13 de octubre de 2013

Antes de la cosecha

Y Dios dijo: Hagámos que pueda hacerse a sí mismo a su imagen y semejanza...
-- Otra Biblia

- Ha evolucionado y algunas de las especies han llegado a tener conciencia de su propia existencia.
- Fascinante -susurró el doctor-. Creo que el experimento resultó más fructífero de lo esperado. Entonces, ¿ya todo quedó registrado?
- Sí, señor.
- ¿Y han hecho también autoimpresiones?
- ¿Disculpe, señor?
- Bueno, siempre que hay alguna especie con conciencia de su propia existencia es posible grabar una autoimpresión. La suma de los conocimientos adquiridos como especie. Sería interesante tenerlas.
- Para sus estudios comparativos, supongo.
- Así es, capitán -sonrió el doctor-. Todos somos más similares de lo que suponemos.
- Bueno, lo agregaré con gusto al protocolo final. Y recomendarlo para las demás misiones a partir de ahora. Para todos los mundos donde haya una cosecha tan buena como en Gaia.

Complacido, el doctor permaneció un momento en silencio, contemplando la esfera azul que tenía a sus pies.

- ¿Sabe algo, señor?
- Digame, capitán.
- En realidad, estaba haciendo una especie de autoimpresión rápida de una de las especies que más me llamó la atención.
El doctor volteó a mirarlo, con una sonrisa, como quién reconoce a un alma afín.
- Nada demasiado especial, sólo lo que podía permitirme como iniciativa personal -admitió con humildad-. Me alegra que me lo pida, así podremos hacerlo como es debido.
- Que bueno, capitán. Lo felicito por esa clase de iniciativa.
- Gracias, señor -aceptó, con calma-. Pero usé un catalizador tecnológico. Espero no le moleste demasiado.
- Oh, no se preocupe, capitán -le tocó el hombro-. No había planes de hacer nada más que la cosecha. Está bien. Entonces, ¿me adjuntaría también esa autoimpresión rápida, para considerarla en el análisis?
- Por supuesto, señor.
El doctor le dedicó una mirada paternal.

- Hay algo interesante que noté al hacer el análisis previo a usar el catalizador -se animó a contarle el capitán-. Espero pueda confirmarlo con las autoimpresiones que realicemos.
- ¿De qué se trata?
- Encontré algunos rastros de catalizadores anteriores.
- ¿Está seguro?
- Sí. Debería ser fortuita. No ha habido ninguna otra misión después de la siembra.
- Interesante. Eso habrá producido algún efecto que se reflejará en la autoimpresión...
- Así es, señor -se atrevió a interrumpirle. El doctor sonrió.- Y es ahí donde espero pueda resolver el misterio que encontré.
- ¿Misterio?
- De algún modo... en su lenguaje... usan una secuencia similar para referirse al planeta.
- ¿Qué quiere decir?
- Aunque usan señales visuales para recordar, si las traducimos a nuestro lenguaje, hay una correspondencia en el nombre.
- Es decir que...
- También le llaman Gaia, señor. ¿No es curioso?

10 de septiembre de 2013

Si volviera

Eran unos cabellos tan hermosos que, no importaran cuan largos o cortos pudieran estar, no podía dejar de admirarlos. Muchas veces, sentí que el tiempo se detenía cuando ella pasaba a mi lado y dejaba un poco de su perfume suave flotando en el aire.

Ahora, no puedo decir que recuerde el perfume. No lo puedo evocar. Pero sé que, si volviera a aspirarlo, llevaría mi memoria hacia aquellos días, a aquella casa, donde la madera lustrosa del piso hacia eco a los muchos pasos que se perdían entre los pasillos, y hacia el jardín, con el pequeño estanque recibiendo la caída del manantial.

