Fin del mundo en el borde de una mesa

Con el tiempo, habían llegado hasta allí. Desde el borde del mundo, podían contemplar el cosmos infinito.

Era larga su historia y muchísimas las generaciones que les habían precedido.

También era largo el camino que habían recorrido desde la selva donde todo empezó.

Algunas cosas las sabían por tradición. Por historias que pasaron de boca a boca a través de las eras.

Pero, recientemente, relativamente hablando, con el conocimiento científico que habían desarrollado, tenían las respuestas para casi todas las preguntas.

Sabían, por ejemplo, que vivían en un disco plano, y que eso era la norma en el universo, pues veían con sus telescopios que había otros discos planos alrededor de ellos.

También podían explicar cada detalle de las estrellas que flotaban en el oscuro cielo infinito.

Un poco arriba del horizonte, había un grupo especial de doce estrellas que parecían formar un círculo, dentro del cual dos líneas, una mayor y otra menor, estaba casi alineadas.

A diferencia del brillo cristalino de otras estrellas, este conjunto tenía un tono verdoso, casi fantasmagórico.

Habían descubierto que el eco que llegaba con el inicio de cada estación, y que pensaban venía de todos lados a la vez, provenía principalmente de la dirección de aquellas estrellas.

Había la teoría de complejos procesos físicos y químicos produciéndose en aquel conglomerado para ser capaz de producir un sonido de tal magnitud.

Procesos de naturaleza muy singular, porque cada trecientos ecos uno de los extremos de la línea mayor parecía ser atraído hacia la siguiente estrella, de modo que volvería a la misma estrella luego de tres mil seiscientos ecos.

En ese mismo tiempo, en un movimiento aún menos perceptible, la linea menor también parecía ser atraído hacia su siguiente estrella, así que algún día volvería a la misma estrella.

Tenían el conocimiento de estas cosas, con muchos científicos desarrollando ciencia, muchos sabios explicándola, y muchos gobernantes cuidando que todo eso se hiciera en el orden correcto.

Así que no hacían mucho caso de los mitos, porque no los necesitaban.

No necesitaban de los mitos que les decían que su mundo era plano, como una mesa, y que era un mantel el que contenía su suelo, sus bosques y sus cimas.

Que la mesa de su mundo estaba rodeada de otras mesas y que ahí se sentaban a comer los dioses.

Que el tiempo en que ellos volverían seria avisado con señales en el cielo pero sólo unos pocos las entenderían.

No, no necesitaban de esos cuentos que, a veces, simplemente asustaban a la gente, como el mito ese, del fin del mundo.

Decía que a esta era de oscuridad había precedido una era de luz, y que una nueva era de luz volvería cuando las líneas en el círculo de estrellas se alinearan otra vez. Eso estaría escrito en las marcas que antiguas civilizaciones, ya desaparecidas, trazaron en la dura base de su mundo.

Justamente estaba cercano ese momento, por primera vez, para la historia que conocían, y había todo tipo especulaciones en torno a lo que podría ocurrir. Los más alarmistas creían que el mundo se fragmentaría y todos morirían. Quizás alguna cosa cayera del cielo. Otros, creían que algo extraordinario pasaría. Quizás se detuviera el tiempo, o bailaran las estrellas en el cielo.

Pero ellos sabían que nada pasaría, que se trataba de un simple fenómeno celeste, sin ninguna relación con ellos.

¿Cómo podría la simple posición de unas líneas en el cielo destruir el mundo que conocían?

Era absurdo, por eso aguardaban tranquilos a que pasara, y todos continuarían sus vidas.

A pesar de eso, casi todo el mundo estuvo pendiente de ese momento cuando llegó. Multitudes habían viajado de muy lejos para tener la primera fila en el espectáculo celeste. Otros, seguían la cuenta regresiva desde sus hogares.

Las líneas mayor y menor se alinearon perfectamente y llegó el eco de la nueva estación.

Parecía que nada iba a pasar. Entonces, sucedió.

A las 6:00 am de esa mañana, María, la dueña del restaurante, entró al salón y encendió la luz.

No, el mundo no se acabó. Sin embargo, de pronto pudieron ver que su eterno cielo oscuro se iluminaba. Al mirar al horizonte, en la posición de las doce estrellas había un disco con signos y marcas fosforescentes que señalaba cada número y cada manecilla. Una aguja más delgada, invisible hasta entonces, se hizo notoria cuando llegó el siguiente tic tac. Más arriba, las demás estrellas eran racimos de cristales suspendidos en torno a lámparas brillantes sostenidas del techo.

No, el mundo no se iba a acabar. Al menos no hasta después de las 10 pm, cuando el restaurante cierra y María retira los manteles, limpia con desinfectante y pone unos nuevos antes de apagar la luz, hasta el siguiente día.

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