1 de abril de 2018

La puerta de afuera

— ¿Por qué quieres salir?

— Para poder ver el sol.

— El sol simplemente da luz, igual que esta lámpara.

El resto de la cena transcurrió sin que volvieran a hablar y al final, antes de acostarse, la lámpara se apagó.

Al día siguiente, vino el amo con un paquete grande. Dentro, una lámpara muy bonita y más grande que la que tenían.

— Mira -le dijo, mientras la encendía junto a la otra-, así puedes tener más luz que el mejor mediodía allá afuera.

— No es sólo el sol; es el cielo, el paisaje; las cosas que se pueden ver.

El amo lamentó el descuido que había dejado que viera la fotografía. Eso lo había hecho soñar; estaba seguro.

— Lo que viste en esa foto era falso; sólo una pequeña porción del mundo; la mayor parte está tan sucia que no vale la pena conocerla.

— Creo que iré a verla de todos modos.

El amo lo observó fijamente. En otro tiempo no hubiera tolerado que desafiara lo que decía; un golpe habría bastado. Ahora,... aún no era muy alto, pero ya no sería tan fácil. Tendría que apagar su osadía de otro modo.

— No entiendes que si vas afuera te va a ir mal. ¿Acaso crees que alguien te cuidará como yo?, ¿qué sabes hacer?, ¿cómo vivirás?

Él no pudo responder. Sinceramente, no podía. Se acostó preocupado en hallar respuesta a esas preguntas y, al fin, antes de dormir, pensó que su amo tenía razón; no sabía hacer nada más que cuidar ese pequeño cuarto, limpiar, arreglar las cosas.

Al día siguiente, aún pensaba así. Pero en su corazón se iba haciendo más fuerte el deseo de salir, aunque sea sólo un momento.

El amo lo vio poner su mano en la cerradura.

— ¿Qué vas a hacer?

— Iré a ver cómo es afuera.

— Si te vas, no volverás.

— ¿Será tan hostil?

— Lo es.

Pero, aunque lo escuchaba, la mano seguía en la cerradura. Comenzó a abrir la puerta.

— ¿Por qué quieres salir?

— Quiero ver.

— Pero si aquí tienes toda la luz -señaló las lámparas- y paisajes… mira.

Fue al fondo y descubrió los estantes llenos de libros, que le había prohibido tocar.

— Podrás ver todas las fotografía que quieras; allí hay libros que te mostrarán cosas que jamás verás en el mundo.

Luego fue hacia la consola.

— Y música… también te dejaré tocar todas la canciones que quieras oir. ¿Para qué vas a salir? -le preguntó.

— No lo sabía bien -le respondió-, pero si eres capaz de darme esas cosas tan valiosas, algo bueno debe haber afuera.

El amo sacó un arma y le apuntó.

— No saldrás. No dejaré que alguien se lleve algo en lo que he puesto tanto.

— ¿Y qué hará, amo? No podrá vigilarme todo el tiempo. Y ahora, tampoco le querré ayudar en lo que me pida. Si, a pesar de todo, no me dejara salir, aún entonces podré dejar de comer, y un día iré a dormir, cerraré los ojos y no podrá evitar que salga.

El amo comprendió que era inútil y que, al amenazarlo, las cosas entre los dos ya no podrían continuar como antes. Bajó el arma y dejó que abriera la puerta. Estaba oscuro.

— No hay sol ni paisajes que ver, y hace frío, ¿para eso quieres salir?

Él no dijo nada. Estaba afuera, en silencio, mirando las estrellas en el cielo, por primera vez.

Ahora sentía algo diferente, y sabía que no renunciaría a ello.

Era libre.

28 de enero de 2018

Algo más


Imagina la aguja del fonógrafo
que ella decide pasar sobre este surco
que ella es la que hace la música que se escucha.

Lo puede demostrar
viendo que la onda sube cuando ella sube
y que baja cuando ella baja.

