Por el camino mis pies iban dejando su huella en el polvo. Pasó junto a mi una nube de agua. Seguí su paso y extendí mi brazo para tocarla. Mis dedos rasgaron el agua fresca.
Me detuve, y vi cientos de otras nubes que el viento iba empujando desde el mar. Flotaban a poca distancia del suelo y se movían con lentitud. Parecían un rebaño de vacas desplazándose hacia los prados. Solo que eran de agua y flotaban al viento en lugar de caminar.
Corrí a alcanzar a la primera nube que había visto. El agua estaba tan clara que podía ver a través de ella. La luz del sol la atravesaba y formaba figuras de luz en el suelo. Las figuras se movían cuando el viento hacía vibrar la plácida superficie de la nube. Le di un pequeño golpe y las ondas se expandieron y se cruzaron. Luego volvió la calma.
Como tenía calor, decidí darme un baño. Traté de meterme en la nube por un costado, pero solo lograba que cambiara de dirección. Corriendo tomé impulso y traté de montarla, pero caí por el otro lado. Me levanté y avancé para colocarme en su camino. Aguardé frente a ella a gatas. Cuando llegó a mi, junté mis palmas y clavé mis brazos. Sentí que de pronto me absorbía y cerré los ojos cuando entró mi cabeza y luego todo mi cuerpo. Contuve la respiración hasta que el agua me llevó a flote hasta la parte de arriba.
Necesitaba mover un poco mis manos para evitar resbalarme por una orilla. Luego de un rato, la agitación del agua pasó. Flotando de espaldas, contemplaba el cielo azul con una sonrisa, mientras mi vaca de agua me llevaba.
De cuando en cuando, dos nubes se tocaban y se fundían. Entonces ganaban también más altura. Mi nube se fundió con otras un par de veces y ya estábamos más alto que los árboles.
Alcanzamos a una nube mayor. Ibamos pasando debajo de ella, muy cerca, y estiré mis brazos. Dejé que me absorbiera. Aguanté la respiración y salí nuevamente a flote.
Sobre mí flotaban multitud de nubes. Cada nube más alta debía ser de mayor tamaño. Cuando dos se tocaban, formaban una nube mayor y subían.
Feliz de acompañar a las nubes en su vuelo, no pensaba en nada más. Aunque el cielo se iba poniendo más azul, no sentía frío. Sin darme cuenta, me quedé dormido.
Cuando desperté, seguía sintiendo la caricia del agua. En el cielo oscuro, un enjambre de estrellas brillaba.
Traté de distinguir algo más, pero todo lo demás parecía oscuridad. Alrededor y debajo de mi. Pero no sentía miedo.
De pronto, las estrellas desaparecieron.
Levanté una mano y sentí el agua. Debíamos estar pasando debajo de una nube mayor.
No sabía a donde me conduciría este viaje. Estiré mis brazos y me dejé absorber.
Abrí los ojos mientras ascendía. Era un ascenso mucho más largo que los anteriores. No sabía cuánto faltaría para llegar a la superficie. Ya no podía más. Sentí que aspiraba el agua, pero no sentí dolor. Era ligera, suave y tibia.
Seguí subiendo y subiendo, durante no se cuanto tiempo. Poco a poco, una especie de aurora empezó a iluminar todo, por todas partes. De pronto, la claridad fue aumentando, y distinguí un brillo lejano. La luz dorada se fue haciendo más intensa. Nadaba en luz.
Amaneció. Entonces, nací.
7 de agosto de 2014
6 de agosto de 2014
Leyendo con Leo
Cada vez que él llegaba, apenas le saludaba, y se iba rápido hacia los estantes de libros. Tomaba aquel que había estado leyendo, o buscaba alguno nuevo que le interesara. Luego se encaramaba al sofá que estaba junto a la ventana y se recostaba a leer.
No estaba segura de qué tanto leería, porque casi no había libros para niños. Pero notaba que a él no le importaba, y dejaba que lo intentara.
A la hora de la merienda, lo llamaba a la mesa y él se acercaba despacio, siempre con timidez. Nunca se sentaba. Bebía rápido el té con canela, cogía el panecillo, se lo metía en el bolsillo y se iba corriendo a la puerta. Gracias, decía bajito, antes de cerrar la puerta.
