Que simple", pensó alguien en su interior, "no hay nada de mágico en contar lo que se ve". A pesar de esa voz -quizás la voz de su madre la noche anterior-, aparecieron tres bolas más, flotando en esa oscuridad con un pálido brillo. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco", contó.
- Cinco
- Muy bien
Y, al abrir los ojos, la señorita Norma le sonreía. Era un niño bueno. Su madre estaría contenta.
Continuaron un rato con otros pares de números. Ron encontró confianza en cerrar los ojos para leer la respuesta que se dibujaba en su mente.
- No está bien copiar
La voz de su madre tenía su toque de dulzura, pero era firme. Y se volvía de ese modo cada vez que se sentaba con él a repasar las tareas de la escuela.
- Aunque puedas hacerlo y los demás lo hagan, es trampa.
Ron dejó de mirar la tabla de sumar y cerró los ojos para ver las bolitas de colores en su cabeza.
- Te demoras mucho. ¿Por qué cierras los ojos? No cierres los ojos. Vamos... ¿cuánto es dos más tres?
- Cua... cinco
- ¿Y tres más dos? ¡No cierres los ojos!
Se equivocó, acertó, se equivocó. A veces atinaba a la respuesta y a veces no. Después de unos minutos las lágrimas mojaban sus mejillas.
- No llores. ¿Cuatro más tres?
Al día siguiente, cuando la profesora Norma le preguntó, respondió cada suma con rapidez. No cerraba los ojos. Tampoco veía la tabla flotar frente a él. Simplemente escuchaba el eco de la voz de su madre.
Ron no era especialmente hábil en sus estudios. Su madre debía insistir mucho con él, arrancándole lágrimas para que lograra entender las cosas. Con ese sistema logró pasar de grado en un buen puesto. Aún así, ella insistía en que se podría hacer mejor y cada tarde lo acompañaba para que hiciera sus tareas con perfección.
Cuando el embarazo de su madre hizo que fuera difícil que lo ayudara, sus calificaciones bajaron notablemente. La nueva profesora Irma, al tanto del brillante historial de Ron, la cosa se explicaba por los celos hacia la llegada de su nuevo hermano, así que no lo recriminaba demasiado.
Ron, en realidad, no estaba muy consciente de que tendría un nuevo hermano. Ocurría simplemente que hasta hacía poco, le era fácil leer su cuaderno y hacer sus tareas, pero ahora ya no. Cuando abría un libro, no tardaba en volverse todo un laberinto de letras y prefería ver las figuras y perderse en las aventuras que las ilustraciones sugerían.
Un día llegó un maestro suplente, el profesor Donato. Todos temblaban con su voz de trueno. Iban a repasar el libro de lecturas. Todos en el capítulo tres. Uno a uno los fue llamando para que se sentarán frente a su pupitre y le leyeran un poco. Los que lo hacían bien, iban de regreso a su asiento. A los que se perdían en balbuceos o repetían mucho la misma palabra, los separaba a un lado.
Cuando llegó su turno, Ron estaba tan asustado como el resto de la clase. Quizás más, porque no tenía idea de lo que se trataba el capítulo tres ni de las palabras que iba a leer. Ni siquiera había un dibujo. Abrió el libro. El profesor no dijo nada, esperando. De pronto, Ron se dio cuenta de que tenía el libro de cabeza. Lo giró. Tenía ahora sentido. Las palabras tenían una voz como de trueno. El las iba diciendo. Aceleraban, pausaban, enfatizaban. Las entendía. Suficiente, dijo el profesor, y lo envió a su asiento. Ron suspiró aliviado, sin darse cuenta de que todos lo miraban sorprendidos, incluso el profesor Donato.
El resto del año, Ron sorprendió a todos con conocimientos inusitados de matemáticas, geografía, historia e incluso dibujo. Por recomendación del profesor Donato fue inscrito en grupos de estudio especiales donde pudiera desarrollar su potencial.
