Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla.
Yo quisiera repetir algunas cosas.
Quisiera volver a la playa donde mis pies se hundían en la arena mientras corría junto a la espuma que dejaban las olas. Sentir la brisa que acompañaba al sonido del mar y al canto de las gaviotas. Volver a sentarme al lado de mi mamá y contemplar el horizonte azul mientras comía un trozo de sandía. Volver a ver brillar bajo el sol las escamas del pescado que traía mi papá, acercándose con su canasta y su sombrero de paja. Volver a jugar en la arena con mis hermanos, sonriendo aunque el agua se llevara nuestros castillos. Entrar corriendo y jugar juntos entre las olas, una vez más, antes de que el sol se ponga, y volvamos a casa.
Era tan fácil repetir antes las cosas que hoy parecen tan distantes.
Quisiera volver al primer beso, cuando su mirada estuvo tan cerca, como su piel y su calor. Y el aroma de su cabello. Y los latidos de su corazón.
Esperando lo que no había de pasar, llegaba, de pronto, lo que no esperaba.
Quisiera volver a la noche, abrazado a su piel, envuelto en su perfume, seducido por su voz, volando por el cielo de un sueño eterno.
¿Quizás sea que ya conozco algunas de las historias por lo que ellas ya no se repiten?
Es ese fuego incandescente, ese brillo, esa música tan clara, esa fuerza, la que a veces parece estar allá atrás solamente. Uno voltea y se queda contemplando los colores de ese ocaso pintado de recuerdos.
El pasado puede ser tan dulce y tentador. Quizás es lo que sienten los viajeros cuando es dura la jornada. Cuando hace tanto calor, o tanto frío, y uno quisiera rendirse, descansar al fin.
No sé si sea saludable hacerlo. O, a lo mejor, sea necesario para estar saludable, antes de poder continuar. Como alguien herido, que se recoge en la oscuridad un tiempo.
Finalmente, cuando continúas, has girado de nuevo al frente. El sol que se ocultó quedó atrás, la noche pasó y adelante amanece. Y prosigues. Encuentras nuevas cosas por las que un día también sentirás ganas de volver a vivirlas.
10 de diciembre de 2011
28 de noviembre de 2011
Impacto Cósmico
Hoy quisiera cantar
para tí esta canción,
escucha con atención
si puedes ver algo más.
Era la Luna en el cielo,
con su carita redonda,
miraban sus ojos grises,
en esa noche clara,
a las estrellas que
se ocultaban de su lado
mientras ella iba subiendo.
Ella se preguntaba
por qué se escondían,
por qué no se acercaban
y pudieran ser amigas.
Una de ellas llegó,
de pronto, y sin avisar,
un gran beso le dió
y junto a una mejilla
una flor de fuego dibujó.
Los hombres, maravillados,
contemplando el romance,
decían se ha sonrojado
por el amor que le ha dado.
Pero ese fulgor se fue,
cuando los dias pasaron,
la flor se fue marchitando,
y en su lugar se quedó
la sombra de aquel beso.
La bella Luna dejó
de aparecer sonrosada,
y pálida, como antes,
a las estrellas miraba.
Las mujeres, sin mucho asombro,
contemplando el desamor,
decían es lo de siempre
después del fuego y del amor.
La luna cambiaba en el cielo,
el cielo giraba.
Como siempre, contemplamos
el reflejo de lo que somos.
11 de noviembre de 2011
Por qué ser bueno
Mentir consume energía que se podría usar en hacer otras cosas más constructivas.
La culpa distrae la mente de cosas que podría realizar mejor.
Cuánto esfuerzo en el mundo se gasta para resolver las cosas que alguien más embrolló.
En cambio el bien simplifica, aclara, libera.
Si te preguntas por qué hacer el bien, por qué ser bueno... en cierto modo es una cuestión de eficiencia.
La culpa distrae la mente de cosas que podría realizar mejor.
Cuánto esfuerzo en el mundo se gasta para resolver las cosas que alguien más embrolló.
En cambio el bien simplifica, aclara, libera.
Si te preguntas por qué hacer el bien, por qué ser bueno... en cierto modo es una cuestión de eficiencia.