La señora Susana se asomaba al balcón y lo seguía con la vista, calle arriba, hasta que el sonido de la tetera volvía a llamarla a la cocina.
Leo pensaba que la señora de la tienda era la más buena, porque le dejaba mirar los libros que tenía en su casa. Le gustaban los que tenían figuras, y posaba su vista en las palabras que aparecían en el costado hasta que entendía lo que decían.
Luego volvía a su casa y le contaba a su mamá todo lo que había aprendido. Su mamá asentía y se reía, luego lo mandaba a la cama. Le dejaba su panecillo en la mesa y ella le daba un beso y una palmada. Tal vez más tarde lo comería con su papá.
En la noche, soñaba que tenía un lápiz y escribía los libros que la señora buena guardaba en su estante.
En el colegio, unos años después, le enseñaron a leer de otro modo. Iba repitiendo los sonidos hasta que se formaban palabras y frases y algún significado. Era más largo, pero también parecía funcionar.
La señora Susana le seguía dejando subir a leer a su casa. Para ella se había vuelto difícil leer, así que ahora disfrutaba leyéndole sus libros.
Pero no los leía como le enseñaban en el colegio, sino como lo había aprendido por sí mismo. Era natural que la forma de una frase le dijera lo que significaba, y él se lo decía a la señora, con las palabras que conocía.
Así que conservó esas dos maneras de leer. Podía leer repitiendo los sonidos de las palabras, o podía leer contando lo que las palabras le decían.
Cuando la señora Susana Lee se fue a donde se van las almas buenas, le dejó su estante con todos sus libros. Su papá le ayudó a llevarlos. Él fue detrás en la camioneta, sentado sobre las cajas y contemplando el balcón desde donde la señora se despedía de él, agitando su mano, cada tarde.
Así fue como llegaron a su casa tantos libros en chino. Y así fue como conoce tantas historias de China. Y así fue como sabe que hay maneras mágicas de que algunas cosas sucedan en el mundo.
5 de agosto de 2014
Siempre Libre
Puede ser bastante nuestra obsesión por saber qué es lo que vendrá, por estar preparados, por tratar de controlar nuestro destino. Nuestra noción de auto determinación, de libre albedrío, es algo tan inculcado, que nos es difícil imaginar que no sea así.
Y la verdad es que no es así. Tardé mucho en comprenderlo. Yo era feliz, en cierto modo. Siempre sonreía. Cuando la noche pasaba y se hacía la luz, mi cuerpo se elevaba en el milagro del nuevo día. La música de la vida sonaba y, de pronto, mi cuerpo podía moverse otra vez. Volvía a verla, a la princesa, mi amor. A mis amigos, danzando alrededor de nosotros. A mi corcel, sobre el que galopaba hasta encontrar al peligroso dragón, con el que finalmente me enfrentaba y al que vencía.
Cada vida era única para todos. Nadie más recordaba que hubiera estado antes, conmigo, todos juntos. Solamente yo.
¿Por qué parecía repetirse una y otra vez la misma historia? Quizás había una lección que debía aprender y volvería a ocurrir, una y otra vez, hasta que lo hiciera.
Cada vida que vivía, aunque ocurría lo mismo, la vivía de modo algo distinto. Siempre amaba a mi princesa, pero notaba de ella otros detalles, otros rasgos. Y de los danzarines. Y del dragón. Y de mi fiel corcel.
La sonrisa de mi amada era dulce, pero solitaria. Los danzarines eran vibrantes, pero parecían ir sin rumbo. Mi corcel era fiel, pero parecía querer ir más allá de donde yo lo podía llevar. El dragón era temible, pero tenía un buen corazón.
Quizás era por tanto vivirla, que empezaba a entender mi vida de otro modo.
Ocurrió que desperté a la vida, y en la penumbra de este nuevo amanecer, distinguí que había como unos lazos que conectaban mi cuerpo con el cielo, más allá de donde me era posible distinguir.
Cuando se hizo la luz por completo, y me puse de pie, y caminé, se me hizo claro que lo hacía impulsado por una energía que estaba más allá de mi. Me sentí bendecido, lleno de un poder que se me revelaba de pronto.
