3 de mayo de 2011

Viendo con la imaginación

Yo pensaba que había un pasado y uno recordaba las cosas del pasado.

Que había un futuro que aun no se formaba y que lo que uno veía acerca de él era sólo imaginación.

Porque uno podía actuar sobre la imaginación para ver lo que quisiera.

Ahora, entiendo que, sin actuar sobre ella, la imaginación te puede mostrar algo. A veces parecido al pasado que recordamos. A veces parecido al futuro que acontece.

Ahora, entiendo que estamos como sobre un mantel, rodeados de tiempo. Llamamos pasado a una de las líneas, y futuro al trazo que se le incorporará.

Pero hay mucho más existiendo también. Diversas versiones de pasados y de futuros.

Y todas ellas podemos ver cuando dejamos de controlar la imaginación, la liberamos, y dejamos que ella nos muestre lo que está allí afuera.

1 de mayo de 2011

La verdad que te cuentan

Ellos hablan como si lo hubieran vivido, como si fuera cierto aquello que sólo conocen de oídas.

Querían que fuera cierto lo que deseaban para que hubiera una justificación para cambiar las cosas, para encontrar un modo de ser lo que no les dejaban ser.

Los hechos dejaron de ser hechos y se convirtieron en opiniones. En apoyo al testimonio de alguien contra quien no querían. Dejaron de verificar las cosas. Empezaron a decidir qué era mejor decir, qué era mejor callar, qué era mejor torcer. Como todos lo hacían, sonreían como en una hermandad.

Intentaron volver verdad una mentira, repitiéndola tantas veces, convenciendo a mucha gente.

Pero, al hacerlo, se volvieron insensibles a la verdad. Porque esparcieron tanto perfume en el aire que ya no saben qué huele qué.

Cuando quieren volver a decir la verdad, queda algo en su andar, en su mirada, en la forma en que dicen las cosas. La gente ya no les cree todo.

El mundo ha cambiando mientras se cubrían los ojos, mientras se tapaban los oídos, mientras callaban.

Ojalá vuelvan a sentir la verdad. Ojalá dejen de actuar como si una sonrisa de suficiencia pudiera volver hecho una opinión o hiciera dorado al barro.

Lo que es, es. Y sería mejor decirlo y confiar en que es lo mejor.

26 de febrero de 2011

El esclavo y la princesa

En aquella estancia, ella estaba. La princesa. Bajo la luna, sus ojos le habían hablado. Sin palabras, le había dicho que viniera. Y él había ido.

Por entre muchas cortinas habían pasado. Las voces de los otros miles de guerreros fueron quedaron atrás. Y un suave perfume empezaba a envolverlo.

Oscuridad. Ninguna luz, excepto la del brillo de sus ojos. Ninguna palabra, excepto las que se pudieran decir sin hablar.

Ella llegó. El se hincó ante sus pies. Su esclavo eres, algo se lo decía. Su esclavo, le repetía.

Ella se arrodilló también. Él sabía que si levantaba la mirada, encontraría sus ojos. Y no sabía a dónde conduciría ese camino inimaginable.

Pronto pasará, algo se lo decía. Se levantará, te irás. Nunca debiste haberte acercado. Después, cuando alguna vez la princesa girara el rostro y sus miradas se cruzaran, aunque tú no puedas sino bajar la vista a tierra, ella podrá mantener su mirada sobre tus hombros avergonzados. Y así debe ser, porque eres esclavo.

La princesa se reirá de tí. De tus toscas manos. De tus hombros pesados. De tu lento andar y tu voz carente de música. Nada eres sino una sombra que ha mirado por casualidad. Cómo puedes pretender que te ha querido mirar.

Sentía las mismas ganas de huir que antes de cada batalla. Pero, entonces, le ordenaban seguir, y él seguía. Era un esclavo.

Esperaba el bastón que orientaría su torpe cabeza a la puerta por donde nunca debió haber entrado, y a la voz que le ordenara que se fuera, y él se iría.

Pero la princesa no se movió. Él sólo veía los pliegues de su vestido tocando el suelo, cerca a su frente. Tampoco habló. Él sólo escuchaba el suave sonido de su respiración. Y los nerviosos latidos de su propio corazón. Y a esa voz que le recordaba ser esclavo, una y otra vez.

