31 de marzo de 2010

El fuego de Prometeo

Cuenta el mito griego que Prometeo robó a los dioses el fuego, para dárselo a los hombres. En castigo fue encadenado a la cima de una montaña, donde el águila royera sus entrañas.

I

- Prometeo. ¿Dónde está él?

La pregunta fue en un susurro en la entrada de la cueva, al fondo de la cual todos miraban, con reverencia, el fuego mágicamente cautivo de la lámpara que dejara Prometeo.

Fue la pregunta de uno de los cazadores que volvía después de varios días. Nadie volteó hacia él, pero algunas voces le respondieron.

- Vino hace varios días, y se marchó a mitad de la última noche. Pero mira que nos trajo esta vez; mira esa luz ¿no es bonita?.

En el interior de la caña, la pequeña luz temblaba como una estrella.

- Es como un trozo del sol. Quema como el fuego del bosque, pero está tranquila.

- Como una fiera durmiendo.

- Es maravilloso esto que nos ha traído Prometeo. Son generosos los dioses que envían este regalo.

- Muy generosos -asiente el cazador.

- Hoy hemos visto el regalo. Esperábamos en la entrada. A nadie más que a Nuwa había llamado Prometeo. Al despertar, en la mañana, descubrimos que Prometeo no estaba. Sólo Nuwa, casi dormida, cerca de la luz. Nos dijo que era un regalo.

- Ahora duerme.

- Estaba muy cansada. Apenas le entendíamos que debíamos cuidar el fuego. Acariciaba la roca del piso... y repetía que era un regalo.

- Ella es inteligente. Por eso la eligió Prometeo. Luego nos enseñará también. Pero, ¿por qué se ha ido sin avisar?

- Sólo Prometeo es tan misterioso como sabio.

El cazador vuelve a asentir.

- Agradezcamos a los dioses -dice una voz entre la gente. Cantemos al cielo, para que vean nuestra gratitud.

- Iré a despertarla.

Pero Nuwa dormía profundamente y no escuchó cuando la llamaron. Tampoco las risas ni las voces alegres cuando todos salieron de la cueva, dejándola a oscuras, pues la lámpara de Prometeo fue sacada.

Mas tarde, cuando despertó en medio de tinieblas, pensó, por un instante, que todo había sido un sueño. Luego fue recordando las palabras de Prometeo; lo que había traído de los dioses y cuya posesión debía ser guardada en secreto. Y, la pequeña lámpara que también trajo, ¿dónde estaba?.

Cerca de la entrada de la cueva tuvo la respuesta. Abajo, la gente bailaba bajo las flamas encendidas que se agitaban en la punta de multitud de varas, y alrededor de una gigantesca hoguera que proyectaba sus sombras jubilosas, largas hasta tocar el bosque y el altar de piedra sobre el que habían colocado la lámpara de Prometeo.

Nuwa contemplaba todo con tristeza, desde arriba en la cueva, y no respondió al saludo que le hicieron cuando la vieron, llamándola para que festejara también. Sólo apoyó su cabeza en la pared de roca y lentamente se dejó caer de rodillas, presintiendo lo que pasaría.

Entonces, estalló la tormenta.

El rayo cayó sobre la lámpara en el altar, y luego otra vez en medio de la hoguera. Todo fué rápido, despiadado.

Pronto, la lluvia apagó el fuego y extinguió las brasas dispersas junto a los cuerpos que yacían regados por el suelo. La tormenta continuó, aunque ya nada más quedaba.

En la cueva, Nuwa lloraba. Todos habían muerto sin saber por qué. Los dioses estaban furiosos. Pero, aunque sentía tristeza y terror por ello, no era por eso que lloraba. En la oscuridad, sus dedos se deslizaban por el suelo, tocando el regalo traído de los dioses, y lloraba por Prometeo.

II

- Prometeo. ¿Dónde está él?

En la sala de Zeus, eran pocos los que podían dirigirse a Él con la libertad de prescindir todas las ceremonias y protocolos habituales, y aún menos quienes, como Hermes, podían hablarle como a un igual. Sólo hablarle, porque pretender serlo era el error que, precisamente, había hecho que fueran tan pocos.

Zeus no le respondió de inmediato. Su silueta, de espaldas, se recortaba en la gigantesca ventana que miraba a Olimpo y, más allá, a la tierra de los hombres que habían tomado en tutela.

Llegaba hasta allí el resplandor de la tormenta que azotaba el valle.

- Siendo él tu discípulo, ¿no deberías saberlo?

- Discúlpame, es cierto -aceptó Hermes. Pero todos le hemos enseñado algo en alguna ocasión. Incluso Tú, Zeus, y sabemos que Prometeo puede ir a cualquier lugar y ser discípulo de quién él quiera.

- Es cierto -aceptó también Zeus. También disfruté con placer de su ingenio y con gusto le concedí varias respuestas. Sin embargo, tú le eras el más cercano entre nosotros, y a quién más quería como maestro.

Hermes guardó silencio y Zeus prosiguió.

- Cuando él quizo libertad, gracias a ti se la dimos. Para ir a dónde quisiera y hacer las preguntas que quisiera. Qué extraordinaria inteligencia. Se ganó nuestra confianza y en nuestra compañía cruzó todas las puertas de Olimpo. Algunas que ni tú, Hermes, has cruzado nunca.

Zeus continuaba de espaldas. Los rayos seguían cayendo sin piedad.

- ¿Qué vio en la tierra -preguntó Zeus-, que ha preferido perderlo todo al traicionarnos de este modo?

Hermes aguardó un momento antes de decir algo.

- Prometeo fue más que un discípulo, un mensajero, o nuestro intermediario con los hombres. Llegó a comprenderlos y a entender sus limitaciones, con lo cual nos ayudó a conducirlos mejor. Pero muchas veces, también podía distinguir cosas que pasábamos por alto. Estando entre ellos habrá distinguido algo que nosotros no podemos imaginar aún, pero que, de algún modo, debe haberlo convencido de la justicia de sus actos. Él no es un traidor.