4 de noviembre de 2011
Las leyes humanas
Cuando naces libre, aprendes que la naturaleza tiene su propio modo.
En las ciudades, la gente controla ciertas cosas y dicta sus propias reglas. Pero es presuntuoso pensar que tienen alguna relevancia sobre la forma en que la naturaleza es.
Aunque se diga que todo ciudadano tenga derecho a la vida, no importa cuando tiembla la tierra, viene una ola grande, o cae fuego del cielo. Ni siquiera cuando se enferma.
Aunque se diga que todos los ciudadanos son iguales, lo cierto es que la naturaleza da sus dones en diferente medida, y quizás haya un motivo para eso.
Aunque se nos diga que tenemos derecho a buscar la felicidad, quizás lo seríamos si, en principio, dejáramos de crear falsas expectativas sobre lo que el mundo es.
La naturaleza es. Todo lo que hemos juntado no será nada cuando nos vayamos. Pero la naturaleza continuará siendo. Como antes de nosotros.
En las ciudades, la gente controla ciertas cosas y dicta sus propias reglas. Pero es presuntuoso pensar que tienen alguna relevancia sobre la forma en que la naturaleza es.
Aunque se diga que todo ciudadano tenga derecho a la vida, no importa cuando tiembla la tierra, viene una ola grande, o cae fuego del cielo. Ni siquiera cuando se enferma.
Aunque se diga que todos los ciudadanos son iguales, lo cierto es que la naturaleza da sus dones en diferente medida, y quizás haya un motivo para eso.
Aunque se nos diga que tenemos derecho a buscar la felicidad, quizás lo seríamos si, en principio, dejáramos de crear falsas expectativas sobre lo que el mundo es.
La naturaleza es. Todo lo que hemos juntado no será nada cuando nos vayamos. Pero la naturaleza continuará siendo. Como antes de nosotros.
24 de octubre de 2011
Subiendo
- Así es como se va subiendo -le dice el alpinista-. Antes de avanzar, te aseguras, anclando estos ganchos en la roca. Cuando pasas a la nueva posición, quitas los ganchos que te mantenían seguro en la anterior posición. Luego, eliges una nueva posición hacia donde avanzar. Así continúas y llegarás a la cima.
- No entiendo -le dice la paloma, y se va volando.
- No entiendo -le dice la paloma, y se va volando.
17 de septiembre de 2011
Días sin tiempo - 2
Julia preparaba el desayuno esa mañana. Aún no se había peinado y tenía el cabello alborotado. Pero no le importaba; era sábado y tendría todo el día para peinarse. O para no peinarse. Eso era lo bueno de los sábados. Lo que hubiera que lavar, comprar, o hacer, bien podía esperar hasta el domingo.
No sabía por qué, pero esa era una de las cosas que a él le gustaban de ella. La miró con una sonrisa, mientras se sentaba a la mesa.
En la radio sonaba una canción que le gustaba mucho.
- Tuve un sueño raro -le empezó a contar-. Era como si todo el mundo hubiera desaparecido. Yo caminaba por la calle, completamente sólo, sin encontrar a nadie más...
- ¡Tomás...! -gritó ella, de pronto, como llamándolo de arriba-. ¡Ya está el desayuno!
- Acá estoy, ciega -le respondió.
Julia volteó hacia él, que agitaba la mano mientras le sonreía. Pero no lo miraba. Giró un poco la cabeza, como si quisiera oír mejor algo en el segundo piso.
- ¡Baja ya, Tomás, que se enfría! -volvió a gritar.
- Oye, oye, acá estoy... -le repitió, mientras dejaba su silla para ir hacia donde ella estaba.
Sin esperarlo, ella giró y empezó a subir las escaleras.
- Tomás...
La siguió, tratando de alcanzarla, pero, por alguna razón, no podía.
- Julia, ¿qué haces?, ¡aquí estoy! -le repetía, pero ella subía y se alejaba, sin que pareciera oirlo.
El resplandor del tragaluz, en lo alto, se iba haciendo más intenso. De pronto, casi no podía ver. Ya no la veía a ella. Giró la cabeza, para mirar atrás, y tropezó.
No sintió el escalón, sólo que iba cayendo. Se cubríó con un brazo. Entonces, despertó.