También habían lazos que salían del cuerpo de mi amada princesa, de los danzarines, de mi corcel y del dragón. Algunos más sutiles que otros.
Aprendí a sentir esa energía que me permitía estar vivo. Mi princesa, aunque me amaba, no podía comprender lo que yo veía cuando se lo contaba. Siempre vivíamos felices para siempre, pero me hubiera gustado que también me comprendiera.
Ahora ha llegado a mi una repentina idea. De si en verdad decido yo conocer a la princesa, conquistar su amor, buscar al dragón y vencerlo. O si solo soy como una una piedra que rueda cuesta abajo y se imagina que decide que va a la derecha o la izquierda, cuando en realidad simplemente sigue el camino que tenía que seguir.
¿Será que estos lazos no me dan energía para vivir, sino que son el medio para controlarme? He sentido que se tensa el lazo de mi brazo, cuando tengo ganas de moverlo. También cada uno de los otros. Y el de mi cabeza. Yo siento que miro a donde quiero mirar, pero en verdad debo admitir que siento el lazo tensarse y entonces lo hago.
Si es así, entonces quizás formamos parte de un plan mayor. Y tal vez no tenemos otra opción que ser parte de él.
Pero no puede ser, somos libres, me dice la princesa con su hermosa sonrisa. Mira, dame un beso ahora, me susurra. Y le doy un beso. Y ella sonríe, complacida. Y sonrío también, feliz, a pesar de todo. Sin decirle que le doy ese mismo beso en cada vida.
Y la verdad es que no es así. Tardé mucho en comprenderlo. Yo era feliz, en cierto modo. Siempre sonreía. Cuando la noche pasaba y se hacía la luz, mi cuerpo se elevaba en el milagro del nuevo día. La música de la vida sonaba y, de pronto, mi cuerpo podía moverse otra vez. Volvía a verla, a la princesa, mi amor. A mis amigos, danzando alrededor de nosotros. A mi corcel, sobre el que galopaba hasta encontrar al peligroso dragón, con el que finalmente me enfrentaba y al que vencía.
Cada vida era única para todos. Nadie más recordaba que hubiera estado antes, conmigo, todos juntos. Solamente yo.
¿Por qué parecía repetirse una y otra vez la misma historia? Quizás había una lección que debía aprender y volvería a ocurrir, una y otra vez, hasta que lo hiciera.
Cada vida que vivía, aunque ocurría lo mismo, la vivía de modo algo distinto. Siempre amaba a mi princesa, pero notaba de ella otros detalles, otros rasgos. Y de los danzarines. Y del dragón. Y de mi fiel corcel.
La sonrisa de mi amada era dulce, pero solitaria. Los danzarines eran vibrantes, pero parecían ir sin rumbo. Mi corcel era fiel, pero parecía querer ir más allá de donde yo lo podía llevar. El dragón era temible, pero tenía un buen corazón.
Quizás era por tanto vivirla, que empezaba a entender mi vida de otro modo.
Ocurrió que desperté a la vida, y en la penumbra de este nuevo amanecer, distinguí que había como unos lazos que conectaban mi cuerpo con el cielo, más allá de donde me era posible distinguir.
Cuando se hizo la luz por completo, y me puse de pie, y caminé, se me hizo claro que lo hacía impulsado por una energía que estaba más allá de mi. Me sentí bendecido, lleno de un poder que se me revelaba de pronto.
También habían lazos que salían del cuerpo de mi amada princesa, de los danzarines, de mi corcel y del dragón. Algunos más sutiles que otros.
Aprendí a sentir esa energía que me permitía estar vivo. Mi princesa, aunque me amaba, no podía comprender lo que yo veía cuando se lo contaba. Siempre vivíamos felices para siempre, pero me hubiera gustado que también me comprendiera.
Ahora ha llegado a mi una repentina idea. De si en verdad decido yo conocer a la princesa, conquistar su amor, buscar al dragón y vencerlo. O si solo soy como una una piedra que rueda cuesta abajo y se imagina que decide que va a la derecha o la izquierda, cuando en realidad simplemente sigue el camino que tenía que seguir.¿Será que estos lazos no me dan energía para vivir, sino que son el medio para controlarme? He sentido que se tensa el lazo de mi brazo, cuando tengo ganas de moverlo. También cada uno de los otros. Y el de mi cabeza. Yo siento que miro a donde quiero mirar, pero en verdad debo admitir que siento el lazo tensarse y entonces lo hago.