- Es tan tonto, tan inútil llevarles el fuego a seres tan efímeros como los hombres -dijo Zeus-, y tan notorio a nuestra atención, que es difícil atribuirlo a Prometeo. Tal vez, entre los hombres, su vanidad creció, al verse a sí mismo mayor que cualquiera de ellos. Tal vez, en su soberbia, creyó que la libertad que le concedimos toleraría que quebrara el orden que hemos establecido.

- Me es difícil creer eso de Prometeo -negó Hermes.

- La inteligencia más fuerte puede inclinarse ante la brisa de un sentimiento -insistió Zeus.

Hermes permaneció en silencio, aún sin convencerse.

- Es grave lo que ha hecho Prometeo -sentenció Zeus. Hay cosas entre los dioses y los hombres que nunca deben saberse, y él conocía las reglas. Que no debemos dejar ninguna evidencia de nuestra presencia. Nosotros, como todos los demás dioses acá estacionados, fácilmente desaparecemos de sus recuerdos, a no ser que cometamos el error de dejar algo cuya existencia no pueda explicarse sino con la nuestra. Prometeo ha roto eso. Les dio su lámpara, les ha mostrado el control del fuego. Y he debido corregirlo.

El fulgor de los rayos iluminó la sala y Zeus volteó hacia Hermes. El eco de los truenos llegaba sin descanso.

- ¿Todos los hombres del valle? -le preguntó, con pesar.

Zeus asintió.

- ¿Qué será de Prometeo? -preguntó otra vez.

- Sus acciones lo han condenado.

III

Fuera de la sala de Zeus, en la soledad de los pasillos, Hermes regresaba pensativo a su habitación.

Zeus era impulsivo y tendía a pensar que los errores de los demás eran guiados por motivos similares a los Suyos. Hermes era prudente y tendía a pensar que los errores de los demás podían ser el indicio de aciertos menos evidentes.

Cerró el portal de su habitación. A través de su ventana se podía ver la tormenta. Se sentó y encendió una lámpara. Regados por el piso estaban unas piezas que debió dejar Pandora, la pequeña amiga de Prometeo, que se había aficionado a jugar con ellas. Una ocurrencia que habían tenido, de hacer que los números sonaran como palabras. Un juego de niños.

Una idea cruzó su mente y apagó la lámpara. Aún más oscuras eran las cuevas de los hombres, le había contado Prometeo. Necesitaría luz para poder jugar.

Hermes volvió a encender la lámpara. Sobrecogido por la idea. Pensando si Prometeo lo hubiera intentado. Se quedó inmóvil, contemplando las palabras que podía formarse con las piezas regadas por el piso.

Afuera, la tormenta llegaba a su fin.

IV

Prometeo fue apresado y condenado a ser encadenado para siempre a una roca en la cima de una montaña. No podía morir, pero Zeus se encargó de enviar un aguila a que le royera las entrañas cada vez que sanara, para que sus gritos de dolor fueran oídos en Olimpo y en la tierra donde habitaban los hombres.

Tiempo después, aún parecía que el viento llevaba hacia las cuevas un lejano lamento.

Allí, a pesar de la voluntad de los dioses, el fuego, escondido de su vista, podía iluminar el centro de la reunión, iluminando los rostros curiosos que contemplaban en las paredes cómo una idea podía adquirir forma para que otros la pudieran ver. Cómo los animales, la caza y las imágenes de sus mentes empezaban a surgir del polvo y el agua mezclados en sus manos, y a rodearlos en las paredes de piedra, acompañándolos, y permaneciendo con ellos mucho tiempo después de haber sido imaginados.

Cuando aprendían eso, Nuwa les mostraba que había signos que podían guardar sus pensamientos para que otros pudieran pensarlos también. A gente de otro tiempo. De modo que, aunque fueran mortales, sus pensamientos lograrían ser eternos. Como los dioses.

Generación tras generación se fue cuidando el legado que Nuwa marcara en unas tablas, con los símbolos que su amado Prometeo le enseñara.

En ellas contaba cómo la lámpara, con la luz mágicamente cautiva, había iluminado el piso de la cueva, donde Prometeo le había enseñado a lograr que las marcas que dibujaba fueran el eco de lo que pensaba. Los dioses no debían saber ese secreto. El fuego cautivo iluminaría sus refugios, donde todos aprendieran a crear en sus mentes aquel otro fuego que los dioses jamás les concederían.

En las marcas que Prometeo había dejado en toda la cueva pudo hallar Nuwa consuelo cuando se quedó sola. Y una guía para que fuera hacia otras tierras, donde podría encender otra vez el fuego que se había apagado esa noche.

Con el tiempo, en otras tablas se grabó también la historia del viaje de Nuwa, la de los ojos grandes.

V

Mucho tiempo después, cuando los hombres sacaron su secreto de las cuevas y lo notaron los dioses, estos supieron que no era algo que se pudiera detener fácilmente. Si acaso podrían.

Al fin, Zeus lograba imaginar los pensamientos de Prometeo, cuando se atrevió a retar el destino que los dioses habían dispuesto a los hombres.

- "Prometeo" -vió el nombre formado con las piezas que Hermes, le dijo, acababa de descubrir entre los hombres-. ¿Y dónde está él?

Ahora estaba en todas partes.

Hay un abismo que separa a los hombres de los dioses, hasta que abran sus ojos.

--o0o--

Cuentan que Zeus tuvo un hijo, llamado Heracles, que liberó a Prometeo. Aunque la sentencia no fue cambiada y Prometeo lleva un anillo con un trozo de la piedra a la que fue condenado estar unido para siempre.

23 de marzo de 2010

El mundo de Paulo

En el mundo en el que Paulo nació, había una hermosa ceremonia donde al bebé, cumplidos los dos años, se le colocaba una banda alrededor de la cabeza. Estaba tejida primorosamente con hebras de la corteza de un árbol cuya madera despedía una fragancia muy apreciada.Con ligereza, descansaba sobre el puente de la nariz, para que su aroma bendijera su vida en adelante. Simbolizaba su entrada en el mundo. Un sello, en relieve, le diría a quien lo tocara el nombre de su familia.

