- ¿Y bien, cuánto es dos más tres?
La voz de la señorita Norma era firme, aunque aún tenía su toque de dulzura. Ron sentía que podría ver flotar frente a sus ojos la tabla de sumar que le había mostrado su madre la noche anterior. Pero decidió cerrar los ojos.
- ¿Dos más tres? -repitió la señorita Norma.
En la oscuridad, oyó el eco de la pregunta. No sabía la respuesta. La señorita Norma se molestaría. Su madre se molestaría. De pronto, una mancha difusa se fue haciendo más clara, en algún lugar de su mente. Y otra más, a su lado. "Que simple", pensó alguien en su interior, "no hay nada de mágico en contar lo que se ve". A pesar de esa voz -quizás la voz de su madre la noche anterior-, aparecieron tres bolas más, flotando en esa oscuridad con un pálido brillo. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco", contó.
- Cinco
- Muy bien
Y, al abrir los ojos, la señorita Norma le sonreía. Era un niño bueno. Su madre estaría contenta.
Continuaron un rato con otros pares de números. Ron encontró confianza en cerrar los ojos para leer la respuesta que se dibujaba en su mente.
- No está bien copiar
La voz de su madre tenía su toque de dulzura, pero era firme. Y se volvía de ese modo cada vez que se sentaba con él a repasar las tareas de la escuela.
- Aunque puedas hacerlo y los demás lo hagan, es trampa.
Ron dejó de mirar la tabla de sumar y cerró los ojos para ver las bolitas de colores en su cabeza.
- Te demoras mucho. ¿Por qué cierras los ojos? No cierres los ojos. Vamos... ¿cuánto es dos más tres?
- Cua... cinco
- ¿Y tres más dos? ¡No cierres los ojos!
Se equivocó, acertó, se equivocó. A veces atinaba a la respuesta y a veces no. Después de unos minutos las lágrimas mojaban sus mejillas.
- No llores. ¿Cuatro más tres?
Al día siguiente, cuando la profesora Norma le preguntó, respondió cada suma con rapidez. No cerraba los ojos. Tampoco veía la tabla flotar frente a él. Simplemente escuchaba el eco de la voz de su madre.
Ron no era especialmente hábil en sus estudios. Su madre debía insistir mucho con él, arrancándole lágrimas para que lograra entender las cosas. Con ese sistema logró pasar de grado en un buen puesto. Aún así, ella insistía en que se podría hacer mejor y cada tarde lo acompañaba para que hiciera sus tareas con perfección.
Cuando el embarazo de su madre hizo que fuera difícil que lo ayudara, sus calificaciones bajaron notablemente. La nueva profesora Irma, al tanto del brillante historial de Ron, la cosa se explicaba por los celos hacia la llegada de su nuevo hermano, así que no lo recriminaba demasiado.
Ron, en realidad, no estaba muy consciente de que tendría un nuevo hermano. Ocurría simplemente que hasta hacía poco, le era fácil leer su cuaderno y hacer sus tareas, pero ahora ya no. Cuando abría un libro, no tardaba en volverse todo un laberinto de letras y prefería ver las figuras y perderse en las aventuras que las ilustraciones sugerían.
Un día llegó un maestro suplente, el profesor Donato. Todos temblaban con su voz de trueno. Iban a repasar el libro de lecturas. Todos en el capítulo tres. Uno a uno los fue llamando para que se sentarán frente a su pupitre y le leyeran un poco. Los que lo hacían bien, iban de regreso a su asiento. A los que se perdían en balbuceos o repetían mucho la misma palabra, los separaba a un lado.
Cuando llegó su turno, Ron estaba tan asustado como el resto de la clase. Quizás más, porque no tenía idea de lo que se trataba el capítulo tres ni de las palabras que iba a leer. Ni siquiera había un dibujo. Abrió el libro. El profesor no dijo nada, esperando. De pronto, Ron se dio cuenta de que tenía el libro de cabeza. Lo giró. Tenía ahora sentido. Las palabras tenían una voz como de trueno. El las iba diciendo. Aceleraban, pausaban, enfatizaban. Las entendía. Suficiente, dijo el profesor, y lo envió a su asiento. Ron suspiró aliviado, sin darse cuenta de que todos lo miraban sorprendidos, incluso el profesor Donato.
El resto del año, Ron sorprendió a todos con conocimientos inusitados de matemáticas, geografía, historia e incluso dibujo. Por recomendación del profesor Donato fue inscrito en grupos de estudio especiales donde pudiera desarrollar su potencial.
Sin embargo, ocurrió que el profesor Misawa no quería admitirlo. Le había dejado a solas en el aula, con una prueba de matemáticas, y no había respondido una sola pregunta, ni siquiera la más básica.
- Me temo que eso puede indicar una cosa, señora -empezó a decir con cautela a la madre de Ron al comentarle el resultado en privado-. Quizás su hijo copia.
- No lo creo, no es posible que diga eso -replicó ella, con dulzura, pero con firmeza. Y un poco de indignación ante tal idea.
- Pues es lo que me dice este resultado -repuso él, encogiéndose de hombros.
- Tómele la prueba de nuevo, por favor, estoy segura que...
- Lo siento, ya no tengo tiempo, debo preparar una clase...
- Por favor, sólo pregúntele, hable con él. Lo que decida luego, yo lo respetaré.
Ron pasó al despacho. Su madre esperaría afuera.
El profesor Misawa no tenía mucho tiempo en realidad, así que le hizo una pregunta difícil para terminar de una vez el asunto. Ron apoyó sus manos en su pupitre. Más que pensar parecía que rezaba. Pobre muchacho, pensó el profesor. Y, entonces, oyó la respuesta. Extrañado, le pidió que pasara a la pizarra y la explicara. Ron lo hizo. La tiza dibujaba el diagrama, los trazos, y completó el procedimiento sin un error.
Sólo para estar seguro, le hizo otra pregunta. Y otra. Cada vez más avanzada. Hasta que al terminar la hora, habían llegado a matemáticas universitarias. El profesor Misawa lo admitió.
Aunque Ron daba muestras de ser un prodigio, tenía un comportamiento desconcertante. Era bueno en todo. Respondía correctamente en todas las asignaturas, dibujaba como el mejor de su clase, cantaba como el mejor, bailaba, declamaba. Aprendió a manejar bicicleta sin ninguna caída, casi de inmediato. Pero cuando el grupo se iba, no hacía ninguna de esas cosas. No dibujaba solo, ni cantaba solo, ni salía solo de paseo en la bicicleta.
Para que no lo molestaran, había aprendido a pasar el tiempo sumergido en la biblioteca. Para todos, estaba estudiando pero, en realidad, solo pasaba las páginas de los libros, sin encontrar ningún significado en aquellos trazos en el papel. Con excepción de las figuras que le gustaba mirar, los libros nunca le decían nada.
No era capaz de crear en su mente una respuesta. Todas las respuestas que daba provenían de la mente de alguien más. Tan clara y nítida como la pensaba el autor, presente a su lado. Si no lo hacía, quedaría relegado, como cuando no copiaba porque pensaba que molestaría a su madre. Pero su madre estaba muy contenta ahora. Solo había evitado contarle los detalles.
