Cielos abiertos

1
Jim levantó la mirada hacia las nubes grises que se arremolinaban como en una tempestad.

Vio que un espacio se abría entre ellas. Como una abertura en la sábana del cielo.

A través de ella, distinguió hileras de luces ordenadas sobre la oscura superficie que se deslizaba. Como una gran nave. Y otras más pequeñas cruzándose de cuando en cuando.

Sintió un vuelco en el corazón. ¿En realidad estaba sucediendo?

Corrió a avisar a Ravena. La buscaba entre la gente que corría sorprendida por el repentino cambio de clima. Los árboles se agitaban. Las ventanas de las casas se agitaban gritando que alguien las cerrara.

Llegó corriendo hasta el centro del coliseo. Ella venía, sujetando sus cabellos que se agitaban con tanto viento. Varios paneles de la cúpula parecían haber caído y las corrientes de aire ingresaban por ahí.

Ella tomó su mano. Él se quedó quieto, mirando a la cúspide de la cúpula. Podía distinguir la nave a través de ella, como si hubiera un agujero pintado en la bóveda.

Ravena tiró de su brazo y lo obligó a seguirla. ¿Sabrían los demás lo que estaba pasando?, ¿habrían visto también las naves? En el camino se cruzaron con muchas personas que conocían, que entraban al auditorio. Seguramente también buscando a alguien. Quiso preguntarles, pero Ravena le pidió que se apresurara y se fue corriendo con ella.
2
Mucha gente asumió inicialmente que estaba ocurriendo una invasión extraterrestre. Pero las cosas que ocurrían eran completamente desconcertantes.

Una especie de cinta anaranjada, de un ancho un poco menor a un metro, empezó a ser tendida en el paisaje.

Cruzaba por en medio del pueblo. Se adentraba en bosque. Pasaba sobre las montañas. Cruzaba desiertos y pasaba sobre el océano. Bordes rectos, flotando como a un metro del suelo, sin que nada pareciera afectarles.

Pronto aprendieron que no podían tocarlos ni cruzar sobre ellos. Mucha gente murió intentándolo.

No hubo explicaciones. Simplemente estaban allí. Y la gente fue aprendiendo dolorosamente las reglas que tenían que seguir para convivir con esos límites trazados sobre el mundo.
3
Jim sobrevivió y también Ravena.

Con el tiempo la gente se fue adaptando a esta forma de vida. En las escuelas los niños aprendían las reglas de las cintas anaranjadas. Sobre el mapamundi, se habían cartografiado las nuevas fronteras. Estaban trazadas en un orden que nadie conseguía descifrar.

Un día la gente empezó a encontrar favorable este nuevo orden social. El comercio y la vida de la gente se debía limitar a la región donde habían quedado encerrados. No habían ya viajes largos entre continentes. Ciertamente las guerras ya no tenían mucho sentido.


Pero había quienes decían que no deberíamos olvidar que no eramos libres. Que deberíamos luchar contra el malvado invasor.

Jim no estaba seguro de que se tratara de una invasión. Le parecía más bien como cuando la gente llega a un prado y tiende sus cercas. Ellos eran como los conejos que habían quedado atrapados.

De cuando en cuando había gente que desaparecía. Podía ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar. Cuando ocurría en público, la persona que era tomada solía levantar la vista la cielo y decir que podía ver las naves de los invasores, un instante antes de que pareciera ser tragada por el techo o lo que sea que hubiera arriba.

Jim no había vuelto a verlas desde aquel día. Se había preguntado muchas veces por qué tuvo entonces las mismas visiones que la gente que iba siendo abducida. Quizás estaban probando el mecanismo y él fue un sujeto de prueba ocasional. No sabía si podía sentirse especial por eso. Sin embargo, mientras toda la gente vivía con el temor constante de ser arrebatado, él no podía evitar sentirse invulnerable. Como si tuviera la certeza no escrita de que ese terrible rayo no iba ser apuntado dos veces al mismo sujeto.

La gente iba creciendo con los traumas asociados a una supervivencia incierta. Muchos se preguntaban por qué los invasores los odiarían tanto. A Jim no le parecía que fuera odio. Le parecía que se trataba de una cuestión económica. Alguien había puesto su granja y a veces cosechaba. O tomaba un conejo.

Tal vez, secretamente, quería ser el próximo. Tal vez, quería volver a tener esa increíble visión. Que el cielo volviera a abrirse ante él.

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