Si volviera

Eran unos cabellos tan hermosos que, no importaran cuan largos o cortos pudieran estar, no podía dejar de admirarlos. Muchas veces, sentí que el tiempo se detenía cuando ella pasaba a mi lado y dejaba un poco de su perfume suave flotando en el aire.

Ahora, no puedo decir que recuerde el perfume. No lo puedo evocar. Pero sé que, si volviera a aspirarlo, llevaría mi memoria hacia aquellos días, a aquella casa, donde la madera lustrosa del piso hacia eco a los muchos pasos que se perdían entre los pasillos, y hacia el jardín, con el pequeño estanque recibiendo la caída del manantial.

Ella pasaba la mano entre las ondas, como peinando el agua con sus dedos. Yo, a su lado, miraba como encantado la luz que se reflejaba. Ella no quería mirarme. Quizás porque podría encontrar a mis ojos esperándola para llevarla a donde temía ir todavía. Yo no quería mirar sus ojos. Quizás para que ella pudiera encontrarme sin sentir miedo.

Hacía un momento, había calor, el sol brillaba y el agua despedía destellos entre sus dedos. De pronto, hizo frío, y éramos simplemente dos niños sentados junto a un estanque, oyendo que llamaban para ayudar en la mesa. Ella dejó de hacer dibujos en el agua y se puso de pie. Empezó a caminar. Yo no quería que se fuera; quería que volviera, junto con el aroma de sus cabellos y el sol flotando en su mano. Pero el frío llenaba todo, mientras el tiempo se iba, haciendo tictac con cada paso de ella al marcharse. Dije su nombre en mi corazón, pero ella no podía oírlo, ni voltearía.

La alcancé antes de que llegara al pasillo. Y me miró. ¿Por qué de pronto sentía al sol, si el techo nos cubría? ¿Por qué de pronto había silencio, si el manantial siempre cantaba? Sus ojos brillaban. Su perfume se iba haciendo intenso. Su respiración era tibia. Su piel era suave.

Si volviera a sentir sus labios, volvería a estar allí, junto a ella.

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