Ella pasaba la mano entre las ondas, como peinando el agua con sus dedos. Yo, a su lado, miraba como encantado la luz que se reflejaba. Ella no quería mirarme. Quizás porque podría encontrar a mis ojos esperándola para llevarla a donde temía ir todavía. Yo no quería mirar sus ojos. Quizás para que ella pudiera encontrarme sin sentir miedo.

Hacía un momento, había calor, el sol brillaba y el agua despedía destellos entre sus dedos. De pronto, hizo frío, y éramos simplemente dos niños sentados junto a un estanque, oyendo que llamaban para ayudar en la mesa. Ella dejó de hacer dibujos en el agua y se puso de pie. Empezó a caminar. Yo no quería que se fuera; quería que volviera, junto con el aroma de sus cabellos y el sol flotando en su mano. Pero el frío llenaba todo, mientras el tiempo se iba, haciendo tictac con cada paso de ella al marcharse. Dije su nombre en mi corazón, pero ella no podía oírlo, ni voltearía.

La alcancé antes de que llegara al pasillo. Y me miró. ¿Por qué de pronto sentía al sol, si el techo nos cubría? ¿Por qué de pronto había silencio, si el manantial siempre cantaba? Sus ojos brillaban. Su perfume se iba haciendo intenso. Su respiración era tibia. Su piel era suave.

Si volviera a sentir sus labios, volvería a estar allí, junto a ella.

29 de noviembre de 2012

La Torre

Oscuridad. La lluvia cae. Nos arrastramos hacia arriba, jalando cuerdas, todos juntos, sobre una pendiente. Es importante avanzar, aunque estemos cansados. La ropa está mojada pero nos cubre del viento que silba a esta altura. Sobre el piso de roca, el rumor del agua que se desliza cuesta abajo.

De cuando en cuando, pasan los mayores, golpeándonos con sus varas para comprobar que mantenemos el orden.

Oscuridad. Es una palabra que no se usa mucho. Crecemos en la seguridad del contacto con la roca y nuestros seres cercanos, con los ojos siempre cerrados. No hay oscuridad si tampoco hay luz. Aquí la luz no existe. Es la verdad que todos aceptamos, que nos es enseñado y que enseñamos a los que vienen después. Sólo los niños y los locos podrían sugerir lo contrario. Sonreímos con desdén al oírlos.

Pero está oscuro. Y yo lo sé.

Abro los ojos y levanto la frente. Normalmente, en este mundo de oscuridad, no hay diferencia. Pero, a veces, llega el rumor de un trueno lejano. Espero con paciencia la luz intensa que brilla arriba, en el cielo, y a su eco que llega acá a la tierra, para mostrarme el mundo, por un instante.

Así que ahora, que el viento azota la lluvia sobre mi cara porque la tormenta ha llegado, espero. Junto con los truenos llega el regalo de las visiones.

Me acerco al borde de la torre que construimos. Han sido muchas las generaciones que han permitido que lleguemos hasta aquí. Mientras los demás continúan tensando las cuerdas y avanzando a tientas por el camino que nos ha sido designado, desde mi posición, contemplo la estructura que estamos creando.

Veo a las rocas que van encajando, una detrás de otra. A veces, huellas de sangre de gente cuyas historias nadie nos cuenta. Veo a sus cuerpos siendo arrojados al abismo, rápida y silenciosamente, sin que nadie más lo sepa. Veo a los demás asintiendo, aceptando las historias que los mayores se encargan de transmitir.

Avanzamos hacia un mejor futuro. Es lo que se nos dice. Pero lo que veo es una espiral que va repitiendo lo que ya se hizo antes, mientras las sendas se estrechan cada vez más. Veo andamios que ya no encuentran espacio donde ser colocados. Veo mayores tratando de resolver a tientas problemas que aún viéndolos parecen imposibles. Porque esta torre se está inclinando, cada vez más, para caer.

Para mi, es claro que vamos hacia el abismo.