Luego que adquiría las respuestas de alguien, eran suyas un tiempo. Aún las más elaboradas construcciones mentales o habilidades físicas, las asimilaba con la misma facilidad. Pero solían ser más como castillos de arena, que pronto las olas se llevan o el viento gasta hasta que no queda nada.
No tenía mucha memoria de cómo había sido de niño. Sus padres decían que, al comienzo, había sido un niño distraído, como ausente. Pero un día cambio. Empezaron a notarlo. Quizás fue cuando se dio permiso de copiar.
Un terapeuta le diagnosticó fobia a quedarse solo, autofobia. Con esa carta que justificaba su discapacidad, tenían cuidado de que hubiera alguien más con él cuando tuviera que dar alguna prueba. Habitualmente, podía igualar el desempeño más alto de la clase. Incluyendo al profesor. En los casos en que la compañía cercana tampoco tuviera la respuesta, no había problema. Siempre habría una segunda oportunidad.
La ventaja de estar en una clase es que todos tienen algo que puedes copiar para hacer lo que necesites. Basta que alguien sepa la respuesta para que la sepas también. Si tienes suerte, levantas la mano primero y nadie sospechará que copias.
3 de octubre de 2014
19 de agosto de 2014
Tú, que siempre estás
Hay un camino que sube desde la comarca hasta la colina. Allí, una vieja cerca sirve de apoyo a los viajeros, ya sea cuando llegan -que son pocos-, ya sea cuando voltean para despedirse -que son más.
A veces, los buitres se paran allí, y su silueta se contempla desde las casas allá abajo. La gente cree que no es de muy buena suerte. Aunque en realidad nada tienen que ver con la suerte que ellos mismos se han encargado de construir.
El buitre salta y se deja suspender por el viento, que lo lleva en círculos, hasta aquel lugar donde le toca el pan de cada día, por así decirlo.
Hoy, parece que un pequeño carnero se ha perdido detrás de una de las otras colinas. Debe haber deambulado toda la noche, hasta caer rendido por el frío.
Es el primer buitre en llegar. Abajo, el pequeño entreabre los ojos y distingue contra el cielo pálido la sombra del que aguarda.
Joaquín ha salido temprano esta mañana. Casi no pudo dormir pensando en Josefo, el carnero que no estaba cuando llegó a casa ayer. Era muy tarde para volver. Se acostó sin decir nada a nadie. Y calculando que tendría que salir muy temprano para ver si quedaban huellas.
En el camino había huellas hacia todas las casas y todas las colinas. Ninguna en especial parecía la que buscaba. Había pasado la mañana explorando por los lugares que se imaginaba podría haber ido. No lo encontraba. Qué mala suerte, pensó.
Y volteó hacia la colina del camino, esperando encontrar la negra silueta que le confirmara al culpable de su mala fortuna. Pero no estaba.
Qué milagro, pensó. Siempre están cuando algo muere. Son malos.
Y jugando con la idea, imaginó que ellos no existían y nadie moría. Seguramente antes era así, y todos vivían para siempre.
Cuando alguien muere, el buitre siempre está. Es el culpable.
Joaquín golpeó el suelo con un palo. Toma buitre, iba pensando, mientras caminaba, frustrado, de regreso a su casa.
En el camino encontró una guayaba madura. Seguro habría rodado de alguna parte, o a alguien se le habría caído. Saboreándola, siguió caminando.
Entonces salió doña Herminia de su casa.
- ¡Así que eras tú! -le gritó.
Joaquín se quedo inmóvil, con el palo en una mano. Y la guayaba en la otra.
- ¿Qué dice, señora?
- Ya van dos días que no encuentro ninguna guayaba. Y siempre estás tú cerca. Y hoy, además, con un palo. ¿Así las sacas, verdad?
- No señora, ¿como cree?, yo estoy pasando camino a mi casa... y esta no es de aquí, la encontré...
- ¡Tú siempre estás! ¿Dime donde están mis guayabas? ¡Ya te las comiste todas! -y fue por un palo más grande que el que tenía Joaquín.
Joaquín se fue corriendo bien lejos y ya no escuchó más de lo que le iba gritando doña Herminia.
¿Acaso, porque estoy, voy a ser yo el culpable? Iba pensando, indignado, mientras llegaba a la cima de la colina.
Se apoyó en la vieja cerca, e imaginó al buitre que a veces veía parado allí.
E imaginó algo muy distinto a lo que siempre imaginaba. Vio al buitre parado a su lado, contemplando con infinita paciencia al valle que había debajo. Esperando matar a alguien.
No. Los buitres no matan. Lo sabían todos. Solo bajan cuando la cosa está muerta.
Entonces, esperando a que algo muera. Algo muere, bajas a comer, y te echan la culpa.
Tú siempre estás. ¿Y que tal si tampoco eres el culpable?
Pensando así, miró más adelante y vio al buitre, volando en círculos detrás de la otra colina. Lo de abajo aún no se había muerto... ¿sería su Josefo?
Joaquín bajó corriendo y se dirigió a toda prisa hacia allá. Cuando llegó, debajo del círculo que trazaba el buitre, estaba su carnero, aún vivo. Lo cargó con cuidado y lo llevó a su casa.
El sol se ponía cuando Joaquín salió por fin del corral donde Josefo ya estaba mejor. En la cerca del camino estaba otra vez la familiar figura. Y aún así, todo había salido bien. Bueno, con la señora Herminia hablaría mañana.
A veces, los buitres se paran allí, y su silueta se contempla desde las casas allá abajo. La gente cree que no es de muy buena suerte. Aunque en realidad nada tienen que ver con la suerte que ellos mismos se han encargado de construir.
El buitre salta y se deja suspender por el viento, que lo lleva en círculos, hasta aquel lugar donde le toca el pan de cada día, por así decirlo.
Hoy, parece que un pequeño carnero se ha perdido detrás de una de las otras colinas. Debe haber deambulado toda la noche, hasta caer rendido por el frío.
Es el primer buitre en llegar. Abajo, el pequeño entreabre los ojos y distingue contra el cielo pálido la sombra del que aguarda.
Joaquín ha salido temprano esta mañana. Casi no pudo dormir pensando en Josefo, el carnero que no estaba cuando llegó a casa ayer. Era muy tarde para volver. Se acostó sin decir nada a nadie. Y calculando que tendría que salir muy temprano para ver si quedaban huellas.
En el camino había huellas hacia todas las casas y todas las colinas. Ninguna en especial parecía la que buscaba. Había pasado la mañana explorando por los lugares que se imaginaba podría haber ido. No lo encontraba. Qué mala suerte, pensó.
Y volteó hacia la colina del camino, esperando encontrar la negra silueta que le confirmara al culpable de su mala fortuna. Pero no estaba.
Qué milagro, pensó. Siempre están cuando algo muere. Son malos.
Y jugando con la idea, imaginó que ellos no existían y nadie moría. Seguramente antes era así, y todos vivían para siempre.
Cuando alguien muere, el buitre siempre está. Es el culpable.