Si es así, entonces quizás formamos parte de un plan mayor. Y tal vez no tenemos otra opción que ser parte de él.
Pero no puede ser, somos libres, me dice la princesa con su hermosa sonrisa. Mira, dame un beso ahora, me susurra. Y le doy un beso. Y ella sonríe, complacida. Y sonrío también, feliz, a pesar de todo. Sin decirle que le doy ese mismo beso en cada vida.
4 de agosto de 2014
Un poco de arena
Es tiempo de encontrar alguna vía alterna. La tela que cubre la entrada de la tienda se agita con el viento del atardecer, cada vez más frío. El sol desciende rápido. Su luz dorada ya extiende largas sombras sobre las dunas.
La nieve de las montañas brilla como oro bajo el turquesa del cielo.
¿Es así de hermosa la puerta al paraíso?, se pregunta Jacob. Luego, baja la vista, avergonzado de jugar con la idea de abandonarse. Pero está cansado, y hace frío, y quisiera tanto dormir por fin.
Se levanta y sale de la tienda con lentitud. El beso de la brisa le entumece las mejillas. Su ropa se agita. La arena empieza a levantarse aquí y allá.
Sube corriendo hasta una loma cercana. En su cima, va girando. El sol empieza a besar el horizonte. El viento viene de allí. Si en la mañana corre en dirección contraria, caminará cara al viento con la esperanza de llegar al mar. Luego, quién sabe. Lo que ahora tiene que encontrar es un sitio donde pasar la noche a salvo. Le parece que tras esa duna estará bien. Desciende de prisa.
Ha terminado de desarmar la tienda para cuando el sol se ha ocultado. Las estrellas no han tardado en aparecer. Empieza a sentir con más frecuencia la arena salpicándole a la cara.
Llega a la cima de la montaña con el viento silbando y empujándole la espalda. Luego baja y le parece todo tan silencioso. La duna lo protege como una muralla. A sus pies, levanta la tienda.
Entra y se envuelve en sus mantas. Temblando, saca un poco de pan de una bolsa y come. Sin darse cuenta, al fin, duerme.
Despierta. Aún es de noche. No oye ni siquiera el susurro de la ventisca saltando sobre la duna. Se asoma en la entrada de la tienda. Todo es silencio y oscuridad. Excepto arriba, donde las estrellas se esparcen como diamantes sobre el terciopelo de la noche. Ninguna constelación le es familiar.
Sube a la cima de la duna. Agradece que la ventisca haya cesado.
Debajo de su túnica encuentra una pequeña tablilla. Pasa su mano y parece como si se volviera un espejo del cielo. Recupera la imagen que tomó la noche anterior y le pide a la computadora que muestre las diferencias. Un pequeño punto brillante aparece a media altura. Allí estás, le dice. Al fin.
Calcula la órbita del satélite, y se da cuenta de que llegará al cenit en unos minutos. No tiene mucho tiempo. Envía la solicitud de sincronización. En unos segundos, el satélite responde confirmando el inicio.
Baja a toda prisa hacia la tienda. Si no es ahora, no sabe cuándo volverá a tener otra oportunidad. Tiene que empacar todo y tender el lazo. Suena un pitido indicando que ha fallado el primer intento de sincronización. Habrá dos más. Revisa el cronómetro en la tablilla. Diez minutos. No hay modo. Pero si deja algún vestigio luego tendrá que volver a recogerlo. Tal vez haya un modo.
Toma una decisión. Saca el lazo. Cuelga el rollo de color esmeralda alrededor de su cuello. Luego carga la mochila. Ocho minutos.
Quita las anclas de la tienda. Siete minutos. No hay tiempo para empacar. Ata un extremo del lazo a una de las varillas y echa a correr desenrollando el lazo.
Una delgada línea roja se va extendiendo sobre la duna. Cuando llega a su límite, empieza a arrastrar la tienda tras de sí. Suena el segundo pitido. Cinco minutos. Aún está a mitad de llegar a la cima.