Los mayores no lo podrán evitar. Ni los comerciantes, que traen la comida y las piedras. Son los amos a quienes voy a alertar, mientras voy avanzando, cuesta arriba, más allá de rangos y niveles que jamás soñé alcanzar.

Voy dejando atrás a los mayores, con sus carpas secas y confortables. También a los comerciantes, con sus tiendas elegantes, la buena comida, y el eco de la música para ocultar la tormenta que brama afuera.

Llego a la cima, donde se dice que habitan los amos. Ahí está su templo. Me parece hermoso. Pero curioso, si nadie más puede verlo. Cerca a su techo, distingo un respiradero. Trepo por un lado, cruzo el agujero y descubro el interior, donde los amos reparten ordenes a los comerciantes y mayores que acuden a ellos.

Continúo allí, viendo que los comerciantes se van y las puertas se cierran. Entonces, los amos van hacia un altar, donde escucho sus rezos, pronunciados en voz alta. El eco parece descender como por un pozo. Un instante después, la respuesta asciende. Y ellos agradecen.

Más tarde, ellos también se retiran.

Cuando nadie más queda, desciendo y llego hasta el pozo donde los amos depositaban sus plegarias. Miro hacia su fondo insondable. Una luz muy lejana parece temblar. Si los amos no la pueden apreciar -pienso-, tal vez sea que quienes les responden, los sabios o dioses al otro extremo, también pueden ver.

Sin saber cómo hablarles ni qué decirles, me quedo un rato pensando.
- Tú que me escuchas -me atrevo a decir, recitando una plegaria infantil, pero imitando el tono de los amos-, que conoces mi corazón, así como conoces la torre que construimos, por favor, responde mi pregunta.
Un largo silencio. Quizás no está permitido que nadie hable en este momento.
- ¿Sabes que la torre caerá? -suelto de golpe.
Un murmullo asciende. Luego calma.
- Así será, en el fin de los tiempos -sube la respuesta, con voz solemne-. Pero antes enviaré a mis mensajeros para tomar a los que sean justos.
La voz que respondió se limitó a decir lo mismo que nos enseñan desde pequeños. Me pregunto si los sabios dicen eso para que piense que no se nada.
- He visto la torre...
Otra vez los murmullos. Espero un rato antes de proseguir.
- ... y su magnificencia, que no es tal, y vislumbrado nuestro glorioso destino, que no es tal. Sino rocas amontonadas a la fuerza, formando un sendero que nos conduce a ningún lugar... excepto el abismo cuando todo se derrumbe.
- ¡Herejía!
Pero el grito no vino del pozo, sino de detrás de mi. Bajo el resplandor que entra por el respiradero, distingo a un grupo de amos. La puerta se abre detrás de ellos, y entran varios mayores, con redes para apresarme.
En silencio, me escabullo hacia el agujero por donde había ingresado.
Aguardo, mientras todos me buscan, desconcertados.
Entonces, uno de los amos se separa del resto y camina discretamente hasta situarse al pie de la elevada posición donde estoy. Levanta la cabeza, ¡y me mira!. Seguramente puede distinguir mi silueta contra el brillo de la tormenta, pero no dice nada.

Trepo hacia el techo del templo. La parte más alta de la torre. Desde aquí se hace aún más evidente que lo que estamos construyendo no está bien. El amo que me vio también debe saberlo. Y seguramente los sabios al otro lado del pozo, en algún lugar en la base de la torre, a salvo, aunque todo caiga en el fin de los tiempos.

Allí, de pie, en la cima de mi mundo, el resplandor del trueno lejano hace visible todo en torno nuestro.

Alrededor, aparecen los restos de multitud de torres derrumbadas.


27 de octubre de 2012

Historia de un punto


Un punto se desliza sobre un plano
como siguiendo una línea.

No puede evitar ir hacia adelante.

Mirando hacia atrás,
hacia la estela de sus recuerdos,
se pregunta por qué no la ve adelante.

Mirando hacia adelante,
hacia las opciones del futuro,
le parece que puede decidir y elegir.