Pero Paulo no tuvo esa banda. Por alguna razón, no recordaba muchas cosas de su padre ni del nombre de su familia.Su madre hacía las cosas a su manera, negándose a darle el cuidado que otras madres prodigaban a sus hijos. No le cortaba el cabello regularmente, ni le ponía adornos tintineantes en las orejas. Pero, principalmente, no le enseñaba las cosas de la misma forma. No le contaba las historias de la tradición con las mismas palabras que todos usaban, ni le hacía disfrutar de los juegos que todos los niños debían conocer. Simplemente lo dejaba explorar por si mismo lo que le rodeaba e iba respondiendo sus preguntas. Las cuales, por alguna razón, eran distintas a las preguntas de otros niños.

Antes de dormir, en lugar de las acostumbradas caricias en la frente, como no había banda que retirar cada noche, simplemente se acostaba a su lado y susurraba algo como un cántico. Una historia oculta tras la música, que hablaba de sueños que nadie podía entender.

Conforme Paulo creció, se dió cuenta de que era diferente. No necesitaba tocar las cosas para saber su forma y descubrir qué eran. Le decían que tenía buen oido, como otros talentosos que a veces hay y rápidamente aprenden a distinguir a la gente por el sonido de sus pasos, o hasta la posición de las cosas por el eco en la habitación. Pero Paulo sabía llamarlos por sus nombres antes de que ninguno se moviera o estuviera cerca, y decir qué cosas había escondidas incluso bajo el agua del estanque. Su madre sonreía cuando a veces lo trataban como a un pequeño mago. A diferencia de todos los demás, ella tenía los ojos abiertos, igual que él.

A veces venían a consultarle a ella, que, sin necesidad de tocarlos, les hablaba de la ropa que llevaban, o sus heridas, o las emociones que leía en sus caras. Cuando era necesario, podía ir a algún lugar a ayudar a hallar algo valioso que no lograran encontrar. Indicaba cosas que habían rodado hacía un rincón, o que el viento había arrastrado, o que el agua se había llevado. Aún así, había mucha gente que la trataba con desconfianza. Después de todo, contaban con personas autorizadas a las que podían acudir sin tener que aceptar que habían cosas que no podían explicar. Muchas veces lo único que hacían era dejar todo más revuelto pero, para ellos, ella era simplemente alguien con extrañas habilidades, si acaso.

Paulo empezó a seguirla, y ella le fué enseñando a ser prudente con lo que había a su alrededor, y con las cosas secretas que podían distinguir. Cuando era niño podía correr entre la gente sin tropezar con nada y era gracioso, pero ahora había que cuidar de no asustarlos.

Su madre se oponía a usar bandas que les cubrieran los ojos. Sólo él entendía por qué. En el pueblo no le dejaban estudiar con los otros chicos si no la tenía, pero su madre le enseñaba en casa. Después de todo, había cosas que los demás jamás podrían mostrarle. Pero Paulo tenía curiosidad por las cosas que aprendían sus amigos y se escabullía con frecuencia por sus aulas, escuchando desde un rincón sin que nadie lo notara.

Cuando creció y quizo participar, en secreto se hizo una banda, con algún nombre inventado. Pero se la colocaba sobre la frente y sólo en el lugar que debía cuando era necesario el saludo tradicional, donde una mano tocaba un hombro y la otra el sello grabado.

Muchos años después, Paulo estaba sentado sobre la arena, en la orilla de una playa tranquila. Casi no había ninguna gaviota. Las aguas besaban en silencio la orilla cuidadosamente elegida. En aquel borde del mundo, un grupo de investigadores apostaba sus instrumentos para urgar más allá de la frontera que se extendía ante ellos. Delicadas campanas apuntando al infinito amplificaban los murmullos, y el eco de las olas lejanas que rompían contra los peñascos de otros mundos. Los cuales eran las islas que Paulo podía ver desde donde estaba.

De joven, los había contemplado con una mezcla de rabia y compasión, cada vez que no tomaban en serio sus intentos de ayudarles a comprender mejor el mundo que los rodeaba. Ellos ya tenían la cabeza llenas de explicaciones para cada cosa que había en el universo. Aún para el universo que no conocían. '¿Cómo es que puedes obtener la información de algo que no te toca? Si algo no te toca no existe. Aún el sonido debe golpearnos para que lo descubramos.', le habían dicho. '¿Qué puedes oir cosas diferentes con los ojos? Ridículo; esos organelos no tienen ningún tipo de estructura acústica. Además, la naturaleza tiene un propósito al dejarlos cubiertos; no es buena idea que andes por ahí con los ojos abiertos y resecos, pretendiendo que esas sensaciones tengan algún significado.'. Los ojos nunca usados tendían a mirar hacia el borde de las órbitas, como huyendo de la luz del exterior. No sabían mirar ni enfocar y la desconocida sensación los aturdía con una tensión dolorosa y angustiante que sólo les confirmaba que Paulo estaba equivocado. Los profesores lo sabían todo.

En el mundo de Paulo, después de siglos de exploración y estudios, y siguiendo la corriente de los arroyos, la gente había llegado a la orilla del mundo. El mar era la frontera final. Osados viajeros habían abordado las primitivas naves de las expediciones aventurándose en lo desconocido. A tientas y con valor, habían conseguido llegar al cercano peñasco donde las olas rompían con furia contra su orilla rocosa, con un estruendo tan grande que lo usaron como guía todo el camino.

Habían ido y regresado. O al menos eso decían. Había ocurrido antes de que naciera, así que Paulo no lo había podido ver por sí mismo. Ciertamente distinguía con claridad la boya con la campana, y el gran sello, que habían dejado ahí, incrustados en una grieta. Pero le molestaba un poco el saber que, aunque algo muy parecido lo podría hacer cualquier día con sólo montarse en un tronco y remar hasta allí, era demasiado improbable para cualquiera de los demás. Tal vez alguien como él les hizo el favor entonces y no lo sabían. O pretendían no saberlo.

Recientemente, ya nadie se aventuraba mucho en el mar. Por alguna razón, ni siquiera intentaban volver otra vez al peñasco cercano. Casi siempre se deslizaban cerca a la orilla, limitándose a apuntar sus sensibles campanas hacia la costa de las islas más cercanas, para escuchar como las olas rompían contra esas peñas inalcanzables.