Joaquín golpeó el suelo con un palo. Toma buitre, iba pensando, mientras caminaba, frustrado, de regreso a su casa.
En el camino encontró una guayaba madura. Seguro habría rodado de alguna parte, o a alguien se le habría caído. Saboreándola, siguió caminando.
Entonces salió doña Herminia de su casa.
- ¡Así que eras tú! -le gritó.
Joaquín se quedo inmóvil, con el palo en una mano. Y la guayaba en la otra.
- ¿Qué dice, señora?
- Ya van dos días que no encuentro ninguna guayaba. Y siempre estás tú cerca. Y hoy, además, con un palo. ¿Así las sacas, verdad?
- No señora, ¿como cree?, yo estoy pasando camino a mi casa... y esta no es de aquí, la encontré...
- ¡Tú siempre estás! ¿Dime donde están mis guayabas? ¡Ya te las comiste todas! -y fue por un palo más grande que el que tenía Joaquín.
Joaquín se fue corriendo bien lejos y ya no escuchó más de lo que le iba gritando doña Herminia.
¿Acaso, porque estoy, voy a ser yo el culpable? Iba pensando, indignado, mientras llegaba a la cima de la colina.
Se apoyó en la vieja cerca, e imaginó al buitre que a veces veía parado allí.
E imaginó algo muy distinto a lo que siempre imaginaba. Vio al buitre parado a su lado, contemplando con infinita paciencia al valle que había debajo. Esperando matar a alguien.
No. Los buitres no matan. Lo sabían todos. Solo bajan cuando la cosa está muerta.
Entonces, esperando a que algo muera. Algo muere, bajas a comer, y te echan la culpa.
Tú siempre estás. ¿Y que tal si tampoco eres el culpable?
Pensando así, miró más adelante y vio al buitre, volando en círculos detrás de la otra colina. Lo de abajo aún no se había muerto... ¿sería su Josefo?
Joaquín bajó corriendo y se dirigió a toda prisa hacia allá. Cuando llegó, debajo del círculo que trazaba el buitre, estaba su carnero, aún vivo. Lo cargó con cuidado y lo llevó a su casa.
El sol se ponía cuando Joaquín salió por fin del corral donde Josefo ya estaba mejor. En la cerca del camino estaba otra vez la familiar figura. Y aún así, todo había salido bien. Bueno, con la señora Herminia hablaría mañana.
Se quedó un rato más afuera, pensando en cuántas cosas parecidas a esa pasarían en el mundo. En cuántos serían culpables simplemente por estar siempre ahí.
Es de noche, el Sol se ha ido, y tu siempre estás. Le hablaba a la Luna. Eres la culpable de la noche. Y sonrió.
Más tarde, se fue a dormir. Apagó la vela, y se quedó pensando.
Alguien muere, la vida se va, y tú siempre estás. Le hablaba a la muerte, quizás amiga de esas sombras, quizás amiga del buitre, que ahora era su amigo.
Alguien muere, la vida se va, y tú siempre estás. Le hablaba a la muerte, quizás amiga de esas sombras, quizás amiga del buitre, que ahora era su amigo.
¿Y si no eres la culpable?
Crédito de la imágen: http://belenmenendezsolar.blogspot.com/2011/05/buitres-leonados-en-el-concejo-de.html
8 de agosto de 2014
El dragón y la niña
En lo alto de la pirámide, una silueta alzaba los brazos al cielo. El sonido de un tambor parecía llegar de todas partes. El sacerdote levantaba la daga y hacía el sacrificio. Toda la multitud alrededor se postraba hasta pegar su frente al suelo.
Mientras el ritual proseguía, la sangre derramada iba avanzando por un canal especial que penetraba entre la roca y descendía por el centro de la construcción.
Dentro, en lo profundo, reinaba la oscuridad. Pero, en esta fecha especial, la luz de sol entraba por una rendija, aún hasta ahí abajo, y un hilo de luz se proyectaba en el fondo de la celda.
Todo era silencio, hasta que el aroma de la sangre fresca perfumó el aire. Entonces, un sordo rugido se manifestó. Luego, el sonido del metal de las cadenas al arrastrarse por el piso de piedra. Caminando con dificultad, una sombra llegó al final del canal, donde la sangre caía en un vertedero. Lentamente, fue bebiendo.
Fuera de la celda, por una mirilla en una de las paredes de piedra, un sacerdote vigilaba todo.
Más tarde, la sombra había vuelto a su esquina y dormía, cuando llegó el principal de los sacerdotes. Ya habían pasado los tres días estipulados luego del sacrificio. Había cosas urgentes que preguntar.
Iniciaron el procedimiento para consultar a la sombra. A su señal, los otros sacerdotes introdujeron unas largas varas, armadas con puntas doradas, para picar en su escamosa piel. La sombra despertó y fue claro el sonido de su cuerpo al arrastrarse hasta el centro de la celda. La sangre había sido buena y le había dado más energía.
Las oraciones del sacerdote resonaron en las paredes de la celda, y la criatura se agitó con furia. Las llamas de las antorchas iluminaron su terrible figura, tan alta que rozaba el techo.
El sacerdote pronunció su pregunta y esperó. El silencio indicaba que debía honrar a la sombra con más cánticos y así lo hizo. La criatura volvió a agitarse, presa de un dolor que nadie sospechaba que sufriera. Cuando se detuvo, sus ojos llenos de odio se quedaron fijos en la ventana desde donde el sacerdote le interrogaba.
Como aún hubo silencio, se realizó una tercera ronda de cánticos. Se mezclaron con el ruido de las cadenas que la criatura agitaba con un vigor que fue menguando. Su odio se había ido. Solo quedaba miedo. Con sumisión, se acomodó frente a la ventana del sacerdote y habló en la lengua de los hombres.
Los sacerdotes anotaban sus enigmáticas palabras, que luego estudiarían, para llevar ante el rey las respuestas que buscaba.
El ritual del oráculo terminó. Ya no hubo más cantos. El sacerdote mayor se retiró, seguido de los que portaban las largas lanzas. Al final, salieron los que portaban las antorchas, y la sombra volvió a quedarse sola. Con pesadez, volvió arrastrándose a su rincón.
Una pequeña niña había estado observando todo desde un rincón que nadie alcanzaba a ver.
Había esperado un rato para asegurarse que todos estuvieran lejos.
Trepó hasta la ventana que había usado el sacerdote mayor. Para ella, la abertura era lo suficientemente amplia y pudo entrar a la celda.
Parada al pie de la ventana, sacó una de las piedras que llevaba en una bolsa, y la lanzó a la esquina donde estaba la criatura.
Él despertó, confundido. Al voltear descubrió la silueta al pie de la ventana desde donde el sacerdote le arrojaba esos sonidos de tortura. Se levantó, con la ira que llenaba su corazón, y fue hacia ella dispuesto a embestirla.
Pero las cadenas no dejaron que llegara. A pocos pasos de alcanzarla, sintió el tirón del metal y cayó abatido.
La pequeña silueta de la ventana, se acercó hacia él, extendió su mano y sintió el tibio roce de su piel en su nariz.
