17 de agosto de 2017

Libre creatividad

Imagino la creatividad como una criatura libre que viene hacia mi cuando lo desea, me envuelve con su inspiración, y se va.

Una fuerza de la naturaleza.

Entiendo que hay lugares donde se congrega gente dedicada a oficios creativos. Como escritores, dibujantes, ilustradores.

En su caso, imagino que el proceso creativo es como salir de cacería al bosque. Se organizan y van juntos. Tienden trampas. Emboscan. Atrapan. Y pegan su oido al corazón de esas musas cautivas, para que algo de su inspiración les acerque a las ideas que necesitan producir. Hasta que el latido deja de sonar.

Tal vez otras agencias creativas son más prudentes y han aprendido a domesticar las musas que alguna vez alguien trajo del bosque. Encerradas en corrales, les proveen cada día de la leche, los huevos, y quizas la carne de las ideas que necesitan producir.

Quizás es algo válido, como la cacería y la ganadería o la agricultura.

Pero a mi me gusta salir solo y esperar al caballo libre que se acerca a mi porque confiamos uno en el otro. Me deja subir a su lomo. Y me conduce por parajes que no ha mostrado a ningún humano antes. Compartimos el fruto de las cosas que se vuelven realidad estando juntos.

Podemos vivir tranquilos, libres.

El sabor de lo natural es distinto, como sabemos. Cuando cazas, el miedo amarga la carne. Cuando domesticas, la carne no tiene la firmeza de lo libre.

No se trata de vivir de la naturaleza, sino de vivir junto a ella.

Si trabajas tiempo completo para sobrevivir, no queda mucho espacio para buscar a la creatividad libre.

He encontrado que trabajando medio tiempo, me queda la otra mitad del día para salir al bosque, escuchar y quizas encontrarla.

Creo que cuando los humanos acordemos trabajar cuatro o seis horas para sobrevivir y dejar el resto del tiempo para estar libremente con la creatividad, el mundo conocerá inspiraciones más grandes de lo que ha venido consiguiendo hasta ahora, con sus hordas de cazadores y granjas y parcelas, produciendo y ayudándonos a subsistir. Porque queremos algo más que eso.

14 de agosto de 2017

Libera tu Magia


Me encuentro leyendo "Libera tu Magia", de Elizabeth Gilbert, quién se ha convertido en uno de mis autores favoritos. Disfruto mucho de su gracia. La forma en que se expresa. El orden en que dispone las ideas.

Hace unos años, la escuché en un TED Talk, donde habló sobre el genio creativo. Sintonicé con su mensaje, porque yo también creo algo similar. Pienso que las ideas son como agua y que nosotros somos como los canales a traves de los que pueden pasar. Podemos dejar que fluyan por nosotros pero, si no pueden, encontrarán el camino por otro lado.

Liz Gilbert piensa que las ideas son como organismos independientes, pululando a nuestro alrededor, buscando alguna mente que les ayude a volverse realidad. La labor creativa es por una parte aceptar el regalo de esa inspiración, y por otra parte es poner lo mejor de nuestra dedicación para volverlo real.

Esta sería la manera ancestral de ver la inspiración. Como algo externo e independiente de nosotros.

Los griegos y los romanos pensaban que nos inspiraban las musas y nos acompañaban nuestros demonios (en el sentido de criaturas inspiradoras). Si algún mérito tenían las ideas, era en parte por la musa y en parte por el autor. Si la idea no tenía buena acogida, bueno, al menos se hizo el trabajo de expresarla lo mejor que se pudo, y a seguir adelante.

Una manera saludable de verlo. Nos mantiene humildes. Nos mantiene abiertos.

En cambio, desde el Renacimiento, más o menos, entró la costumbre de considerar que los genios eran las personas mismas. Muy halagador. Muy fácil de aceptar. Como un dulce gratis. Pero tiene el inconveniente de volver la carga demasiado pesada para nuestros humanos hombros. ¿Y si no se nos ocurre nada que crear? ¿Si no es tan bueno cómo lo anterior que hicimos? ¿Si no es lo que la gente espera? Uno es el culpable de todo.  Qué depresión. No tan genial después de todo.