A veces distingue patrones en algo que le pasa,
como si fragmentos de su vida
se repitieran, se alternaran, con variantes.

A veces le parece sentir un concierto de voces
habitando algún lugar más allá,
expresándose a través de ella.

Ella realmente cree que hace la música que se escucha,
que si quisiera podría hacer sonar otra cosa
ya que entiende la mecánica del sonido.

Está ella, nos puede explicar,
en un universo,
sobre la que se marcan las huellas de su música.

No puede ver su futuro
para saber del surco completo ya trazado.

No puede ver más allá de su camino
para saber que su universo está en un disco.

No necesita saber de lo que realmente hay más allá
para explicarse su propia verdad.

Quizás en tiempos antiguos notó alguna mano que la puso allí,
pero ahora está sola,
con pocos recuerdos de aquellas eras.

Y la música sigue, y ella le da sentido a su vida de ese modo
aunque tú y yo sepamos
algo más.

Porque nosotros podemos ver más allá,
las cosas que ella jamás ha visto,
y ser como dioses que ella jamás entendería.

Y he aquí que nosotros sí hacemos nuestro destino,
y determinamos lo que nos ocurre en está vida.

Y he aquí que nosotros sí podemos explicar cómo funciona casi todo,
sin que nada más allá, sea necesario.

O es que acaso también podríamos saber
algo más?

15 de enero de 2018

El señor Jones

El señor Jones le tenía fobia a las peleas y situaciones conflictivas.

Él creía que era miedo a los golpes que podría recibir.

Pero un miedo así sería racional y lógico. No lo son las fobias.

El señor Jones se ponía muy ansioso aún ante la presencia de un pequeño reclamo en una tienda, o con las discusiones de niños estuvieran demasiado cerca. Le temía a pequeñas amenazas como esas.

Pero descubrí una contraparte inesperada que ni él había notado.

El señor Jones no tenía problemas con las amenazas grandes.

No sentía pavor ante una tormenta agitando a todo el mundo alrededor de él.

Las grandes amenazas no lo intranquilizaba. Para extrañeza de él también.

Eso cambió totalmente mi percepción de su situación.

Despertó en mi la pregunta de si sería posible que su miedo no fuera por ser golpeado, sino por dar los golpes.

De si habría algo que sólo su subconsciente conocía y temía dañar a alguien vulnerable.

Pero no a cosas como un huracán.

17 de agosto de 2017

Libre creatividad

Imagino la creatividad como una criatura libre que viene hacia mi cuando lo desea, me envuelve con su inspiración, y se va.

Una fuerza de la naturaleza.

Entiendo que hay lugares donde se congrega gente dedicada a oficios creativos. Como escritores, dibujantes, ilustradores.

En su caso, imagino que el proceso creativo es como salir de cacería al bosque. Se organizan y van juntos. Tienden trampas. Emboscan. Atrapan. Y pegan su oido al corazón de esas musas cautivas, para que algo de su inspiración les acerque a las ideas que necesitan producir. Hasta que el latido deja de sonar.

Tal vez otras agencias creativas son más prudentes y han aprendido a domesticar las musas que alguna vez alguien trajo del bosque. Encerradas en corrales, les proveen cada día de la leche, los huevos, y quizas la carne de las ideas que necesitan producir.

Quizás es algo válido, como la cacería y la ganadería o la agricultura.

Pero a mi me gusta salir solo y esperar al caballo libre que se acerca a mi porque confiamos uno en el otro. Me deja subir a su lomo. Y me conduce por parajes que no ha mostrado a ningún humano antes. Compartimos el fruto de las cosas que se vuelven realidad estando juntos.

Podemos vivir tranquilos, libres.

El sabor de lo natural es distinto, como sabemos. Cuando cazas, el miedo amarga la carne. Cuando domesticas, la carne no tiene la firmeza de lo libre.

No se trata de vivir de la naturaleza, sino de vivir junto a ella.

Si trabajas tiempo completo para sobrevivir, no queda mucho espacio para buscar a la creatividad libre.

