La oración del cazador



Sobre la tierra helada, el hielo y la nieve han cubierto de blanco el paisaje cuando la ventisca ha cesado.

También el silencio parece estar en todas partes. Y sobre el sendero que bordea la montaña, aún el viento ha callado, mientras camina lentamente el cazador, oyendo el sonido de sus propios pasos.

Se detiene, triste y cansado, pensando que hubiera sido mejor quedarse en la cueva, en lugar de salir para intentar conseguir algo que los dioses no quieren entregar.

Viejas cintas de cuero sujetan la piel que lo cubre, y unas bolsas, llenas de hierba seca, envuelven sus pies antes de ser calzados por sandalias de fibra trenzada, atadas con fuerza a sus tobillos. Una larga vara, que usa como bastón, se hinca en la nieve. Suspira. Debe proseguir.

En su cesto, un pequeño trozo de carbón, que mantiene encendido envuelto en hojas verdes, le podrá dar fuego una noche más. Por otra parte, se da cuenta de que tardará no menos de dos días en salir de las tierras del tigre. Resopla. Apresura el paso.

Había creído que podría hallar alguna pieza antes que la tormenta creciera. Algún animal que se atrasara o se hubiera perdido mientras los demás buscaban refugio. Algo que llevar a su hogar, y pudieran comer. Pero la ventisca había llegado de pronto y lo había obligado a ir cada vez más lejos, hasta llegar al otro lado de la montaña, donde ahora estaba, para buscar refugio. El fuerte viento no le deja levantar la mirada. Deslizándose a tientas bajo una loma, se mete en una grieta que abrió en el hielo.

En otras circunstancias, nunca hubiera pensado en adentrarse en esa región, dónde sólo vive el tigre de los largos colmillos. Mientras durara la ventisca, estaría a salvo. Pero tendrá que apresurarse en dejar la montaña en cuanto el tiempo mejorara.

Al salir, después de una noche tan larga como tres días, agradece que el dios de la tormenta ha pasado sin llevárselo.

Luego busca el camino hasta que, un poco más tarde, se encuentra recorriendo el estrecho sendero que bordea la montaña, sobre el abismo, de regreso al otro lado. En el silencio después de la tormenta, nota pronto el eco de sús pasos. Aminora la marcha. Aún siente el susurro de su respiración.




De pronto, algo llama su atención. Al inicio de la curva a la que se aproximaba. Un susurro más tenue que el de su propio aliento. Allá, frente a él.

Siente al miedo acariciar su espalda.

Se queda inmóvil, hasta descubrir unos ojos amarillos, no muy lejos, mirándolo. Y luego el cuerpo blanco del tigre, agazapado, confundido con la nieve.

En un latido, decide que ya no puede retroceder sin que lo alcance.

Otro latido, y sus ojos ven, casi sin girar, la distancia de un salto imposible hasta el otro lado del precipicio.

Un latido más, imagina si podrá coger el arco y disparar alguna flecha antes de que la fiera lo haya alcanzado. No; tal vez de tomar el hacha. O al menos su cuchillo.

Unos copos de nieve van cayendo lentamente.

El tigre alza su rosada nariz, y aspira, despacio. Luego, enorme, se levanta. Y comienza a caminar hacia él.

Pronto, su mano ha encontrado el cuchillo tallado y la otra el hacha de piedra, y se ha puesto en guardia, con ambas armas frente a él.

Ahora, el tigre se ha agazapado otra vez. Su nariz rosada vuelve a hundirse en la nieve, y sólo quedan otra vez los grandes ojos amarillos, mirándolo.

Quizás, suplica en su mente, nunca haya visto un hombre y dude en atacarlo.

Demasiado pronto, el tigre vuelve a alzarse y a avanzar hacia él.

Antes de que se acerque más, prueba una última cosa. Grita. Como un rugido. Fuerte. Quizás lo asuste. Quizás se confunda y se vaya. Oh, dioses, quizás lo haga.

El tigre se detiene, como si vacilara. Sin embargo ahora que está más cerca y puede ver mejor en sus ojos amarillos, se le van las esperanzas. Tal vez nunca haya visto a un hombre y tenga miedo, pero conoce los ojos desesperados de un cazador hambriento

El tigre empieza a gruñir.

