5 de agosto de 2014

Siempre Libre

Puede ser bastante nuestra obsesión por saber qué es lo que vendrá, por estar preparados, por tratar de controlar nuestro destino. Nuestra noción de auto determinación, de libre albedrío, es algo tan inculcado, que nos es difícil imaginar que no sea así.

Y la verdad es que no es así. Tardé mucho en comprenderlo. Yo era feliz, en cierto modo. Siempre sonreía. Cuando la noche pasaba y se hacía la luz, mi cuerpo se elevaba en el milagro del nuevo día. La música de la vida sonaba y, de pronto, mi cuerpo podía moverse otra vez. Volvía a verla, a la princesa, mi amor. A mis amigos, danzando alrededor de nosotros. A mi corcel, sobre el que galopaba hasta encontrar al peligroso dragón, con el que finalmente me enfrentaba y al que vencía.

Cada vida era única para todos. Nadie más recordaba que hubiera estado antes, conmigo, todos juntos. Solamente yo.

¿Por qué parecía repetirse una y otra vez la misma historia? Quizás había una lección que debía aprender y volvería a ocurrir, una y otra vez, hasta que lo hiciera.

Cada vida que vivía, aunque ocurría lo mismo, la vivía de modo algo distinto. Siempre amaba a mi princesa, pero notaba de ella otros detalles, otros rasgos. Y de los danzarines. Y del dragón. Y de mi fiel corcel.

La sonrisa de mi amada era dulce, pero solitaria. Los danzarines eran vibrantes, pero parecían ir sin rumbo. Mi corcel era fiel, pero parecía querer ir más allá de donde yo lo podía llevar. El dragón era temible, pero tenía un buen corazón.

Quizás era por tanto vivirla, que empezaba a entender mi vida de otro modo.

Ocurrió que desperté a la vida, y en la penumbra de este nuevo amanecer, distinguí que había como unos lazos que conectaban mi cuerpo con el cielo, más allá de donde me era posible distinguir.

Cuando se hizo la luz por completo, y me puse de pie, y caminé, se me hizo claro que lo hacía impulsado por una energía que estaba más allá de mi. Me sentí bendecido, lleno de un poder que se me revelaba de pronto.

También habían lazos que salían del cuerpo de mi amada princesa, de los danzarines, de mi corcel y del dragón. Algunos más sutiles que otros.

Aprendí a sentir esa energía que me permitía estar vivo. Mi princesa, aunque me amaba, no podía comprender lo que yo veía cuando se lo contaba. Siempre vivíamos felices para siempre, pero me hubiera gustado que también me comprendiera.

Ahora ha llegado a mi una repentina idea. De si en verdad decido yo conocer a la princesa, conquistar su amor, buscar al dragón y vencerlo. O si solo soy como una una piedra que rueda cuesta abajo y se imagina que decide que va a la derecha o la izquierda, cuando en realidad simplemente sigue el camino que tenía que seguir.

¿Será que estos lazos no me dan energía para vivir, sino que son el medio para controlarme? He sentido que se tensa el lazo de mi brazo, cuando tengo ganas de moverlo. También cada uno de los otros. Y el de mi cabeza. Yo siento que miro a donde quiero mirar, pero en verdad debo admitir que siento el lazo tensarse y entonces lo hago.

Si es así, entonces quizás formamos parte de un plan mayor. Y tal vez no tenemos otra opción que ser parte de él.

Pero no puede ser, somos libres, me dice la princesa con su hermosa sonrisa. Mira, dame un beso ahora, me susurra. Y le doy un beso. Y ella sonríe, complacida. Y sonrío también, feliz, a pesar de todo. Sin decirle que le doy ese mismo beso en cada vida.


4 de agosto de 2014

Un poco de arena

Es tiempo de encontrar alguna vía alterna. La tela que cubre la entrada de la tienda se agita con el viento del atardecer, cada vez más frío. El sol desciende rápido. Su luz dorada ya extiende largas sombras sobre las dunas.

La nieve de las montañas brilla como oro bajo el turquesa del cielo.

¿Es así de hermosa la puerta al paraíso?, se pregunta Jacob. Luego, baja la vista, avergonzado de jugar con la idea de abandonarse. Pero está cansado, y hace frío, y quisiera tanto dormir por fin.