Llega jadeando y revisa el contador. Tres minutos. Jala lo más rápido que puede del lazo. La arena zumba mientras la tienda va siendo arrastrada cuesta arriba.
Llega hecha un desorden. No importa. Un minuto. Desengancha el lazo y empieza a tenderlo alrededor de los materiales. Va corriendo, esperando no dejar nada fuera del círculo. Ni siquiera hay tiempo de ver el cronómetro. Ve cerca el extremo inicial. Se lanza y conecta ambos. Se queda en silencio. Un largo pitido indica el tercer intento de conexión, esta vez satisfactorio. Gira hacia el interior del círculo y queda boca arriba, de cara al cielo, sonriendo. El satélite se va acercando al cenit. La computadora indica la apertura del puente. Un halo azul parece elevarse hacia el cielo. Siente que va cayendo en el agujero determinado por el lazo.
Quizás luego tenga que limpiar un poco de arena en la estación, pero es mejor que estar varado.
La nieve de las montañas brilla como oro bajo el turquesa del cielo.
¿Es así de hermosa la puerta al paraíso?, se pregunta Jacob. Luego, baja la vista, avergonzado de jugar con la idea de abandonarse. Pero está cansado, y hace frío, y quisiera tanto dormir por fin.
Se levanta y sale de la tienda con lentitud. El beso de la brisa le entumece las mejillas. Su ropa se agita. La arena empieza a levantarse aquí y allá.
Sube corriendo hasta una loma cercana. En su cima, va girando. El sol empieza a besar el horizonte. El viento viene de allí. Si en la mañana corre en dirección contraria, caminará cara al viento con la esperanza de llegar al mar. Luego, quién sabe. Lo que ahora tiene que encontrar es un sitio donde pasar la noche a salvo. Le parece que tras esa duna estará bien. Desciende de prisa.
Ha terminado de desarmar la tienda para cuando el sol se ha ocultado. Las estrellas no han tardado en aparecer. Empieza a sentir con más frecuencia la arena salpicándole a la cara.
Llega a la cima de la montaña con el viento silbando y empujándole la espalda. Luego baja y le parece todo tan silencioso. La duna lo protege como una muralla. A sus pies, levanta la tienda.
Entra y se envuelve en sus mantas. Temblando, saca un poco de pan de una bolsa y come. Sin darse cuenta, al fin, duerme.
Despierta. Aún es de noche. No oye ni siquiera el susurro de la ventisca saltando sobre la duna. Se asoma en la entrada de la tienda. Todo es silencio y oscuridad. Excepto arriba, donde las estrellas se esparcen como diamantes sobre el terciopelo de la noche. Ninguna constelación le es familiar.
Sube a la cima de la duna. Agradece que la ventisca haya cesado.
Debajo de su túnica encuentra una pequeña tablilla. Pasa su mano y parece como si se volviera un espejo del cielo. Recupera la imagen que tomó la noche anterior y le pide a la computadora que muestre las diferencias. Un pequeño punto brillante aparece a media altura. Allí estás, le dice. Al fin.
Calcula la órbita del satélite, y se da cuenta de que llegará al cenit en unos minutos. No tiene mucho tiempo. Envía la solicitud de sincronización. En unos segundos, el satélite responde confirmando el inicio.
Baja a toda prisa hacia la tienda. Si no es ahora, no sabe cuándo volverá a tener otra oportunidad. Tiene que empacar todo y tender el lazo. Suena un pitido indicando que ha fallado el primer intento de sincronización. Habrá dos más. Revisa el cronómetro en la tablilla. Diez minutos. No hay modo. Pero si deja algún vestigio luego tendrá que volver a recogerlo. Tal vez haya un modo.
Toma una decisión. Saca el lazo. Cuelga el rollo de color esmeralda alrededor de su cuello. Luego carga la mochila. Ocho minutos.
Quita las anclas de la tienda. Siete minutos. No hay tiempo para empacar. Ata un extremo del lazo a una de las varillas y echa a correr desenrollando el lazo.