Se quedó quieto, sorprendido que un humano se atreviera a hacer algo así. No sentía su miedo. ¿Acaso sabía quién era?. Entonces, tuvo una visión. Eran los pensamientos de la niña.
"Te saludo, noble dragón."
Entonces, sí lo sabía.
"Vengo escondida en las sombras, porque alguien como tú me enseño a ver en ellas."
¿Sería posible que no fuera el último que quedaba? Después de tanto tiempo cautivo, había perdido la esperanza.
"Y me contó de la prisión donde los hombres someten a los dioses."
De algún modo habían aprendido a hacerlo. Manteniéndolos vivos solo lo suficiente para utilizarlos en sus oráculos. Hubo una época, donde había sido llevado a la guerra, para que peleara en las batallas contra otros humanos, y les habían ayudado. Luego, ambiciosos de su poder y sabiduría, los habían cazado y esclavizado.
"Sé que cuando eres fuerte puedes ver en el tiempo y puedes ir a donde quieras."
¿Realmente era una niña humana la que le decía todo eso? ¿Estaba acaso soñando?
"Y que la sangre puede encender tu poder."
El dragón se quedó contemplando a la niña.
"Yo también soy esclava. Pero mi sangre te puede hacer libre..."
Si la tomo, morirás, le dijo a su mente.
"Mi mente en tu mente, vivirá contigo. Y también seré libre."
Era increíble, aún para un dragón que había visto siglos de cosas increíbles. Magia antigua que llegaba para salvarlo, si él aceptaba el pacto.
Aceptó su sacrificio. Y ella aceptó el de él.
La niña deslizó su mano hacia la boca del dragón y rozó sus largos colmillos. Su piel se rasgo con facilidad. La lengua del dragón, áspera y tibia, fue llevando el calor de su sangre hacia su interior.
Ella se arrodilló, abrazándose a su larga cabeza. Él ronroneaba con un sonido grave y profundo. Ella acariciaba su plumaje, cada vez más suave y reluciente. Ambos iban cambiando.
Hacia el alba, la luz del sol cruzó la rendija, y un hilo de luz iluminó el pálido cuerpo de la niña, que yacía en brazos del dragón.
Pero ella no se había ido. Ahora miraba el mundo a través de sus ojos. Compartía sus pensamientos.
El dragón se levantó. Sus alas rotas se habían restaurado. Sus heridas habían sanado. Volvía a tener su poder. Sus garras rasgaron las cadenas. Sus manos empujaron la piedra. Los muros cedieron.
Por los largos pasillos secretos de la pirámide, se oía avanzar un trueno. Los sacerdotes acudieron, alarmados.
La pared cara al sol naciente se abrió en dos y apareció la figura de su dios. Todas las frentes se postraron en el suelo.
El sacerdote mayor estaba frente a él. Había algo que quería decirle. Fue y lo puso de pie. Temblaba. La afilada punta de su garra se fue acercando hasta tocar su frente. El hombre se desmayó. Pero, mientras caía, una visión inundó su mente. Con un mensaje que habría de compartir al despertar.
Con un leve impulso, el dragón se elevó y llegó volando hasta la cima de la pirámide. Colocó el cuerpo de la niña sobre el altar del sacrificio. Sopló y su aliento de fuego envolvió el cuerpo. Luego, saltó hacia el cielo.
La niña, en sus ojos, volaba también con él. Sus recuerdos lo conducían al encuentro de los otros dioses.
Eran libres, al fin.
Mientras el ritual proseguía, la sangre derramada iba avanzando por un canal especial que penetraba entre la roca y descendía por el centro de la construcción.
Dentro, en lo profundo, reinaba la oscuridad. Pero, en esta fecha especial, la luz de sol entraba por una rendija, aún hasta ahí abajo, y un hilo de luz se proyectaba en el fondo de la celda.
Todo era silencio, hasta que el aroma de la sangre fresca perfumó el aire. Entonces, un sordo rugido se manifestó. Luego, el sonido del metal de las cadenas al arrastrarse por el piso de piedra. Caminando con dificultad, una sombra llegó al final del canal, donde la sangre caía en un vertedero. Lentamente, fue bebiendo.
Fuera de la celda, por una mirilla en una de las paredes de piedra, un sacerdote vigilaba todo.
Más tarde, la sombra había vuelto a su esquina y dormía, cuando llegó el principal de los sacerdotes. Ya habían pasado los tres días estipulados luego del sacrificio. Había cosas urgentes que preguntar.
Iniciaron el procedimiento para consultar a la sombra. A su señal, los otros sacerdotes introdujeron unas largas varas, armadas con puntas doradas, para picar en su escamosa piel. La sombra despertó y fue claro el sonido de su cuerpo al arrastrarse hasta el centro de la celda. La sangre había sido buena y le había dado más energía.
Las oraciones del sacerdote resonaron en las paredes de la celda, y la criatura se agitó con furia. Las llamas de las antorchas iluminaron su terrible figura, tan alta que rozaba el techo.
El sacerdote pronunció su pregunta y esperó. El silencio indicaba que debía honrar a la sombra con más cánticos y así lo hizo. La criatura volvió a agitarse, presa de un dolor que nadie sospechaba que sufriera. Cuando se detuvo, sus ojos llenos de odio se quedaron fijos en la ventana desde donde el sacerdote le interrogaba.
Como aún hubo silencio, se realizó una tercera ronda de cánticos. Se mezclaron con el ruido de las cadenas que la criatura agitaba con un vigor que fue menguando. Su odio se había ido. Solo quedaba miedo. Con sumisión, se acomodó frente a la ventana del sacerdote y habló en la lengua de los hombres.
Los sacerdotes anotaban sus enigmáticas palabras, que luego estudiarían, para llevar ante el rey las respuestas que buscaba.
El ritual del oráculo terminó. Ya no hubo más cantos. El sacerdote mayor se retiró, seguido de los que portaban las largas lanzas. Al final, salieron los que portaban las antorchas, y la sombra volvió a quedarse sola. Con pesadez, volvió arrastrándose a su rincón.
Una pequeña niña había estado observando todo desde un rincón que nadie alcanzaba a ver.
Había esperado un rato para asegurarse que todos estuvieran lejos.
Trepó hasta la ventana que había usado el sacerdote mayor. Para ella, la abertura era lo suficientemente amplia y pudo entrar a la celda.
Parada al pie de la ventana, sacó una de las piedras que llevaba en una bolsa, y la lanzó a la esquina donde estaba la criatura.
Él despertó, confundido. Al voltear descubrió la silueta al pie de la ventana desde donde el sacerdote le arrojaba esos sonidos de tortura. Se levantó, con la ira que llenaba su corazón, y fue hacia ella dispuesto a embestirla.
Pero las cadenas no dejaron que llegara. A pocos pasos de alcanzarla, sintió el tirón del metal y cayó abatido.
La pequeña silueta de la ventana, se acercó hacia él, extendió su mano y sintió el tibio roce de su piel en su nariz.