Se levanta y sale de la tienda con lentitud. El beso de la brisa le entumece las mejillas. Su ropa se agita. La arena empieza a levantarse aquí y allá.

Sube corriendo hasta una loma cercana. En su cima, va girando. El sol empieza a besar el horizonte. El viento viene de allí. Si en la mañana corre en dirección contraria, caminará cara al viento con la esperanza de llegar al mar. Luego, quién sabe. Lo que ahora tiene que encontrar es un sitio donde pasar la noche a salvo. Le parece que tras esa duna estará bien. Desciende de prisa.

Ha terminado de desarmar la tienda para cuando el sol se ha ocultado. Las estrellas no han tardado en aparecer. Empieza a sentir con más frecuencia la arena salpicándole a la cara.

Llega a la cima de la montaña con el viento silbando y empujándole la espalda. Luego baja y le parece todo tan silencioso. La duna lo protege como una muralla. A sus pies, levanta la tienda.

Entra y se envuelve en sus mantas. Temblando, saca un poco de pan de una bolsa y come. Sin darse cuenta, al fin, duerme.

Despierta. Aún es de noche. No oye ni siquiera el susurro de la ventisca saltando sobre la duna. Se asoma en la entrada de la tienda. Todo es silencio y oscuridad. Excepto arriba, donde las estrellas se esparcen como diamantes sobre el terciopelo de la noche. Ninguna constelación le es familiar.

Sube a la cima de la duna. Agradece que la ventisca haya cesado.

Debajo de su túnica encuentra una pequeña tablilla. Pasa su mano y parece como si se volviera un espejo del cielo. Recupera la imagen que tomó la noche anterior y le pide a la computadora que muestre las diferencias. Un pequeño punto brillante aparece a media altura. Allí estás, le dice. Al fin.

Calcula la órbita del satélite, y se da cuenta de que llegará al cenit en unos minutos. No tiene mucho tiempo. Envía la solicitud de sincronización. En unos segundos, el satélite responde confirmando el inicio.

Baja a toda prisa hacia la tienda. Si no es ahora, no sabe cuándo volverá a tener otra oportunidad. Tiene que empacar todo y tender el lazo. Suena un pitido indicando que ha fallado el primer intento de sincronización. Habrá dos más. Revisa el cronómetro en la tablilla. Diez minutos. No hay modo. Pero si deja algún vestigio luego tendrá que volver a recogerlo. Tal vez haya un modo.

Toma una decisión. Saca el lazo. Cuelga el rollo de color esmeralda alrededor de su cuello. Luego carga la mochila. Ocho minutos.

Quita las anclas de la tienda. Siete minutos. No hay tiempo para empacar. Ata un extremo del lazo a una de las varillas y echa a correr desenrollando el lazo.

Una delgada línea roja se va extendiendo sobre la duna. Cuando llega a su límite, empieza a arrastrar la tienda tras de sí. Suena el segundo pitido. Cinco minutos. Aún está a mitad de llegar a la cima.

Llega jadeando y revisa el contador. Tres minutos. Jala lo más rápido que puede del lazo. La arena zumba mientras la tienda va siendo arrastrada cuesta arriba.

Llega hecha un desorden. No importa. Un minuto. Desengancha el lazo y empieza a tenderlo alrededor de los materiales. Va corriendo, esperando no dejar nada fuera del círculo. Ni siquiera hay tiempo de ver el cronómetro. Ve cerca el extremo inicial. Se lanza y conecta ambos. Se queda en silencio. Un largo pitido indica el tercer intento de conexión, esta vez satisfactorio. Gira hacia el interior del círculo y queda boca arriba, de cara al cielo, sonriendo. El satélite se va acercando al cenit. La computadora indica la apertura del puente. Un halo azul parece elevarse hacia el cielo. Siente que va cayendo en el agujero determinado por el lazo.

Quizás luego tenga que limpiar un poco de arena en la estación, pero es mejor que estar varado.

3 de marzo de 2014

El sonido del espacio


En el espacio no hay sonidos. Cuando un cañón dispara el láser, y vemos rasgar la cubierta de una nave, en medio de hebras de vapores e incandescencia, todo ocurre en silencio. No es como en la tierra, donde se siente el zumbar del rayo que se acerca, al metal crujiendo cuando se parte, el fuego crepitando, las explosiones... en el espacio no hay aire para que el sonido sea posible, y nada de eso ocurre.