- Princesa...

Y espero, como esperan todos los esclavos la voz del amo cuando pronuncian su nombre en un ruego.

La princesa no hizo nada.

- Princesa... lamento haberla molestado... -y quizo girar rápido, para poder marcharse sin mirar sus ojos, pero una mano lo detuvo.

- Princesa... -se arrodillo otra vez.

Siguieron así; él de rodillas, con la vista en el suelo; y ella también, sin que le dijera nada.

El tiempo fué pasando. Escuchaba la voz dentro de su mente atormentarle, diciéndole todo lo que tenía que decirle, y repitiéndoselo.

Finalmente, esa voz se cansó y hubo silencio. Aún el corazón ansioso se había cansado de esperar. Como ante las batallas que nunca llegan.

Cansado de estar de rodillas, sus piernas se movieron un poco. Sobresaltado por su impertinencia, contuvo la respiración, pero esta vez tampoco la princesa dijo nada.

Poco a poco, como para hacer imperceptible su pecado, fué acomodando sus  piernas, hasta quedar mejor sentado sobre el piso. Pero con la vista agachada siempre.

La princesa no se movia. Y el llegó a preguntarse si sería posible que se hubiera quedado dormida de rodillas.

Poco a poco fue levantando la vista, buscando alguna señal que le diera la respuesta antes de tener que tocar con su mirada el rostro que temia ver. Cuando llego a él, alli estaban sus ojos, mirándolo. Y agacho otra vez la mirada.

Avergonzado por haber osado sentarse frente a ella, se puso otra vez de rodillas.

Volvió a pasar el tiempo. Se volvió a cansar. Y, en su mente, un germen de enojo apareció. Por qué lo torturaba así la princesa. Él la había servido con lealtad. No era justo.

Sin embargo, nada podía hacer, excepto quizá volverse a sentar, y esperar que ella lo corriera de la estancia.

Así que se sentó, despacio, pero sin cuidar en disimularlo. Luego levantó la mirada y vió a la princesa a los ojos.

Entonces ella sonrió.

Sonrió también. Pero volvió a sentir miedo del camino inimaginable. La voz que en su mente lo llamaba esclavo vino otra vez. Sin embargo, como cuando llega una ola que no queremos enfrentar, dejó que pasara.

Se arrodilló otra vez, donde antes estuvo, pero ahora mirando los ojos que lo miraban. Sus manos toscas temblaban. Sus hombros le agobiaban. Sabia que cualquier cosa que pudiera decirle sonaría horrible. Aún sin moverse, sentía como si su alma se levantara para huir.

Ella tomó su mano, y su alma se detuvo.

La mano de ella era pequeña. Con cuidado la sostuvo, como si temiera que el roce de su piel aspera la llevara a retirarla. Ella acarició su piel aspera.

Sintió paz.

A lo lejos, la voz de una ola rompía otra vez en su mente, pero él ya no la oía.

18 de enero de 2011

Hana

El tiempo que venía a casa era el más brillante. Las flores que traía ponían color hasta en la penumbra de la solitaria habitación, y hacían dulce el respirar.

Mientras, afuera, la calle lanzaba a todos lados los gritos y la bulla de cada mañana, tras cruzar mi puerta ella traía la música en una risa.

Abría las ventanas, y dejaba que el viento agitara las cortinas. De un ramo, repartía colores entre los floreros. Tomaba un delantal y se ponía a limpiar o a cocinar.

Cantaba. Había como el sonido de un río en su voz, y como el susurro de los árboles cuando hablaba bajito, en la confidencia de los versos más apreciados, que pronunciaba con la mitad del corazón en otro lado.

Se acercaba a mí con la gentileza con que se trata a una flor en un macetero. Me saludaba con una sonrisa que probablemente era lo mejor que yo podría ver ese día. Con los ojos brillantes pronunciaba mi nombre y me preguntaba cómo había estado. Y era como un rayo de sol llegando, y yo abriendo mis pétalos a ese calor. A veces, mis labios parecían haberse movido un poco, quizás. Quizás alguna vez sonreí. Tal vez pudo algo de mi alegría lograr mover un músculo de mi rostro.