Es una manera potencialmente destructiva de ver las cosas, como nos muestra la historia de la vida de mucha gente creativa.

Tomar la inspiración como un regalo, de Dios, de una musa, de un demonio hogareño, de algo externo, quizas con algún conocimiento superior a nosotros, es más saludable, más constructivo y, creo yo, más cercano a lo que se siente cuando se crea algo.

Personalmente, empecé a escribir cosas mías casi saliendo del colegio. Antes de eso, me daba tanta vergüenza que se notara algún resquicio de mis ideas en lo que escribía, que me limitaba a copiar fragmentos de diversos libros a la hora que dejaban de tarea alguna composición.

Una vez mi madre me llamó la atención sobre eso. "Puedes escribir mejor que esto", me dijo. Había descubierto que me disfrazaba. Sin embargo, yo aún no sentía la confianza para mostrarme y seguí usando las palabras de otros, pero organizando los fragmentos de modo que expresaran lo que yo quería decir. Usándolos como escudos. Era un avance.

Pero esa técnica tiene un alcance limitado, como descubrí. Es necesario mantener un buen repertorio de textos, mucho trabajo para acomodarlos hasta que expresen lo que quieres, y también para que los demás no noten las repeticiones. Es como pasarse la vida tratando de formar mensajes con recortes de periodicos, revistas y libros. Vivir haciendo collages, sin darnos la oportunidad de pintar nuestras propias imágenes.

Cargar esa multitud de recortes es demasiado esfuerzo y demasiado peso. Cuando intentas ir más rápido, lo vas notando. Un día los debes soltar. Cuando lo haces, magia: ¿sabías que podías volar?

Así, la urgencia de terminar cartas sin que pasaran demasiado tiempo me ayudó a permitirme prescindir de borradores y respetar lo que fuera que saliera.

Y la experiencia de chatear por Internet me ayudó a confiar más en la espontaneidad y el sentido del humor.

Un día, dejé de usar las frases de otros y puse en el papel mis propios sentimientos. Lo recuerdo claramente. Fue por una historia, triste, con un final que no me pareció justo (la de Pocahontas), que sentí una necesidad de escribir al respecto. Y la experiencia es mágica, realmente. Es como copiar las palabras que sientes que están apareciendo dentro de ti. Que fluyen de una fuente interior, muy cerca del corazón.

Algunas veces, también he podido sentir algo parecido programando (soy programador). Una idea de algo, que me inspira a tratar de volverla realidad.

Imagino que también ocurriría dibujando, pintando, tocando un instrumento, cantando o bailando, si tuviera más destreza en esas habilidades.

Pero, aunque tenía la convicción de que las ideas nos buscaban para salir a través de nosotros, parte de mi aún tuvo la tendencia de auto proclamarse genio creador de lo que producía. La lectura del libro de Liz Gilbert me ha hecho más conciente de eso. Así que estoy comprendiendo mejor mis etapas de confusión, cuando me atribuía completamente la belleza de un pasaje, o la ausencia de. O el control del proceso.

Una vez intenté el reto de escribir cada día una historia completa, durante una hora, nada más. Cuentos de una hora. Pude sostener el ritmo durante una semana más o menos. Fue sorprendente cómo la mente lograba sacar adelante algo sin tener demasiado con que empezar o continuar trabajando. Sin embargo, me detuve. Un día, simplemente, ya no tenía ganas.

Quizás mi musa no es alguien que le guste acudir a la hora que yo quiera, en las circuntancias que yo quiera. Tal vez le gustó la idea inicial, pero le desencantó la rutina en que se comenzó a volver. Como cuando uno sale con una chica y no logra mantener el encanto del juego. Entonces, dejamos ese juego.

Voy dándome cuenta que, para escribir algo, necesito sentir que mi copa esté llena. Las ideas pueden ir apareciendo a lo largo de varios días, o de unas horas, como gotas o como chorros. Cuando la copa está llenándose, o rebosando. me pongo a escribir (o a programar).