He encontrado que trabajando medio tiempo, me queda la otra mitad del día para salir al bosque, escuchar y quizas encontrarla.

Creo que cuando los humanos acordemos trabajar cuatro o seis horas para sobrevivir y dejar el resto del tiempo para estar libremente con la creatividad, el mundo conocerá inspiraciones más grandes de lo que ha venido consiguiendo hasta ahora, con sus hordas de cazadores y granjas y parcelas, produciendo y ayudándonos a subsistir. Porque queremos algo más que eso.

14 de agosto de 2017

Libera tu Magia


Me encuentro leyendo "Libera tu Magia", de Elizabeth Gilbert, quién se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Disfruto mucho de su gracia. La forma en que se expresa. El orden en que dispone las ideas.

Hace unos años, la escuché en un TED Talk, donde habló sobre el genio creativo. Sintonicé con su mensaje, porque yo también creo algo similar. Pienso que las ideas son como agua y que nosotros somos como los canales a traves de los que pueden pasar. Podemos dejar que fluyan por nosotros pero, si no pueden, encontrarán el camino por otro lado.

Liz Gilbert piensa que las ideas son como organismos independientes, pululando a nuestro alrededor, buscando alguna mente que les ayude a volverse realidad. La labor creativa es por una parte aceptar el regalo de esa inspiración, y por otra parte es poner lo mejor de nuestra dedicación para volverlo real.

Esta sería la manera ancestral de ver la inspiración. Como algo externo e independiente de nosotros.

Los griegos y los romanos pensaban que nos inspiraban las musas y nos acompañaban nuestros demonios (en el sentido de criaturas inspiradoras). Si algún mérito tenían las ideas, era en parte por la musa y en parte por el autor. Si la idea no tenía buena acogida, bueno, al menos se hizo el trabajo de expresarla lo mejor que se pudo, y a seguir adelante.

Una manera saludable de verlo. Nos mantiene humildes. Nos mantiene abiertos.

En cambio, desde el Renacimiento, más o menos, entró la costumbre de considerar que los genios eran las personas mismas. Muy halagador. Muy fácil de aceptar. Como un dulce gratis. Pero tiene el inconveniente de volver la carga demasiado pesada para nuestros humanos hombros. ¿Y si no se nos ocurre nada que crear? ¿Si no es tan bueno cómo lo anterior que hicimos? ¿Si no es lo que la gente espera? Uno es el culpable de todo.  Qué depresión. No tan genial después de todo.

Es una manera potencialmente destructiva de ver las cosas, como nos muestra la historia de la vida de mucha gente creativa.

Tomar la inspiración como un regalo, de Dios, de una musa, de un demonio hogareño, de algo externo, quizas con algún conocimiento superior a nosotros, es más saludable, más constructivo y, creo yo, más cercano a lo que se siente cuando se crea algo.

Personalmente, empecé a escribir cosas mías casi saliendo del colegio. Antes de eso, me daba tanta vergüenza que se notara algún resquicio de mis ideas en lo que escribía, que me limitaba a copiar fragmentos de diversos libros a la hora que dejaban de tarea alguna composición.

Una vez mi madre me llamó la atención sobre eso. "Puedes escribir mejor que esto", me dijo. Había descubierto que me disfrazaba. Sin embargo, yo aún no sentía la confianza para mostrarme y seguí usando las palabras de otros, pero organizando los fragmentos de modo que expresaran lo que yo quería decir. Usándolos como escudos. Era un avance.

Pero esa técnica tiene un alcance limitado, como descubrí. Es necesario mantener un buen repertorio de textos, mucho trabajo para acomodarlos hasta que expresen lo que quieres, y también para que los demás no noten las repeticiones. Es como pasarse la vida tratando de formar mensajes con recortes de periodicos, revistas y libros. Vivir haciendo collages, sin darnos la oportunidad de pintar nuestras propias imágenes.