¿Por qué siente uno felicidad con cosas tan pequeñas? ¿Por qué no las sentí así antes, cuando podría haberme puesto de pie en un instante, y tomado su mano para bailar, y mirado sus ojos acercándose a mi con cada giro?

Ella toma mi mano, recorta las uñas. Pasa sus dedos por mis cabellos. Me lava, me viste. Como quien poda una planta, como quien riega una flor.

Una noche, la luz de la Luna se cuela por entre las cortinas de una ventana que alguien olvidó cerrar. De algún modo, sé que mañana no la volveré a ver, y que esa brisa que llega con su perfume me trae también su adios.

Ahora, los días pasan sin que el sol abra la flor, o las cortinas, o las ventanas. La bulla de la calle llega sin que haya en la casa música que la enfrente. ¿Qué fue de ella? ¿en donde está?.

Con el tiempo, voy olvidando quien soy, como un eco que deja de oirse. Una noche, de algún modo, junto a la ventana, encuentro a una Luna que ya no estaba en mis recuerdos. Un hilo de plata desciende de mi mirada y dejo que el blanco forme un paraiso a donde vaya mi memoria.

Como en un sueño, no quiero voltear a mi cama, donde me descubriré durmiendo. Sé que mañana tampoco estaré. Que esta brisa me lleva, como a un perfume.

Más allá de la Luna, vuelvo a sentir el sol, y mi corazón otra vez se abre, como una flor.

30 de diciembre de 2010

La foto perfecta

JUAN HABÍA encontrado en una revista muchas fotos que le gustaron. Supo que era hacer cosas como esas lo que le gustaría hacer en la vida.

Cargó la cámara que había en su casa y salió a tomar algunas fotos. Serían diferentes a las de los cumpleaños que casi siempre tomaba. Serían paisajes, casas, gente de la calle. Pero, cuando tuvo las fotos impresas, no le pareció que fueran muy diferentes de las que veía en los albumes de la familia y los amigos. Y Juan quería algo que fuera como lo que había visto en la revista.

Se dijo que lo que necesitaba para sacar mejores fotos era gente más bonita, paisajes más bonitos. Estar en lugares donde hubiera mejores cosas que fotografiar.

Así que viajó un poco. Visitó lugares hermosos. Buscó gente bonita. Y tomó muchas fotos.

Pero, cuando las veía impresas, no le parecía que fueran muy diferentes de las que veía en los albumes de otros turistas o aficionados. Y Juan quería que fueran como las que había visto en la revista.

Se dijo que lo que necesitaba para sacar mejores fotos era una mejor cámara, más zoom y más megapixeles. Cosas que capturaran mejor los colores y estabilizaran sus tomas.

Así que compró una cámara más cara y con más prestaciones. Podía tomar la cara de una señora vendiendo fruta al otro lado de la plaza. Podía tomar fotos sin flash. Y casi nunca les salían movidas o fuera de foco.

Pero, cuando revisaba sus fotos, no le parecía que fueran muy diferentes a las de antes.

Se dijo que lo que necesitaba para sacar mejores fotos era más conocimiento, conocer más técnicas y saber hacer composiciones.

Así que tomó clases de fotografía. Aprendió a usar otros tipos de lentes, otros tipos de exposiciones, a manejar la luz y los encuadres. También llegó a entender para qué servían las demás opciones de su cámara, y las de otras cámaras que llegó a usar.

Algún tiempo después, Juan trabajaba en una revista y le publicaban sus fotos. Sin embargo, aún no le parecía que fueran como las de la revista que había visto cuando comenzó.

Un día, conoció al fotógrafo que había tomado una de esas fotos. Los premios que había ganado estaban sobre una pared de su estudio y se las mostró con una sonrisa de aprecio. Juan contempló las fotos y vió que no era la gente bonita o los lugares hermosos los que hacían que una foto fuera mejor. Ni siquiera el equipo, pues había también fotos tomadas con cámaras comunes y corrientes. Una muy buena se había hecho con una cámara descartable.