Podría forzar las cosas e intentar imponer cierto estilo a las cosas que van apareciendo. A veces la musa me tolera que lo haga. Otras veces se desencanta, deja de servir mi copa, y se va.

Se me ocurre que quizás la musa ha venido por alguna razón. Porque ha visto en nosotros algo que le ha gustado. Nuestra forma de pensar. Nuestra voz. Así que lo mejor que podemos hacer es seguir siendo nosotros mismos. Expresar con nuestra voz y nuestra manera de pensar las palabras que ella nos inspira en el corazón. Porque allí es donde siento que va sirviendo mi copa.

Liz Gilbert cuenta cómo ella se ha disciplinado a escribir siempre, aunque no se sienta inspirada. Porque reconoce que su genio creativo no está siempre allí. A veces no hay ninguna historia que la haya adoptado. Dice que una de las mejores cosas que puede hacer un creativo es estar presentable y dispuesto ante la musa a la que desea invocar.

Confieso que se me hace un poco complicado esta parte de escribir (o hacer algo) sin sentirme inspirado, sin sentir mi copa llena. Lo puedo hacer porque un trabajo lo requiera, porque algo es urgente quizás, pero no es algo que disfrute y, si dependiera solo de mi, posiblemente no haría nada. No se si pueda ser algo que pueda acordar con mi musa. Si fuera posible que me deje algo en la copa para pasar aquellos días en que la espero.

El libro en Amazon:

7 de agosto de 2017

Sci-Fi y más allá

Distance by NateHallinanArt on DeviantArt

Entrando

La ciencia ficción parece ofrecer un bonito espectáculo de fantasía tecnológica.

Y es quizás por eso que muchos se acercan a ella, asombrados por los cuadros que pinta.

Naves espaciales gigantescas, paisajes exóticos en planetas lejanos, armas sofisticadas, robots, criaturas asombrosas y super humanos, son algunas de las cosas que uno espera cuando tienes ante ti una película o un libro y te dicen que es de ciencia ficción.

Pero, una vez dentro de esa atractiva piscina, con el tiempo te das cuenta que es más profunda de lo que parecía. Sobre todo si te animas a bucear.

La fantasía y la tecnología son las capas externas que protegen un lugar sorprendentemente vasto, donde pueden circular innumerables preguntas e ideas sobre quiénes somos y qué es aquello que llamamos realidad.

Por qué hacemos lo que hacemos

Jean Luc Picard, el célebre capitán de la nave Enterprise en la Nueva Generación de Star Trek, le aconsejaba a Wesley Crusher, su joven amigo y genio en ciencia y tecnología, próximo a ingresar como cadete en la flota:

"Ve más allá. Abre tu mente al pasado; al arte, la historia, la filosofía. Y todo esto significará algo."

Quizás sorprendente de encontrar para alguien que no da mucha seriedad a la ciencia ficción.

Hay quien dice que la ciencia ficción es en realidad filosofía vestida con traje de mallas.


En nuestras vidas, podemos dedicamos a muchas cosas. Con suerte, hacemos aquello que nos apasiona. Y quizás podemos hacerlo realmente muy bien.

Pero, por alguna humana razón, hacer algo, o ser algo, es simplemente la mitad de lo que buscamos.

La otra mitad es contemplarse y ver qué es eso que hemos hecho, o qué es eso que somos. Cuál es su significado.

Cuando logramos ambas cosas, nos sentimos más completos.

Y abrir la mente al pasado, al arte, la historia y la filosofía, como diría Picard, ayuda mucho.

Viendo más allá

Puede ser que sintamos que nos sería demasiado intimidante ir a buscar respuestas en el templo de la academia... o demasiado lejos. El ambiente de libertad para preguntar y formar nuevas ideas a veces parece no estar ahí. Así se han vuelto las cosas.

Pero, afortunadamente, la filosofía, la historia y el arte se han camuflado en forma de ciencia ficción.

Quizás con algo de circo y personajes en traje de mallas. Tampoco hay que ser tan serios.