Una sonda de investigación era una boya flotante con una pequeña campana, que soltaban para que tañera entre las olas mientras la escuchaban con cuidado desde la orilla, al mismo tiempo que tomaban nota de cuanta cuerda se llevaba y cuál era su dirección. Paulo había observado cómo la corriente arrastraba la cuerda, confundiéndoles sobre su dirección y distancia. Pero no escuchaban sus consejos y preferían elaborar explicaciones que terminaban siendo tan complejas que sólo tenían sentido para ellos. A veces, los mitos de la gente local, sobre sirenas arrastrando las cuerdas, estaban más cerca de la verdad que Paulo distinguía.
Paulo los contemplaba ahora con indiferencia. Ya no le interesaban sus elaboradas teorías sobre los mundos cercanos que tenían al frente y las razones por las que casi todos ellos eran inalcanzables. 'Jamás tendremos tanta cuerda para asegurar una nave a esa distancia, ni remos tan largos para poder anclarla todo el tiempo en esa dirección'.

Ellos tampoco creían que hubiera gente en aquellos otros mundos. Decían que un lugar lleno de rocas puntiagudas golpeadas sin cesar por las olas estruendosas que escuchaban parecía ser un lugar demasiado hostil para la vida que conocían. No importaba que Paulo les contara de los animales que veía retozar sobre esas rocas, o del hombre que a veces le hacía señas desde una de las islas. Paulo era para ellos sólo un cuentista. Paulo se consolaba pensando que quizás aún no era tiempo que llegaran a donde querían llegar.

Y esta tarde, sentado lejos de todos, viendo cómo lanzaban otra sonda al mar, se sorprendió cuando uno de los hombres del equipo se fué alejando del grupo y fué siguiendo las huellas en la arena, hasta que lo encontró.

- ¿Qué haces aquí tan solo, hermano? -le preguntó el anciano; su barba blanca se agitó con una repentina brisa.
- Hola -respondó Paulo, interesado en saber cómo había notado que estaba solo, y por qué le llamaba hermano. Sólo espero la partida de la nave.
- ¿Puedes distinguirla desde aquí? ¡Asombroso! Para mi es un poco confuso todo lo que está más allá de donde alcanzan mis dedos -sonrió, y se sentó a su lado.
Paulo se concentró en su rostro, para estar seguro de que en realidad podía verlo. Sí, definitivamente estaba usando sus ojos.
- Hermano -dijo Paulo, comprendiendo.
- Así es -no dejaba de sonreir.
- ¿Crees que les irá mejor con ésta? -preguntó Paulo, sin dejar de mirarlo.
- Sinceramente, no. Y creo algunas otras personas del equipo piensan igual, a juzgar por lo que leo en sus rostros. No importa que quieran mostrar sólo risas y esperanza al resto del mundo.
- Sí; hay muchos secretos -dijo Paulo, haciendo una pausa. No creo que ellos sepan el tuyo.
- ¡Oh, por supuesto que no! -río el viejo. Se supone que sólo soy muy intuitivo. Además sólo los conozco recientemente. Hacía investigaciones en otro lado.
- ¿Quizás soltando naves en la otra orilla del mundo? -preguntó Pablo.
- No, en realidad, no -se detuvo un momento. Reunía restos arqueológicos. Por alguna razón tengo facilidad para descubrir los lugares indicados -se rió.
- Me imagino que sí -dijo Pablo, devolviéndole una sonrisa.
- Así es, hermano -hizo una pausa. Imagino que nadie creería que puedes distinguirlos hasta allá.
- Sí -volteó Paulo, asintiendo. Aunque, en realidad, puedo distinguir hasta mucho más allá.
El viejo dejó de sonreir.
- Hasta hace un tiempo, ni siquiera yo te lo habría creido -dijo despacio. Pero descubrí algunas cosas en los libros antiguos. Y ahora te encuentro.
- ¿Descifraste sus figuras? -preguntó Paulo.
- ¿Alguna vez has podido tocar un libro antiguo? -le preguntó, a su vez.
- No, pero en las escuelas tienen copias de algunas páginas. Recuerdo los relieves, a veces infantiles, a veces geométricos, muchas veces complicados.
- Es el problema con las copias -suspiró el viejo-, están limitadas por la mente del intérprete. Como ninguno puede percibir otra cosa que relieves, es todo lo que copian. Y así, el misterio en la enorme cantidad de páginas vacías se convierte en un hecho irrefutable conocido por todos lo que han tocado esas copias. Pocos pueden tocar el material original. Y lo que yo hallé en ellos fueron signos marcados sin relieve. Cada página llena de letras cuya forma se sugería sin necesidad de punzar el material. Lo mismo en sus edificaciones. Hermosas formas y trazos sin relieve alguno. Tampoco llega eso a las maquetas de los museos. Ocultos para todos, excepto para mi.
- ¿Y aprendiste ese lenguaje?
- Me acostumbré a distinguir sus letras. Luego encontré un libro que mostraba nuestro lenguaje y el suyo. Así aprendí. Durante muchos años. Pero incluso ahora me es difícil entender o imaginar muchos de sus relatos y descripciones. Sólo entiendo que el mundo podría ser mucho más amplio y extenso que el que conocemos. Y con esa guía he llegado hasta aquí, para tratar de descubrir lo que allí cuentan. Pero, como ya sabes, los tipos de la playa no tienen ni idea.

Conversaron largo rato. Hasta que comenzó a hacer frío y se hacía difícil distinguir algo, incluso para Paulo.

- Hay cosas que no la gente no comprende -dijo el viejo-, porque no puede sentir nada de esta dimensión que nosotros distinguimos. La comprensión está limitada por lo que uno es capaz de imaginar.
- Ojalá pudieran entenderlo -suspiró Paulo. O imaginarlo. Si nadie pudiera oir; con un sentido menos, todo el universo se volvería más pequeño y habría ideas, relacionadas con las voces y los sonidos, que no podríamos ni imaginar... así como ellos no pueden ni imaginar lo que nosotros comprendemos cuando distinguimos las formas en la distancia, o de dónde vienen los sonidos, o la figura del sol y sus compañeras en el cielo.
- Sí, lo imagino -el viejo calló un instante. Quizás imaginar que no tengo algo puede ayudar a imaginar lo que podría no tener.
- Podría ser -asintió Paulo, suspirando. Quizás escriba un cuento sobre eso.