¿Y, cuál es su mejor foto?, le preguntó Juan. No está aquí, le respondió el fotógrafo, que lo condujo hasta su escritorio. Tomó la foto enmarcada de una niña contemplando un picaflor. Nunca ganó un concurso, le explicó. Una buena foto no es sólo lo que tomas, dónde lo tomas, o cuándo lo tomas, sino también el fotógrafo. Ya lo sabes. Y un buen fotógrafo no es sólo la cámara y el equipo, sino también lo que sabe. Y lo que sabes no es sólo lo que has estudiado, sino lo que sientes aquí, en el corazón. Al final, las mejores cosas que haces son las que haces de corazón, para tí mismo. No importa que para nadie más signifique algo, si para mí lo es todo. Esta es mi mejor foto, mi foto perfecta, porque aquí el quién, el qué, el dónde, el cuándo, el cómo, todo, estaba presente, cuando la tomé, pero además estaba también yo.

5 de noviembre de 2010

Aquí donde moramos

EN ALGUNAS historias de fantasmas, ellos no pueden ir demasiado lejos de donde moran.

Los contiene una niebla lechosa que nunca logran atravesar, o un desierto infinito, lleno de monstruos que no los dejan avanzar.

Y aquí estamos nosotros, sin entender bien lo que somos ni lo que es el cielo que contemplamos, imaginando que podemos viajar por un espacio que no existe a planetas y lunas que jamás alcanzaremos.

Parte de nuestros recuerdos está en el ambiente que nos rodea, como una tintura sostenida en el agua. La memoria y la sabiduría de generaciones flota a nuestro alrededor.

Así, parte de lo que somos está allí, afuera.

En las ciudades y poblados, la complicada trama que urdimos nos ha conducido a formar este complejo mundo, con sus formas tan artificiales.

Lejos, en soledad, podemos respirar ante nuestros propios pensamientos, sin que nos aturda el eco del mundo que resuena en la distancia.

Pero, más lejos, dejaríamos de oir esas voces, y aun una pequeña comunidad quedaría sin más recuerdos que los propios, sin más sabiduría que la de su corta existencia.

Más lejos, empezaríamos a olvidar quienes somos y cual es nuestro destino.

Y más lejos, empezamos a sentir el frío del desierto interminable, con figuras de monstruos que nos instan a volver. O la niebla lechosa que no podemos atravesar.

No podemos ir más lejos sin tener que volver a empezar. A tejer otra vez el lienzo de nuestra historia. A plantar de nuevo la semilla que nos originó.

Aquí es donde moramos. Pero, incluso aquí, no estaremos seguros para siempre.

Igual que la tinta sostenida en el agua se mezcla y deshace si la agitamos, así se deshace también nuestra memoria de cuando en cuando. Al llegar del cielo la brisa que agita el agua de nuestro mundo.

Cada vez que ocurre, volvemos a ser sólo cada uno, otra vez. Olvidamos de dónde vinimos o a dónde ibamos. Despertamos un día y es ajena nuestra cama, y desconocido nuestro hogar, en un escenario que nos es extraño, rodeados de informacion que ya no podemos leer, incapaces de comunicarnos como antes lo hacíamos.

A veces, unos cuantos eslabones se debilitan y se rompe la cadena que lo sostiene todo. Pero, en nuestro caso, toda la cadena se deshará completa, como una figura de arena en la playa, cuando llegue la ola que siempre llega, al subir la marea.

30 de septiembre de 2010

Desde el jardín

SE DICE que los arquitectos ayudamos a construir casas. Yo también ayudo a restaurarlas, remodelarlas y, en ocasiones, incluso a destruirlas.

Cuando una casa está lista para ser derribada, suelo pasear por ella. Quizás sea el saber que esa será la última vez que podré verla. El hecho es que me gusta hacerlo.

Recorro despacio sus pasillos y entro a cada habitación. A veces me detengo ante algún detalle interesante en la forma de la puerta, o un arco bien construido.

En las pareces, huellas de clavos y rectángulos de un tono diferente indican donde antes hubo cuadros. Las casas antiguas suelen tener muchos, pero esta, en particular, no tenía ninguno. Un color simple uniformaba todas las paredes bajo el techo claro. Pensé que en ello se sentía que había sido una casa de reposo, y me pregunté si habría alguna razón médica que desaconsejase poner retratos en las paredes. Quizás los ojos de esas personas inmóviles inquietaran a los huéspedes.

