Se busca Dios


Cuentan que los lamas del Tibet creen que cuando sea escrito el nombre de Dios será igual que comprenderlo, y nosotros, su creación, habremos alcanzado el máximo de lo que es posible que hagamos; la finalidad de nuestra existencia se habrá logrado y, no habiendo nada mejor que podamos hacer, Dios se manifestará para dar el siguiente paso.


Tal vez desaparezca todo, y nos recree en una versión mejorada. Tal vez. En la búsqueda de ese momento, los lamas están dispuestos a probar todas las combinaciones posibles con el alfabeto de nueve letras con el que están seguros se puede formar la palabra de nueve letras que es el nombre de Dios.


Cada posibilidad es anotada en las páginas que se pegan a un enorme libro, en una tarea que, aún sin ningún tipo de interrupciones, podría extenderse por miles de años, si alguien se detiene a calcularlo.


Hubo un monje que tuvo la idea de hacerse nueve dados de nueve caras, cada una con una letra para poder hacer pruebas al azar. Aunque los otros monjes y hasta su maestro habían insistido muchas veces en que seguramente el mismo Dios se encargaría de influir en los dados para que su nombre sagrado no fuese formado de manera tan inconsciente, él había persistido en ello y ahora, después de tantos años, y siendo él mismo ya un anciano maestro, continuaba lanzándolos y probando lecturas al final de cada comida. Si el mundo se acaba, mejor después que antes de comer, se decía a veces.

Como monje no tenía propiedades materiales, pero cargaba sus dados en una bolsita y los llevaba siempre a donde quiera que iba.


Cierta vez tuvo que hacer un viaje largo, y en el camino pidió a un niño que le ayudara a llegar a la siguiente aldea. La siguiente aldea resultó estar más lejos de lo que había pensado, y decidió hacer un alto para que comieran un poco.


Cuando al final tiró los dados, el niño le preguntó qué era lo que hacía. Se lo explicó en palabras sencillas, y el niño le dijo que no podría leérselos, pero le gustaría tirar los dados. El anciano aceptó que hiciera la prueba, y le leyó lentamente la palabra que se había escrito cuando terminó de acomodar los dados. El niño sonreía, es mi nombre, dijo. Entonces el mundo se fue desvaneciendo, hasta que sólo quedaron él y el niño. Mientras el anciano comprendía, el niño también desapareció, y se quedó solo.

Todo lo que veía a su alrededor era blanco y parecía no tener fin. Pensó en la nieve, pero no tenía frío. Había tanto silencio que no oía ni su respiración. Pensó en la muerte, pero se sentía vivo. Dios se presentó ante él como una voz que sonaba en todas partes, afuera y también dentro de él al mismo tiempo. El monje estaba impresionado, pero lo primero que se le ocurrió hacer no fue postrarse, sino hacer una pregunta: "¿Por qué estoy aquí?" No veía por allí a ninguno de los muchos monjes que habían pasado sus vidas buscando aquel momento en cada combinación que escribieran en las hojas del gran libro. ¿Habían sido sus esfuerzos en la búsqueda menos valiosos que sólo lanzar unos dados?. Luego recordó que no fue él quien los había lanzado. Quizás, pensó el monje, no se trataba de buscar a Dios, sino de dejar que Él nos encontrara. Tal vez esa era la respuesta, porque la voz no la negó.

Luego consideró que estaba ante Dios, y que todas las respuestas del universo estaban a su alcance, e hizo una pregunta con otro significado, aunque para hacerla finalmente usara las mismas palabras: "¿Por qué estoy aquí?"

Quizás Dios deseaba que él mismo hallara la respuesta, porque dijo: "Puedo mostrarte todo lo que quieras; ¿qué quisieras ver?"



El anciano pensó en cosas hermosas, en momentos felices, en su vida, en la vida de todos, en lugares lejanos, en el universo.

"Quisiera ver todo", respondió el anciano.

Luego, mientras sucedía, parecía que ya no existía el tiempo. Dios le mostró todo lo que deseaba ver.

Pero, ¿por qué estaba ahí? Después de haberlo visto todo, sentía que lo que buscaba era más que ver todo. Quería comprender.

"Puedo enseñarte todo lo que quieras; ¿qué quisieras saber?", preguntó Dios.


El anciano pensó en todo lo que había visto, luego en lo que no entendía bien, en sus dudas, en lo que no comprendía, en los misterios que tendría el universo.

"Quisiera saber todo", respondió el anciano.

Entonces, Dios le enseño todo lo que deseaba saber. La verdad de las cosas inundó su mente.

Pero, ¿por qué estaba ahí? Ahora que lo sabía todo, miraba de frente el rostro de Dios. También sabía cuál sería su siguiente paso.

"Puedo darte lo que quieras; ¿qué quisieras?", preguntó Dios, qué sabía que él también sabía.


El anciano pensó en lo que había visto, en lo que había aprendido, en el universo que existía... y pensó en el universo que podría existir.

"Quisiera poder todo", respondió el anciano.

Así que Dios le dio el poder para hacer lo que quisiera.

¿Por qué estaba ahí? Quizás siempre lo supo. Ahora había visto tanto como Dios, sabía tanto como Dios, podía hacer tanto como Dios.

"Puedes ser lo que quieras", le dijo ahora, "¿Qué quieres ser?"

"Dios", respondió el anciano.

"Al fin", suspiró Dios, libre por primera vez, y desapareció.



Comentarios

  1. La historia del libro de los lamas se cuenta en “Los Nueve Mil Millones de Nombres de Dios”, de Arthur C. Clarke.

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