Y continuaron conversando en su camino hacia el pueblo, bajo la luz de una Luna que nadie más distinguía.

15 de marzo de 2010

La roca del fin del mundo

Oyen por todos lados rumores de que cosas terribles sucederán.

- De cuando en cuando -dice el profesor-, la gente halla un motivo para creer que el mundo se acabará. Ya ha pasado otras veces y ¿aún seguimos aquí, verdad?

- Pero no podrás negar que el mar ha cambiado -dice la hija del guardián del faro. Además se acercan nubes grandes y a mucha gente le empieza a doler los huesos.

- Mi abuelo contaba -dice una anciana-, que hace mucho tiempo hubo una tormenta, con rayos y truenos, y olas gigantes que arrasaron con todo. Que hasta las estrellas cambiaron de lugar y el sol empezó a salir por otro lado.

- Bueno -dice el profesor-, algunas de esas cosas pueden haber ocurrido en un pasado remoto. Creo que he visto restos de conchas en la arena de las calles del pueblo. Pero otras definitivamente deben ser exageraciones. ¿Cómo puede una ola mover las estrellas y el sol?

- Los mitos no son cuentos, profesor -dice el historiador. La gente recuerda cosas que tienen algún valor práctico. Yo creo que algo de verdad hay detrás de esas historias.

Conforme los días pasan, las nubes se acercan y el viento se hace más fuerte, crecen también los rumores. En los teatros han preparado una obra donde una gran lluvia llega e inunda la tierra pero la gente se salva subiendo a un enorme arca.

Luego, la gente se pone a discutir la obra. Que no es posible que llueva tanto para elevar el nivel del mar. Que tan grande tendría que ser un arca para cargar a todos. Que las actuaciones eran opacas.

Algunos, a lo lejos, permanecen en la costa, viendo el horizonte. Antes han pasado otras nubes y otras tormentas. Éstas aún no son tan grandes, pero vienen siguiendo el camino que, dicen los cuentos, siguen las olas que acaban con todo para empezar otra vez.

En secreto, algunos ricos han preparado refugios donde preservar sus pertenencias más valiosas. Si algo pasa, podrán seguir siendo ricos después de eso. Y si nada pasa, el secreto les evitará la vergüenza.

Algunos granjeros, han hecho refugios similares para poner a salvo las semillas y las cosechas. No lo han hecho en secreto, así que algunos se burlan. Otros permanecen en silencio. Tal vez nada pase. O quién sabe.

La hija del guardián del faro ha tenido un sueño. La tormenta había llegado y ella iba corriendo a su casa, a buscar las cosas que más quería. Las tomaba entre sus brazos. Escuchaba el viento aullar a través de la lluvia que golpeaba su casa. Al asomarse a su ventana las olas llegaban hasta allí. A lo lejos, brillaba la espuma de la cresta de olas gigantes que se acercaban.

Con sus cosas en brazos iba corriendo por las calles llenas de gente que hacía lo mismo. Muchos llegaron a un arca y entraron allí hasta que se llenó y cerraron la puerta.

El profesor y otros hombres con anteojos estaban sentados en una mesa del café, jugando a las cartas. Las luces se iban apagando una por una. 'No hay problema', le gritaban, es sólo agua y viento.

Unas personas con vestidos elegantes corrian con unas sombrillas a un sótano. Se acercó, y vió que habían cuadros, tesoros y joyas, y que tendían cadenas de hierro para atarse a ellas. Luego, esa puerta también se cerró.

El embate de la primera ola retumbó más alto que el trueno y vió a mucha gente elevarse junto con las casas que había dejado atrás.

Ella iba corriendo, con sus cosas en brazos, esperando que la ola no la alcanzara.

La segunda retumbó aún más alto y sus cosas cayeron al suelo cuando ella se cubrió los oidos. Al voltear, la silueta de la ola cubría la tercera parte del cielo. La base de la ola la alcanzó y fué elevándola cada vez más alto. Mucha gente estaba a su alrededor y no podía nadar bien porque el peso de sus cosas la jalaba hacia abajo. Ella había dejado todo y sólamente luchaba por dejar atrás la ola. Se sumergió a través de ella y salió por el otro lado.

Una tercera ola se acercaba. Se sumergió bajo ella cuando ocultaba la mitad del cielo y nadó a través hasta que salió por el otro lado también. Luego, vió como golpeaba la costa de su querida isla, la roca donde todos habían nacido. Entonces, de pronto, esa roca se movió.

Se levantó, como una enorme plataforma que hubiera estado enterrada y saliera a flote. Otra ola llegó, sin que le hiciera nada a ella, pero embistiendo otra vez más a su isla, que esta vez se inclinó y giró, pero permanecía a flote. Era un gigantesco barco.

En su cubierta, mucha gente era arrastrada por el agua y por el peso de las cosas que no querían soltar. El agua se llevaba también los sotanos llenos de semillas, gente elegante y cadenas de hierro. Sólo quedaban quienes no tenían nada y soportaban los embistes sujetados a alguna cuerda, una tabla, o flotaba alrededor como ella.

Entonces despertó.

Subió de prisa a la cima del faro. Las estrellas brillaban en lo alto. Miró todo con otros ojos y pensó en la enorme nave que todo podría ser, y en los tiempos de prueba que podrían venir.

El cielo podría cambiar como contaban los antiguos, claro que sí; no era el cielo el que giraba, sino la nave. Y ya lo había hecho otras veces. Quizás, antes, alguien habría tenido un sueño como el que acababa de tener. Y se preguntó que habría hecho. 'Recuerda, qué hiciste entonces.'

10 de marzo de 2010

La paloma

Todos los días ella salía de casa y se iba a pasear.

El sendero de tierra poco a poco iba subiendo por la loma. A medio camino, un árbol le daba sombra un rato. En la cima, pasaba rápido al lado de una roca desde donde, hasta hace poco, solía contemplar pensativa el bosquecillo que se extendía al otro lado.

Descendía la cuesta por un caminito que se iba marcando más con cada nuevo paseo y, llegando al pie del primer árbol, ya eran pocas las veces que volteaba hacia la loma para recordar el encanto que había sentido cuando la vio por primera vez desde allí, tan distinta.

