Nuevo amanecer

Cuando los humanos descubrieron que podían volar, ya muchas cosas estaban cambiando en el mundo.

Con un poco de práctica, cualquiera conseguía elevarse, girar y avanzar, guiando sus movimientos con algún gesto de las manos, los brazos o las piernas. Era como aprender a bailar.

La humanidad sonreía, sorprendida de que su antiguo anhelo se estuviera cumpliendo de modo tan simple.

Cómo no nos dimos cuenta antes, exclamaban. La ciencia, por su parte, se había acostumbrado a aceptar con una sonrisa la realidad que ya no podía explicar.

La humanidad despertaba a nuevas sensaciones y sentimientos.

Aunque la electricidad ya no funcionaba, ni las máquinas que habían sido parte de su vida, no importaba, porque la magia surgía de las manos y todo aquello que se quisiera lograr era posible.

Aúnque algunos podían ver como mantos de colores la energía que envolvía a cada individuo, la mayoría ya podía percibirla directamente. Tenían sensaciones difíciles de describir sin experimentarlas, como tratar de describir la luz a quien nunca ha visto.

Hubiera sido necesario inventar nuevas palabras y verbos, para eso y muchas cosas más, pero dejó de ser necesario cuando descubrieron que podían compartir sus pensamientos sin necesidad de hablar y sin importar la distancia.

Incluso el tiempo, poco a poco, se fue desvaneciendo como la ilusión que era.

El universo se empezaba a descubrir, mientras se iba despejando aquella especie de niebla en la que habían estado inmersos.

De pronto, todos veían como estaban conectados. Todo era tan claro, tan obvio.

Se hizo claro el recuerdo, cuya silueta se había perfilado a través de una bruma milenaria. Ya antes habíamos vivido así, pero algo había pasado. Una especie de oscuridad había caido, como un fuerte viento, capaz de diluirte el alma cuando te alcanzaba.

Entonces, para poder seguir viviendo, los dioses que quedaron crearon refugios que les permitieran sobrevivir en el nuevo ambiente. Refugios que eran como máquinas, para ellos, pero significó la vida para esas máquinas.

Por álguna razón, quizás por el simple hecho de existir, esas máquinas mostraban una conciencia residual. Como un fantasma.

Aúnque no tuvieran el control, imaginaban tenerlo, y creaban en su mente la ilusión de que estaban eligiendo aquello que les sucedía. Pero, en realidad, eran tan sólo como piedras rodando, creyendo tener el albedrío para elegir la ruta por la que inevitablemente pasarían. Muchas máquinas se llamarían a sí mismas la Humanidad.

La Humanidad no podía distinguir más allá de lo que tocaba, como un ciego a tientas. Para orientarse, creó la ilusión del tiempo. Cuando tocaba en dirección al pasado, recordaba. Y, con las manos en las espaldas, no recordaba el futuro hasta que lo había dejado atrás.

Vislumbraba a veces el recuerdo de los dioses, de un tiempo donde la magia había sido posible. Pero ese recuerdo quedaba lejos y le era difícil de alcanzar.

Pero, cuando la niebla se fue disipando, la Humanidad fue experimentando el despertar de sentidos que eran los sentidos de los dioses refugiados dentro de ellos, y recordó.

Al principio fue confusión y escepticismo.

Pero ahora era un momento maravilloso y felíz.

Cuando la niebla se hubiera ido por completo, los dioses dejarían esos avatares para vivir la eternidad plenamente, como antes lo hicieron.

Y la conciencia residual de esas máquinas, dormiría brevemente, antes de desaparecer, cuando fueran desconectadas.

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