Se quedó quieto, sorprendido que un humano se atreviera a hacer algo así. No sentía su miedo. ¿Acaso sabía quién era?. Entonces, tuvo una visión. Eran los pensamientos de la niña.
"Te saludo, noble dragón."Entonces, sí lo sabía.
"Vengo escondida en las sombras, porque alguien como tú me enseño a ver en ellas."
¿Sería posible que no fuera el último que quedaba? Después de tanto tiempo cautivo, había perdido la esperanza.
"Y me contó de la prisión donde los hombres someten a los dioses."
De algún modo habían aprendido a hacerlo. Manteniéndolos vivos solo lo suficiente para utilizarlos en sus oráculos. Hubo una época, donde había sido llevado a la guerra, para que peleara en las batallas contra otros humanos, y les habían ayudado. Luego, ambiciosos de su poder y sabiduría, los habían cazado y esclavizado.
"Sé que cuando eres fuerte puedes ver en el tiempo y puedes ir a donde quieras."
¿Realmente era una niña humana la que le decía todo eso? ¿Estaba acaso soñando?
"Y que la sangre puede encender tu poder."
El dragón se quedó contemplando a la niña.
"Yo también soy esclava. Pero mi sangre te puede hacer libre..."
Si la tomo, morirás, le dijo a su mente.
"Mi mente en tu mente, vivirá contigo. Y también seré libre."
Era increíble, aún para un dragón que había visto siglos de cosas increíbles. Magia antigua que llegaba para salvarlo, si él aceptaba el pacto.
Aceptó su sacrificio. Y ella aceptó el de él.
La niña deslizó su mano hacia la boca del dragón y rozó sus largos colmillos. Su piel se rasgo con facilidad. La lengua del dragón, áspera y tibia, fue llevando el calor de su sangre hacia su interior.
Ella se arrodilló, abrazándose a su larga cabeza. Él ronroneaba con un sonido grave y profundo. Ella acariciaba su plumaje, cada vez más suave y reluciente. Ambos iban cambiando.
Hacia el alba, la luz del sol cruzó la rendija, y un hilo de luz iluminó el pálido cuerpo de la niña, que yacía en brazos del dragón.
Pero ella no se había ido. Ahora miraba el mundo a través de sus ojos. Compartía sus pensamientos.
El dragón se levantó. Sus alas rotas se habían restaurado. Sus heridas habían sanado. Volvía a tener su poder. Sus garras rasgaron las cadenas. Sus manos empujaron la piedra. Los muros cedieron.
Por los largos pasillos secretos de la pirámide, se oía avanzar un trueno. Los sacerdotes acudieron, alarmados.
La pared cara al sol naciente se abrió en dos y apareció la figura de su dios. Todas las frentes se postraron en el suelo.
El sacerdote mayor estaba frente a él. Había algo que quería decirle. Fue y lo puso de pie. Temblaba. La afilada punta de su garra se fue acercando hasta tocar su frente. El hombre se desmayó. Pero, mientras caía, una visión inundó su mente. Con un mensaje que habría de compartir al despertar.
Con un leve impulso, el dragón se elevó y llegó volando hasta la cima de la pirámide. Colocó el cuerpo de la niña sobre el altar del sacrificio. Sopló y su aliento de fuego envolvió el cuerpo. Luego, saltó hacia el cielo.
La niña, en sus ojos, volaba también con él. Sus recuerdos lo conducían al encuentro de los otros dioses.
Eran libres, al fin.
7 de agosto de 2014
Aquarius
Por el camino mis pies iban dejando su huella en el polvo. Pasó junto a mi una nube de agua. Seguí su paso y extendí mi brazo para tocarla. Mis dedos rasgaron el agua fresca.
Me detuve, y vi cientos de otras nubes que el viento iba empujando desde el mar. Flotaban a poca distancia del suelo y se movían con lentitud. Parecían un rebaño de vacas desplazándose hacia los prados. Solo que eran de agua y flotaban al viento en lugar de caminar.
Corrí a alcanzar a la primera nube que había visto. El agua estaba tan clara que podía ver a través de ella. La luz del sol la atravesaba y formaba figuras de luz en el suelo. Las figuras se movían cuando el viento hacía vibrar la plácida superficie de la nube. Le di un pequeño golpe y las ondas se expandieron y se cruzaron. Luego volvió la calma.
Como tenía calor, decidí darme un baño. Traté de meterme en la nube por un costado, pero solo lograba que cambiara de dirección. Corriendo tomé impulso y traté de montarla, pero caí por el otro lado. Me levanté y avancé para colocarme en su camino. Aguardé frente a ella a gatas. Cuando llegó a mi, junté mis palmas y clavé mis brazos. Sentí que de pronto me absorbía y cerré los ojos cuando entró mi cabeza y luego todo mi cuerpo. Contuve la respiración hasta que el agua me llevó a flote hasta la parte de arriba.
Necesitaba mover un poco mis manos para evitar resbalarme por una orilla. Luego de un rato, la agitación del agua pasó. Flotando de espaldas, contemplaba el cielo azul con una sonrisa, mientras mi vaca de agua me llevaba.
De cuando en cuando, dos nubes se tocaban y se fundían. Entonces ganaban también más altura. Mi nube se fundió con otras un par de veces y ya estábamos más alto que los árboles.
Alcanzamos a una nube mayor. Ibamos pasando debajo de ella, muy cerca, y estiré mis brazos. Dejé que me absorbiera. Aguanté la respiración y salí nuevamente a flote.
Sobre mí flotaban multitud de nubes. Cada nube más alta debía ser de mayor tamaño. Cuando dos se tocaban, formaban una nube mayor y subían.
Feliz de acompañar a las nubes en su vuelo, no pensaba en nada más. Aunque el cielo se iba poniendo más azul, no sentía frío. Sin darme cuenta, me quedé dormido.
Cuando desperté, seguía sintiendo la caricia del agua. En el cielo oscuro, un enjambre de estrellas brillaba.
Traté de distinguir algo más, pero todo lo demás parecía oscuridad. Alrededor y debajo de mi. Pero no sentía miedo.
De pronto, las estrellas desaparecieron.
Levanté una mano y sentí el agua. Debíamos estar pasando debajo de una nube mayor.
No sabía a donde me conduciría este viaje. Estiré mis brazos y me dejé absorber.
Abrí los ojos mientras ascendía. Era un ascenso mucho más largo que los anteriores. No sabía cuánto faltaría para llegar a la superficie. Ya no podía más. Sentí que aspiraba el agua, pero no sentí dolor. Era ligera, suave y tibia.
Seguí subiendo y subiendo, durante no se cuanto tiempo. Poco a poco, una especie de aurora empezó a iluminar todo, por todas partes. De pronto, la claridad fue aumentando, y distinguí un brillo lejano. La luz dorada se fue haciendo más intensa. Nadaba en luz.
Amaneció. Entonces, nací.
Me detuve, y vi cientos de otras nubes que el viento iba empujando desde el mar. Flotaban a poca distancia del suelo y se movían con lentitud. Parecían un rebaño de vacas desplazándose hacia los prados. Solo que eran de agua y flotaban al viento en lugar de caminar.