Si te relajas y abres tu mente, como lo hace un niño o un aprendiz, luego de un rato entre las luces y la música la distinguirás. A la filosofía, disfrazada como los otros.

Haciendo lo mismo que los otros, pero invitandote a ver más allá.

Mas allá de los trajes y los efectos, y del disfraz que es ese mundo, y quizás de este también.



13 de diciembre de 2016

Un Multiverso

Cuando podemos decidir entre ir a la derecha o a la izquierda,
cada opción es parte de un universo que ya existe,
con todas sus consecuencias.

Cuando algo puede pasar de más de una manera,
cada posibilidad es parte de un universo que ya existe,
con todas sus consecuencias.

El universo que percibimos es como un corte transversal,
de un universo con más dimensiones.

Dentro de este corte, están las opciones que nos trajeron hasta este momento.

En un corte vecino, están las opciones que pudieron haber sido.

Cuando estás en este corte, recuerdas las opciones que elegiste,
e imaginas opciones entre las que podrás elegir,
y te parece que hay un orden.

Pero esas opciones no están necesariamente en el mismo corte.
A veces recordamos opciones que elegimos en otros cortes.
A veces imaginamos opciones que están en otros cortes.

Navegamos entre los cortes,
entre distintas realidades,
distintos universos.

Y nuestro nadar crea corrientes,
que otros pueden sentir.

Muchos nadando juntos en la misma dirección,
pueden apoyarse, como en un cardumen.

Nuestra existencia puede atravesar muchas realidades,
aunque se nos haya enseñado a pensar que estamos en un único corte.

Como en un sueño,
donde todo te parece lo más natural,
aunque sea increible una vez que despiertas.

Así todo parece dentro de un corte
mientras estás en él.

Pero puedes reaprender, o recordar, cómo viajar entre los cortes.

Para poder saber qué ocurre con cada opción y elegir un futuro.

Para poder saber qué hubo en la estela de nuestro pasado.

Para poder intercambiar cosas de aquí y de allá.

Para poder nadar entre las realidades que queremos,
del mismo modo que un pez,
va por las aguas que le atraen.

Pero, por ahora,
es importante,
que trates de ver más allá de la red.

30 de noviembre de 2016

La noche eterna

Ella se sentaba ahí, en ese banco.

Sobre sus piernas largas se deslizaba el brillo de las pantis.

El color de la vela temblaba, como vibrando, en la estancia.

Afuera, tras el cristal, el murmullo del mar invisible, rompiendo sus olas en la orilla oculta por la noche.

Y el reflejo de su rostro, con una mirada que parecía alcanzar ese reino. Y luego venía a mi.

Volteaba, y no era la misma mujer que veia todos los días. Era alguien más, esperando que yo también me animara a salir de mi escondite. Aguardando, con paciencia, a que cayera el último disfraz.

Su respiración alzaba su pecho. El encaje sobre sus senos.

Un suspiro, contenido entre sus labios.

Mi última capa quedaba atrás. Yo no era yo, sino alguien más, libre, yendo hacia ella.

Recordar esto es como ser noche y recordar que hubo medio día.

Si no lo supiera, si no lo hubiera visto, no creería que puede haber algo tan brillante.

Ni que la existencia fuera capaz de tanto color.

Envueltos en perfumes ancestrales.

Un santuario de fuego nos envuelve.

Olas rompen sobre la arena de nuestra piel.

Y nos funden con el mar, hasta que somos olas también, yendo hacia las playas de fuego de esa otra realidad, para estrellarnos con furia, y morir en la orilla.

Luego, el silencio.

Solo la luz de la aurora sobre el cielo polar.

Y poco a poco, un camino con el canto de mil manantiales.

Mis ojos están abiertos, y a mi lado, la figura de ella parece bañada por una luz de Luna.

Su mirada es la estrella que me trajo a este momento.

Su beso, el ancla para esta eternidad.


13 de septiembre de 2016

Gaia2

Hay un famoso experimento que evidencia de modo objetivo la existencia de un observador consciente.