Aunque es más probable que siga unas,
y poco probable que esté en otras,
el plano contiene infinitas líneas.

Todas existen, así nunca las recorra.

Lo que pudo ser,
si eligió la izquierda en lugar de la derecha,
si eligió continuar en lugar de desviarse.

Cada opción ha sido elegida,
cada decisión ha sido tomada,
cada punto existe,
aunque cada uno solo recuerde
las que lo trajeron ahí.

Quizás algunas veces
el viento incomprensible
haga ondear el plano
y en un pliegue se toquen dos líneas.

Y el punto se sorprenda
mientras toca los recuerdos
de otra realidad.

Preguntándose si esos fantasmas,
si él mismo, reflejado,
son verdad o una ilusión.

Un día,
como una chispa que se apaga,
su estela no se verá,
aunque el viaje siga
pero con otro color.

En una misma línea
se pudiera unir ambas vidas.
Y, a veces, así le parece,
cuando voltea para recordar.

9 de septiembre de 2012

Bajo una cierta Luna

 
Escucho el sonido de mi respiración. Con los ojos cerrados, trato de concentrarme en la única cosa cuyo control parece estar a mi alcance. No pienso en nada... nada, y mis emociones afloran. Mi mano empieza a temblar. Las lágrimas se escurren bajo mis párpados.

No pienso en nada... nada, y el eco de los pasos en el pasillo del hospital se convierte en un sonido sin significado. Libero mi mente de las palabras, y dejo que sea lo que tenga que ser.

Llega la imagen del brillo del sol, cuando abrieron la cápsula. El mar estaba tan azul. El cielo pálido...

Ahora retrocedo hasta antes de que empezáramos a caer, cuando estábamos orbitando, y trataba de avistar a la Tierra por la ventanilla... tan azul, tan hermosa...

Vuelvo a sentir mucho frío... se formó un vaho en el cristal, que luego se aclaró... todo parece tan quieto... de pronto ahí está, nuestro reflejo sobre la atmósfera, como si fuéramos un guijarro a punto de tocar la superficie del estanque, casi parece otro módulo... nos vamos acercando... nosotros y nuestro reflejo cruzándose... sentimos la sacudida que marca el inicio de la caída...

— Comandante... -una voz me trae de vuelta-, ¿se siente bien?

La enfermera se ve algo preocupada. Debe ser por las lágrimas.

— Estoy bien.

— Lo voy a conducir con el Dr. Demps.

— Ok, vamos.

Caminamos despacio. Ella me empuja la silla mientras veo como van pasando las losetas una por una. Llegamos. La puerta se cierra y estamos los tres solos en una especie de consultorio. Por supuesto que hay más gente detrás del espejo de al lado. Es lo normal. Lo que no es normal es que le llamen Demps al doctor. Lo había tratado durante la preparación. No recordaba bien su nombre, pero definitivamente no era Demps.

— ¿Cómo se siente, comandante?

— Mejor, aunque sigo un poco confundido. ¿Han logrado averiguar qué pasó?

— Bueno -sonrió el doctor-, algunos de los astronautas de las anteriores misiones también pasaron por un periodo de confusión. Aunque esté muy entrenado, la tensión por la que ha pasado es extraordinaria y creo que es normal que el cuerpo, y la mente, lo resienta.

— Pero, ¿y esta cuestión de los nombres?

— Se irá aclarando, comandante -siempre con una sonrisa. Todo se irá aclarando.

Sigue la rutina de los exámenes. El frío del estetoscopio, las luces en los ojos, la presión en el brazo, las muestras de sangre... resulta extraño no reconocer el nombre con que rotulan cada tubo, aún cuando se suponga que sea el tuyo.

Un desconcierto similar pareció sentir el sargento que nos recibió en la balsa cuando amarizamos. No paraba de fijarse en los nombres bordados en nuestro traje.