Corrí a alcanzar a la primera nube que había visto. El agua estaba tan clara que podía ver a través de ella. La luz del sol la atravesaba y formaba figuras de luz en el suelo. Las figuras se movían cuando el viento hacía vibrar la plácida superficie de la nube. Le di un pequeño golpe y las ondas se expandieron y se cruzaron. Luego volvió la calma.
Como tenía calor, decidí darme un baño. Traté de meterme en la nube por un costado, pero solo lograba que cambiara de dirección. Corriendo tomé impulso y traté de montarla, pero caí por el otro lado. Me levanté y avancé para colocarme en su camino. Aguardé frente a ella a gatas. Cuando llegó a mi, junté mis palmas y clavé mis brazos. Sentí que de pronto me absorbía y cerré los ojos cuando entró mi cabeza y luego todo mi cuerpo. Contuve la respiración hasta que el agua me llevó a flote hasta la parte de arriba.
Necesitaba mover un poco mis manos para evitar resbalarme por una orilla. Luego de un rato, la agitación del agua pasó. Flotando de espaldas, contemplaba el cielo azul con una sonrisa, mientras mi vaca de agua me llevaba.
De cuando en cuando, dos nubes se tocaban y se fundían. Entonces ganaban también más altura. Mi nube se fundió con otras un par de veces y ya estábamos más alto que los árboles.
Alcanzamos a una nube mayor. Ibamos pasando debajo de ella, muy cerca, y estiré mis brazos. Dejé que me absorbiera. Aguanté la respiración y salí nuevamente a flote.
Sobre mí flotaban multitud de nubes. Cada nube más alta debía ser de mayor tamaño. Cuando dos se tocaban, formaban una nube mayor y subían.
Feliz de acompañar a las nubes en su vuelo, no pensaba en nada más. Aunque el cielo se iba poniendo más azul, no sentía frío. Sin darme cuenta, me quedé dormido.
Cuando desperté, seguía sintiendo la caricia del agua. En el cielo oscuro, un enjambre de estrellas brillaba.
Traté de distinguir algo más, pero todo lo demás parecía oscuridad. Alrededor y debajo de mi. Pero no sentía miedo.
De pronto, las estrellas desaparecieron.
Levanté una mano y sentí el agua. Debíamos estar pasando debajo de una nube mayor.
No sabía a donde me conduciría este viaje. Estiré mis brazos y me dejé absorber.
Abrí los ojos mientras ascendía. Era un ascenso mucho más largo que los anteriores. No sabía cuánto faltaría para llegar a la superficie. Ya no podía más. Sentí que aspiraba el agua, pero no sentí dolor. Era ligera, suave y tibia.
Seguí subiendo y subiendo, durante no se cuanto tiempo. Poco a poco, una especie de aurora empezó a iluminar todo, por todas partes. De pronto, la claridad fue aumentando, y distinguí un brillo lejano. La luz dorada se fue haciendo más intensa. Nadaba en luz.
Amaneció. Entonces, nací.
6 de agosto de 2014
Leyendo con Leo
Cada vez que él llegaba, apenas le saludaba, y se iba rápido hacia los estantes de libros. Tomaba aquel que había estado leyendo, o buscaba alguno nuevo que le interesara. Luego se encaramaba al sofá que estaba junto a la ventana y se recostaba a leer.
No estaba segura de qué tanto leería, porque casi no había libros para niños. Pero notaba que a él no le importaba, y dejaba que lo intentara.
A la hora de la merienda, lo llamaba a la mesa y él se acercaba despacio, siempre con timidez. Nunca se sentaba. Bebía rápido el té con canela, cogía el panecillo, se lo metía en el bolsillo y se iba corriendo a la puerta. Gracias, decía bajito, antes de cerrar la puerta.
La señora Susana se asomaba al balcón y lo seguía con la vista, calle arriba, hasta que el sonido de la tetera volvía a llamarla a la cocina.
Leo pensaba que la señora de la tienda era la más buena, porque le dejaba mirar los libros que tenía en su casa. Le gustaban los que tenían figuras, y posaba su vista en las palabras que aparecían en el costado hasta que entendía lo que decían.
Luego volvía a su casa y le contaba a su mamá todo lo que había aprendido. Su mamá asentía y se reía, luego lo mandaba a la cama. Le dejaba su panecillo en la mesa y ella le daba un beso y una palmada. Tal vez más tarde lo comería con su papá.
En la noche, soñaba que tenía un lápiz y escribía los libros que la señora buena guardaba en su estante.
En el colegio, unos años después, le enseñaron a leer de otro modo. Iba repitiendo los sonidos hasta que se formaban palabras y frases y algún significado. Era más largo, pero también parecía funcionar.
La señora Susana le seguía dejando subir a leer a su casa. Para ella se había vuelto difícil leer, así que ahora disfrutaba leyéndole sus libros.
Pero no los leía como le enseñaban en el colegio, sino como lo había aprendido por sí mismo. Era natural que la forma de una frase le dijera lo que significaba, y él se lo decía a la señora, con las palabras que conocía.
Así que conservó esas dos maneras de leer. Podía leer repitiendo los sonidos de las palabras, o podía leer contando lo que las palabras le decían.
Cuando la señora Susana Lee se fue a donde se van las almas buenas, le dejó su estante con todos sus libros. Su papá le ayudó a llevarlos. Él fue detrás en la camioneta, sentado sobre las cajas y contemplando el balcón desde donde la señora se despedía de él, agitando su mano, cada tarde.
Así fue como llegaron a su casa tantos libros en chino. Y así fue como conoce tantas historias de China. Y así fue como sabe que hay maneras mágicas de que algunas cosas sucedan en el mundo.
5 de agosto de 2014
Siempre Libre
Puede ser bastante nuestra obsesión por saber qué es lo que vendrá, por estar preparados, por tratar de controlar nuestro destino. Nuestra noción de auto determinación, de libre albedrío, es algo tan inculcado, que nos es difícil imaginar que no sea así.
Y la verdad es que no es así. Tardé mucho en comprenderlo. Yo era feliz, en cierto modo. Siempre sonreía. Cuando la noche pasaba y se hacía la luz, mi cuerpo se elevaba en el milagro del nuevo día. La música de la vida sonaba y, de pronto, mi cuerpo podía moverse otra vez. Volvía a verla, a la princesa, mi amor. A mis amigos, danzando alrededor de nosotros. A mi corcel, sobre el que galopaba hasta encontrar al peligroso dragón, con el que finalmente me enfrentaba y al que vencía.
Cada vida era única para todos. Nadie más recordaba que hubiera estado antes, conmigo, todos juntos. Solamente yo.
¿Por qué parecía repetirse una y otra vez la misma historia? Quizás había una lección que debía aprender y volvería a ocurrir, una y otra vez, hasta que lo hiciera.
Cada vida que vivía, aunque ocurría lo mismo, la vivía de modo algo distinto. Siempre amaba a mi princesa, pero notaba de ella otros detalles, otros rasgos. Y de los danzarines. Y del dragón. Y de mi fiel corcel.