Ahora, tomaba una rama larga como bastón, e iba adentrándose despacio, mirando a su alrededor, sintiendo el encanto en cada flor nueva, en el murmullo de los manantiales, y en los senderos ocultos que de pronto se abrían a algún claro donde podía ver el cielo enmarcado por las copas de los árboles.

Así descubrió una casa. O las ruinas de una casa; con la mitad de su techo desplomado y las paredes cubiertas de enredaderas; de una de ellas tomó una flor blanca que puso al centro de una imaginaria habitación. Sonrió; al fin tenía un cuarto para ella.

Volvía cada día, con su bastón y alguna cosa vieja que ya no necesitaran en casa; una escoba para limpiar el piso, una manta para sentarse, una jarra para las flores.

Sentada en esa perfumada estancia, un día distrajo sus pensamientos el aleteo de una paloma. Allí estaba, a unos pasos frente a ella, como indecisa; inclinaba un poco la cabeza, la miraba, y luego volvía a su posición inicial. Finalmente hizo un rodeo por un lado y se acercó a picar las migas que estaban al borde de la manta. Cuando terminó, se fue volando sobre el medio techo.

La paloma no siempre aparecía, y ella volvía a casa dejando en el piso los pedazos de pan que había llevado esperando que le gustaran. Otras veces, la paloma llegaba y se quedaba un rato, aunque no hubiera nada que comer. Cada vez se acercaba más; tanto que casi podía tocarla.

Un día la atrapó; con mucho cuidado la sostuvo entre sus manos, la acercó a su pecho y la acarició, susurrando lo mucho que la quería. Pero, cuando sus dedos se aflojaron un poco, la paloma, hasta entonces inmóvil, de un impulso escapó volando. Te quiero, repitió ella, pero ya se había ido.

Pasó mucho tiempo antes de que volvieran a verse. Algunas veces ella descubría a la paloma asomándose desde el borde del medio techo, ocultándose de inmediato. Luego, un aleteo indicaba que se marchaba. Te quiero, pensaba ella, por qué te vas.

Pasó más tiempo hasta que la paloma volvió a pararse frente a ella. Qué piensas. La paloma la miraba. No te haré nada. Empezó el rodeo por un lado y se detuvo. Por favor. La paloma se acercó, con un poco de cautela, y picó una miga, como la primera vez. Perdóname. Picó otra miga y voló.

Poco a poco, volvió la paloma a estar cerca de ella; tan cerca que ella hubiera podido atraparla otra vez. Pero nunca lo hizo, aunque sus plumas rozaran sus manos o se posara en su hombro para jugar con su cabello. Era dejándola ir, que podía estar a su lado.

22 de febrero de 2010

La sirena

En el mar, canta una sirena.
Con su voz llama a la brisa
que mece las olas,
y despeja en el cielo la faz de la luna.

Nadando gira sobre la espuma
de su propia estela,
brillante, sobre la negra tela del mar nocturno.


Ve en el horizonte la blanca señal
de las altas velas de un gran navío.
Se acerca y lo ve con profunda tristeza;
como su belleza parece morir,
en ese andar tan lento, tan lánguido y débil.


Con amor, hace que su voz surque el cielo,
y rodea al barco con las alegres caricias
que le den consuelo;
que lo abracen las olas, que le cante el viento.


Pequeñas figuras sobre la cubierta
van de lado a lado,
girando las velas, tensando las cuerdas.
Cuando oye sus voces
entre el aullido del viento,
entiende la sirena que quieren jugar.


El barco se inclina a uno y otro lado,
siguiendo a la sirena en su suave danzar.


Se empieza a recoger la vela mayor,
pero llamó ya la sirena a la fresca lluvia
de la tempestad,
que hincha la tela y la agita a su compás,
hasta que se rasga en largos jirones
que saludan al mar,
y al estruendo de la espuma
sobre las altas olas
que elevan el barco
hasta que su mástil más alto
parece tocar el cielo.


Crujen sus tablones ante cada embate,
mientras canta la sirena
cada vez más alto,
trayendo ahora al baile
el brillo de la tormenta.


Relámpagos surcan la esfera del cielo,
y las pequeñas figuras unen sus voces
a la del cercano trueno.


Frente al barco nada la sirena,
y su voz se hace más dulce y cercana.
"Ven, querido amigo", le empieza a cantar,
"Ven, te mostraré mi hogar".
Y se sumerge de espaldas,
extendiendo sus brazos
hacia el barco amado.


La proa del barco mira hacia el cielo
cuando las olas lo elevan por última vez.
Luego desciende,
besando la espuma tras la sirena,
tras su llamado y su canto.


El gran navío se hunde,
y poco a poco las pequeñas figuras
ya no gritan más.


Mientras desciende el barco,
se le acerca la sirena,
y se abraza a él,
danzando luego entre sus velas rasgadas
y junto al mástil roto.


Mil fragmentos giran en torno a ella
y a las pequeñas figuras
que venían con él.
Más cerca ya no son tan pequeñas;
caen lentamente, inmóviles, como si durmieran,
y sus rostros son pálidos,
como el de la luna
a la que tanto ama.

En cada mejilla, un beso les deja.


El barco continúa el camino
hacia lo profundo,
mientras ella vuelve
otra vez junto a las olas.


El baile ha terminado. La tormenta se ha ido,
junto con la lluvia y la tempestad.
Las olas reposan
calmadas,
y sólo la brisa gira aún en el cielo,
junto a la luna, brillante otra vez.


"Hasta mañana, mi amada... ",
canta la sirena,
y se hunde otra vez.

12 de febrero de 2010

En la noche

El surtidor contra incendios se halla en la entrada de un callejón flanqueado por altas paredes. Sumido en las sombras, el final yace oculto, como en un pozo donde entra sin retorno la luz de un pequeño farol. Bajo su calidez una solitaria polilla gira en la danza de su último vuelo. Vez tras vez se acerca rasante al ardiente foco, hasta dar el toque fatal que precede a la caída y la agonía. Tal vez no sabe lo que hace, o tiene una polilla sus propias razones.