Había un protocolo de cuarentena que debíamos seguir después de regresar. No había sucedido como esperaba. No había vuelto a ver a mis compañeros desde que nos quitamos los trajes. El Dr. Demps, como le llamaban, era el primer rostro familiar que volvía a ver.

— Ahora Betty lo llevará con el mayor Jordan.

Asentí. Esta vez, la enfermera me conduce un poco más rápido.

Las puertas se abren y veo a mis amigos. Cada uno en una silla de ruedas, como yo. Casi sin pensarlo me pongo de pie. Estoy un poco débil y me tambaleo, pero me siento bien de volverlos a ver y estrechar de nuevo sus manos. Nos abrazamos. Volvimos vivos.


El mayor se acerca y me saluda. Igual que con el doctor, su nombre se me escapa, como cuando se va un sueño, pero tampoco era algo como Jordan.

— Ahora que están los tres juntos, permítanme felicitarlos personalmente por su extraordinario trabajo en el éxito de la misión. Más tarde el General y los encargados de la misión les harán los reconocimientos oficiales.

Sonreímos por eso y le agradecimos su gesto. Sin embargo, había una cosa que yo tenía que decir.

— Bueno, lo intentamos, mayor. Espero que los datos que hayamos obtenido sirvan para que los siguientes sí lo logren.

El mayor sonrió.

— Comandante, ¡es el primer hombre en caminar sobre la Luna! Yo diría que ha sido un excelente intento.

Miré a mis amigos. Es raro cuando uno no encuentra en sus rostros la expresión que esperaría ver. Parecían estar de acuerdo. O me estaba volviendo loco.

Decidí seguir la corriente y averiguar después qué estaba pasando.

— Es que el comandante es muy modesto, mayor -me guiño el ojo mi piloto.

Sonreí, y traté de disimular lo mejor que pude el resto de la reunión.

— Bueno, caballeros, estamos de acuerdo. Les informo que la cuarentena terminará en un par de días a lo sumo. Pronto podrán ir a casa.

Más tarde, a solas los tres, les pregunté qué estaba pasando.

— Nada, comandante -me dijo el piloto. Todo está bien.

— ¿Bromeas? ¿Sabes quién eres?

— Soy el coronel Samuel Thomas, piloto de la misión Artemis 11, que llevó con éxito al primer hombre a la Luna...

— Santo Dios... ¡no te llamas así, Buzz!

— Son sólo nombres... todo lo demás está igual.

No puedo creer lo que estoy oyendo. Él sabe que no fue así.

— ¿Acaso no recuerdas que hicimos la aproximación, orbitamos y se decidió el retorno? Nunca alunizamos.

— Parece que sucedió en otro universo.

Miré intrigado al segundo piloto, que hasta entonces permanecía aparte de nuestra conversación.

— Creo que es lo que mejor puede explicar lo que nos está pasando.

— Explícamelo, por favor.

— En la física cuántica, cuando algo es muy pequeño, como una partícula subatómica, parece estar aquí y también allá, al mismo tiempo. La mayoría de científicos lo explican como fenómenos probabilísticos y otras cosas que realmente no entiendo mucho. Pero para otros se trata de que a esa escala se hace más fácil vislumbrar una realidad paralela.

— Pero nosotros no somos átomos.

— No, pero tal vez algo similar ocurra a una velocidad elevada, como las que conseguimos en el viaje.

— ¿Quieres decir que hay otra realidad alterna donde también quieren llegar a la Luna?

— En realidad, habrían infinitas realidades alternas, cada una tan válida como la otra. Cada decisión que tomas, si vas a la derecha en lugar de la izquierda, es solo la opción que ves en la realidad en que estás. En las otras, puede que hayas decidido otra cosa. Pienso que hay muchas misiones como la nuestra. En algunas llegamos y en otras no. No lo sé. Al parecer, en esta hemos llegado... aunque nuestros nombres no son los mismos.