Cargar esa multitud de recortes es demasiado esfuerzo y demasiado peso. Cuando intentas ir más rápido, lo vas notando. Un día los debes soltar. Cuando lo haces, magia: ¿sabías que podías volar?

Así, la urgencia de terminar cartas sin que pasaran demasiado tiempo me ayudó a permitirme prescindir de borradores y respetar lo que fuera que saliera.

Y la experiencia de chatear por Internet me ayudó a confiar más en la espontaneidad y el sentido del humor.

Un día, dejé de usar las frases de otros y puse en el papel mis propios sentimientos. Lo recuerdo claramente. Fue por una historia, triste, con un final que no me pareció justo (la de Pocahontas), que sentí una necesidad de escribir al respecto. Y la experiencia es mágica, realmente. Es como copiar las palabras que sientes que están apareciendo dentro de ti. Que fluyen de una fuente interior, muy cerca del corazón.

Algunas veces, también he podido sentir algo parecido programando (soy programador). Una idea de algo, que me inspira a tratar de volverla realidad.

Imagino que también ocurriría dibujando, pintando, tocando un instrumento, cantando o bailando, si tuviera más destreza en esas habilidades.

Pero, aunque tenía la convicción de que las ideas nos buscaban para salir a través de nosotros, parte de mi aún tuvo la tendencia de auto proclamarse genio creador de lo que producía. La lectura del libro de Liz Gilbert me ha hecho más conciente de eso. Así que estoy comprendiendo mejor mis etapas de confusión, cuando me atribuía completamente la belleza de un pasaje, o la ausencia de. O el control del proceso.

Una vez intenté el reto de escribir cada día una historia completa, durante una hora, nada más. Cuentos de una hora. Pude sostener el ritmo durante una semana más o menos. Fue sorprendente cómo la mente lograba sacar adelante algo sin tener demasiado con que empezar o continuar trabajando. Sin embargo, me detuve. Un día, simplemente, ya no tenía ganas.

Quizás mi musa no es alguien que le guste acudir a la hora que yo quiera, en las circuntancias que yo quiera. Tal vez le gustó la idea inicial, pero le desencantó la rutina en que se comenzó a volver. Como cuando uno sale con una chica y no logra mantener el encanto del juego. Entonces, dejamos ese juego.

Voy dándome cuenta que, para escribir algo, necesito sentir que mi copa esté llena. Las ideas pueden ir apareciendo a lo largo de varios días, o de unas horas, como gotas o como chorros. Cuando la copa está llenándose, o rebosando. me pongo a escribir (o a programar).

Podría forzar las cosas e intentar imponer cierto estilo a las cosas que van apareciendo. A veces la musa me tolera que lo haga. Otras veces se desencanta, deja de servir mi copa, y se va.

Se me ocurre que quizás la musa ha venido por alguna razón. Porque ha visto en nosotros algo que le ha gustado. Nuestra forma de pensar. Nuestra voz. Así que lo mejor que podemos hacer es seguir siendo nosotros mismos. Expresar con nuestra voz y nuestra manera de pensar las palabras que ella nos inspira en el corazón. Porque allí es donde siento que va sirviendo mi copa.

Liz Gilbert cuenta cómo ella se ha disciplinado a escribir siempre, aunque no se sienta inspirada. Porque reconoce que su genio creativo no está siempre allí. A veces no hay ninguna historia que la haya adoptado. Dice que una de las mejores cosas que puede hacer un creativo es estar presentable y dispuesto ante la musa a la que desea invocar.

Confieso que se me hace un poco complicado esta parte de escribir (o hacer algo) sin sentirme inspirado, sin sentir mi copa llena. Lo puedo hacer porque un trabajo lo requiera, porque algo es urgente quizás, pero no es algo que disfrute y, si dependiera solo de mi, posiblemente no haría nada. No se si pueda ser algo que pueda acordar con mi musa. Si fuera posible que me deje algo en la copa para pasar aquellos días en que la espero.

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¿Qué declara tu historia?