Una delgada línea roja se va extendiendo sobre la duna. Cuando llega a su límite, empieza a arrastrar la tienda tras de sí. Suena el segundo pitido. Cinco minutos. Aún está a mitad de llegar a la cima.
Llega jadeando y revisa el contador. Tres minutos. Jala lo más rápido que puede del lazo. La arena zumba mientras la tienda va siendo arrastrada cuesta arriba.
Llega hecha un desorden. No importa. Un minuto. Desengancha el lazo y empieza a tenderlo alrededor de los materiales. Va corriendo, esperando no dejar nada fuera del círculo. Ni siquiera hay tiempo de ver el cronómetro. Ve cerca el extremo inicial. Se lanza y conecta ambos. Se queda en silencio. Un largo pitido indica el tercer intento de conexión, esta vez satisfactorio. Gira hacia el interior del círculo y queda boca arriba, de cara al cielo, sonriendo. El satélite se va acercando al cenit. La computadora indica la apertura del puente. Un halo azul parece elevarse hacia el cielo. Siente que va cayendo en el agujero determinado por el lazo.
Quizás luego tenga que limpiar un poco de arena en la estación, pero es mejor que estar varado.
3 de marzo de 2014
El sonido del espacio
En el espacio no hay sonidos. Cuando un cañón dispara el láser, y vemos rasgar la cubierta de una nave, en medio de hebras de vapores e incandescencia, todo ocurre en silencio. No es como en la tierra, donde se siente el zumbar del rayo que se acerca, al metal crujiendo cuando se parte, el fuego crepitando, las explosiones... en el espacio no hay aire para que el sonido sea posible, y nada de eso ocurre.
En los días de las primeras batallas espaciales, todo sucedía en ese silencio. Los sobrevivientes regresaban a sus bases completamente desorientados, abrumados... casi todos entendían lo que había pasado recién cuando se hacía la reconstrucción... entonces se daban cuenta de que habían ganado.
A pesar del apoyo radial desde el centro de comando y las alertas de la computadora a bordo, todo era como un mar de confusión.
Entonces, hubo un piloto ingeniero que tuvo una genial idea. Modificó el sistema de alertas de su nave para que usara sonidos falsos. Básicamente, los sensores captaban los eventos y su programa les ponía sonido. Así, cuando alguien disparaba un cohete, oía un estruendo. Si el cohete se le iba acercando, un rumor grave iba aumentando de intensidad. Si le disparaba con su láser, oía un zumbido. Cuando había una explosión era un bum, como en un video juego. De hecho, usó la biblioteca de sonidos de uno de esos juegos.
Cuando este sistema se planteó en el entrenamiento, hubo mucho entusiasmo, pero lamentablemente los administrativos no lo tomaron en serio y la burocracia no dejó que la idea se desarrollará tan rápido como hubiera sido posible.
Hubo por esos días un enfrentamiento imprevisto en el espacio. Aquellos que por iniciativa propia tenían instalado el sistema de sonidos falsos sobrevivieron. Todos. A partir de allí, se hizo oficial el proyecto de apoyo sensorial.
Hoy, es natural que, cuando se aborda una nave, incluso las de uso civil, la computadora produzca sonidos falsos que nos ayudan a procesar mejor la experiencia. Cosas como el sonido de la cubierta al rasgar la textura del espacio, o el estruendo de otra nave acercándose, han demostrado su enorme valor, no sólo para los pilotos en el campo de batalla, sino en la navegación comercial, para que los pasajeros puedan sentirse más seguros y confortables con la experiencia del vuelo espacial.
En retrospectiva, las viejas películas de inicios del siglo XXI, que mostraban batallas espaciales llenas de efectos de sonido, fueron más proféticas que irreales. Es necesario un nivel de irrealidad para que podamos vivir en el espacio real.
Las mismas mejoras se hicieron eventualmente en el campo visual. Es posible ver las estrellas o el brillo de la tierra sin más ayuda que unos cristales protectores, pero es muy difícil adaptarse a los altos contrastes de luz y sombra, de oscuridad total y luego deslumbramiento total, que pueden ocurrir en una batalla.
