17 de septiembre de 2011

Días sin tiempo - 3

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Estaba de espaldas en el piso. Su brazo le cubría los ojos. Bajándolo, fue acostumbrando la vista al destello del cielo lechoso.

Se incorporó con un poco de dificultad y se quedó un rato sentado así, apoyado sobre sus palmas.

No había sido un sueño. No era un sueño.

Podía recordar que había salido de su casa e ido a la panadería antes de llegar a ese lugar. No era un sueño.

Sentía el roce aspero del piso. Y el frío del aire.

Iba haciendo más frío.

Se puso de pie, tambaleando un poco, y se dirigió a su casa. Miraba en torno suyo, sorprendido de lo diferente que se pueden volver las cosas que uno ve todos los días, cuando pasa rumbo al trabajo. Conocía muy bien las calles y las casas que iba viendo en el camino, pero sin gente se sentía como en otro planeta.

Abrió la puerta, entró y fue a buscar a su familia. Subió a ver los dormitorios y bajó otra vez a la cocina, sin que nadie respondiera a sus llamados.

En su celular marcó el número de Julia. Parecía que no funcionaba, aunque la pantalla indicaba que tenía señal y la batería estaba cargada, no escuchaba nada. Ni siquiera un mensaje de saldo insuficiente. Entonces, se dió cuenta de que el celular de Julia estaba en la mesa de la cocina.

Tampoco ese parecía funcionar, aunque la pantalla también mostrara todo normal. Puso ambos celulares sobre la mesa y los miró detenidamente. Debía haber algún error. No podía ser que siguieran siendo las 8:23 de la mañana. Él recordaba haber visto esa misma hora al levantarse de la cama.

Salió a la calle y buscó el sol en el cielo. Estaba casi completamente blanco, pero había un resplandor más intenso hacia el lado de la mañana, como si fueran las 8 o algo así.

Empezó a hacer memoria. Se había vestido e ido a la panadería, caminado hasta la avenida, donde se desmayó... quién sabe por cuanto tiempo. Sin embargo, la hora era la misma ¿Acaso el tiempo se había detenido?

Reflexionó y concluyó que no podía ser. Porque se podía mover. Y no sólo él sino las cosas a su alrededor. Dejó caer el celular al piso, para probarlo. Lo recogió, y no le importó que la pantalla se hubiera quebrado.

No, el tiempo no se había detenido... sólo el sol, los semáforos, los celulares... y cada reloj que encontraba en la casa.

No tenía sentido... ¿y, además, dónde estaba la gente?... ¿Dios, dónde estaban todos?

Descubrió que la televisión no encendía. Tampoco la cocina ni el microondas. El refrigerador estaba frío pero no se encendía la luz interior. Los interruptores de las luces no funcionaban; no podía apagar las que estaban encendidas ni encender las que estaban apagadas.

Se sirvió un poco de agua. Derramó la mayor parte mientras intentaba beberla. Temblaba mucho. Debía tranquilizarse.

Despacio, se acercó a la ventana. Allí se acurrucó en un un sillón y se quedó mirando, tras las cortinas, hacia la calle solitaria.

Como un niño esperando a que volvieran sus padres. Hasta que se quedó dormido.

Continúa...

Amanecer


Hace mucho tiempo, la gente podía ver el pasado y el futuro con la misma facilidad con que ves hacia atrás o hacia adelante. Podía ver las otras vidas que pudieron haber elegido así como ves a la derecha o a la izquierda. Y moverse hacia esas otras realidades, como cuando nadas. Además, podía comunicarse con cualquier otro con más facilidad que con la que puedes hablar.

Hace mucho tiempo, lo que imaginabas se volvía realidad.

Algo pasó. O, mejor dicho, fue pasando. Se hacía más difícil ver. Se fueron agudizando los otros sentidos y se fue cerrando el ojo que ya no se usaba. Un día, todos estaban ciegos, pero había sucedido tan lentamente que no lo sabían.

Algo que antes era simple de imaginar, se hizo muy difícil. Era como si un invidente de nacimiento quisiera imaginar una playa. Podría escuchar el murmullo de las olas y sentir la brisa que las impulsa hasta besar la playa. Podría sentir el rastro de ese beso cuando tocara sus pies, y el perfume de esa brisa. Pero qué podría decir de las formas que había tomado en su camino hasta aquí; de los tonos de azul y verde, o del manto de espuma, del vuelo de las gaviotas, o de la silenciosa luna que flotaba sobre todo ello, influyendo sin que quizás jamás lo supiera.