En los días de las primeras batallas espaciales, todo sucedía en ese silencio. Los sobrevivientes regresaban a sus bases completamente desorientados, abrumados... casi todos entendían lo que había pasado recién cuando se hacía la reconstrucción... entonces se daban cuenta de que habían ganado.

A pesar del apoyo radial desde el centro de comando y las alertas de la computadora a bordo, todo era como un mar de confusión.

Entonces, hubo un piloto ingeniero que tuvo una genial idea. Modificó el sistema de alertas de su nave para que usara sonidos falsos. Básicamente, los sensores captaban los eventos y su programa les ponía sonido. Así, cuando alguien disparaba un cohete, oía un estruendo. Si el cohete se le iba acercando, un rumor grave iba aumentando de intensidad. Si le disparaba con su láser, oía un zumbido. Cuando había una explosión era un bum, como en un video juego. De hecho, usó la biblioteca de sonidos de uno de esos juegos.

Cuando este sistema se planteó en el entrenamiento, hubo mucho entusiasmo, pero lamentablemente los administrativos no lo tomaron en serio y la burocracia no dejó que la idea se desarrollará tan rápido como hubiera sido posible.

Hubo por esos días un enfrentamiento imprevisto en el espacio. Aquellos que por iniciativa propia tenían instalado el sistema de sonidos falsos sobrevivieron. Todos. A partir de allí, se hizo oficial el proyecto de apoyo sensorial.

Hoy, es natural que, cuando se aborda una nave, incluso las de uso civil, la computadora produzca sonidos falsos que nos ayudan a procesar mejor la experiencia. Cosas como el sonido de la cubierta al rasgar la textura del espacio, o el estruendo de otra nave acercándose, han demostrado su enorme valor, no sólo para los pilotos en el campo de batalla, sino en la navegación comercial, para que los pasajeros puedan sentirse más seguros y confortables con la experiencia del vuelo espacial.

En retrospectiva, las viejas películas de inicios del siglo XXI, que mostraban batallas espaciales llenas de efectos de sonido, fueron más proféticas que irreales. Es necesario un nivel de irrealidad para que podamos vivir en el espacio real.

Las mismas mejoras se hicieron eventualmente en el campo visual. Es posible ver las estrellas o el brillo de la tierra sin más ayuda que unos cristales protectores, pero es muy difícil adaptarse a los altos contrastes de luz y sombra, de oscuridad total y luego deslumbramiento total, que pueden ocurrir en una batalla.

En los primeros días, se elegía con cuidado un escenario propicio y se empleaban tapasoles y filtros para aminorar las molestias. Ahora, se usan imágenes falsas como ayuda. La computadora proyecta dentro de cada cabina una imagen de realidad mejorada que el piloto puede procesar con más facilidad. Hay menos contrastes de luz, tanto para descansar la visión como para facilitar la percepción del volumen. El sol se representa como un disco brillante, que no hiere la vista aunque se lo vea de frente. Las estrellas facilitan la orientación espacial y se representan completamente, incluso al lado del sol, cosa que es imposible en la vida real, por la gran diferencia de intensidades. También se hacen correcciones en la escala de colores para hacer lugar a las radiaciones infrarroja y ultravioleta, representándolas con tonos visibles.

Los mayores avances en el campo del apoyo sensorial se realizaron luego del contacto extraterrestre y la defensa por el intento de invasión.

Las naves extraterrestres que íbamos capturando nos mostraron que ellos también usaban un sistema de ayuda sensorial para la navegación en el espacio. Aunque sus sentidos son diferentes y no los entendemos completamente, fue posible determinar que tienen un órgano visual equivalente al nuestro, pero en otro rango de frecuencias. Cuando tomamos eso en cuenta, pudimos colorizar sus naves y descubrimos los signos que las cubrían. Empezamos a aprender a leer la jerarquía dentro de sus formaciones de ataque, sus señales de colores y sus signos.

Nuestro nivel tecnológico está lo suficientemente a la par como para contenerlos mientras tratamos de averiguar qué exactamente quieren de nosotros.