En los primeros días, se elegía con cuidado un escenario propicio y se empleaban tapasoles y filtros para aminorar las molestias. Ahora, se usan imágenes falsas como ayuda. La computadora proyecta dentro de cada cabina una imagen de realidad mejorada que el piloto puede procesar con más facilidad. Hay menos contrastes de luz, tanto para descansar la visión como para facilitar la percepción del volumen. El sol se representa como un disco brillante, que no hiere la vista aunque se lo vea de frente. Las estrellas facilitan la orientación espacial y se representan completamente, incluso al lado del sol, cosa que es imposible en la vida real, por la gran diferencia de intensidades. También se hacen correcciones en la escala de colores para hacer lugar a las radiaciones infrarroja y ultravioleta, representándolas con tonos visibles.
Los mayores avances en el campo del apoyo sensorial se realizaron luego del contacto extraterrestre y la defensa por el intento de invasión.
Las naves extraterrestres que íbamos capturando nos mostraron que ellos también usaban un sistema de ayuda sensorial para la navegación en el espacio. Aunque sus sentidos son diferentes y no los entendemos completamente, fue posible determinar que tienen un órgano visual equivalente al nuestro, pero en otro rango de frecuencias. Cuando tomamos eso en cuenta, pudimos colorizar sus naves y descubrimos los signos que las cubrían. Empezamos a aprender a leer la jerarquía dentro de sus formaciones de ataque, sus señales de colores y sus signos.
Nuestro nivel tecnológico está lo suficientemente a la par como para contenerlos mientras tratamos de averiguar qué exactamente quieren de nosotros.
13 de octubre de 2013
Antes de la cosecha
Y Dios dijo: Hagámos que pueda hacerse a sí mismo a su imagen y semejanza...
-- Otra Biblia
- Ha evolucionado y algunas de las especies han llegado a tener conciencia de su propia existencia.
- Fascinante -susurró el doctor-. Creo que el experimento resultó más fructífero de lo esperado. Entonces, ¿ya todo quedó registrado?
- Sí, señor.
- ¿Y han hecho también autoimpresiones?
- ¿Disculpe, señor?
- Bueno, siempre que hay alguna especie con conciencia de su propia existencia es posible grabar una autoimpresión. La suma de los conocimientos adquiridos como especie. Sería interesante tenerlas.
- Para sus estudios comparativos, supongo.
- Así es, capitán -sonrió el doctor-. Todos somos más similares de lo que suponemos.
- Bueno, lo agregaré con gusto al protocolo final. Y recomendarlo para las demás misiones a partir de ahora. Para todos los mundos donde haya una cosecha tan buena como en Gaia.
Complacido, el doctor permaneció un momento en silencio, contemplando la esfera azul que tenía a sus pies.
- ¿Sabe algo, señor?
- Digame, capitán.
- En realidad, estaba haciendo una especie de autoimpresión rápida de una de las especies que más me llamó la atención.
El doctor volteó a mirarlo, con una sonrisa, como quién reconoce a un alma afín.
- Nada demasiado especial, sólo lo que podía permitirme como iniciativa personal -admitió con humildad-. Me alegra que me lo pida, así podremos hacerlo como es debido.
- Que bueno, capitán. Lo felicito por esa clase de iniciativa.
- Gracias, señor -aceptó, con calma-. Pero usé un catalizador tecnológico. Espero no le moleste demasiado.
- Oh, no se preocupe, capitán -le tocó el hombro-. No había planes de hacer nada más que la cosecha. Está bien. Entonces, ¿me adjuntaría también esa autoimpresión rápida, para considerarla en el análisis?
- Por supuesto, señor.
El doctor le dedicó una mirada paternal.
- Hay algo interesante que noté al hacer el análisis previo a usar el catalizador -se animó a contarle el capitán-. Espero pueda confirmarlo con las autoimpresiones que realicemos.
- ¿De qué se trata?
- Encontré algunos rastros de catalizadores anteriores.
- ¿Está seguro?
- Sí. Debería ser fortuita. No ha habido ninguna otra misión después de la siembra.
- Interesante. Eso habrá producido algún efecto que se reflejará en la autoimpresión...
- Así es, señor -se atrevió a interrumpirle. El doctor sonrió.- Y es ahí donde espero pueda resolver el misterio que encontré.
- ¿Misterio?