Sin saber que otra cosa hacer, vuelve a gritar y avanza un paso para intentar asustarlo.

No debió hacerlo. El tigre enseña sus enormes colmillos y le lanza un rugido atronador. Tan fuerte como lo cuentan los viejos cazadores que alguna vez lo oyeron. Con sus manos se ha cubierto los oidos, deseando desesperado que ya pare. El rugido se detiene, pero empieza otra vez, más fuerte. Trata de mantenerse firme pero ya ha doblado las rodillas. Entonces el tigre va hacia él.


Un trueno lejano parece acompañarlo. Quizás sea el eco en sus oídos. Quizás sea el eco en la montaña. Pero se va haciendo más fuerte y la tierra empieza a temblar. Viene de arriba, donde la nieve de los altos picos se ha desprendido. Es el estruendo de una avanlancha que va cayendo hacia ellos. Pero al tigre no parece importarle; no huye, sino que acelera el paso hacia donde está. Él retrocede, tratando de mantener en alto las armas. Alrededor, la nieve se va desprendiendo. El tigre viene corriendo. La avalancha también está por llegar. Entre el estruendo y sus propios latidos, su mirada busca ansiosa alguna grieta en la que pueda meterse. Parece haber algo a un lado, y corre hacia allá. El rugido del tigre truena otra vez, yendo a su encuentro. Sus garras los impulsan y cae sobre él frente a la grieta. La nieve los sepulta.

Un rato después, ha vuelto el silencio a la montaña.

De pronto, la nieve se agita y el cazador logra salir de la grieta cubierta de nieve. Cerca de él, medio cubierto de hielo, yace el cuerpo del tigre. Se acerca; aún está vivo. Encuentra su cuchillo cerca. Mientras se prepara para matarlo, va pensando que, además de carne, podrán tener también una buena piel. Esta intacta. Sin embargo, un hilo de sangre mancha la nieve. Y las garras del tigre. Sin quererlo creer, el cazador nota su propia herida sangrante.

Quizás no sea grave, se miente.

Finalmente, baja el cuchillo, pensando en su suerte. Ahora se da cuenta de que el tigre es una hembra. Y además amamantando. Es enorme, pero está muy flaca. Debe haber salido a cazar y volvía a su cueva, como él. Que mala fortuna el que se hayan encontrado, pensó. En el silencio, siente otra vez un susurro, pero ya no del tigre. Viene de la grieta, detrás.

Dentro de la cueva, descubre a los cachorros.

Después de atar las patas de la madre, consigue arrastrarla, a duras penas, al interior. Exhausto, se queda recostado a su lado, contemplando el rastro rojo que su propia sangre ha pintado desde la entrada. Hace frío.

Aunque siente tristeza, el cazador va considerando sus posibilidades. Está lejos de casa, mal herido y ahora, aún sin saber si conseguirá volver, deberá matar a un animal al que no quiere matar. Y, sin ella, morirán todos los demás en la cueva.



Sin saber bien que hará, saca el trozo de carbón de su cesto, reune la hierba seca que guarda bajo su ropa, y enciende una hoguera. Parece que los cachorros sienten el calor que se va haciendo en la madriguera. Pero él sólo siente más frío. Tirita.

El cazador piensa en su esposa y sus hijos; ojalá estén bien. Para él, por su parte, está claro que ya no hay oportunidad. Coge el cuchillo y se acerca a la madre. Le corta las ataduras.

Cuando la madre despierte se abalanzará sobre él. Quizás podría intentar huir, pero decide que será mejor así. Ora a los dioses por que alguien ayude a su esposa. Y ora también para que cuando muera, su cuerpo pueda servirles bien a estos tigres.

Unos ojos despiertan y pronto ven al cazador sentado junto al fuego. Ambos se miran. Él cierra los ojos y ella salta sobre él.


Por la mañana, la mujer del cazador llama a sus hijos para que le ayuden. Cerca de su hogar ha encontrado el cuerpo de un gran tigre de largos colmillos. Debe haberlo sorprendido la ventisca mientras cazaba. Está delgado, pero podrán tener de él comida y abrigo.

Quizás nunca lo sepan pero aquel tigre, antes de morir, también hizo la misma oración.

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