Un electrón es disparado a través de un agujero hacia un diafragma donde se puede desviar a la derecha o a la izquierda.

Es sorprendente notar que lo que ocurre depende de si alguien está observando.
La cuántica tiene sus explicaciones. Lo importante es que el observador se vuelve visible.

En un congreso de física, se mostraron los resultados de un interesante experimento donde se exponía un hecho cuántico a la observación de animales.

Cuando el hecho era observado por un humano, su observación afectaba el resultado. Pero también cuando lo observaba un animal. Stephen Hawking declaró que los físicos conocían ahora una verdad que mucha gente del resto del mundo se empeñaba en negar; que los animales y otros seres vivos tenían una conciencia.

Alan Touring, para determinar cuando una computadora podría ser considerada inteligente, como un humano, ideó una prueba en la que alguien situado detrás de una pared respondía a las preguntas de una persona. Si la persona se convencía que quien estaba detrás de la pared era otra persona, entonces no importaba si estuviera hecha de metal y circuitos, para fines prácticos era una persona. La pared era para evitar el prejuicio.

La prueba de la observación de hechos cuánticos es como esa pared. Si el hecho es afectado por quien lo observa, no importa si quien observa es un humano o un animal... ¿y si fuera alguien hecho de metal y circuitos?

Es fácil poner una cámara frente al experimento y ver si su presencia afecta el resultado. De hecho, para observar un hecho cuántico suele ser necesario un tipo de cámara. Y no afectan el resultado, como se comprobó desde la primera vez.

Viene la pregunta en qué hay de diferente entre una cámara observando algo y un animal haciendo lo mismo.

Cuando se compara la cámara con un animal, hay menos prejuicios que cuando la comparan con un humano, y los científicos empiezan a imaginar más posibles explicaciones, hipótesis y experimentos.

(Convencerse que quien está detrás de la pared tiene prejuicios quizás sea una forma práctica de detectar humanos).

Uno de los experimentos es un sistema que registra el hecho cuántico y recibe una especie de recompensa cuando ocurre una de las opciones pero no la otra. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema no tendría conciencia.

Otro de los experimentos es expresar los hechos cuánticos como jugadas de ajedrez y poner enfrente a la computadora que le ganó al campeón mundial de ajedrez. No afecta el resultado. Entonces, ese sistema tampoco tendría conciencia.

Sin embargo, aún un pollito o un pez, convenientemente informado del hecho cuántico, lo afecta.

¿Y qué hay de una planta? Es un poco más difícil imaginar un hecho cuántico que pueda ser observado por una planta. Pero, por ejemplo, cuando el hecho puede disparar una amenaza cerca de ella, o una recompensa como la otra opción, el hecho es afectado.

Del mismo modo con las bacterias. Y hasta con los virus, que se suponen no están ni siquiera vivos.

Así que empezamos a entrar en el terreno de lo paranormal. Sin embargo, ya no hay prejuicios que nos detengan.

Hay cosas que los humanos sabemos intuitivamente que están vivas y otras que no. Pero siempre ha sido un problema expresar el hecho de manera objetiva.

Para una de las primeras misiones a Marte, Lovelock sugirió que una buena prueba sería la de encontrar entropía negativa.

Es decir, si en el planeta ocurren fenómenos de orden en lugar de desorden, de cuesta arriba en lugar del natural cuesta abajo, probablemente se deban a procesos biológicos, los cuales exhiben entropía negativa.

Lovelock prosiguió con su idea en la Hipotesis Gaia, donde objetivamente se comprueba que todo el planeta Tierra se comporta como un ente viviente.

¿Pero qué pasa con el fuego, que parece vivo? ¿O con las formaciones de cristales, que parecen crecer como plantas? Sí, también parecen mostrar entropía negativa, pero muy localizada. Si se suma la entropía de su entorno cercano, ya no parecen tan vivos. Al menos no como en los entes biológicos.