Como ya no se podía ver, casi no se podía recordar, y había que hacer marcas en la madera o en la piedra, o en algo, para que sus hijos supieran un poco más de lo que pudieran descubrir por sí mismos.

Llamaron ver, oír y sentir a lo que ahora les proporcionaban sus sentidos. Llamaron pensar y recordar a lo que ahora les proporcionaba su mente. Y se alejo, en una bruma de leyenda, lo que alguna vez fue realmente ver, oír, recordar... lo que alguna vez fueron.

Algunas veces, nacía alguien que podía ver, sentir, o recordar. Realmente, como en los tiempos antiguos. Algunas veces, lograba comprender lo que eso era. Algunas veces, los demás le respetaban. Algunas veces.

Las demás veces, trataban de que cerrara sus verdaderos sentidos, su verdadera mente, e imitara ser como ellos. Las demás veces, no le comprendían, o le temían.

Largo tiempo pasó, pero, así como oscureció, empezó a amanecer.

Realmente, suele parecer más oscuro antes de amanecer, en más de un sentido. Las estrellas se fueron apagando una a una, ante los ojos de los que podían verlas. Algunos de ellos, pensaron que el mundo finalmente se acabaría e idearon planes para salvar lo que pudieran. Fabricaron sofisticados artilugios, algo que les ayudara a todos los demás, que no podían aún ver como ellos, a correr más rápido, un poco más al poniente, para perseguir las estrellas que huían de ellos.

Otros, esperan. Porque empiezan a recordar que esto ya ha pasado antes.

Es inevitable. Finalmente, el brillo de la aurora atisba en el cielo.

Poco a poco, las volverás a ver. Poco a poco, volverás a recordar. Realmente, como en los tiempos antiguos. Finalmente, el resplandor del amanecer se irá elevando sobre el horizonte, iluminando la tierra y volviendo evidente lo que estuvo tanto tiempo oculto.

Finalmente, volvemos al principio, otra vez.

2 de septiembre de 2011

Fin del mundo en el borde de una mesa

Con el tiempo, habían llegado hasta allí. Desde el borde del mundo, podían contemplar el cosmos infinito.

Era larga su historia y muchísimas las generaciones que les habían precedido.

También era largo el camino que habían recorrido desde la selva donde todo empezó.

Algunas cosas las sabían por tradición. Por historias que pasaron de boca a boca a través de las eras.

Pero, recientemente, relativamente hablando, con el conocimiento científico que habían desarrollado, tenían las respuestas para casi todas las preguntas.

Sabían, por ejemplo, que vivían en un disco plano, y que eso era la norma en el universo, pues veían con sus telescopios que había otros discos planos alrededor de ellos.

También podían explicar cada detalle de las estrellas que flotaban en el oscuro cielo infinito.

Un poco arriba del horizonte, había un grupo especial de doce estrellas que parecían formar un círculo, dentro del cual dos líneas, una mayor y otra menor, estaba casi alineadas.

A diferencia del brillo cristalino de otras estrellas, este conjunto tenía un tono verdoso, casi fantasmagórico.

Habían descubierto que el eco que llegaba con el inicio de cada estación, y que pensaban venía de todos lados a la vez, provenía principalmente de la dirección de aquellas estrellas.

Había la teoría de complejos procesos físicos y químicos produciéndose en aquel conglomerado para ser capaz de producir un sonido de tal magnitud.

Procesos de naturaleza muy singular, porque cada trecientos ecos uno de los extremos de la línea mayor parecía ser atraído hacia la siguiente estrella, de modo que volvería a la misma estrella luego de tres mil seiscientos ecos.

En ese mismo tiempo, en un movimiento aún menos perceptible, la linea menor también parecía ser atraído hacia su siguiente estrella, así que algún día volvería a la misma estrella.

Tenían el conocimiento de estas cosas, con muchos científicos desarrollando ciencia, muchos sabios explicándola, y muchos gobernantes cuidando que todo eso se hiciera en el orden correcto.

Así que no hacían mucho caso de los mitos, porque no los necesitaban.

No necesitaban de los mitos que les decían que su mundo era plano, como una mesa, y que era un mantel el que contenía su suelo, sus bosques y sus cimas.

Que la mesa de su mundo estaba rodeada de otras mesas y que ahí se sentaban a comer los dioses.

Que el tiempo en que ellos volverían seria avisado con señales en el cielo pero sólo unos pocos las entenderían.