Un auto se detiene en la esquina. Baja una mujer. El vestido rojo ceñido, los altos tacones hincando el asfalto. Envuelta en denso perfume, que fácilmente correría calle abajo de haber una brisa, camina hacia la entrada de su edificio. Va lentamente, contoneándose mientras busca en su bolso una llave, que encuentra justo al llegar a la puerta. Al mismo tiempo, bajo la suela de sus zapatos, la polilla finalmente desaparece.

Detrás de ella, la boca del oscuro callejón.

Gira la llave, se desliza el cerrojo, y empuja la puerta mientras el taxi parte rumbo a calles menos desoladas.

Entra, y vuelve a cerrar antes de encender la luz de la escalera. Luego, sube despacio, buscando en su bolso una segunda llave, que siempre pone aparte por precaución. El piso de madera cruje levemente con cada paso.

A medio camino, la luz se apaga. Por instinto, contiene un suspiro. Inmóvil, aguarda un poco a que sus ojos se adapten a la repentina oscuridad. Siente como si alguien estuviera detrás y voltea hacia la puerta. Sólo ve el pequeño rectángulo de la ventana resaltando en la oscuridad. No hay nadie más, pero sus dedos dejaron la llave y sostienen la empuñadura de un pequeño revolver. Nunca se sabe. Posa la otra mano sobre el barandal y desciende.

Por entre las rejas de la ventanilla de la puerta mira hacia la calle. También allí está oscuro. Se ha apagado el farol y sólo la luna ilumina las veredas desiertas.

Abre la puerta y sale. A su lado, la silueta del farol se recorta contra la claridad del cielo. Más allá está el callejón, con sus altos muros y sus sombras, y retazos de luz de luna sobre las cajas abandonadas.

Oye un ruido que sale de la oscuridad. Sordo, ahogado. Le llega también algo como una brisa ligera; un viento extraño que viene de allí y le trae el olor a hierro oxidado que identifica a la sangre.

Se acerca a la entrada del callejón, empuñando el arma. Avanza un poco, junto a la pared, detrás de las cajas; buscando quedar oculta bajo las sombras más oscuras. Tras el sonido de sus propios latidos nota el tip tap de sus zapatos y se detiene en seco. Se los quita para continuar, sosteniéndolos en una mano, y pisando el suelo sobre sus pantimedias.

Nota de pronto un gruñido al fondo del callejón. Quieta, junto a la pared, espera un momento. El olor de la sangre se va haciendo más intenso. Avanza.

Más adelante, en una franja de luz tenue, algo parece moverse tras las cajas. Poco a poco, mientras se acerca, va distinguiendo sus formas. Está agachado, de espaldas a ella, sobre el cuerpo de un perro al que rasga con voracidad. Su lomo se agita al deglutir, y su espeso pelaje plateado brilla a la luz de la luna.

Se asusta, pero piensa que, aunque está muy cerca, no puede notarla. No puede verla porque está de espaldas, y no puede olerla porque la brisa se lleva su olor fuera del callejón, junto con el de la sangre.

Pero nota que no es un animal. Aunque sus fauces son largas como las del perro que devora, y sus orejas se inclinan hacia adelante, bajo el pelaje hay piernas y brazos de forma humana.

De pronto, algo cambia. El ambiente se estremece. Los colores se van. La brisa cesa. Luego la brisa nace otra vez, pero ahora va hacia él, llevándole el olor de su presencia.

Él siente el aroma y voltea de pronto, mirando directamente hacia las sombras donde ella se oculta. Su hocico se arruga y muestra sus largos dientes mientras inicia el rugido.

Súbitamente, la luz del farol vuelve a iluminar la entrada de la calle, y entonces la figura de ella queda claramente destacada sobre el resplandor. Ya no lleva el arma consigo, ni sus zapatos con altos tacones... aún el rojo vestido ha quedado muy lejos. Tampoco siente frío, ni temor al mirar sus ojos brillantes y salvajes.

El rugido se va apagando. Lo ve voltearse de nuevo hacia el ensangrentado cuerpo del perro. Ella avanza. Sobre la pared ambas siluetas son iguales. Llega hacia él, y comen juntos.

16 de enero de 2010

La oración del cazador



Sobre la tierra helada, el hielo y la nieve han cubierto de blanco el paisaje cuando la ventisca ha cesado.

También el silencio parece estar en todas partes. Y sobre el sendero que bordea la montaña, aún el viento ha callado, mientras camina lentamente el cazador, oyendo el sonido de sus propios pasos.

Se detiene, triste y cansado, pensando que hubiera sido mejor quedarse en la cueva, en lugar de salir para intentar conseguir algo que los dioses no quieren entregar.

Viejas cintas de cuero sujetan la piel que lo cubre, y unas bolsas, llenas de hierba seca, envuelven sus pies antes de ser calzados por sandalias de fibra trenzada, atadas con fuerza a sus tobillos. Una larga vara, que usa como bastón, se hinca en la nieve. Suspira. Debe proseguir.

En su cesto, un pequeño trozo de carbón, que mantiene encendido envuelto en hojas verdes, le podrá dar fuego una noche más. Por otra parte, se da cuenta de que tardará no menos de dos días en salir de las tierras del tigre. Resopla. Apresura el paso.

Había creído que podría hallar alguna pieza antes que la tormenta creciera. Algún animal que se atrasara o se hubiera perdido mientras los demás buscaban refugio. Algo que llevar a su hogar, y pudieran comer. Pero la ventisca había llegado de pronto y lo había obligado a ir cada vez más lejos, hasta llegar al otro lado de la montaña, donde ahora estaba, para buscar refugio. El fuerte viento no le deja levantar la mirada. Deslizándose a tientas bajo una loma, se mete en una grieta que abrió en el hielo.

En otras circunstancias, nunca hubiera pensado en adentrarse en esa región, dónde sólo vive el tigre de los largos colmillos. Mientras durara la ventisca, estaría a salvo. Pero tendrá que apresurarse en dejar la montaña en cuanto el tiempo mejorara.

Al salir, después de una noche tan larga como tres días, agradece que el dios de la tormenta ha pasado sin llevárselo.

Luego busca el camino hasta que, un poco más tarde, se encuentra recorriendo el estrecho sendero que bordea la montaña, sobre el abismo, de regreso al otro lado. En el silencio después de la tormenta, nota pronto el eco de sús pasos. Aminora la marcha. Aún siente el susurro de su respiración.