No sabía por qué, pero esa era una de las cosas que a él le gustaban de ella. La miró con una sonrisa, mientras se sentaba a la mesa.
En la radio sonaba una canción que le gustaba mucho.
- Tuve un sueño raro -le empezó a contar-. Era como si todo el mundo hubiera desaparecido. Yo caminaba por la calle, completamente sólo, sin encontrar a nadie más...
- ¡Tomás...! -gritó ella, de pronto, como llamándolo de arriba-. ¡Ya está el desayuno!
- Acá estoy, ciega -le respondió.
Julia volteó hacia él, que agitaba la mano mientras le sonreía. Pero no lo miraba. Giró un poco la cabeza, como si quisiera oír mejor algo en el segundo piso.
- ¡Baja ya, Tomás, que se enfría! -volvió a gritar.
- Oye, oye, acá estoy... -le repitió, mientras dejaba su silla para ir hacia donde ella estaba.
Sin esperarlo, ella giró y empezó a subir las escaleras.
- Tomás...
La siguió, tratando de alcanzarla, pero, por alguna razón, no podía.
- Julia, ¿qué haces?, ¡aquí estoy! -le repetía, pero ella subía y se alejaba, sin que pareciera oirlo.
El resplandor del tragaluz, en lo alto, se iba haciendo más intenso. De pronto, casi no podía ver. Ya no la veía a ella. Giró la cabeza, para mirar atrás, y tropezó.
No sintió el escalón, sólo que iba cayendo. Se cubríó con un brazo. Entonces, despertó.
Días sin tiempo - 3
< Previamente
Estaba de espaldas en el piso. Su brazo le cubría los ojos. Bajándolo, fue acostumbrando la vista al destello del cielo lechoso.
Se incorporó con un poco de dificultad y se quedó un rato sentado así, apoyado sobre sus palmas.
No había sido un sueño. No era un sueño.
Podía recordar que había salido de su casa e ido a la panadería antes de llegar a ese lugar. No era un sueño.
Sentía el roce aspero del piso. Y el frío del aire.
Iba haciendo más frío.
Se puso de pie, tambaleando un poco, y se dirigió a su casa. Miraba en torno suyo, sorprendido de lo diferente que se pueden volver las cosas que uno ve todos los días, cuando pasa rumbo al trabajo. Conocía muy bien las calles y las casas que iba viendo en el camino, pero sin gente se sentía como en otro planeta.
Abrió la puerta, entró y fue a buscar a su familia. Subió a ver los dormitorios y bajó otra vez a la cocina, sin que nadie respondiera a sus llamados.
En su celular marcó el número de Julia. Parecía que no funcionaba, aunque la pantalla indicaba que tenía señal y la batería estaba cargada, no escuchaba nada. Ni siquiera un mensaje de saldo insuficiente. Entonces, se dió cuenta de que el celular de Julia estaba en la mesa de la cocina.
Tampoco ese parecía funcionar, aunque la pantalla también mostrara todo normal. Puso ambos celulares sobre la mesa y los miró detenidamente. Debía haber algún error. No podía ser que siguieran siendo las 8:23 de la mañana. Él recordaba haber visto esa misma hora al levantarse de la cama.
Salió a la calle y buscó el sol en el cielo. Estaba casi completamente blanco, pero había un resplandor más intenso hacia el lado de la mañana, como si fueran las 8 o algo así.
Empezó a hacer memoria. Se había vestido e ido a la panadería, caminado hasta la avenida, donde se desmayó... quién sabe por cuanto tiempo. Sin embargo, la hora era la misma ¿Acaso el tiempo se había detenido?
Reflexionó y concluyó que no podía ser. Porque se podía mover. Y no sólo él sino las cosas a su alrededor. Dejó caer el celular al piso, para probarlo. Lo recogió, y no le importó que la pantalla se hubiera quebrado.
No, el tiempo no se había detenido... sólo el sol, los semáforos, los celulares... y cada reloj que encontraba en la casa.
No tenía sentido... ¿y, además, dónde estaba la gente?... ¿Dios, dónde estaban todos?
