Hacia el norte

Iba por un camino hacia el norte.

Me encontré con un hombre que avanzaba rozando su cuerpo con la cerca del borde del camino. Insistiendo en no cambiar su dirección aún cuando la senda empezaba a girar. Toda mi vida he ido hacia el norte y he llegado hasta aquí -decía-, el norte es lo correcto, persistiré.

Yo también iba hacia el norte, pero veía que a veces el camino tenía que rodear algún obstáculo y se desviaba temporalmente hacia otra dirección.

Cuando llegamos a la siguiente curva, una roca desviaba el camino, pero el hombre insistía en empujarla, aunque no avanzara nada. El esfuerzo es la clave -repetía una y otra vez-, con esfuerzo es que he llegado hasta aquí y el esfuerzo es lo que me llevará hasta mi destino.

Dejé atrás el eco de su voz, haciendo mucho menos esfuerzo que el suyo para subir por una cuesta y distinguir mejor como luego el camino se enderezaba y proseguía hacia el norte.

Alcancé a otros hombres que también habían adecuado su dirección temporalmente, evitando el sufrimiento de seguir una ruta inflexible. Sin embargo, más de cerca noté que no giraban la cabeza. La mantenían siempre hacia la misma dirección, aún cuando sus pasos los llevaban hacia otra. Hay que mantener la vista siempre hacia el norte -decían-, el norte es nuestra visión.

Yo también iba hacia el norte, pero me fijaba en el camino que tenía frente a mí, en dónde pisaría y a dónde iban mis siguientes pasos.

Ellos necesitaban habilidad y esfuerzo extra para avanzar mirando hacía un lado con los pies apuntando a otro diferente. Frecuentemente, tropezaban con pequeñas piedras y nunca se aventuraban a ir demasiado rápido.

Yo avanzaba simplemente como avanza un explorador. Avanzando como el camino me lo permitía. Viendo el camino como es, no como debería ser. Haciendo el camino con los pasos que iba dando, por mi mismo.

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