13 de octubre de 2013

Antes de la cosecha

Y Dios dijo: Hagámos que pueda hacerse a sí mismo a su imagen y semejanza...
-- Otra Biblia

- Ha evolucionado y algunas de las especies han llegado a tener conciencia de su propia existencia.
- Fascinante -susurró el doctor-. Creo que el experimento resultó más fructífero de lo esperado. Entonces, ¿ya todo quedó registrado?
- Sí, señor.
- ¿Y han hecho también autoimpresiones?
- ¿Disculpe, señor?
- Bueno, siempre que hay alguna especie con conciencia de su propia existencia es posible grabar una autoimpresión. La suma de los conocimientos adquiridos como especie. Sería interesante tenerlas.
- Para sus estudios comparativos, supongo.
- Así es, capitán -sonrió el doctor-. Todos somos más similares de lo que suponemos.
- Bueno, lo agregaré con gusto al protocolo final. Y recomendarlo para las demás misiones a partir de ahora. Para todos los mundos donde haya una cosecha tan buena como en Gaia.

Complacido, el doctor permaneció un momento en silencio, contemplando la esfera azul que tenía a sus pies.

- ¿Sabe algo, señor?
- Digame, capitán.
- En realidad, estaba haciendo una especie de autoimpresión rápida de una de las especies que más me llamó la atención.
El doctor volteó a mirarlo, con una sonrisa, como quién reconoce a un alma afín.
- Nada demasiado especial, sólo lo que podía permitirme como iniciativa personal -admitió con humildad-. Me alegra que me lo pida, así podremos hacerlo como es debido.
- Que bueno, capitán. Lo felicito por esa clase de iniciativa.
- Gracias, señor -aceptó, con calma-. Pero usé un catalizador tecnológico. Espero no le moleste demasiado.
- Oh, no se preocupe, capitán -le tocó el hombro-. No había planes de hacer nada más que la cosecha. Está bien. Entonces, ¿me adjuntaría también esa autoimpresión rápida, para considerarla en el análisis?
- Por supuesto, señor.
El doctor le dedicó una mirada paternal.

- Hay algo interesante que noté al hacer el análisis previo a usar el catalizador -se animó a contarle el capitán-. Espero pueda confirmarlo con las autoimpresiones que realicemos.
- ¿De qué se trata?
- Encontré algunos rastros de catalizadores anteriores.
- ¿Está seguro?
- Sí. Debería ser fortuita. No ha habido ninguna otra misión después de la siembra.
- Interesante. Eso habrá producido algún efecto que se reflejará en la autoimpresión...
- Así es, señor -se atrevió a interrumpirle. El doctor sonrió.- Y es ahí donde espero pueda resolver el misterio que encontré.
- ¿Misterio?
- De algún modo... en su lenguaje... usan una secuencia similar para referirse al planeta.
- ¿Qué quiere decir?
- Aunque usan señales visuales para recordar, si las traducimos a nuestro lenguaje, hay una correspondencia en el nombre.
- Es decir que...
- También le llaman Gaia, señor. ¿No es curioso?

10 de septiembre de 2013

Si volviera

Eran unos cabellos tan hermosos que, no importaran cuan largos o cortos pudieran estar, no podía dejar de admirarlos. Muchas veces, sentí que el tiempo se detenía cuando ella pasaba a mi lado y dejaba un poco de su perfume suave flotando en el aire.

Ahora, no puedo decir que recuerde el perfume. No lo puedo evocar. Pero sé que, si volviera a aspirarlo, llevaría mi memoria hacia aquellos días, a aquella casa, donde la madera lustrosa del piso hacia eco a los muchos pasos que se perdían entre los pasillos, y hacia el jardín, con el pequeño estanque recibiendo la caída del manantial.

Ella pasaba la mano entre las ondas, como peinando el agua con sus dedos. Yo, a su lado, miraba como encantado la luz que se reflejaba. Ella no quería mirarme. Quizás porque podría encontrar a mis ojos esperándola para llevarla a donde temía ir todavía. Yo no quería mirar sus ojos. Quizás para que ella pudiera encontrarme sin sentir miedo.