Descubrió que la televisión no encendía. Tampoco la cocina ni el microondas. El refrigerador estaba frío pero no se encendía la luz interior. Los interruptores de las luces no funcionaban; no podía apagar las que estaban encendidas ni encender las que estaban apagadas.
Se sirvió un poco de agua. Derramó la mayor parte mientras intentaba beberla. Temblaba mucho. Debía tranquilizarse.
Despacio, se acercó a la ventana. Allí se acurrucó en un un sillón y se quedó mirando, tras las cortinas, hacia la calle solitaria.
Como un niño esperando a que volvieran sus padres. Hasta que se quedó dormido.
Estaba de espaldas en el piso. Su brazo le cubría los ojos. Bajándolo, fue acostumbrando la vista al destello del cielo lechoso.
Se incorporó con un poco de dificultad y se quedó un rato sentado así, apoyado sobre sus palmas.
No había sido un sueño. No era un sueño.
Podía recordar que había salido de su casa e ido a la panadería antes de llegar a ese lugar. No era un sueño.
Sentía el roce aspero del piso. Y el frío del aire.
Iba haciendo más frío.
Se puso de pie, tambaleando un poco, y se dirigió a su casa. Miraba en torno suyo, sorprendido de lo diferente que se pueden volver las cosas que uno ve todos los días, cuando pasa rumbo al trabajo. Conocía muy bien las calles y las casas que iba viendo en el camino, pero sin gente se sentía como en otro planeta.
Abrió la puerta, entró y fue a buscar a su familia. Subió a ver los dormitorios y bajó otra vez a la cocina, sin que nadie respondiera a sus llamados.
En su celular marcó el número de Julia. Parecía que no funcionaba, aunque la pantalla indicaba que tenía señal y la batería estaba cargada, no escuchaba nada. Ni siquiera un mensaje de saldo insuficiente. Entonces, se dió cuenta de que el celular de Julia estaba en la mesa de la cocina.
Tampoco ese parecía funcionar, aunque la pantalla también mostrara todo normal. Puso ambos celulares sobre la mesa y los miró detenidamente. Debía haber algún error. No podía ser que siguieran siendo las 8:23 de la mañana. Él recordaba haber visto esa misma hora al levantarse de la cama.
Salió a la calle y buscó el sol en el cielo. Estaba casi completamente blanco, pero había un resplandor más intenso hacia el lado de la mañana, como si fueran las 8 o algo así.
Empezó a hacer memoria. Se había vestido e ido a la panadería, caminado hasta la avenida, donde se desmayó... quién sabe por cuanto tiempo. Sin embargo, la hora era la misma ¿Acaso el tiempo se había detenido?
Reflexionó y concluyó que no podía ser. Porque se podía mover. Y no sólo él sino las cosas a su alrededor. Dejó caer el celular al piso, para probarlo. Lo recogió, y no le importó que la pantalla se hubiera quebrado.
No, el tiempo no se había detenido... sólo el sol, los semáforos, los celulares... y cada reloj que encontraba en la casa.
No tenía sentido... ¿y, además, dónde estaba la gente?... ¿Dios, dónde estaban todos?
Descubrió que la televisión no encendía. Tampoco la cocina ni el microondas. El refrigerador estaba frío pero no se encendía la luz interior. Los interruptores de las luces no funcionaban; no podía apagar las que estaban encendidas ni encender las que estaban apagadas.
Se sirvió un poco de agua. Derramó la mayor parte mientras intentaba beberla. Temblaba mucho. Debía tranquilizarse.
Despacio, se acercó a la ventana. Allí se acurrucó en un un sillón y se quedó mirando, tras las cortinas, hacia la calle solitaria.
Como un niño esperando a que volvieran sus padres. Hasta que se quedó dormido.
Continúa...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
-
Cuando, en una historia, el bien triunfa sobre el mal, es una declaración de lo que deseamos como comunidad. Muchos autores, cuestionando qu...
-
Sobre la tierra helada, el hielo y la nieve han cubierto de blanco el paisaje cuando la ventisca ha cesado. También el silencio parece e...
-
El surtidor contra incendios se halla en la entrada de un callejón flanqueado por altas paredes. Sumido en las sombras, el final yace oculto...