— Ni siquiera parecidos. ¿Samuel? -digo, mirando al piloto.

— O, estamos mal de la cabeza -replica él, encarándome. ¿Qué opciones tenemos?

— Es que no podemos pasarnos la vida mintiendo -insisto. Tenemos que averiguar qué pasó.

— No será una mentira absoluta. No creas que ellos no lo saben. Por supuesto que han visto nuestros uniformes, con nuestros nombres bordados. Habrán desarmado y examinado cada componente del módulo para ver si encuentran otros nombres que no existen para ellos. Gracias a Dios que nuestros rostros son los mismos, pero te apuesto que algunos estarán pensando si no hay detrás algún plan ruso o cosas por el estilo. Gracias a Dios que nos necesitan. Ganemos tiempo para averiguar lo que sucedió.

— No lo sé.

— Mientras tanto, la versión oficial es que estamos confundidos. Si algo no parece estar en su lugar, no te molestarán mucho mientras te acostumbras.

Es difícil de digerir. Me quedo solo pensando.

Al cabo de un rato, el piloto me alcanza unas fotografías.

— Le pedí el favor a la enfermera. Son de tu familia. Si te sirve de consuelo, se ven como las personas que recuerdo.

— Gracias.

Sí, son las mismas caras. Quizás, como Mike dice, sólo se trate de nombres.

Dejo las fotos y me acerco a la ventana. Recuerdo cuando vi el reflejo de la cápsula al reingresar. Debió ser entonces que cambiamos de lugar. No era un reflejo, la bandera no estaba invertida.

— ¿Qué piensas, Neil?

— En los otros... ¿Crees que ellos sí lo habrán logrado?

14 de agosto de 2012

Hacia el norte

Iba por un camino hacia el norte.

Me encontré con un hombre que avanzaba rozando su cuerpo con la cerca del borde del camino. Insistiendo en no cambiar su dirección aún cuando la senda empezaba a girar. Toda mi vida he ido hacia el norte y he llegado hasta aquí -decía-, el norte es lo correcto, persistiré.

Yo también iba hacia el norte, pero veía que a veces el camino tenía que rodear algún obstáculo y se desviaba temporalmente hacia otra dirección.

Cuando llegamos a la siguiente curva, una roca desviaba el camino, pero el hombre insistía en empujarla, aunque no avanzara nada. El esfuerzo es la clave -repetía una y otra vez-, con esfuerzo es que he llegado hasta aquí y el esfuerzo es lo que me llevará hasta mi destino.

Dejé atrás el eco de su voz, haciendo mucho menos esfuerzo que el suyo para subir por una cuesta y distinguir mejor como luego el camino se enderezaba y proseguía hacia el norte.

Alcancé a otros hombres que también habían adecuado su dirección temporalmente, evitando el sufrimiento de seguir una ruta inflexible. Sin embargo, más de cerca noté que no giraban la cabeza. La mantenían siempre hacia la misma dirección, aún cuando sus pasos los llevaban hacia otra. Hay que mantener la vista siempre hacia el norte -decían-, el norte es nuestra visión.

Yo también iba hacia el norte, pero me fijaba en el camino que tenía frente a mí, en dónde pisaría y a dónde iban mis siguientes pasos.

Ellos necesitaban habilidad y esfuerzo extra para avanzar mirando hacía un lado con los pies apuntando a otro diferente. Frecuentemente, tropezaban con pequeñas piedras y nunca se aventuraban a ir demasiado rápido.

Yo avanzaba simplemente como avanza un explorador. Avanzando como el camino me lo permitía. Viendo el camino como es, no como debería ser. Haciendo el camino con los pasos que iba dando, por mi mismo.

4 de agosto de 2012

El y Ella

Ellos buscaban el poder más grande del mundo.
En su cuerpo.
En su mente.
Ella, sólo buscaba su corazón...
Y entonces, lo encontró.

¿Qué declara tu historia?