Hacía un momento, había calor, el sol brillaba y el agua despedía destellos entre sus dedos. De pronto, hizo frío, y éramos simplemente dos niños sentados junto a un estanque, oyendo que llamaban para ayudar en la mesa. Ella dejó de hacer dibujos en el agua y se puso de pie. Empezó a caminar. Yo no quería que se fuera; quería que volviera, junto con el aroma de sus cabellos y el sol flotando en su mano. Pero el frío llenaba todo, mientras el tiempo se iba, haciendo tictac con cada paso de ella al marcharse. Dije su nombre en mi corazón, pero ella no podía oírlo, ni voltearía.

La alcancé antes de que llegara al pasillo. Y me miró. ¿Por qué de pronto sentía al sol, si el techo nos cubría? ¿Por qué de pronto había silencio, si el manantial siempre cantaba? Sus ojos brillaban. Su perfume se iba haciendo intenso. Su respiración era tibia. Su piel era suave.

Si volviera a sentir sus labios, volvería a estar allí, junto a ella.

29 de noviembre de 2012

La Torre

Oscuridad. La lluvia cae. Nos arrastramos hacia arriba, jalando cuerdas, todos juntos, sobre una pendiente. Es importante avanzar, aunque estemos cansados. La ropa está mojada pero nos cubre del viento que silba a esta altura. Sobre el piso de roca, el rumor del agua que se desliza cuesta abajo.

De cuando en cuando, pasan los mayores, golpeándonos con sus varas para comprobar que mantenemos el orden.

Oscuridad. Es una palabra que no se usa mucho. Crecemos en la seguridad del contacto con la roca y nuestros seres cercanos, con los ojos siempre cerrados. No hay oscuridad si tampoco hay luz. Aquí la luz no existe. Es la verdad que todos aceptamos, que nos es enseñado y que enseñamos a los que vienen después. Sólo los niños y los locos podrían sugerir lo contrario. Sonreímos con desdén al oírlos.

Pero está oscuro. Y yo lo sé.

Abro los ojos y levanto la frente. Normalmente, en este mundo de oscuridad, no hay diferencia. Pero, a veces, llega el rumor de un trueno lejano. Espero con paciencia la luz intensa que brilla arriba, en el cielo, y a su eco que llega acá a la tierra, para mostrarme el mundo, por un instante.

Así que ahora, que el viento azota la lluvia sobre mi cara porque la tormenta ha llegado, espero. Junto con los truenos llega el regalo de las visiones.

Me acerco al borde de la torre que construimos. Han sido muchas las generaciones que han permitido que lleguemos hasta aquí. Mientras los demás continúan tensando las cuerdas y avanzando a tientas por el camino que nos ha sido designado, desde mi posición, contemplo la estructura que estamos creando.

Veo a las rocas que van encajando, una detrás de otra. A veces, huellas de sangre de gente cuyas historias nadie nos cuenta. Veo a sus cuerpos siendo arrojados al abismo, rápida y silenciosamente, sin que nadie más lo sepa. Veo a los demás asintiendo, aceptando las historias que los mayores se encargan de transmitir.

Avanzamos hacia un mejor futuro. Es lo que se nos dice. Pero lo que veo es una espiral que va repitiendo lo que ya se hizo antes, mientras las sendas se estrechan cada vez más. Veo andamios que ya no encuentran espacio donde ser colocados. Veo mayores tratando de resolver a tientas problemas que aún viéndolos parecen imposibles. Porque esta torre se está inclinando, cada vez más, para caer.

Para mi, es claro que vamos hacia el abismo.

Los mayores no lo podrán evitar. Ni los comerciantes, que traen la comida y las piedras. Son los amos a quienes voy a alertar, mientras voy avanzando, cuesta arriba, más allá de rangos y niveles que jamás soñé alcanzar.

Voy dejando atrás a los mayores, con sus carpas secas y confortables. También a los comerciantes, con sus tiendas elegantes, la buena comida, y el eco de la música para ocultar la tormenta que brama afuera.

Llego a la cima, donde se dice que habitan los amos. Ahí está su templo. Me parece hermoso. Pero curioso, si nadie más puede verlo. Cerca a su techo, distingo un respiradero. Trepo por un lado, cruzo el agujero y descubro el interior, donde los amos reparten ordenes a los comerciantes y mayores que acuden a ellos.