La sonrisa de mi amada era dulce, pero solitaria. Los danzarines eran vibrantes, pero parecían ir sin rumbo. Mi corcel era fiel, pero parecía querer ir más allá de donde yo lo podía llevar. El dragón era temible, pero tenía un buen corazón.
Quizás era por tanto vivirla, que empezaba a entender mi vida de otro modo.
Ocurrió que desperté a la vida, y en la penumbra de este nuevo amanecer, distinguí que había como unos lazos que conectaban mi cuerpo con el cielo, más allá de donde me era posible distinguir.
Cuando se hizo la luz por completo, y me puse de pie, y caminé, se me hizo claro que lo hacía impulsado por una energía que estaba más allá de mi. Me sentí bendecido, lleno de un poder que se me revelaba de pronto.
También habían lazos que salían del cuerpo de mi amada princesa, de los danzarines, de mi corcel y del dragón. Algunos más sutiles que otros.
Aprendí a sentir esa energía que me permitía estar vivo. Mi princesa, aunque me amaba, no podía comprender lo que yo veía cuando se lo contaba. Siempre vivíamos felices para siempre, pero me hubiera gustado que también me comprendiera.
Ahora ha llegado a mi una repentina idea. De si en verdad decido yo conocer a la princesa, conquistar su amor, buscar al dragón y vencerlo. O si solo soy como una una piedra que rueda cuesta abajo y se imagina que decide que va a la derecha o la izquierda, cuando en realidad simplemente sigue el camino que tenía que seguir.
¿Será que estos lazos no me dan energía para vivir, sino que son el medio para controlarme? He sentido que se tensa el lazo de mi brazo, cuando tengo ganas de moverlo. También cada uno de los otros. Y el de mi cabeza. Yo siento que miro a donde quiero mirar, pero en verdad debo admitir que siento el lazo tensarse y entonces lo hago.
Si es así, entonces quizás formamos parte de un plan mayor. Y tal vez no tenemos otra opción que ser parte de él.
Pero no puede ser, somos libres, me dice la princesa con su hermosa sonrisa. Mira, dame un beso ahora, me susurra. Y le doy un beso. Y ella sonríe, complacida. Y sonrío también, feliz, a pesar de todo. Sin decirle que le doy ese mismo beso en cada vida.
Y la verdad es que no es así. Tardé mucho en comprenderlo. Yo era feliz, en cierto modo. Siempre sonreía. Cuando la noche pasaba y se hacía la luz, mi cuerpo se elevaba en el milagro del nuevo día. La música de la vida sonaba y, de pronto, mi cuerpo podía moverse otra vez. Volvía a verla, a la princesa, mi amor. A mis amigos, danzando alrededor de nosotros. A mi corcel, sobre el que galopaba hasta encontrar al peligroso dragón, con el que finalmente me enfrentaba y al que vencía.
Cada vida era única para todos. Nadie más recordaba que hubiera estado antes, conmigo, todos juntos. Solamente yo.
¿Por qué parecía repetirse una y otra vez la misma historia? Quizás había una lección que debía aprender y volvería a ocurrir, una y otra vez, hasta que lo hiciera.
Cada vida que vivía, aunque ocurría lo mismo, la vivía de modo algo distinto. Siempre amaba a mi princesa, pero notaba de ella otros detalles, otros rasgos. Y de los danzarines. Y del dragón. Y de mi fiel corcel.
La sonrisa de mi amada era dulce, pero solitaria. Los danzarines eran vibrantes, pero parecían ir sin rumbo. Mi corcel era fiel, pero parecía querer ir más allá de donde yo lo podía llevar. El dragón era temible, pero tenía un buen corazón.
Quizás era por tanto vivirla, que empezaba a entender mi vida de otro modo.
Ocurrió que desperté a la vida, y en la penumbra de este nuevo amanecer, distinguí que había como unos lazos que conectaban mi cuerpo con el cielo, más allá de donde me era posible distinguir.
Cuando se hizo la luz por completo, y me puse de pie, y caminé, se me hizo claro que lo hacía impulsado por una energía que estaba más allá de mi. Me sentí bendecido, lleno de un poder que se me revelaba de pronto.
También habían lazos que salían del cuerpo de mi amada princesa, de los danzarines, de mi corcel y del dragón. Algunos más sutiles que otros.
Aprendí a sentir esa energía que me permitía estar vivo. Mi princesa, aunque me amaba, no podía comprender lo que yo veía cuando se lo contaba. Siempre vivíamos felices para siempre, pero me hubiera gustado que también me comprendiera.
Ahora ha llegado a mi una repentina idea. De si en verdad decido yo conocer a la princesa, conquistar su amor, buscar al dragón y vencerlo. O si solo soy como una una piedra que rueda cuesta abajo y se imagina que decide que va a la derecha o la izquierda, cuando en realidad simplemente sigue el camino que tenía que seguir.¿Será que estos lazos no me dan energía para vivir, sino que son el medio para controlarme? He sentido que se tensa el lazo de mi brazo, cuando tengo ganas de moverlo. También cada uno de los otros. Y el de mi cabeza. Yo siento que miro a donde quiero mirar, pero en verdad debo admitir que siento el lazo tensarse y entonces lo hago.
Si es así, entonces quizás formamos parte de un plan mayor. Y tal vez no tenemos otra opción que ser parte de él.
Pero no puede ser, somos libres, me dice la princesa con su hermosa sonrisa. Mira, dame un beso ahora, me susurra. Y le doy un beso. Y ella sonríe, complacida. Y sonrío también, feliz, a pesar de todo. Sin decirle que le doy ese mismo beso en cada vida.
4 de agosto de 2014
Un poco de arena
Es tiempo de encontrar alguna vía alterna. La tela que cubre la entrada de la tienda se agita con el viento del atardecer, cada vez más frío. El sol desciende rápido. Su luz dorada ya extiende largas sombras sobre las dunas.
La nieve de las montañas brilla como oro bajo el turquesa del cielo.
¿Es así de hermosa la puerta al paraíso?, se pregunta Jacob. Luego, baja la vista, avergonzado de jugar con la idea de abandonarse. Pero está cansado, y hace frío, y quisiera tanto dormir por fin.
Se levanta y sale de la tienda con lentitud. El beso de la brisa le entumece las mejillas. Su ropa se agita. La arena empieza a levantarse aquí y allá.
Sube corriendo hasta una loma cercana. En su cima, va girando. El sol empieza a besar el horizonte. El viento viene de allí. Si en la mañana corre en dirección contraria, caminará cara al viento con la esperanza de llegar al mar. Luego, quién sabe. Lo que ahora tiene que encontrar es un sitio donde pasar la noche a salvo. Le parece que tras esa duna estará bien. Desciende de prisa.
Ha terminado de desarmar la tienda para cuando el sol se ha ocultado. Las estrellas no han tardado en aparecer. Empieza a sentir con más frecuencia la arena salpicándole a la cara.
Llega a la cima de la montaña con el viento silbando y empujándole la espalda. Luego baja y le parece todo tan silencioso. La duna lo protege como una muralla. A sus pies, levanta la tienda.