Siempre hay ecos en las casas vacías, y ya me he acostumbrado a la posibilidad de que un gato, o un ave, entre por alguna ventana y haga un poco de ruido. Si el ruido es muy insistente, como en aquella ocasión, voy a ver de qué se trata.

Venía del dormitorio principal. Una larga habitación, vacía como todas las demás habitaciones. Sólo quedaban unas cajas que habían olvidado recoger. Un gato saltó de una de ellas, al oírme entrar, y desapareció por la ventana. Había estado rascando el fondo de la caja y algunos papeles que ésta contenía estaban rasgados. Creí que eran cartas pero, examinándolas mejor, parecían páginas sueltas de un diario.

Sentado en el piso, pase la tarde leyéndolas.

Unas horas después, estaba de pie, junto a la ventana, sosteniendo las hojas que acababa de leer. Volví a mirar las últimas páginas y las leí de nuevo.


"A veces, cuando paseo por el jardín, sin saber por qué, me encuentro tarareando una canción, siempre la misma canción, en el mismo rincón solitario al que nunca recuerdo haber llegado.

"De pronto me encuentro bajo las ramas de un árbol, mirando al cielo a través de sus hojas, con la tonada saliendo de mis labios, oyéndome a mi misma, casi como una extraña.

"Me levanto, triste, sin saber a dónde desviar la vista para no llorar.

"No importa cuántas veces haya pasado, siempre me asusta.

"Me he dicho a mi misma que ya no debo ir al jardín pero, ¿a dónde más ir para dejar de oír tantos lamentos?. Sólo aquí, bajo el techo del cielo, me siento libre.

"No quisiera volver a casa pero, en las noches, el cielo se va; y vuelvo aprisa, apenas atreviéndome a mirar al abismo que pende sobre mi cabeza.

"Me recibe el ama, a la que a veces no le recuerdo el rostro y me parece que fuera otra mujer, pero me apena decírselo.

"Me lleva a acostar. Luego se ocupará de los huéspedes. Acercándome una copita, mis labios vacilan, pero ella me apura a beber. Aunque sus modales son un poco rudos, se ocupa muy bien de mí y de los menesteres de la casa, los que yo misma he ido dejando, poco a poco, totalmente en sus manos.

"Seguramente hace mucho tiempo que habrá notado lo evidente de mi estado, pero nunca menciona nada al respecto. Pobre mujer. Me apena cargarle el peso de mis angustias. Yo no tengo la fortaleza, ni la valentía, para tratar con nadie en medio del mar de voces que a veces la rodean a una y parecen seguirla por toda la casa.

"El jardín es mi refugio. Antes, Agnes venía a recogerme, reprendiéndome, como una mamá, por haber salido de la casa sin avisar a nadie ni mostrar consideración con los invitados. Después, como vio que me sentía mejor y podía regresar por mí misma, dejaba que paseara cuanto quisiera.

"En el jardín, camino descalza sobre la hierba, huelo las flores y sonrío. Aún con el trino de las aves en los árboles, el jardín tiene una voz tan suave, casi silenciosa.

"Pero está aquel rincón. Basta con que lo recuerde para que de pronto despierte allí, tarareando.

"Y cuantas más veces sucede, más difícil es evitarlo.

"Camino concentrándome en cada flor, cada hoja, cada pétalo. Miro fijamente el cielo. Me esfuerzo por alejar de mí la posibilidad de pensar en ello.

"Pero, últimamente, mis esfuerzos ya no son suficientes.

"Es difícil cuando, dejando aquel rincón, camino aprisa, huyendo, pero lo recuerdo y vuelvo a hallarme otra vez en él. Una y otra vez, como un sueño sin fin. No importa cuán fuerte me abrace a algún otro árbol o me sujete a sus ramas; el jardín calla, todo calla, y aparezco allí, cantando en el silencio.

"Sólo quisiera saber por qué. ¿Qué mente juega conmigo, como un títere, y me lleva a atormentados rincones?, ¿con qué motivo?.

"Siento como si mi vida estuviera sujeta a un capricho azaroso y, aunque tal vez sea normal que mi alma busque ansiosa la oportunidad de ser libre, es más mi ansia de saber por qué no lo soy.