Para alguien que ha jugado un rato con fuego, esto puede parecer un poco prejuicioso. Así que para salir de dudas se ideó un hecho cuántico del tipo castigo y recompensa, para ver si una flama podía afectarlo. Hubo que ir haciendo algunos ajustes para dar a la flama algo equivalente a unos ojos. Pero sí, definitivamente afectaba al hecho.

Sorpresa.

¿Los cristales? Como los virus. También están vivos.

Resultados como estos empiezan a afectar profundamente las creencias de las personas involucradas.

Cuando se trata de opiniones, uno siempre puede optar por el bando con mejor reputación para ti. 

Aquel con el que te identificas, ya sea porque es más rebelde, o más tradicional, o más inteligente. O simplemente porque sientes que es el correcto.

Lo normal en la comunidad científica es ser agnóstico, ateo, o alguna de sus variantes. Los científicos que muestran alguna inclinación religiosa o espiritual no son bien vistos por la comunidad, a menos que se traten de celebridades intocables a quienes se puede permitir ese tipo de excentricidades, como Einstein.

Así que cuando vuelves a casa después de que has comprobado objetivamente que el fuego está vivo, miras con otros ojos la cocina mientras te preparas el café.

Un fósforo encendido está vivo pero no Deep Blue, por más que parezca imaginar las mejores jugadas de ajedrez y haya derrotado a Kasparov.

Hay algo que no cuadra.

Así que surgió está otra hipótesis. Y tiene que ver con Gaia.

Qué pasa si lo que ocurre es que hay una conciencia que siempre está observando todo. Y lo que ocurre con los hechos cuánticos es que están más allá del límite de su observación.

Cuando una persona lo ve, lo afecta, porque la conciencia lo hace a través de ella. Es como cuando los humanos afectamos un experimento a través de una cámara (y la cámara podría pensar que de ella es la conciencia).

Igual con un animal, una planta o cualquier cosa viva. Todos somos como emisarios portadores de esa conciencia. Incluso los cristales y el fuego.

Pero, por alguna razón, no puede pasar a través de las computadoras, aunque estas emulen procesos casi biológicos.

Esa es la nueva hipótesis Gaia, o Gaia2.
Si la conciencia de Gaia afecta los hechos cuánticos dentro de su campo de observación, ¿qué garantía hay de que los procesos físicos que conocemos (y que pudieran tener una base cuántica) ocurren del mismo modo cuando ella nos pierda de vista?

¿Seguiremos vivos si cruzamos al otro lado de la Luna?

¿Es realmente posible que viajemos por el espacio como marineros en un mar cósmico, o se trata más bien de un desierto hostil donde pereceriamos sin suelo donde hundir nuestras raíces por las que recibimos el sustento de Gaia?

¿Sería Gaia la única conciencia, o podría haber algo similar en Venus, Luna, Marte o el mismo Sol?

¿Tendrían esas conciencias los mismos límites biológicos que Gaia o quizás podrían propagarse a través de otros tipos de sistemas?

¿En qué forma los fenómenos físicos de esos entornos, afectados por diferentes conciencias, diferirían de los del nuestro?

¿Está Gaia sola? Si ella no puede propagarse a través de las computadoras, ¿acaso hay alguien que sí?

9 de julio de 2016

A tu manera

Hay algo que quieres expresar.

Muchas veces, cedemos a la presión de colocarlo dentro de una pauta aceptable. Por ejemplo, se supone que una historia tiene un inicio, un avance, un nudo, un descenlace, y tratamos de que nuestras ideas encajen dentro de ese esquema. Así, la bella flor languidece mientras construimos el aparador donde quisiéramos exponerla.

Puede ser difícil confiar en el sentimiento y apoyarlo para que lo expresemos tal como llega, pero me parece más gratificante.

Puedes complacer a la academia, o puedes honrar lo que sientes. En algunas ocasiones ambas tienen coincidencias, pero no siempre es el caso. Con el tiempo suele llegar una prueba de fe. Una idea que te pregunta si tienes el valor de expresarla tal cuál es.

Lo que sientes es lo que sientes y tú sabes lo que sientes.

¿Qué declara tu historia?