Continúo allí, viendo que los comerciantes se van y las puertas se cierran. Entonces, los amos van hacia un altar, donde escucho sus rezos, pronunciados en voz alta. El eco parece descender como por un pozo. Un instante después, la respuesta asciende. Y ellos agradecen.

Más tarde, ellos también se retiran.

Cuando nadie más queda, desciendo y llego hasta el pozo donde los amos depositaban sus plegarias. Miro hacia su fondo insondable. Una luz muy lejana parece temblar. Si los amos no la pueden apreciar -pienso-, tal vez sea que quienes les responden, los sabios o dioses al otro extremo, también pueden ver.

Sin saber cómo hablarles ni qué decirles, me quedo un rato pensando.
- Tú que me escuchas -me atrevo a decir, recitando una plegaria infantil, pero imitando el tono de los amos-, que conoces mi corazón, así como conoces la torre que construimos, por favor, responde mi pregunta.
Un largo silencio. Quizás no está permitido que nadie hable en este momento.
- ¿Sabes que la torre caerá? -suelto de golpe.
Un murmullo asciende. Luego calma.
- Así será, en el fin de los tiempos -sube la respuesta, con voz solemne-. Pero antes enviaré a mis mensajeros para tomar a los que sean justos.
La voz que respondió se limitó a decir lo mismo que nos enseñan desde pequeños. Me pregunto si los sabios dicen eso para que piense que no se nada.
- He visto la torre...
Otra vez los murmullos. Espero un rato antes de proseguir.
- ... y su magnificencia, que no es tal, y vislumbrado nuestro glorioso destino, que no es tal. Sino rocas amontonadas a la fuerza, formando un sendero que nos conduce a ningún lugar... excepto el abismo cuando todo se derrumbe.
- ¡Herejía!
Pero el grito no vino del pozo, sino de detrás de mi. Bajo el resplandor que entra por el respiradero, distingo a un grupo de amos. La puerta se abre detrás de ellos, y entran varios mayores, con redes para apresarme.
En silencio, me escabullo hacia el agujero por donde había ingresado.
Aguardo, mientras todos me buscan, desconcertados.
Entonces, uno de los amos se separa del resto y camina discretamente hasta situarse al pie de la elevada posición donde estoy. Levanta la cabeza, ¡y me mira!. Seguramente puede distinguir mi silueta contra el brillo de la tormenta, pero no dice nada.

Trepo hacia el techo del templo. La parte más alta de la torre. Desde aquí se hace aún más evidente que lo que estamos construyendo no está bien. El amo que me vio también debe saberlo. Y seguramente los sabios al otro lado del pozo, en algún lugar en la base de la torre, a salvo, aunque todo caiga en el fin de los tiempos.

Allí, de pie, en la cima de mi mundo, el resplandor del trueno lejano hace visible todo en torno nuestro.

Alrededor, aparecen los restos de multitud de torres derrumbadas.


27 de octubre de 2012

Historia de un punto


Un punto se desliza sobre un plano
como siguiendo una línea.

No puede evitar ir hacia adelante.

Mirando hacia atrás,
hacia la estela de sus recuerdos,
se pregunta por qué no la ve adelante.

Mirando hacia adelante,
hacia las opciones del futuro,
le parece que puede decidir y elegir.

Aunque es más probable que siga unas,
y poco probable que esté en otras,
el plano contiene infinitas líneas.

Todas existen, así nunca las recorra.

Lo que pudo ser,
si eligió la izquierda en lugar de la derecha,
si eligió continuar en lugar de desviarse.

Cada opción ha sido elegida,
cada decisión ha sido tomada,
cada punto existe,
aunque cada uno solo recuerde
las que lo trajeron ahí.

Quizás algunas veces
el viento incomprensible
haga ondear el plano
y en un pliegue se toquen dos líneas.

Y el punto se sorprenda
mientras toca los recuerdos
de otra realidad.

Preguntándose si esos fantasmas,
si él mismo, reflejado,
son verdad o una ilusión.

Un día,
como una chispa que se apaga,
su estela no se verá,
aunque el viaje siga
pero con otro color.

En una misma línea
se pudiera unir ambas vidas.
Y, a veces, así le parece,
cuando voltea para recordar.

¿Qué declara tu historia?