"¿Quién me responderá?, ¿serás tú, a quién clamo sin saber quién eres, ni si existes, o si eres capaz de comprender mis sufrimientos?. Libérame, si puedes hacerlo... pero te daré las gracias si me dejas saber quién soy."


Desperté de pronto en un rincón del jardín, y las últimas notas de una canción dejaban mis labios.

Recordaba haber sido alguien antes; pasear por una casa; leer un diario. Pero el recuerdo se iba y ya no lo alcanzaba.

¿Quién soy?, pregunté, y mis manos descubrieron bajo el musgo, inscrita en una roca: 'Tú eres yo'.

¿Por qué?, pregunté y, de pie frente al árbol, pase mis dedos sobre la corteza que se desprendió y me mostró escrito: 'Busco en tí la respuesta'.

Entonces, al pie de una flor, encuentré un huevo y, en su interior, una nota: 'Perdóname. Eres libre'.


Desperté, y estaba oscuro.

Tenía las páginas en mi mano. La caja grande a mi lado. Me levanté; no recordaba cómo me había quedado dormido. Pero recordaba ese sueño y, viendo otra vez hacia el jardín, ahora podía encontrar con la vista el oscuro rincón donde estuviera.

Estaba allí otra vez.

Mis pasos me habían llevado, casi sin pensarlo.

Casi sin pensarlo, decidí retirar la maleza bajo el árbol.

Más tarde, aquel rincón estaba claro.

No había piedra, ni inscripción, ni huevo, ni siquiera una huella en la hierba. Debía haber sido hace mucho tiempo. O quizás nunca. Tal vez sólo un sueño.

Sin embargo, recordaba la canción. Me puse a silbarla, bajo las ramas del árbol. La oía como si no fuera yo quien la hiciera, como si fuera el eco de una voz lejana que me llamó hasta allí, para preguntarme algo que yo tampoco sabía responder.

Y pensé si ese silbido podría, de algún modo, llegar a ese tiempo y ser oido y repetido, y su eco guardado hasta volver otra vez a mí, como completando un círculo.

Me puse de pie y, con una navaja, retiré una porción de la corteza del árbol. Escribí la frase que había soñado y la volvía a cubrir con cuidado. Imaginé que aparecería para alguien que necesitara ese mensaje.

'Busco en tí la respuesta'.

Con algunas herramientas, que traje del auto, cincelé luego otra frase sobre una roca.

'Tú eres yo'.

No pensaba si era absurdo lo que estaba haciendo. Ni siquiera cuando, después de volver del supermercado, me encontraba tratando de introducir una nota por uno de los diminutos agujeros de los que me había valido para vaciar completamente un huevo. Lo enterré, luego de sellarlo con mucho cuidado.

'Perdóname. Eres libre'.

Exhausto, apoyé mi espalda al árbol. No sabía muy bien lo que sentía, o si debía sentir algo. Apagué la linterna. Contra el cielo negro, a la silueta de la casa llegaba el resplandor lejano de las luces de la calle.

Me quedé dormido otra vez y soñe que amanecía. El sol iluminaba de frente la fachada de la casa. Pero ahora estaba reluciente, con sus cristales reflejando la luz dorada y los jardines tan verdes como alguna vez fueron. Entré y paseé por sus pasillos alegres, con retratos felices acompañandome camino hacia alguna cálida habitación. En el dormitorio principal, las cortinas de la ventana se movían ligeramente con la brisa. Me acerqué para contemplar el jardín, y el rincón donde había estado. Un árbol muy grande crecía allí.

Después que desperté, guardé mis cosas y fui de regreso a casa. Iba pensando que en la mañana demolerían aquella construcción. Ningún comprador se había presentado y el dueño de la propiedad había decidido construir una mejor casa que ofrecer. Me había encargado la tarea. Me conocía. Seguramente no iba a creer lo que le iba a decir, pensé mientras marcaba su número en mi celular. Sabía que diría que estaba loco por llamarlo en la madrugada. 'Aló... sí, soy yo, disculpame... es sobre la casa que me encargaste... no, no hay problema... es sólo que... ¿todavía quisieras venderla?... hay alguien a quien le interesa'.

¿Qué declara tu historia?