Entra y se envuelve en sus mantas. Temblando, saca un poco de pan de una bolsa y come. Sin darse cuenta, al fin, duerme.
Despierta. Aún es de noche. No oye ni siquiera el susurro de la ventisca saltando sobre la duna. Se asoma en la entrada de la tienda. Todo es silencio y oscuridad. Excepto arriba, donde las estrellas se esparcen como diamantes sobre el terciopelo de la noche. Ninguna constelación le es familiar.
Sube a la cima de la duna. Agradece que la ventisca haya cesado.
Debajo de su túnica encuentra una pequeña tablilla. Pasa su mano y parece como si se volviera un espejo del cielo. Recupera la imagen que tomó la noche anterior y le pide a la computadora que muestre las diferencias. Un pequeño punto brillante aparece a media altura. Allí estás, le dice. Al fin.
Calcula la órbita del satélite, y se da cuenta de que llegará al cenit en unos minutos. No tiene mucho tiempo. Envía la solicitud de sincronización. En unos segundos, el satélite responde confirmando el inicio.
Baja a toda prisa hacia la tienda. Si no es ahora, no sabe cuándo volverá a tener otra oportunidad. Tiene que empacar todo y tender el lazo. Suena un pitido indicando que ha fallado el primer intento de sincronización. Habrá dos más. Revisa el cronómetro en la tablilla. Diez minutos. No hay modo. Pero si deja algún vestigio luego tendrá que volver a recogerlo. Tal vez haya un modo.
Toma una decisión. Saca el lazo. Cuelga el rollo de color esmeralda alrededor de su cuello. Luego carga la mochila. Ocho minutos.
Quita las anclas de la tienda. Siete minutos. No hay tiempo para empacar. Ata un extremo del lazo a una de las varillas y echa a correr desenrollando el lazo.
Una delgada línea roja se va extendiendo sobre la duna. Cuando llega a su límite, empieza a arrastrar la tienda tras de sí. Suena el segundo pitido. Cinco minutos. Aún está a mitad de llegar a la cima.
Llega jadeando y revisa el contador. Tres minutos. Jala lo más rápido que puede del lazo. La arena zumba mientras la tienda va siendo arrastrada cuesta arriba.
Llega hecha un desorden. No importa. Un minuto. Desengancha el lazo y empieza a tenderlo alrededor de los materiales. Va corriendo, esperando no dejar nada fuera del círculo. Ni siquiera hay tiempo de ver el cronómetro. Ve cerca el extremo inicial. Se lanza y conecta ambos. Se queda en silencio. Un largo pitido indica el tercer intento de conexión, esta vez satisfactorio. Gira hacia el interior del círculo y queda boca arriba, de cara al cielo, sonriendo. El satélite se va acercando al cenit. La computadora indica la apertura del puente. Un halo azul parece elevarse hacia el cielo. Siente que va cayendo en el agujero determinado por el lazo.
Quizás luego tenga que limpiar un poco de arena en la estación, pero es mejor que estar varado.
La nieve de las montañas brilla como oro bajo el turquesa del cielo.
¿Es así de hermosa la puerta al paraíso?, se pregunta Jacob. Luego, baja la vista, avergonzado de jugar con la idea de abandonarse. Pero está cansado, y hace frío, y quisiera tanto dormir por fin.
Se levanta y sale de la tienda con lentitud. El beso de la brisa le entumece las mejillas. Su ropa se agita. La arena empieza a levantarse aquí y allá.
Sube corriendo hasta una loma cercana. En su cima, va girando. El sol empieza a besar el horizonte. El viento viene de allí. Si en la mañana corre en dirección contraria, caminará cara al viento con la esperanza de llegar al mar. Luego, quién sabe. Lo que ahora tiene que encontrar es un sitio donde pasar la noche a salvo. Le parece que tras esa duna estará bien. Desciende de prisa.
Ha terminado de desarmar la tienda para cuando el sol se ha ocultado. Las estrellas no han tardado en aparecer. Empieza a sentir con más frecuencia la arena salpicándole a la cara.
Llega a la cima de la montaña con el viento silbando y empujándole la espalda. Luego baja y le parece todo tan silencioso. La duna lo protege como una muralla. A sus pies, levanta la tienda.
Entra y se envuelve en sus mantas. Temblando, saca un poco de pan de una bolsa y come. Sin darse cuenta, al fin, duerme.
Despierta. Aún es de noche. No oye ni siquiera el susurro de la ventisca saltando sobre la duna. Se asoma en la entrada de la tienda. Todo es silencio y oscuridad. Excepto arriba, donde las estrellas se esparcen como diamantes sobre el terciopelo de la noche. Ninguna constelación le es familiar.
Sube a la cima de la duna. Agradece que la ventisca haya cesado.
Debajo de su túnica encuentra una pequeña tablilla. Pasa su mano y parece como si se volviera un espejo del cielo. Recupera la imagen que tomó la noche anterior y le pide a la computadora que muestre las diferencias. Un pequeño punto brillante aparece a media altura. Allí estás, le dice. Al fin.
Calcula la órbita del satélite, y se da cuenta de que llegará al cenit en unos minutos. No tiene mucho tiempo. Envía la solicitud de sincronización. En unos segundos, el satélite responde confirmando el inicio.
Baja a toda prisa hacia la tienda. Si no es ahora, no sabe cuándo volverá a tener otra oportunidad. Tiene que empacar todo y tender el lazo. Suena un pitido indicando que ha fallado el primer intento de sincronización. Habrá dos más. Revisa el cronómetro en la tablilla. Diez minutos. No hay modo. Pero si deja algún vestigio luego tendrá que volver a recogerlo. Tal vez haya un modo.
Toma una decisión. Saca el lazo. Cuelga el rollo de color esmeralda alrededor de su cuello. Luego carga la mochila. Ocho minutos.
Quita las anclas de la tienda. Siete minutos. No hay tiempo para empacar. Ata un extremo del lazo a una de las varillas y echa a correr desenrollando el lazo.
Una delgada línea roja se va extendiendo sobre la duna. Cuando llega a su límite, empieza a arrastrar la tienda tras de sí. Suena el segundo pitido. Cinco minutos. Aún está a mitad de llegar a la cima.
Llega jadeando y revisa el contador. Tres minutos. Jala lo más rápido que puede del lazo. La arena zumba mientras la tienda va siendo arrastrada cuesta arriba.
Llega hecha un desorden. No importa. Un minuto. Desengancha el lazo y empieza a tenderlo alrededor de los materiales. Va corriendo, esperando no dejar nada fuera del círculo. Ni siquiera hay tiempo de ver el cronómetro. Ve cerca el extremo inicial. Se lanza y conecta ambos. Se queda en silencio. Un largo pitido indica el tercer intento de conexión, esta vez satisfactorio. Gira hacia el interior del círculo y queda boca arriba, de cara al cielo, sonriendo. El satélite se va acercando al cenit. La computadora indica la apertura del puente. Un halo azul parece elevarse hacia el cielo. Siente que va cayendo en el agujero determinado por el lazo.
Quizás luego tenga que limpiar un poco de arena en la estación, pero es mejor que estar varado.
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