- De algún modo... en su lenguaje... usan una secuencia similar para referirse al planeta.
- ¿Qué quiere decir?
- Aunque usan señales visuales para recordar, si las traducimos a nuestro lenguaje, hay una correspondencia en el nombre.
- Es decir que...
- También le llaman Gaia, señor. ¿No es curioso?
10 de septiembre de 2013
Si volviera
Eran unos cabellos tan hermosos que, no importaran cuan largos o cortos pudieran estar, no podía dejar de admirarlos. Muchas veces, sentí que el tiempo se detenía cuando ella pasaba a mi lado y dejaba un poco de su perfume suave flotando en el aire.
Ahora, no puedo decir que recuerde el perfume. No lo puedo evocar. Pero sé que, si volviera a aspirarlo, llevaría mi memoria hacia aquellos días, a aquella casa, donde la madera lustrosa del piso hacia eco a los muchos pasos que se perdían entre los pasillos, y hacia el jardín, con el pequeño estanque recibiendo la caída del manantial.
Ella pasaba la mano entre las ondas, como peinando el agua con sus dedos. Yo, a su lado, miraba como encantado la luz que se reflejaba. Ella no quería mirarme. Quizás porque podría encontrar a mis ojos esperándola para llevarla a donde temía ir todavía. Yo no quería mirar sus ojos. Quizás para que ella pudiera encontrarme sin sentir miedo.
Hacía un momento, había calor, el sol brillaba y el agua despedía destellos entre sus dedos. De pronto, hizo frío, y éramos simplemente dos niños sentados junto a un estanque, oyendo que llamaban para ayudar en la mesa. Ella dejó de hacer dibujos en el agua y se puso de pie. Empezó a caminar. Yo no quería que se fuera; quería que volviera, junto con el aroma de sus cabellos y el sol flotando en su mano. Pero el frío llenaba todo, mientras el tiempo se iba, haciendo tictac con cada paso de ella al marcharse. Dije su nombre en mi corazón, pero ella no podía oírlo, ni voltearía.
La alcancé antes de que llegara al pasillo. Y me miró. ¿Por qué de pronto sentía al sol, si el techo nos cubría? ¿Por qué de pronto había silencio, si el manantial siempre cantaba? Sus ojos brillaban. Su perfume se iba haciendo intenso. Su respiración era tibia. Su piel era suave.
Si volviera a sentir sus labios, volvería a estar allí, junto a ella.
Ahora, no puedo decir que recuerde el perfume. No lo puedo evocar. Pero sé que, si volviera a aspirarlo, llevaría mi memoria hacia aquellos días, a aquella casa, donde la madera lustrosa del piso hacia eco a los muchos pasos que se perdían entre los pasillos, y hacia el jardín, con el pequeño estanque recibiendo la caída del manantial.
Ella pasaba la mano entre las ondas, como peinando el agua con sus dedos. Yo, a su lado, miraba como encantado la luz que se reflejaba. Ella no quería mirarme. Quizás porque podría encontrar a mis ojos esperándola para llevarla a donde temía ir todavía. Yo no quería mirar sus ojos. Quizás para que ella pudiera encontrarme sin sentir miedo.
Hacía un momento, había calor, el sol brillaba y el agua despedía destellos entre sus dedos. De pronto, hizo frío, y éramos simplemente dos niños sentados junto a un estanque, oyendo que llamaban para ayudar en la mesa. Ella dejó de hacer dibujos en el agua y se puso de pie. Empezó a caminar. Yo no quería que se fuera; quería que volviera, junto con el aroma de sus cabellos y el sol flotando en su mano. Pero el frío llenaba todo, mientras el tiempo se iba, haciendo tictac con cada paso de ella al marcharse. Dije su nombre en mi corazón, pero ella no podía oírlo, ni voltearía.
La alcancé antes de que llegara al pasillo. Y me miró. ¿Por qué de pronto sentía al sol, si el techo nos cubría? ¿Por qué de pronto había silencio, si el manantial siempre cantaba? Sus ojos brillaban. Su perfume se iba haciendo intenso. Su respiración era tibia. Su piel era suave.
Si volviera a sentir sus labios, volvería a estar allí, junto a ella.
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