Sin embargo, ocurrió que el profesor Misawa no quería admitirlo. Le había dejado a solas en el aula, con una prueba de matemáticas, y no había respondido una sola pregunta, ni siquiera la más básica.
- Me temo que eso puede indicar una cosa, señora -empezó a decir con cautela a la madre de Ron al comentarle el resultado en privado-. Quizás su hijo copia.
- No lo creo, no es posible que diga eso -replicó ella, con dulzura, pero con firmeza. Y un poco de indignación ante tal idea.
- Pues es lo que me dice este resultado -repuso él, encogiéndose de hombros.
- Tómele la prueba de nuevo, por favor, estoy segura que...
- Lo siento, ya no tengo tiempo, debo preparar una clase...
- Por favor, sólo pregúntele, hable con él. Lo que decida luego, yo lo respetaré.
Ron pasó al despacho. Su madre esperaría afuera.
El profesor Misawa no tenía mucho tiempo en realidad, así que le hizo una pregunta difícil para terminar de una vez el asunto. Ron apoyó sus manos en su pupitre. Más que pensar parecía que rezaba. Pobre muchacho, pensó el profesor. Y, entonces, oyó la respuesta. Extrañado, le pidió que pasara a la pizarra y la explicara. Ron lo hizo. La tiza dibujaba el diagrama, los trazos, y completó el procedimiento sin un error.
Sólo para estar seguro, le hizo otra pregunta. Y otra. Cada vez más avanzada. Hasta que al terminar la hora, habían llegado a matemáticas universitarias. El profesor Misawa lo admitió.
Aunque Ron daba muestras de ser un prodigio, tenía un comportamiento desconcertante. Era bueno en todo. Respondía correctamente en todas las asignaturas, dibujaba como el mejor de su clase, cantaba como el mejor, bailaba, declamaba. Aprendió a manejar bicicleta sin ninguna caída, casi de inmediato. Pero cuando el grupo se iba, no hacía ninguna de esas cosas. No dibujaba solo, ni cantaba solo, ni salía solo de paseo en la bicicleta.
Para que no lo molestaran, había aprendido a pasar el tiempo sumergido en la biblioteca. Para todos, estaba estudiando pero, en realidad, solo pasaba las páginas de los libros, sin encontrar ningún significado en aquellos trazos en el papel. Con excepción de las figuras que le gustaba mirar, los libros nunca le decían nada.
No era capaz de crear en su mente una respuesta. Todas las respuestas que daba provenían de la mente de alguien más. Tan clara y nítida como la pensaba el autor, presente a su lado. Si no lo hacía, quedaría relegado, como cuando no copiaba porque pensaba que molestaría a su madre. Pero su madre estaba muy contenta ahora. Solo había evitado contarle los detalles.
Luego que adquiría las respuestas de alguien, eran suyas un tiempo. Aún las más elaboradas construcciones mentales o habilidades físicas, las asimilaba con la misma facilidad. Pero solían ser más como castillos de arena, que pronto las olas se llevan o el viento gasta hasta que no queda nada.
No tenía mucha memoria de cómo había sido de niño. Sus padres decían que, al comienzo, había sido un niño distraído, como ausente. Pero un día cambio. Empezaron a notarlo. Quizás fue cuando se dio permiso de copiar.
Un terapeuta le diagnosticó fobia a quedarse solo, autofobia. Con esa carta que justificaba su discapacidad, tenían cuidado de que hubiera alguien más con él cuando tuviera que dar alguna prueba. Habitualmente, podía igualar el desempeño más alto de la clase. Incluyendo al profesor. En los casos en que la compañía cercana tampoco tuviera la respuesta, no había problema. Siempre habría una segunda oportunidad.
La ventaja de estar en una clase es que todos tienen algo que puedes copiar para hacer lo que necesites. Basta que alguien sepa la respuesta para que la sepas también. Si tienes suerte, levantas la mano primero y nadie sospechará que copias.
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