De pronto, algo llama su atención. Al inicio de la curva a la que se aproximaba. Un susurro más tenue que el de su propio aliento. Allá, frente a él.

Siente al miedo acariciar su espalda.

Se queda inmóvil, hasta descubrir unos ojos amarillos, no muy lejos, mirándolo. Y luego el cuerpo blanco del tigre, agazapado, confundido con la nieve.

En un latido, decide que ya no puede retroceder sin que lo alcance.

Otro latido, y sus ojos ven, casi sin girar, la distancia de un salto imposible hasta el otro lado del precipicio.

Un latido más, imagina si podrá coger el arco y disparar alguna flecha antes de que la fiera lo haya alcanzado. No; tal vez de tomar el hacha. O al menos su cuchillo.

Unos copos de nieve van cayendo lentamente.

El tigre alza su rosada nariz, y aspira, despacio. Luego, enorme, se levanta. Y comienza a caminar hacia él.

Pronto, su mano ha encontrado el cuchillo tallado y la otra el hacha de piedra, y se ha puesto en guardia, con ambas armas frente a él.

Ahora, el tigre se ha agazapado otra vez. Su nariz rosada vuelve a hundirse en la nieve, y sólo quedan otra vez los grandes ojos amarillos, mirándolo.

Quizás, suplica en su mente, nunca haya visto un hombre y dude en atacarlo.

Demasiado pronto, el tigre vuelve a alzarse y a avanzar hacia él.

Antes de que se acerque más, prueba una última cosa. Grita. Como un rugido. Fuerte. Quizás lo asuste. Quizás se confunda y se vaya. Oh, dioses, quizás lo haga.

El tigre se detiene, como si vacilara. Sin embargo ahora que está más cerca y puede ver mejor en sus ojos amarillos, se le van las esperanzas. Tal vez nunca haya visto a un hombre y tenga miedo, pero conoce los ojos desesperados de un cazador hambriento

El tigre empieza a gruñir.

Sin saber que otra cosa hacer, vuelve a gritar y avanza un paso para intentar asustarlo.

No debió hacerlo. El tigre enseña sus enormes colmillos y le lanza un rugido atronador. Tan fuerte como lo cuentan los viejos cazadores que alguna vez lo oyeron. Con sus manos se ha cubierto los oidos, deseando desesperado que ya pare. El rugido se detiene, pero empieza otra vez, más fuerte. Trata de mantenerse firme pero ya ha doblado las rodillas. Entonces el tigre va hacia él.


Un trueno lejano parece acompañarlo. Quizás sea el eco en sus oídos. Quizás sea el eco en la montaña. Pero se va haciendo más fuerte y la tierra empieza a temblar. Viene de arriba, donde la nieve de los altos picos se ha desprendido. Es el estruendo de una avanlancha que va cayendo hacia ellos. Pero al tigre no parece importarle; no huye, sino que acelera el paso hacia donde está. Él retrocede, tratando de mantener en alto las armas. Alrededor, la nieve se va desprendiendo. El tigre viene corriendo. La avalancha también está por llegar. Entre el estruendo y sus propios latidos, su mirada busca ansiosa alguna grieta en la que pueda meterse. Parece haber algo a un lado, y corre hacia allá. El rugido del tigre truena otra vez, yendo a su encuentro. Sus garras los impulsan y cae sobre él frente a la grieta. La nieve los sepulta.

Un rato después, ha vuelto el silencio a la montaña.

De pronto, la nieve se agita y el cazador logra salir de la grieta cubierta de nieve. Cerca de él, medio cubierto de hielo, yace el cuerpo del tigre. Se acerca; aún está vivo. Encuentra su cuchillo cerca. Mientras se prepara para matarlo, va pensando que, además de carne, podrán tener también una buena piel. Esta intacta. Sin embargo, un hilo de sangre mancha la nieve. Y las garras del tigre. Sin quererlo creer, el cazador nota su propia herida sangrante.

Quizás no sea grave, se miente.

Finalmente, baja el cuchillo, pensando en su suerte. Ahora se da cuenta de que el tigre es una hembra. Y además amamantando. Es enorme, pero está muy flaca. Debe haber salido a cazar y volvía a su cueva, como él. Que mala fortuna el que se hayan encontrado, pensó. En el silencio, siente otra vez un susurro, pero ya no del tigre. Viene de la grieta, detrás.

Dentro de la cueva, descubre a los cachorros.

Después de atar las patas de la madre, consigue arrastrarla, a duras penas, al interior. Exhausto, se queda recostado a su lado, contemplando el rastro rojo que su propia sangre ha pintado desde la entrada. Hace frío.

Aunque siente tristeza, el cazador va considerando sus posibilidades. Está lejos de casa, mal herido y ahora, aún sin saber si conseguirá volver, deberá matar a un animal al que no quiere matar. Y, sin ella, morirán todos los demás en la cueva.



Sin saber bien que hará, saca el trozo de carbón de su cesto, reune la hierba seca que guarda bajo su ropa, y enciende una hoguera. Parece que los cachorros sienten el calor que se va haciendo en la madriguera. Pero él sólo siente más frío. Tirita.

El cazador piensa en su esposa y sus hijos; ojalá estén bien. Para él, por su parte, está claro que ya no hay oportunidad. Coge el cuchillo y se acerca a la madre. Le corta las ataduras.

Cuando la madre despierte se abalanzará sobre él. Quizás podría intentar huir, pero decide que será mejor así. Ora a los dioses por que alguien ayude a su esposa. Y ora también para que cuando muera, su cuerpo pueda servirles bien a estos tigres.

Unos ojos despiertan y pronto ven al cazador sentado junto al fuego. Ambos se miran. Él cierra los ojos y ella salta sobre él.


Por la mañana, la mujer del cazador llama a sus hijos para que le ayuden. Cerca de su hogar ha encontrado el cuerpo de un gran tigre de largos colmillos. Debe haberlo sorprendido la ventisca mientras cazaba. Está delgado, pero podrán tener de él comida y abrigo.

Quizás nunca lo sepan pero aquel tigre, antes de morir, también hizo la misma oración.

¿Qué declara tu historia?