No, no necesitaban de esos cuentos que, a veces, simplemente asustaban a la gente, como el mito ese, del fin del mundo.

Decía que a esta era de oscuridad había precedido una era de luz, y que una nueva era de luz volvería cuando las líneas en el círculo de estrellas se alinearan otra vez. Eso estaría escrito en las marcas que antiguas civilizaciones, ya desaparecidas, trazaron en la dura base de su mundo.

Justamente estaba cercano ese momento, por primera vez, para la historia que conocían, y había todo tipo especulaciones en torno a lo que podría ocurrir. Los más alarmistas creían que el mundo se fragmentaría y todos morirían. Quizás alguna cosa cayera del cielo. Otros, creían que algo extraordinario pasaría. Quizás se detuviera el tiempo, o bailaran las estrellas en el cielo.

Pero ellos sabían que nada pasaría, que se trataba de un simple fenómeno celeste, sin ninguna relación con ellos.

¿Cómo podría la simple posición de unas líneas en el cielo destruir el mundo que conocían?

Era absurdo, por eso aguardaban tranquilos a que pasara, y todos continuarían sus vidas.

A pesar de eso, casi todo el mundo estuvo pendiente de ese momento cuando llegó. Multitudes habían viajado de muy lejos para tener la primera fila en el espectáculo celeste. Otros, seguían la cuenta regresiva desde sus hogares.

Las líneas mayor y menor se alinearon perfectamente y llegó el eco de la nueva estación.

Parecía que nada iba a pasar. Entonces, sucedió.

A las 6:00 am de esa mañana, María, la dueña del restaurante, entró al salón y encendió la luz.

No, el mundo no se acabó. Sin embargo, de pronto pudieron ver que su eterno cielo oscuro se iluminaba. Al mirar al horizonte, en la posición de las doce estrellas había un disco con signos y marcas fosforescentes que señalaba cada número y cada manecilla. Una aguja más delgada, invisible hasta entonces, se hizo notoria cuando llegó el siguiente tic tac. Más arriba, las demás estrellas eran racimos de cristales suspendidos en torno a lámparas brillantes sostenidas del techo.

No, el mundo no se iba a acabar. Al menos no hasta después de las 10 pm, cuando el restaurante cierra y María retira los manteles, limpia con desinfectante y pone unos nuevos antes de apagar la luz, hasta el siguiente día.

7 de agosto de 2011

Días sin tiempo - 1

Cuando se levantó esa mañana, le pareció que había más silencio que de costumbre.

Luego de salir del baño, aún le parecía demasiado silencioso y fue a ver a las otras habitaciones. No había nadie más en la casa. Le pareció raro que todos hubieran salido tan temprano.

Aún las mascotas parecían haberse escondido. Un sábado extraño.

Se preparó para salir a comprar algunas cosas para el desayuno.

Ya frente a la puerta de su casa, se quedó quieto un momento. Quizás normalmente no prestaba mucha atención a esos detalles, pero le llamó la atención que tampoco hubiera ningún ruido en la calle.

Ni siquiera pudo distinguir algún pájaro volando o posado en algún lugar.

Aún la brisa estaba ausente. Lo contemplaba, inmóvil, la cara de un pequeño molinete, plantado en una maceta, a su lado.

Arriba, el sol, brillando en algún lugar tras el cielo lechoso, parecía no calentar nada ni dibujaba ninguna sombra tampoco.

Fue caminando, despacio, hacia la panadería, que estaba abierta, como todas las mañanas.

Antes de llegar, se le había formado un extraño presentimiento, que se confirmó cuando no halló a nadie en el local.

También las canastas para el pan estaban vacías. Como si todo se hubiera vendido. Porque aún podía percibir el aroma del pan caliente.

Llamó en voz alta, varias veces, sin que nadie contestara.

Salió a la avenida y fue caminando para ver si encontraba a alguien, o algo, que le dijera que estaba pasando. Quizás algún accidente que estuviera llamado la atención de todos.

Pero no había nadie calle abajo tampoco.

Otros negocios que ya habían abierto lucían también vacíos.

Más preocupado, llegó corriendo hacia una avenida principal cercana. Con alivio, suspiró al ver que había un grupo de autos detenidos ante un semáforo.

Pero luego, mientras se iba acercando, fue notando que eso tampoco estaba bien. Todos los vehículos estaban vacíos.

Fue pasando entre ellos, atisbando en su interior. Nadie.

Subió a un bus que tenía la puerta abierta. Nadie.

Confundido, giraba en medio de la calle, buscando algo que se moviera. Entonces, se quedó contemplando el semáforo. No estaba seguro, pero el tiempo le pareció demasiado largo como para que siguiera en rojo. Quizás era el pánico, que sentía en su pecho, el que ahora le afectaba la cabeza.

Se dejó caer en la acera. Todo estaba mal. ¿Qué había pasado con todos?

Tal vez estaba soñando, porque empezaba a sentir que el mundo se iba volviendo más y más blanco. Quizás ya iba a despertar de esa pesadilla. Quería que así fuera. Por favor, Dios, rogó mientras cerraba los ojos. Y se desmayó.

6 de mayo de 2011

Contemplando las reglas

Se ha llegado a pensar que el mundo se debe conducir por reglas.

Pero, en realidad, las reglas son una manera de anotar las buenas prácticas observadas. De cosas que la gente ya hace. Y que pueden ser de ayuda a otra gente que la busque.

Al anotar algo, es más fácil tomar perspectiva y notar por qué hacemos las cosas. Es más fácil distinguir patrones y qué se podría cambiar cuando llegue el momento.

Pero, por alguna razón, se perdió la idea.

Se ha llegado a usar las reglas sin respetar la libertad de otros de hacer algo diferente o de cuestionarlas.

Se ha llegado a pensar que no hay más buenas prácticas sino aquellas que las reglas expresan.

Las reglas fueron ideadas para solidificar aquello que estaba difuso, para hacerlo más tangible y manejable. Para facilitar, no para obligar ni limitar la libertad.

Porque el ambiente cambia, las circunstancias cambian, la gente cambia y sus motivaciones cambian. Algo que antes era favorable puede que ya no lo sea tanto. Las reglas de antes puede que ya no reflejen lo que ahora somos o lo que queremos ser. Las reglas escritas en piedra pueden ser un obstáculo para nuestra evolución.

Son mejores las reglas que tratan de reflejar el mejor modo en que la gente ya vive. Que sean simplemente un apoyo. Y que sea la misma gente, la conciencia colectiva que poseen, la que las vaya determinando, según su propia experiencia. De modo que nos ayuden cuando lo necesitemos. De modo que cambien cuando sea lo mejor para todos. De modo que evolucionen con nosotros.

3 de mayo de 2011

Viendo con la imaginación

Yo pensaba que había un pasado y uno recordaba las cosas del pasado.

Que había un futuro que aun no se formaba y que lo que uno veía acerca de él era sólo imaginación.

Porque uno podía actuar sobre la imaginación para ver lo que quisiera.

Ahora, entiendo que, sin actuar sobre ella, la imaginación te puede mostrar algo. A veces parecido al pasado que recordamos. A veces parecido al futuro que acontece.

Ahora, entiendo que estamos como sobre un mantel, rodeados de tiempo. Llamamos pasado a una de las líneas, y futuro al trazo que se le incorporará.

Pero hay mucho más existiendo también. Diversas versiones de pasados y de futuros.

Y todas ellas podemos ver cuando dejamos de controlar la imaginación, la liberamos, y dejamos que ella nos muestre lo que está allí afuera.

1 de mayo de 2011

La verdad que te cuentan

Ellos hablan como si lo hubieran vivido, como si fuera cierto aquello que sólo conocen de oídas.

Querían que fuera cierto lo que deseaban para que hubiera una justificación para cambiar las cosas, para encontrar un modo de ser lo que no les dejaban ser.

Los hechos dejaron de ser hechos y se convirtieron en opiniones. En apoyo al testimonio de alguien contra quien no querían. Dejaron de verificar las cosas. Empezaron a decidir qué era mejor decir, qué era mejor callar, qué era mejor torcer. Como todos lo hacían, sonreían como en una hermandad.

Intentaron volver verdad una mentira, repitiéndola tantas veces, convenciendo a mucha gente.

Pero, al hacerlo, se volvieron insensibles a la verdad. Porque esparcieron tanto perfume en el aire que ya no saben qué huele qué.

Cuando quieren volver a decir la verdad, queda algo en su andar, en su mirada, en la forma en que dicen las cosas. La gente ya no les cree todo.

El mundo ha cambiando mientras se cubrían los ojos, mientras se tapaban los oídos, mientras callaban.

Ojalá vuelvan a sentir la verdad. Ojalá dejen de actuar como si una sonrisa de suficiencia pudiera volver hecho una opinión o hiciera dorado al barro.

Lo que es, es. Y sería mejor decirlo y confiar en que es lo mejor.

¿Qué declara tu historia?